12 meses en

La tormenta perfecta que disparó la inflación

Los venezolanos desde hace un año ven que su dinero se evapora por la velocidad con la que suben los precios. El país puede llegar a tener una inflación mayor a 1.000.000 %.

Por Equipo de Crónica Uno

Precios que varían con rapidez, mayor pulverización del ingreso y cacería de artículos esenciales es parte de la realidad que los venezolanos sufren desde hace un año cuando el país entró en hiperinflación.

Esta situación obedece a que tres de los ingredientes principales para entrar en hiperinflación el Gobierno los aplicó al pie de la letra: férreos controles, financiamiento monetario y entorpecimiento de la producción.

La hiperinflación que afrontan los ciudadanos se debe a la prolongada crisis como consecuencia del modelo impuesto por el fallecido presidente Hugo Chávez, que consistió en elevar el peso del Estado en la economía, y su sucesor, Nicolás Maduro, ha mantenido.

Maduro en su mandato ha atribuido los altos precios a la denominada “guerra económica” del sector privado y el “imperio”, pero las familias tienen 10 años padeciendo la inflación más elevada de América Latina, de acuerdo con cifras del Fondo Monetario Internacional (FMI) y la Cepal, de manera que en la era Chávez ya la economía estaba mal.

Chávez —que estuvo 13 años en el poder— al principio de su gestión planteó acabar con el modelo rentista, invertir e impulsar la producción, sin embargo, al poco tiempo la promoción de inversiones y las garantías a los privados se desvanecieron y comenzó la etapa de mayor participación estatal en las áreas clave. En 2001 aprobó las primeras leyes que abrieron el camino a la intervención de tierras y la limitación de las actividades comerciales. Solo el anclaje cambiario logró el control parcial de la inflación, cuando fue 12,3 %.

El periodo entre 2002 y 2003 fue convulso por los paros de actividades, pero allí Chávez empezó la etapa de desmontaje del aparato productivo, la aplicación de controles y subsidios y mayor dependencia de los ingresos petroleros. La inflación se disparó.

Cuando asumió su segundo mandato en 2007, arrancó la ola de expropiaciones y ante la Asamblea Nacional aseveró que había que establecer la propiedad social sobre los medios estratégicos de producción, y efectivamente así se dieron los pasos para el modelo productivo socialista, soportado por empresas estatales y comunales.

Con la intensificación de las regulaciones, las industrias redujeron la producción y frente a una baja oferta de bienes, el Gobierno aumentó las importaciones y el gasto para sustentar su sistema, lo que generó presión en los precios, y desde 2007 la inflación se acelera a paso de vencedores.

En 2008 el Gobierno aplicó la reconversión monetaria que le quitó tres ceros a la moneda. En ese período las autoridades aseguraron que en tres años se tendría un índice de precios de un dígito, y sucedió lo contrario. Las distorsiones se profundizaron porque creció el cerco al sector privado y la fabricación desordenada de bolívares para financiar las necesidades del sector público. Todo ello se registró con un boom de ingresos petroleros, el barril alcanzó los 100 dólares.

Esta política que empezó con Chávez, la continuó Maduro.

Cuando asumió la presidencia en abril de 2013, la economía venía de los embates de una campaña electoral en la cual el gasto público subió a 47 % del Producto Interno Bruto (PIB), pero que no motorizó los sectores clave. Las importaciones alcanzaron más de 69 millardos de dólares, y una parte fueron compras ficticias. El endeudamiento llegó a niveles elevados para soportar las misiones y el régimen cambiario.

Cómo se llegó a la hiperinflación

Cuando Maduro se convierte en presidente, el precio del crudo estaba en 90 dólares, y pese al flujo de ingresos, ya los sectores estratégicos de la economía estaban en declive por las restricciones cambiarias y las regulaciones.

Para intentar recuperar las actividades, el Gobierno instaló mesas de trabajo con los empresarios, quienes detallaron los problemas que presentaba la producción. Los ministros se comprometieron a agilizar la entrega de divisas, flexibilizar el control de precios y disminuir las trabas burocráticas. Las soluciones no llegaron, y los problemas crecieron, pues el Jefe de Estado aumentó los controles.

Las autorizaciones de dólares oficiales disminuyeron 12 %, de manera que la producción se desaceleró y la inflación escaló a 56 %.

2014 arrancó convulsionado, y tras las protestas, el primer mandatario instaló la Conferencia de la Paz para el diálogo. Nuevamente, el sector privado fue convocado, se instalaron mesas por “motores” en las que los industriales notificaron los impedimentos para producir tal como sucedió en el período anterior, y alertaron que si las fallas no se corregían, se agudizaría la escasez.

En las reuniones las autoridades prometían corregir las fallas y el para entonces vicepresidente de Economía, Rafael Ramírez, sugirió un plan que contemplaba devaluar la moneda y trabajar con un solo tipo de cambio oficial, flexibilizar el control de precios, reducir el financiamiento monetario y extender los pagos de deuda. El programa no avanzó.

Ese año, el Jefe de Estado tuvo una Habilitante, con la cual reformó leyes para incrementar las regulaciones y fiscalizaciones al sector privado. El recorte en la entrega de divisas  fue 33 % y la economía cayó 3,9 %. La inflación llegó a 68,5 % y la escasez dejó de divulgarse.

Para 2015 los desequilibrios de la economía se acentuaron. Las advertencias hechas un año antes por parte de industriales y analistas ocurrieron debido a que la crisis de abastecimiento fue mayor, esta se reflejó en largas colas frente a los comercios. En medio de la coyuntura, el Gobierno modificó parcialmente el mercado cambiario sin mayor resultado, las autorizaciones de dólares bajaron 62 %, la inflación cerró en 180,9 % y la economía siguió en negativo. Hasta ese año se divulgaron los precios.

La crisis se extendió. En 2016 el Presidente Maduro aprobó decretos de emergencia e instaló el Consejo Productivo Nacional para volver a conformar mesas por “motores” como en periodos anteriores, y otra vez los privados reiteraron los obstáculos que presentaban e insistieron en la necesidad de revisar los controles, cancelar las deudas con proveedores, facilitar las importaciones y revisar las trámites. Los resultados fueron nulos.

Aunque en ese período el Gobierno subió el precio de la gasolina y devaluó, dejando dos paridades, no hubo más avances. Maduro conformó la Gran Misión Abastecimiento Soberano (GMAS) y los Comités Locales de Abastecimiento y Producción (Clap) para la distribución de bolsas de comida a precios subsidiados, esquema que le permitió incrementar el control social.

Los motores de la economía se fundieron. Las importaciones retrocedieron 50 %, el PIB retrocedió 16,5 % y la inflación, según la información del BCV al FMI, fue 274 %.

Sí 2016 fue malo, el 2017 fue peor con hiperinflación y sanciones. A lo largo del año, Maduro siguió usando los poderes especiales para los manejos discrecionales del gasto y los ingresos, regular la producción e imponer los Clap y el carnet de la Patria creado en ese año para “fortalecer las misiones y beneficios sociales”.

Pese a la recuperación de los precios del crudo, la producción petrolera siguió en declive. La restricción de divisas fue mayor y aquellos que intentaron mantener sus operaciones tuvieron que recurrir al mercado paralelo, cuya tasa se disparó.

En la segunda mitad del año, y luego de cuatro meses de protestas y la instalación de una Asamblea Nacional Constituyente, el gobierno de Estados Unidos aplicó sanciones a los funcionarios y otras a la nación que han impactado en la capacidad de la República y Pdvsa para levantar recursos.

En medio de la crisis, el Ejecutivo anunció una reestructuración de la deuda pública, de la que no dio detalles. El Gobierno ha pagado el capital de la deuda y se ha retrasado en los pagos de los intereses, cuyo monto ya supera los 7 millardos de dólares.

A la baja producción se sumó el colapso de los servicios como el transporte y la falta de efectivo. En noviembre la variación mensual de los precios fue 50 % de manera que el país entró en hiperinflación y al cierre del 2017 fue 2616 %, estimó la AN. La economía retrocedió 15 %, calcularon firmas económicas, que proyectaron un recorte en la compras externas de 27 %.

 

Con un mayor deterioro arrancó 2018. Las distorsiones siguieron y se acentuaron con la campaña para la elección presidencial.

El recorte en la asignación de divisas oficiales persistió y las empresas que han operado a medias sus plantas han continuado recurriendo al mercado paralelo.

Con una oferta intermitente, el Gobierno siguió ordenando la impresión desordenada de bolívares para cubrir el gasto, que se disparó con las revisiones salariales y las entregas de bonos, lo que aceleró más los precios.

 

 

Maduro tres meses después de las elecciones aplicó un conjunto de acciones aisladas que continúan profundizando los problemas. Devaluó la moneda en 96 %, incrementó los impuestos a personas y empresas, quitó cinco ceros al bolívar y elevó el salario mínimo en 6000 %, lo que golpeó más a empresas y comercios con riesgo de mayores cierres. Sueldo que hoy compra 9 % de los bienes que se adquirían en agosto, estimó Ecoanalítica.

Las autoridades anunciaron una “libre convertibilidad” de la moneda, pero en realidad el control de cambio se mantiene. En ese escenario, la inflación mensual es superior a 200 % y en 12 meses fue 488.000 %. Al término de 2018 se proyecta en 1.000.000 % y sin miras de corrección de la política económica.

Tener o no tener dólares: he allí la diferencia

Producto del proceso hiperinflacionario que vive Venezuela hasta se ha desdibujado la tradicional clasificación de las clases sociales que servía de referencia para cualquier tipo de estadística. Cada vez tiene menos sentido hablar de las clases A, B, C, D… hoy, en el país, la gran división entre los venezolanos está marcada por la tenencia -o no- de la divisa estadounidense.

Por Mabel Sarmiento Garmendia @mabelsarmiento

L

a hiperinflación, la prolongada recesión y la migración de cerca de 2 millones de venezolanos ha cambiado la clasificación de los ingresos familiares. 

Al final de una de sus recientes charlas de trabajo, Luis Vicente León, economista y presidente de Datanálisis, hizo un comentario que causó cierta sorpresa en el auditorio. Cuando se le preguntó sobre cómo, en las actuales circunstancias, se determinaba la pertenencia a una clase social en Venezuela, explicó que la tradicional división por todos conocida, esa que habla de los estratos A, B, C, D y E, estaba prácticamente en desuso, borrada por la aplastante realidad económica que hacía del salario un dato irrelevante a la hora de determinar algún estatus.

Según el economista, una aproximación más acertada en un intento de nueva clasificación de la sociedad venezolana vendría determinado por un factor clave: tener dólares o no. Y en ese sentido, da cifras reveladoras: 59 % de la población los tiene y 41 % no.

Dentro del primer grupo, evidentemente, pueden distinguirse subdivisiones: 13 % vive de la repatriación de capitales, 12 % recibe remesas y 34 % disfruta de compensaciones y de ingresos propios pagados en divisas.

En este porcentaje inédito de 59 % se juntan, en un solo saco, trabajadores con altos cargos y obreros: un empleado que baja de la parte alta de la parroquia El Valle y que tiene a su hijo en el exterior puede comprar un sobre de leche de marca, de la misma forma que lo hace una familia que tiene cuenta en otro país.

Sucede que ese trabajador le buscó la vuelta a la crisis y satisface sus demandas con el dinero que recibe del extranjero. Su mayor capacidad de compra se debe a las distorsiones cambiarias.

En cuanto al 41 % de la población que no recibe dólares, igualmente pueden establecerse subdivisiones. En este caso, 27 % corresponde a las familias que tienen salarios exclusivamente en bolívares o reciben subsidios del Gobierno (habría que aclarar que se calcula en 58 % el porcentaje total de la población que los percibe) y el 14 % restante a las personas que están totalmente excluidas.

 

León aclara que hay un sector que está excluido de todo. No es mucho, 14 %. Son las familias condenadas a la mendicidad, que no pueden de ninguna forma salir a flote. Es un grupo que pareciera grande a la vista de todos, por la dimensión que da la pobreza.

 

El “resuelve” de los dólares

Es una fórmula sencilla: en el barrio o en la urbanización ahora es un común denominador que el “resuelve” de muchos sea la moneda verde. El bolívar soberano no tiene fuerza.

León considera que el venezolano no subsiste solo con el salario promedio semanal, que no da ni para comprar un cartón de huevos.

Dice que si bien 58 % de la población recibe subsidios estatales: Clap, bonos, carnet de la Patria, igual eso les da una vida restringida.

“Aun con bonos son pobres igual. Son dependientes de las transferencias del Gobierno, pues el ingreso de su trabajo no les alcanza para cubrir necesidades básicas y su consumo está determinado por los subsidios. Quizá la política pública más importante en este sentido es el Clap, beneficio que, en promedio, reciben una vez por mes”.

Por eso el investigador pone el ojo sobre el fenómeno nuevo de la clase determinada por la tenencia o no de dólares.

“En la actualidad, 12 % de las familias venezolanas —antes de la reconversión era 8 %— reciben transferencias, las llamadas remesas”.

Esas personas reciben, en promedio, 75 dólares mensuales. Al cambiarlos en bolívares compran comida, pagan servicios básicos, medicinas y puede que les alcance para adquirir un par de zapatos.

“Ese no es un ingreso que los haga ricos ni que les permita un consumo de lujo, pero sí los ubica muy por encima de la media de ingreso de los dependientes (tres veces más, para ser exactos) y les da holgura para la cobertura de necesidades básicas y emergencias”, acota.

Con las remesas es que he podido pagar los estudios. Cuando comencé, en septiembre de 2017, el trimestre me costó 274.000 bolívares. El cuarto que pagué en agosto, dos días antes de la reconversión, me costó 25 dólares, dijo José Segura, quien depende de las transferencias que le envía su padre desde Colombia.

Por los pasos agigantados de la hiperinflación, León pronostica que pronto podremos igualar el estándar de las remesas en la región americana, que es de 120 dólares, pues ahora se requieren más divisas para aguantar los embates de la economía local. “Si bien la gente va a tener más moneda local, de la misma manera requerirá más dólares para sobrevivir”.

Este año los precios han avanzado más rápido que la devaluación. En 2017 un dólar permitía comprar 3,5 veces más en el país que en el exterior, hoy es 1,4 veces, calcula Ecoanalítica.

León comenta sobre 13 % de venezolanos que repatrian capitales, que se trata personas que tienen dinero colocado en otros países, que tienen sus cuentas y viven de ellas aquí, como en la época de las “vacas gordas”.

El otro grupo, que se acerca al 34 %, son trabajadores que generan dólares, como parte de compensaciones salariales, por la venta de servicios por Internet o por inversiones en criptomoneda.

Con esos ingresos tienen cierto privilegio, no tanto como los que tienen cuentas en el extranjero, pero son los que aún se ven en los supermercados haciendo compras de productos no regulados, los que una que otra vez van de paseo o pueden pagar un servicio doméstico.

En mi trabajo me dan una bonificación de 30 dólares mensuales, más el salario en bolívares. Puedo pagar el colegio de mi hija, hacerle mantenimiento al carro y comprar comida que, antes de esta bonificación, un año atrás, solo podía adquirir haciendo colas, expresó Gabriela Montero.

Para León, este grupo está en similares condiciones que el sector que recibe remesas: no se hacen ricos, están restringidos con algunas necesidades, pero están más estables en cuanto a satisfacer el tema de alimentación y el acceso a los productos básicos.

Clases trastocadas

En Venezuela, producto de la situación económica —agravada por la hiperinflación—, las clases sociales se trastocaron. La teoría de los polos extremos se hizo letra verdadera, pues los pobres ahora son más pobres y los ricos, más ricos aún.

Gran parte del desajuste se debe a que la clase media y la clase trabajadora se igualaron a los pobres, precisamente por la desaparición del poder adquisitivo.

La Encuesta Nacional de Condiciones de Vida (Encovi-2017) refiere que 87 % de los hogares venezolanos se encuentra en situación de pobreza, un indicador que para 2014 se situaba en 23,6 %, en 2015 en 49,9 % y en 51,5 % durante 2016. Un crecimiento acelerado en apenas cuatro años, producto de la caída del ingreso.

Soy profesora, no tengo el carnet de la Patria, en consecuencia, no recibo bonos. Trabajo en dos colegios y no puedo comer queso todos los días. Sí compro la caja del Clap, eso me ayuda, pero no como pescado o carnes. Es imposible con este sueldo y eso lo estoy viviendo es este año. Es una locura vivir aquí con un sueldo de docente. En diciembre no pinté la casa, este año menos. Si me preguntas cómo sobrevivo a la hiperinflación, realmente no sé, creo que no sobrevivo, estoy a la buena de Dios, manifestó Zaida Viloria.

Situaciones como esta colocaron al país en un contexto de emergencia humanitaria compleja, que no existe para el Ejecutivo.

Desde el alto gobierno insisten en desmentir esas cifras. Tan es así que, en enero de este año, durante la presentación anual de su Memoria y Cuenta, el presidente Nicolás Maduro afirmó que la pobreza en Venezuela se ubicaba en 18,1 %, mientras que la extrema se situaba en 4,4 % para el cierre de 2017. No precisó que ese porcentaje es pobreza por necesidades básicas insatisfechas.

La realidad muestra otra cosa, pues aquí las capacidades productivas han caído, las importaciones han disminuido y parte de las que se han hecho se han financiado con el mercado paralelo, lo que ha encarecido los bienes y servicios y golpeado la demanda, principalmente la alimenticia.

Con un salario básico es imposible comprar un par de zapatos de calidad, ropa interior o arreglar un tubo roto en la casa, cosas que no son un lujo, pero son parte de la cotidianidad del venezolano común.

¿Qué depara el futuro?

Ahora, transcurrido un año de hiperinflación y viendo que las políticas gubernamentales para controlarla son inciertas, el escenario apunta a que los sectores sociales, las llamadas clases, se irán acomodando en la medida en que puedan combinar los ingresos con moneda extranjera.

“Las remesas van a crecer. Con el número de venezolanos en el exterior estimamos en estos momentos 2500 millones de dólares, que, en los próximos meses, estarán entre 4500 y 5000 millones. Las remesas son infinitas”.

Considera, además, que saldrán del país cerca de dos millones de personas más en los próximos tres años y el impacto sobre las transacciones será importante, pues junto con las repatriaciones se convertirán en las principales fuentes de ingreso de los venezolanos.

Ese proceso llevará a que además aumente el número de comercios que ofrezca comida, artículos de higiene y hasta ropa con precios en dólares.

El dato

Casi 80 % de la emigración reciente desde Venezuela ha salido durante los años 2016 y 2017 según la Encovi-2017, donde se destaca una emigración que asciende a tres o cuatro millones, cifra que representaría entre 10 % y 12 % de la población.

Simplemente, el venezolano, el de a pie, hace de tripas corazón para que la hiperinflación, que apenas está a mitad de camino según Luis Vicente León, no le robe los suspiros ni la arepa del día. Ya no es suficiente tener un buen trabajo, un negocio o dinero en el banco. Tampoco ser descendiente de una familia rica. Ahora, los dólares y también la venta de servicios son el salvavidas ante la crisis.

Al final del camino, la frase de principios de año de Nicolás Maduro en el CNE en ocasión de la rendición de cuentas: “¿Quién puede vivir con el salario actual? Viven pariendo”.

 

El hambre es el único invitado a la mesa

Estos 12 meses en hiperinflación han sido determinantes en la caída de la producción de alimentos. Los campos sin arar han empezado a reflejarse en los platos vacíos. El consumo anual de proteínas por persona se ha venido abajo. De 23 kilos de carnes rojas cada individuo pasó a consumir entre cuatro y cinco kilos; el de pollo cayó de 45 kilos a menos de 15 kilos. Los huevos, de 230 unidades por persona a 30. La FAO contabiliza 3,7 millones de venezolanos subalimentados.

Por Carmen Victoria Inojosa @victoriainojosa

 

Los ojos de Alicia Martínez son los primeros en apartarse de los anaqueles. Les siguen sus manos, que regresan el producto una y otra vez al estante. Luego de un echar un vistazo entre los pasillos del supermercado, la cesta que lleva vuelve a quedar vacía. Desde hace un año decidió comprar la comida en pequeñas cantidades, “para consumir solo por períodos cortos”. Tres tomates, tres papas. “Es así porque el dinero no alcanza para comprar como antes”. Ya no desayuna, tampoco almuerza. “Solo tomo café en la mañana. Compro casabe y mastico eso durante el día”. Alicia es diseñadora gráfica, dispone de cuatro salarios mínimos al mes; aun así, dice privarse de muchas cosas para rendir un bolívar soberano que se disipa en medio de la hiperinflación. Los altos precios han limitado más el consumo de los venezolanos. 

Recuerdo que un día dejé de comprar el desayuno porque no tenía dinero; de a poco, lo fui dejando. Hasta que comencé a hacer una comida fuerte al día, en la noche. Trato de tener siempre algo de proteína, puede ser pollo o pescado. Lo acompaño con pasta, arroz”, cuenta. Alicia vive con su mamá, de 88 años de edad. Ella sí come un poco mejor: “Se hace un desayuno-almuerzo; es decir, le pone arroz, plátano, café y un pedazo de pan.

De comer sándwiches y empanadas, de almorzar en la calle, merendar un café y un ponquecito, de hacerle un mercado completo a su mamá, Alicia pasó a sentir la angustia de no saber si tendrá alimentos para el día siguiente. “Tengo que comer menos, así no quede satisfecha. Mi mamá dice que mañana se verá, pero yo siempre estoy pensando qué vamos a comer”. En promedio, Alicia ha perdido, en el último año, 15 kilos.

Llega un momento en que te ‘acostumbras’ a no comer, eso lo digo entrecomillas. Es una situación muy difícil y lamentable. Yo comía donde me agarrara el almuerzo. Mi salario me daba para comer en la calle y hasta más. Pagaba taxis, podía comprarme una blusa mensual, sostiene.

Alexander Pérez, ingeniero civil de 46 años, no ha dejado de comer, pero su alimentación ha desmejorado. La sopa de vegetales se ha vuelto este año el plato de todos los días en la mesa de su familia. “En los últimos seis meses se ha agudizado la falta de alimentos. Hace un año todavía podía comer tres veces carnes a la semana o tratar de suplir con pollo más el carbohidrato. Ahorita estamos resolviendo con tortillas con papa y arroz”. Ha perdido cinco kilos en lo que va de 2018.

Salió de su casa en busca de carnes rojas, pero no consiguió. Lo que vio fue un camión donde se vendía pollo a un costo que superaba 10 veces el dinero del que disponía. Desde agosto no come carne. En tres meses han consumido jamón unas seis veces. “Hasta el año pasado tuvimos con seguridad 400 gramos de jamón fresco en la nevera cada semana”.

La cifras hablan por sí mismas. La FAO en un reciente informe publicado la primera semana de noviembre, contabiliza 3,7 millones de personas subalimentadas.

“En Venezuela la prevalencia del hambre casi que se ha triplicado entre 2010-2012 (3,6 %) y el 2015-2017 (11,7 %)”, seguido por Argentina y Bolivia, donde el incremento fue de 0,1 % en ambos países”. El porcentaje de personas subalimentadas en Venezuela casi duplica la media de la región.

“Así, se han perdido los muy importantes avances que el país había alcanzado en la década del 2000”, indica el informe.

 

 

Para llenar un carrito de supermercado y comer en Venezuela se requiere mucho más que trabajar día a día y privarse de otros consumos. Caritas Venezuela emitió un comunicado el pasado 16 de octubre tras el Día Internacional de la Alimentación. El documento, “Dependencia, sumisión y disimulo: la situación alimentaria de Venezuela”, cita a la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y Agricultura, que asegura que 86 % de las personas que pasaron hambre en la región vive en Venezuela.

La producción en el sector agrícola y vegetal viene en picada desde 2008, producto de las invasiones, controles y expropiaciones de tierras. Tras la estatización de Agroisleña, en 2010, empresa que suministraba los agroinsumos, la nueva administración, AgroPatria, no cubre ni 20 % de la demanda de los productores.

“La hiperinflación en el sistema agroindustrial ha acelerado la caída en la producción. La estructura de costos para los productores está calculada a dólar libre, mientras que el Gobierno insiste en mantener los rubros regulados. Como consecuencia, ha bajado la rentabilidad del productor y eso crea desestímulo”, explica Wener Gutiérrez, ingeniero agrónomo y profesor universitario de la Facultad de Agronomía de la Universidad del Zulia. Esta desmotivación en el aparato productivo, sostiene, ocasiona menor oferta de alimentos.

La tierra sin arar se refleja en los platos vacíos. El nivel de producción, indica Gutiérrez, es similar a lo registrado en los años 80. De 23 kilos de carne que consumían los venezolanos por año, se ha pasado a solo cuatro o cinco kilos. Una de las causas es que el rebaño de bovinos se ha visto disminuido: de 14 millones de cabezas, ahora el sector dispone de nueve millones. El pollo y los huevos han sido el refugio ante la falta de carnes rojas. Pero estos también han dejado de estar presentes. El consumo de pollo cayó de 45 kilos por persona al año a menos de 15 kilos; y el de huevos de 230 unidades a 30.

En el caso de la leche, en el país se llegó a consumir hasta 130 litros al año por persona, un indicador que, según Gutiérrez, actualmente puede ubicarse entre 35 y 50 litros: “Los nuevos parámetros establecen que entre derivados lácteos y leche deben ser 220 litros”. Y agrega: Venezuela requiere entre 15.000 y 18.000 toneladas de leche en polvo al mes. Pero, prácticamente, no se está pulverizando leche, quizá, máximo, 10 % en algún momento coyuntural. Lo que hacemos es empacar la que se importa en sacos en presentaciones de 400, 900 y 1000 gramos.

La baja productividad en el campo impacta en la oferta interna de alimentos. El Gobierno lo resolvía a través de las importaciones, actividad que pudo sostener durante los últimos siete años. Pero desde hace cuatro años se ha hecho imposible. “Estamos sin oferta interna y externa. Importábamos 200.000 toneladas de carne al año, desde entonces no se traen ni en pie ni congelada. Esta situación coincide con la caída de los ingresos petroleros en 2012”, subraya Gutiérrez.

Menos alternativas

Nutricionistas afirman quedarse sin alternativas y posibilidades en los planes y diseño de las dietas. El campo sin cosecha y la escasez de bienes de primera necesidad se mantienen en repunte. Según Econométrica, la escasez pasó de 68 % en septiembre de 2017 a 83,3 % en 2018.

“Antes utilizábamos sustitutos, por ejemplo, el pollo por carne. Pero hoy ya no hay posibilidad de que se consuma regularmente proteínas”, asevera Nixa Martínez, presidenta del Colegio de Nutricionistas y Dietistas de Venezuela. Otra recomendación son las raíces con tubérculos y las harinas con vegetales. En el caso de madres lactantes han tenido que sugerir el consumo de morcilla para reponer nutrientes y grasas que necesitan, más la combinación de granos y cereales.

“Estamos notando la ausencia de posibilidades desde que se inició el año, situación que se ha agudizado debido a la escasez y a la inflación”, menciona Martínez. Por esta razón ya no limitan el consumo de las frituras ni de comidas rápidas. Antes nos oponíamos, pero ahora no podemos excluirlas. Tenemos que saberlas aprovechar. Sentimos que vamos en contra de nuestra ética profesional cuando le decimos al paciente ‘coma lo que consiga’. Estamos formados para indicar, planificar, sugerir una alimentación adecuada, sana. Pero viendo las limitaciones en el país se nos hace bastante difícil.

Estudios de Caritas de Venezuela reflejan que en 85 % de los hogares de algunas de las parroquias más pobres del país se consume una dieta inadecuada en nutrientes. También que 53 % recurre a contenedores de basura y a la mendicidad para adquirir alimentos y que 63 % ha tenido que pasar por alguna privación alimentaria.

Este año, el Colegio de Nutricionistas y Dietistas ha registrado una disminución de peso en los pacientes de entre cinco y siete kilos de forma bimensual. De los tres grupos básicos de nutrientes que deben consumirse en cada comida —carbohidratos, proteínas y grasas— en la mayoría de los casos el plato solo contiene carbohidratos.

La Encuesta Nacional de Consumo de Alimentos (Enca) del Instituto Nacional de Estadísticas, cuyo informe de resultados preliminares fue presentado en 2015, ya advertía que el consumo total de energía estaba por debajo de los requerimientos, con un porcentaje de adecuación de 94,1 %: “Muy cercano del rango inferior recomendado (90-110 %). El grupo más afectado es el masculino, que se encuentra por debajo del rango (88,8 %)”. Para entonces, el número de comidas al día comenzaba a disminuir, según comparaciones que hizo la Enca entre 2013 y 2015: 30,9 % realizaba cuatro comidas durante el día, luego se bajó a 26 %. En el caso de cinco comidas disminuyó de 15 % a 11,8 %.

Al analizar los datos, la Enca concluyó: “Se observa un aumento en el número de dos y tres comidas con respecto a 2013, pero una disminución de las cuatro, cinco y seis comidas”. Y alertaba que los requerimientos nutricionales de calcio estaban siendo deficitarios entre 40 % y 50 % de lo recomendado”.

Comprar por kilo también quedó en el olvido. Disponer de más de 100 bolívares soberanos por rubro es imposible. Una opción es comprar hortalizas por combos. En San Bernardino, Johángel Blanco ofrece una papa, un plátano, dos tomates, dos zanahorias, una cebolla, una remolacha, un pimentón, tres ajíes y una ramita de cilantro por 120 bolívares soberanos. Dice tener clientes fijos que le compran cada dos o tres días. “Con esto ellos resuelven los aliños para la comida del día”. En una jornada puede vender hasta 30 pilas. En la avenida Roosevelt las “tetas” de café y azúcar de 100 gramos garantizan el cafecito de la mañana durante dos o tres días.

 

Alimentación hipotecada

La dieta del venezolano ha descansado en harinas, arroz, raíces y tubérculos. Pero el panorama, ante la falta de proteínas, no se vislumbra exitoso para estos rubros. Entre agosto y septiembre se cosechó el maíz que se sembró en abril, un ciclo agrícola que Gutiérrez considera perdido ante la falta de semillas, insumos.

“No tenemos alternativas en las fuentes de acceso a alimentos. En junio de 2018, el ministro de Alimentación señaló que solo abastecíamos 16 % de 50 rubros considerados básicos. El quiebre de las capacidades locales de cosecha del campo y del procesamiento industrial de alimentos, sumado al proceso de hiperinflación, ha dejado a los venezolanos sin posibilidades de elegir lo que se come”, dice Caritas en su comunicado.

“Hipotecamos la alimentación del venezolano para 2019”, asegura Gutiérrez al señalar que se estima que la cosecha que se hizo fue de 220.000 hectáreas de maíz, muy lejos de las 1,2 millones de hectáreas necesarias. “Desde este momento hasta la próxima cosecha, Venezuela tiene que importar 80 % del consumo de maíz blanco; es decir, 1,4 toneladas”. En 2019, de cada 10 arepas, 8 tendrán que ser importadas. “Eso va a repercutir en el precio y consumo”.

De arroz se sembraron 120.000 hectáreas, menos de la mitad de lo necesario. Mientras que en hortalizas hay apenas en campo entre 20 % y 25 % de lo que era tradicional sembrar. “Casi 95 % de las semillas de hortalizas son importadas. Cada vez hay menos hortalizas, pero la gente percibe que todavía queda, es porque el consumo ha bajado”.

Para Gutiérrez no se vislumbran mejores escenarios. A su juicio, las medidas económicas del pasado 17 de agosto anunciadas por el presidente Nicolás Maduro, en las que subió impuestos, devaluó y elevó en 6000 % el salario,  repercuten negativamente en la producción de alimentos. “Generan mayor hiperinflación, mayor estructura de costos para ganaderos y agricultores. Continúan de manos atadas”.

 

El país compite por un cetro que nadie quiere

El crecimiento desbocado de los precios ubica a Venezuela a la cabeza de la lista de países con mayor inflación en la región, con 1.370.000 % en un año, de cumplirse la predicción del FMI.

Por Claudia Smolansky @clausmolansky

Históricamente, las hiperinflaciones han tenido la misma causa, a pesar de que se han presentado en escenarios políticos y sociales distintos. Ya sea luego de una guerra, como ocurrió en países europeos, o como consecuencia de una pesada deuda externa, como fue el caso de varios países del cono sur, el origen siempre se encuentra en la existencia de un déficit fiscal permanente por la emisión de dinero inorgánico. Las de Venezuela y Zimbabue han sido las únicas hiperinflaciones del siglo XXI.

El Fondo Monetario Internacional (FMI) proyectó que, para finales de año, la inflación anual del país podría alcanzar hasta 1.370.000 %. De cumplirse, Venezuela tendría la inflación más alta en la historia de América Latina de acuerdo con el Banco Mundial, que situaba a Bolivia como la primera en la región cuando alcanzó 23.443 % en 1985. Por su parte, la proyección del FMI para el 2019 es de 10.000.000 %, lo que apuntaría a una tasa de 39 % de desempleo durante ese año.

A su vez, según la Asamblea Nacional (AN), el pico más alto ha sido el de septiembre de este año, con 233,3 %. Esta cifra posiciona a Venezuela en el tercer lugar entre los países de América Latina con mayores registros mensuales en la Tabla de Hiperinflación Mundial de Steve Hanke. Lo supera Nicaragua cuando en marzo de 1991 registró 261 % y Perú cuando alcanzó en agosto de 1990 una tasa de inflación de 387 %.  

En el caso de Venezuela y Zimbabue, el economista y uno de los directores de Econométrica, Francisco Ibarra, señala que otra similitud es que se trata de un desastre económico “autoinducido” por los gobiernos que insisten en repetir los mismos errores por largos períodos de tiempo y que, además, intentan ganar una carrera con medidas como aumentos salariales y controles que terminan siendo “extremadamente nocivas y destructivas”.

Venezuela se ha metido en este túnel por sus propios pasos, por un Estado fallido que no se ha enfocado en garantizar cuestiones elementales para la seguridad personal de sus ciudadanos dentro de su propio territorio. La hiperinflación es el colofón de todo el desastre. Lo relaciono con Zimbabue porque en ambos está la presencia de un gobierno que lo que quiere es controlar todo, apunta.

Ibarra define la hiperinflación como una “enfermedad rara” de la economía, ya que no sucede todos los años y afecta a un porcentaje mínimo de países. “Mientras todas las naciones buscan domar el monstruo de la hiperinflación, Venezuela se ha dirigido en la dirección contraria”, sostiene.  

Puede ser peor

La preocupación de Ibarra, como la de otros economistas, es que Venezuela se encuentra lejos de un proceso de recuperación. La diferencia, en comparación con otros países que atravesaron por este proceso, es que el Gobierno no tiene la intención de solucionar la crisis de hiperinflación y, aunque la tuviera, tampoco cuenta con capacidad técnica ni credibilidad para tomar las medidas que atiendan el problema.

A pesar de que en la historia los procesos hiperinflacionarios en los países no han sobrepasado el año, hay excepciones, y Venezuela entraría en esa lista. La hiperinflación más larga fue la de Nicaragua que duró casi cinco años (junio 1986 a marzo de 1991), seguidamente se encuentra Grecia, donde también se prolongó casi cinco años (mayo 1941 a diciembre de 1945). Luego vendría países en los que se mantuvo por dos años o más como: Angola (diciembre 1994 a enero 1997), Ucrania (enero 1992 a noviembre 1994) y China (julio 1943 a agosto 1945).

Se necesitan caras nuevas y medidas adecuadas que resulten creíbles para los mercados, los agentes económicos y los venezolanos. La historia está llena de ejemplos en los que programas de estabilización han fallado por la poca confianza que transmiten, a pesar de que las medidas eran correctas. En los países del cono sur hubo varios intentos antes de que realmente funcionara el plan que estabilizó a las distintas economías. Pero la tragedia en Venezuela es que el Gobierno ni siquiera tiene la voluntad de resolver, dijo Omar Zambrano, quien formó parte de la Gerencia de Investigaciones del Banco Central de Venezuela y se ha desempeñado como economista principal del Banco Interamericano de Desarrollo.

Explica que, en la historia, los procesos hiperinflacionarios han sido cortos porque son tan degenerativos (destruyen el tejido social y productivo) que, generalmente, impulsan presiones por cambios políticos. Tal como ocurrió en 1985 en Bolivia, donde el presidente, Hernán Siles Zuazo, convocó a elecciones anticipadas a raíz de la profundización del caos social y del desconcierto. Para ese entonces, la política en este país era frágil ya que venía de dictaduras militares y estaba instaurándose la democracia. Las medidas de Suazo no pudieron reparar las fallas económicas, por lo que tuvo que acceder a adelantar los comicios. El candidato ganador, Víctor Paz Estenssoro, redireccionó las políticas económicas mediante rigurosas medidas, entre las que destacan la unificación cambiaria y la reducción del déficit fiscal, a través de congelamientos de salarios y cese de inversiones públicas.

En el caso de Perú, la hiperinflación también se resolvió con un cambio de gobierno. El triunfo de Alberto Fujimori en 1990 y su conjunto de medidas conocido como “el fujishock” remediaron una crisis que se remontaba desde el período de Juan Velasco Alvarado en 1968, quien destruyó el aparato productivo del país, y que las democracias que se instalaron a finales de los setenta no pudieron resolver. Dentro de las medidas se declaró una libre flotación de la tasa de cambio y se quintuplicaron los índices de precios al consumidor para aumentar los ingresos fiscales. Los resultados de este programa lograron la recuperación del crecimiento económico a partir de 1991. La tasa de inflación pasó de 7.500 % en 1990 a 400 % en 1991.

En el caso de Zimbabue, segundo país con la hiperinflación más alta del mundo, como consecuencia de las políticas erráticas de Robert Mugabe, el pacto de negociación entre el Gobierno y la oposición fue lo que medianamente estabilizó la economía. El mandatario nombró al líder opositor, Morgan Tsvangirai, como primer ministro, y acordaron establecer un régimen multidivisas, en el que monedas extranjeras reemplazaron el dólar zimbabuense. El Estado utilizó el dólar estadounidense para sus transacciones.

La dolarización espontánea

Uno de los escenarios que podría presentarse en Venezuela es la dolarización espontánea en las calles. “El proceso de hiperinflación se continuará exacerbando, destruirá la demanda de dinero y puede generar una dolarización de facto a la que al Gobierno no le quedaría otra opción que aceptar”, opina Ibarra.

Para Zambrano, este sería una de los peores escenarios, debido a que sería una economía en la que no existen instituciones ni sistemas financieros dolarizados, no se podrían emitir contratos en esta moneda y, además, se viviría en un país en el que su Banco Central no emite dólares. Si esto ocurre, estaríamos hablando de una economía pequeña y artesanal, una economía del menudeo. Pero, en definitiva, sí, podemos estar peor. No hay tasa de inflación que no sea posible en este momento y en la medida en que tu moneda local deje de funcionar, puede ir desapareciendo, agregó.  

Phillip Keagan definió que la hiperinflación se establece cuando la tasa mensual de inflación supera el 50 %; igualmente considera que este problema está solucionado cuando el país se mantiene durante un año completo por debajo de esta cifra. Los economistas concuerdan en que las hiperinflaciones son procesos agresivos, pero relativamente fáciles y rápidos de estabilizar, siempre y cuando se logren coordinar los esfuerzos en todos los frentes para resolverlo desde su propio origen: el déficit fiscal.

En el caso de Venezuela, el economista, asesor político y fundador de Guayoyo en Letras, Miguel Velarde, recomienda que se debe levantar todo tipo de controles, garantizar la seguridad jurídica para crear mejores incentivos a los inversionistas extranjeros y, por último, asegurar lo más rápido posible una libertad económica. La peor palabra que existe en economía es control. Hay que estar preparados porque toda recuperación, al principio, es muy dura, pero, a diferencia de otros ejemplos en la historia, los venezolanos la estamos pasando tan mal que estas medidas no van a empeorar tanto su situación y cuando empiecen a observar los cambios se sentirán mejor inmediatamente, dice.

Velarde, junto con Zambrano e Ibarra, plantean que para la estabilización económica de Venezuela debe haber una apertura petrolera a inversionistas privados, debe buscarse apoyo de instituciones internacionales y países amigos y, además, disminuirse el gasto público eliminando subsidios.

El gran error de este Gobierno es que sus decisiones económicas han sido con motivos políticos, por eso no se solucionan los problemas. Por ejemplo, aumentan el salario por lo menos siete veces al año cuando saben que no tienen el dinero para costearlo y lo hacen conscientes de que empujan más la inflación, explica Velarde.

 

El venezolano se desdibuja

La crisis económica está cambiando los rasgos característicos del venezolano, en una suerte de involución social que va más allá de los hábitos de consumo y deja huellas en la memoria emocional colectiva.

Por Julio Materano   

La crisis económica no solo golpea el presupuesto familiar, también desdibuja los rasgos más distintivos del venezolano, su familiaridad y el modo de relacionarse con su entorno, su espacio más inmediato. Con una inflación mensual que supera 200 %, hay tradiciones que quedan en el olvido y solo permanecen, desarticuladas, en la memoria familiar, en el rincón de los trastes viejos de cada casa.

La mesa, el lugar más íntimo de cada hogar, también sufre las consecuencias de los desmanes del Gobierno: el control político, la pobreza y la escasez. A juicio de los expertos, existen elementos contundentes que certifican un nuevo modo de ser del venezolano. Hay quienes, incluso, hablan de un nuevo perfil psicológico y reconstruyen con especies de “dictámenes sociales” el rostro menos afable del venezolano: el perfil de la miseria que se dibuja en cada conversación callejera.

Visto desde la psicología social, los connacionales tienden a ser personas más ermitañas e individualistas, que eluden los encuentros sociales, las reuniones de domingo o cualquier cita de recreación. La situación deja una huella indeleble en la memoria emocional del venezolano.

El sociólogo y profesor de la UCV, Trino Márquez, explica que la hiperinflación ha modificado los patrones de consumo y, con ello, el estilo de vida de los miembros de la familia.

Las familias no tienen excedentes para distraerse ni divertirse. De todos los sectores, el más afectado ha sido el de la clase media. Sin embargo, la crisis es más evidente entre los núcleos en pobreza de ingresos. Márquez asegura que los mayores estragos se ven en la dieta diaria, pero también en la estrechez del tiempo en la mesa y en la desaparición de los encuentros ordinarios de domingo.

“El número de almuerzos y reuniones familiares ha disminuido. Se trata de un gasto que era asumido por la primera y segunda generación de abuelos y que hoy resulta imposible”, dice. Con los nexos familiares debilitados, el sociólogo asegura que la frustración es muy alta: la gente se siente cansada, triste, melancólica y los niveles de depresión han aumentado. La gente se siente amenazada por la situación económica, no puede pagar el alquiler, el condominio ni se puede mudar a un sitio mejor. Ha cambiado el humor y el estado de ánimo del venezolano.

Las reuniones de los viernes por la noche, después de cada jornada de trabajo, quedaron relegadas y ahora pasaron a ser encuentros ocasionales. Lorena González, una trabajadora social residenciada en el municipio Sucre, bien sabe de ello. Cuenta que la última vez que se reunió con sus amigos todavía el país no sabía de la reconversión monetaria, se pensaba que la devaluación era de tres ceros y el bolívar todavía no se apellidaba soberano.

La vivencia de Lorena va más allá del descuido de las “birras” entre amigos, como dice ella. Hoy no solo no tiene cómo divertirse, ya hace más de un año que se saltan la cena en casa y el almuerzo de hoy también debe alcanzar para mañana. “Éramos cuatro en casa, pero, desde que se fueron mis dos hermanos, las cosas han cambiado, ahora tenemos menos dinero para gastar y la comida está más cara. Lo que yo gano en el Consejo del Niño, Niña y Adolescentes no me alcanza para comprar champú ni productos de higiene personal”, cuenta.

Su cabello desordenado, reseco, tal vez por el sol que la doblega de tanto caminar, es su mayor cuestionamiento. Lorena dice que ha tenido que lavarse con detergente para despojarse de la grasa que asalta su melena cada tantos días. Hace una pausa y suelta una sarta de lamentos. Es indignante porque pocas cosas te hacen sentir mal como no tener champú ni jabón para asearse. Parece que las mujeres somos cada vez menos delicadas. Hemos perdido toda fineza, dice, y asegura que la prioridad es otra: la comida, solo eso.

Juliet Poveda, una joven estudiante de comunicación social, dice que sustituyó sus viernes de cine por una función mensual. Poveda no solo es fanática de la pantalla grande, se presume productora y ha tenido varias experiencias en el rodaje de cortos universitarios. Piensa que debe estar al día con la cartelera, pero ahora destina lo poco que tiene de dinero a trasladarse a su universidad.

“El transporte público de El Junquito desapareció hace un año y debo bajar en moto hasta la UCAB, en Montalbán. En ocasiones me toca caminar varios kilómetros. Nunca sé cómo ni cuándo voy a llegar de vuelta”, dice.

 

Algunos cambios serán permanentes

Los expertos ponen sobre la mesa las soluciones a un problema que parece enclaustrarse en el ADN de la sociedad venezolana. Urge reducir el déficit fiscal, los gastos superfluos y los millonarios subsidios a Cuba. Los países no están condenados a vivir en hiperinflación. En el caso de Venezuela, el Gobierno no articula las políticas adecuadas para detener el problema, sostiene el profesor de la UCV, Trino Márquez.

En el mundo sobran los ejemplos exitosos de gobiernos que han logrado derrotar la inflación.

Adriana Requena dice que la hiperinflación la ha obligado a replantearse una nueva dosis de sus medicamentos. Sufre de diabetes tipo dos desde que tenía 35 años y lidia con la enfermedad desde hace nueve, pero hace dos depende de las medicinas donadas por amigos, familiares y organizaciones no gubernamentales. Adriana trabaja como contadora en una fábrica de muebles. Sus ingresos solo le alcanzan para medio comer.

Olvidé qué se siente comprar ropa nueva. La última vez que lo hice fue hace tres años, cuando mi mejor amiga se casó. Y solo uso maquillaje en ocasiones especiales. Ahora solo pienso en lo caro que está todo y cómo haré para reponerlo, dice.

Roberto León Parilli, portavoz de la Alianza Nacional de Usuarios y Consumidores, asegura que el Estado arrebató la capacidad de compra a los venezolanos. La gente va por lo que hay, no por lo que necesita. Los compradores se detienen poco en asuntos de marcas, fecha de vencimiento de los productos o en las etiquetas, si es que las tienen. Hoy la voluntad no juega un papel importante.

En cualquier parte del mundo, para que el consumidor materialice su derecho y pueda tener calidad de vida, deben cumplirse dos escenarios: uno es el abastecimiento de productos. Debe haber una variedad suficiente que le permita elegir bienes y servicios de calidad. Luego está el control de la inflación, para que no se pierda la capacidad de compra. En Venezuela ambos escenarios están comprometidos.

Rodolfo Díaz Mendoza, psicólogo de la Universidad Central de Venezuela y experto en temas económicos, reproduce lo que hasta ahora considera el preludio de una conducta que deja vestigios irreversibles de estrés. Mendoza asegura que la ansiedad producida por el vértigo de los precios, el robustecimiento del mercado informal y el acecho del dólar paralelo frustran los planes de las familias.

Ha disminuido el consumo de bebidas alcohólicas entre los hombres. Y la gente vive desde la desesperanza, desde la fatalidad, por la coacción de un régimen que socava las bases democráticas del país, que acaba con la institucionalidad y desdibuja las referencias comunes de una sociedad: los hábitos, la comida y el verbo. Porque las quejas por lo difícil que resulta conseguir alimentos no son exclusivas de las mujeres, los hombres, la figura que provee, también se quejan por la crisis, sostiene Mendoza.

Tamara Herrera

“El Gobierno no tiene un plan, solo una lista de cosas por hacer”

Economista y directora de Síntesis Financiera, Tamara Herrera define la hiperinflación en un sola palabra: destrucción. Cree que sin cambios profundos y una gran convocatoria nacional no se detendrá el acelerado crecimiento de los precios.

Por Luisa Maracara @lmaracara

T amara Herrera, economista y directora de Síntesis Financiera, se acerca al tema hiperinflación en un café de Los Palos Grandes, en el que, hasta hace algo más de un año, era poco probable conseguir mesa y en el que el día de la entrevista —a las 6 de la tarde— solo estaba ocupada una. Allí, hace unos meses, tomarse una taza de café no implicaba gastar más de 12 % del salario mínimo.

El pasado mes de julio, en un foro de Fedecámaras, Herrera afirmaba: “Este año la hiperinflación será de seis dígitos”. Incluso, adelantó una cifra: 85.000 %. La realidad la superó y hoy ya no se atreve a estimar en cuánto cerrará la inflación dentro de dos meses. “Mañana puede ser cualquier número, pero todo apunta a que no estamos saliendo de la hiperinflación”.

Un año en hiperinflación. Venezuela viene de un largo período de inflación de dos dígitos anuales. ¿Cómo se gestó este resultado que hoy vemos?

—La hiperinflación en Venezuela es un brote que llegó después de un proceso de incubación. No es que alguien echó una pócima química y pasamos a 50 %. Una vez que pasamos esa frontera entramos en una dinámica de hiperinflación, que tiene rasgos comunes con las que se han dado en diversos países, pero también tiene sus rasgos particulares.

¿En el caso de Venezuela, cuál fue el detonante?

—En nuestro caso tiene mucho que ver con la destrucción institucional que hay en el país, producto del modelo político. Sabemos que la semilla de la hiperinflación está en la mala gestión fiscal. Aquí se hicieron cambios al marco legal para permitir ese crecimiento sin control del gasto. Nos ‘volamos’ el marco legal que impedía el financiamiento monetario del gasto. En algunos casos, de un solo plumazo o, como en el de la Ley del Banco Central, con reformas a cuentagotas que se iniciaron en 2009.

¿Cómo estalla la crisis?

—Ya había un debilitamiento, causado por las políticas económicas, que se agravó por la gestión monetaria per se. El gasto comenzó a crecer cada vez de forma más desbocada, alimentado por la supuesta carrera contra la inflación. Con ello vino el financiamiento monetario del gasto, que alcanzó proporciones que nunca antes habíamos visto (aunque sí lo previmos).

Por eso digo que estaba siendo incubado progresivamente, cada vez con más fuerza. Cuando se precipitó la crisis petrolera mundial de 2015, quedó al descubierto la debilidad del país. Venezuela no pudo reaccionar, bombear más (produciendo más) para compensar que el petróleo valía menos, debido a la destrucción de la industria petrolera.

Sin leyes que impidan el financiamiento monetario, ¿es necesaria una reforma legal profunda para salir de la hiperinflación?

—Se pueden tomar medidas que nos saquen de la hiperinflación, aunque es un tema muy complejo por la profundización que ha tenido la crisis económica. Estamos inmersos en un proceso de colapso desde hace mucho tiempo. Y todos los pecados (de política económica) han convergido y se cruzaron. Las reformas, los controles, son cada vez más duros y aleccionadores. Las medidas son cada vez más hostiles, hay más fiscalizaciones y más intervencionismo.

Hace dos meses el Gobierno lanzó un plan o una serie de medidas que, sin reconocerlo, tenían como objetivo hacer frente a la hiperinflación…

—Lo primero que debo decir es que eso no es un plan. Se trata de una serie de medidas para resolver un problema que no reconoces. Si el Gobierno no rinde cuenta acerca de su propia medición de inflación, cómo sentará a los actores para resolver un problema que no existe.

Pero, en todo caso, allí están las medidas tomadas hace dos meses…

—Sí, allí están, pero no funcionan, entre otras razones, porque están tomadas con un doble discurso. Dos mensajes para dos audiencias distintas. No hay dirección. Mal podría el Gobierno convocar a lo que se necesita para salir de la hiperinflación.

¿Qué se necesita?

—Un país no sale de hiperinflación si no es con una gran convocatoria nacional. ¿Qué hizo el Gobierno? Una lista de cosas por hacer, una lista de instrucciones que nadie conoce, que se van descubriendo por trozos. Las medidas están fragmentadas, no están debidamente concatenadas.

De los anuncios que hizo el Presidente, ¿cuáles son los más importantes?

—Por un lado sacó su propia regla cambiaria, hizo un incremento gigantesco del salario y, por el otro, un aumento importante de la presión tributaria.

Explica Herrera que el aumento del salario tiene como objetivo la recuperación del poder adquisitivo, para otorgar a la sociedad la capacidad de manejar los importantes incrementos de precios que eran necesarios, pero que se hicieron de forma incompleta, como, por ejemplo, la corrección del precio de la gasolina, que aún no se ha hecho y que “empatucó” al mezclarla con el carnet de la Patria.

Para la directora de Síntesis Financiera, medidas como la desregulación cambiaria, que pudo haber incidido en el rescate de la confianza, no tiene resultado —ni siquiera temporal— porque el anuncio fue impreciso y ellos mismos se encargaron de destruirla. “El anuncio estuvo tan lleno de mensajes hostiles que destruyó cualquier posibilidad de arrojar resultados positivos”.

En relación con los ingresos, afirma: “Los subieron sin que importara la posibilidad de instrumentarlos. El Gobierno había acumulado toda su caja monetizada por el BCV, mientras que las empresas entraron en shock. El costo recesivo se sentirá por un buen tiempo”.

Después de un año de hiperinflación y de medidas recesivas, ¿cómo está el tejido industrial?

—Muy debilitado, raquitizado. Se ha destruido el tejido de rescate. Se ha quitado terreno a la posibilidad de resurgir. Si a una economía deprimida le impones un shock de esta magnitud, una presión tributaria enorme (cuando se está aprendiendo a sobrevivir en hiperinflación), pues ella misma empieza a empequeñecerse, a racionarse.

El aparato productivo está en modo supervivencia. Hay empresas que no saben si van a cerrar en diciembre para no volver a abrir. Es una situación gravísima. Las medidas no tenían soporte para el sector privado y el efecto sobre las empresas que aún quedan en pie será devastador.

¿En este escenario puede haber un llamado a los capitales privados para que inviertan?

—Ese es el problema, el Gobierno hizo las cosas absolutamente al revés. No hubo ninguna medida o mensaje que indicara dónde está el norte. Dónde están las medidas que compensen los mayores costos, dónde está el proyecto para bajar la sobrerregulación, dónde está el estímulo a la inversión extranjera.

¿Pero puede haber un llamado efectivo con los antecedentes de incumplimiento de condiciones y contratos por parte del Gobierno de manera reiterada?

—Exactamente, claro que no. Eso no está en el discurso ni en las acciones del Gobierno. Lo que vemos debilita el sentido de las acciones económicas correctivas. Venezuela, mientras no atraiga capitales, no sale de esta situación.

¿Hacia dónde apuntan las acciones del Gobierno?

—Las “soluciones” son cada vez más depresivas. El Gobierno comenzó por lo último que debió hacerse, la reconversión monetaria. Como se hizo sin solucionar la hiperinflación, se volvió más inflacionaria.

¿Qué escenario tenemos dos meses después de las medidas?

—Una profundización de la crisis. Le pusieron un lastre mayor a la depresión y un globo mayor a la hiperinflación. Esta situación fue inducida por las autoridades económicas.

En este momento, ¿qué esperar?

—Creo que vendrán más medidas. Me da la impresión de que, de una manera fragmentada, muy mal coordinada y sin receptividad, seguirán intentando con más medidas. Pareciera que están buscando satisfacer las sugerencias de China y de otros actores internacionales para ver si hacen el asunto creíble.

En esta serie de medidas aisladas y con poca credibilidad, ¿cómo entra en juego el petro? ¿Podrían intentar materializar la criptomoneda para sustituir el bolívar?

—La hiperinflación es un repudio a la propia moneda. Cuando los países optan por una reforma monetaria, como parte del rescate, lo que hacen es anclar o generar credibilidad en la moneda. El cambio de moneda, acompañado de credibilidad, lo que hace es rescatar la demanda de dinero o el deseo de la gente de preservar esa moneda. Si el Gobierno le cambia el nombre al cono monetario (y lo llama petro) sin hacer nada más, pues vamos a estar en las mismas y hasta peor. Yo soy muy escéptica en este sentido. Yo intuyo que entre los multipropósitos con el petro el Gobierno apunta a un sistema monetario dual, una especie de emulación del de Cuba.

¿La única salida a la hiperinflación es un cambio de gobierno?

—El Gobierno no quiere hacer lo que hay que hacer. Las autoridades económicas nos metieron en este problema y son las únicas que nos pueden sacar y esto durará hasta que haya disposición a hacer los cambios.

Para Tamara Herrera, la hiperinflación, en una sola palabra, es destrucción. Una vez terminada la entrevista, las palabras del encargado del café no hacen más que corroborarlo. Cuando se pagaba la factura preguntó: “¿A quién entrevistaban?”. A una economista, le respondimos. “Acerca de qué”, dijo luego. Le informamos que para un trabajo especial porque cumplimos un año en hiperinflación: “¡Apenas un año! No lo puede creer, a mí me parece un siglo”, dijo con tristeza.

 

Pintarse el cabello, irse un fin de semana a Margarita y hasta algo tan cotidiano como comprarse un par de zapatos dejaron de estar al alcance de los venezolanos.

Por Alberto Torres @albertotorresm_

E l poder adquisitivo del venezolano se encuentra pulverizado. Costumbres o gustos que, en años anteriores, eran parte de la cotidianidad, hoy se han vuelto cuesta arriba tomando en cuenta que el salario mínimo es de 1800 —o 180 millones de bolívares fuertes—, que equivalen a 9 dólares en el mercado paralelo y poco más de 24 de acuerdo con la última subasta del Sistema de Mercado Cambiario (Dicom).

Entierros

En el estado Zulia una familia no pudo pagar el funeral de un adulto mayor y lo sepultaron en el patio de su casa. Para la mayoría de los venezolanos, esto podría volverse cotidiano debido a los altos costos de los servicios fúnebres.

César Herrera, encargado de la funeraria La Capital, ubicada en Roca Tarpeya, señala que, actualmente, los precios por el paquete —que incluye traslado, ataúd, preparación y velorio— no bajan de 10.000 bolívares y fácilmente pueden superar los 28.000.

Estos precios se ubican 27.900 % por encima de los que tenían durante el último trimestre de 2017, cuando el servicio más costoso alcanzaba los 10 millones de bolívares fuertes, hoy 100 bolívares soberanos tras la reconversión.

Peluquería

En un país que otrora fue pionero en el consumo de servicios de belleza y estética resulta extraño ver las peluquerías vacías en pleno este de Caracas un sábado por la tarde. En locales de Chacao, el precio por el corte de cabello oscila entre 300 y 400 bolívares, el secado llega hasta los 160 y “hacerse las mechas” tiene un costo que oscila entre 2500 y 3000 bolívares.

En zonas populares como San Martín, al suroeste de Caracas, los precios son menores. Las clientas deben cancelar 100, 200 y 1500 bolívares por los servicios de secado, corte y mechas, respectivamente. En noviembre del año pasado, los precios variaban entre 0,05 el secado, 0,10 el corte y 1,5 bolívares las mechas. La variación, en estos casos, fue de 166.000 % de incremento, en promedio.

Cirugías estéticas

El caso de estos procedimientos quirúrgicos llama la atención porque es uno de los muchos campos que toma como referencia el valor del dólar no oficial para fijar los precios o efectúa el cobro directamente en dicha divisa. En febrero del año pasado, Andrea Bustamante pagó 2,5 millones de bolívares (hoy 25 bolívares soberanos) por hacerse la rinoplastia, en noviembre el monto en bolívares ya ascendía a 40 millones (400 bolívares soberanos), actualmente la misma operación cuesta 92.000 bolívares soberanos (9,2 millardos de bolívares antes).

Por la mamoplastia (aumento de busto), Bustamante canceló 2300 dólares en diciembre de 2017 vía transferencia internacional, lo que se tradujo en poco más de 2000 bolívares soberanos para ese entonces. La misma intervención tiene un costo actual estimado de 345.000 bolívares, aunque —señala Bustamante— el costo es menor si se paga en moneda extranjera.

Comida rápida

La hiperinflación ha acabado con las “balas frías”. Un perro caliente simple en cualquier punto de la ciudad puede costar entre 100 y 130 bolívares soberanos, mientras que las hamburguesas superan los 200 bolívares, lo que depende de si es de carne, pollo o mixta.

Con un salario diario de 60 bolívares, un venezolano que gana sueldo mínimo necesitaría dos días de trabajo para adquirir un “perrito”. El año pasado, el mismo alimento costaba entre 0,04 y 0,07 bolívares, mientras que la hamburguesa valía, mínimo, 0,16 y, máximo, 0,35.

En cadenas como Subway y McDonald’s el panorama es igual. Los sándwiches del primero pasaron de 0,20 el año pasado a 380 bolívares soberanos actualmente. El McDúo —la opción más económica de dicha compañía— aumentó de 0,23 a 240 en un año.

Taxis

El servicio de carros libres ha sido quizás uno de los más perjudicados por la crisis económica. A la hiperinflación hay que sumarle la escasez de repuestos y el alto costo de los que se consiguen, la falta de dinero en efectivo y la inseguridad que se vive en las calles.

Miembros de una línea de taxis ubicada en El Paraíso señalan que la tarifa mínima en un año se incrementó de 8 a 150 bolívares soberanos, e incluso a 200, dependiendo del sector al que se dirija el pasajero. El precio sube en caso de que el taxista tenga que ir a buscar al pasajero a su casa o si el servicio es realizado de noche o de madrugada. La falta de unidades también influye en el costo final.

Electrodomésticos

Productos que solían ser comprados como obsequio navideño o de bodas hoy son imposibles de adquirir por una pareja de recién casados que devengue salario mínimo. Una licuadora, por ejemplo, hace un año costaba entre 7 y 9 bolívares soberanos. Su precio actual varía entre 4500 y 5000, lo que dependerá de la marca y de la tienda donde se obtenga.

Empleados de una importante tienda por departamentos de Caracas señalan que la ley de precios justos les impide hacer remarcaje de precios, por lo que muchos de sus productos —como la licuadora— aún mantienen el precio de septiembre de este año. En tiendas más pequeñas ubicadas en Chacao, la misma licuadora cuesta 7000 bolívares, mientras que un microondas, que en 2017 valía 38 bolívares soberanos, hoy ya ronda los 15.000.

Artículos de hogar

Hay que pensarlo dos veces si se quiere renovar con frecuencia los utensilios y productos hogareños. Un juego de sábanas —dependiendo de su tamaño y marca— puede costar entre 2300 y 3000 bolívares soberanos; es decir, más de un sueldo mínimo para adquirir un solo producto. A finales de 2017, el mismo artículo costaba entre 5 y 6 bolívares del cono actual.

Un juego de ollas, por su parte, tiene un costo de 10.800 bolívares si es de siete piezas y de 15.000 si es de 10 piezas, en contraste con el año pasado, cuando valía entre los 6 y 8 bolívares soberanos. El aumento se traduce en 179.900 y 187.400 %, respectivamente.

Baterías

Mantener un carro en buen estado, en general, se ha vuelto un viacrucis para sus dueños. Los precios de las baterías están fijados por organismos gubernamentales entre 4930 y 7980 bolívares; es decir, entre 2,7 y 4,4 salarios mínimos. De acuerdo con uno de los encargados de Duncan Maripérez, la situación se ha agravado desde que hace unos meses se ordenó la rebaja de precios.

Para finales del año pasado, los acumuladores costaban entre 10 y 15 millones (100 – 150 bolívares soberanos) por lo que el incremento es de más de 5000 % en menos de un año.

Teléfonos celulares

Con un sueldo mínimo que el día de hoy equivale a 9 dólares, renovar equipos telefónicos es imposible. En recorridos por centros comerciales del este y centro de Caracas se pudo constatar que los precios de los teléfonos nuevos cambian al ritmo del comportamiento del dólar paralelo.

Desde 2500 bolívares (un celular simple, sin cámara) hasta 35.000 (smartphone) fueron los precios observados en distintas tiendas de la ciudad. Hace un año, en la misma tienda del centro comercial MetroCenter, el teléfono que hoy cuesta 10.000 se podía adquirir en 20 bolívares soberanos. Los celulares básicos rondaban entre 5 y 10 bolívares y el más costoso alcanzaba los 100 bolívares soberanos.

Viajes

Aunado a lo difícil que es trasladarse de un lugar a otro en Venezuela hoy en día, la oferta turística no está al alcance de todos. Para la isla de Margarita, por ejemplo, un paquete de dos noches con todo incluido —excepto el boleto aéreo— cuesta entre 8000 y 10.000 bolívares soberanos por persona dependiendo del hotel que se escoja.

El año pasado las ofertas eran más atractivas. Entre 25 y 38 bolívares costaba un paquete para esta época —aún en temporada baja— e incluía pasaje de avión y traslado aeropuerto-hotel-aeropuerto. Representantes de ventas de agencias que fueron consultadas mencionan que, si hay disponibilidad, ofertan el paquete con el pasaje aéreo incluido, pero que esta opción es cada vez más esquiva.

Equipos electrónicos

Este es otro de los rubros que se encuentran dolarizados y, a su vez, inflados en dicha moneda. Computadoras que hace un año eran vendidas entre 150 y 200 bolívares soberanos hoy circulan entre los 80.000 y 100.000 e incluso son vendidos en dólares (tanto efectivo como electrónico). Accesorios como el teclado (Bs. S. 5 – 8) y mouse (Bs. S. 1 – 3) pueden encontrarse actualmente entre 300 y 3000 bolívares soberanos.

Otros productos como las consolas de videojuegos sufrieron incrementos sustanciales. En noviembre del año pasado una PlayStation 3 rondaba los 80 bolívares mientras que hoy en día se puede conseguir entre 30.000 y 40.000 bolívares soberanos.

Calzados

Lo que antes era una rutina, ya se ha vuelto un inmenso sacrificio. Desde zapatos de marcas venezolanas —que se consideraban económicos— hasta imitaciones de grandes fabricantes que se venden en mercados populares se han convertido en objetivos distantes al bolsillo del venezolano.

En tiendas de calzados de Sabana Grande ya se pueden ver las etiquetas que marcan los 5000 bolívares que vale un par de zapatos hecho en Venezuela. El incremento no sorprende dado que, hasta hace dos meses, el mismo par costaba 1600, y hace un año 8 bolívares soberanos. Las botas imitación que en 2017 valían 10 bolívares, actualmente —dependiendo de donde se compren—, pueden costar entre 6000 y 7000.

 

Sin importar su tamaño, las empresas han sentido, a través de la disminución del consumo, los efectos de la hiperinflación. Muchas siguen luchando por mantenerse a flote , pero, a medida que pasa el tiempo, esto se hace cada vez más difícil.

Por Héctor Antolinez @hectorantolinez

“La situación lo que da es tristeza”, así define Elia, dueña de un abasto-licorería en una zona residencial de Caracas, lo que le ha tocado vivir en su negocio durante los últimos 12 meses. 

La hiperinflación cumple su primer año. También lo cumplen los efectos que ha tenido sobre comercios que, sean grandes o pequeños, han visto como día a día su situación económica empeora al punto de estar en riesgo su propia existencia.

Joven y con el abasto como único sustento, ella madruga todos los días para poder llegar a su negocio, el cual abre sin falta a las 9 de la mañana, hora en la que comienza a trabajar, cada día con menos clientes que atender y menos mercancía que ofrecer.

“Siento que en este último año hay muchos menos, como un 60 % menos. No tengo cómo contarlos, pero de verdad creo que es más o menos eso”, asegura mientras dice que no tiene dudas de cuál es el problema: “los precios”.

La gente dice que todo está muy caro, que con el sueldo no le alcanza, que no puede comprar. Antes una señora venía y compraba pan, embutidos, queso y plátanos, ya esos productos no están y en el caso de los plátanos no es por kilo, sino por unidad.

La realidad que vive Elia es la misma que registran desde Fedecámaras. Su presidente, Carlos Larrazábal, asegura que en el país “todo está, hoy por hoy, en contra de producir” y que, a su juicio, “el único factor que hace que hasta ahora algunas empresas no cierren es su deseo de continuar”.

La joven, que trabaja en un negocio que ahora solo cuenta con un empleado externo (fuera de su familia), cuenta que la escalada de precios es tan brutal que, simplemente, ha tenido que dejar de comprar mercancía, inclusive algunos productos que en su momento eran vitales para su cadena de ganancias.

El alcohol subió muchísimo, ya no lo podemos pagar porque si lo compro, tengo que venderlo barato o se queda ahí sin comprador y es pérdida: solo tengo sangría y cerveza. También dejé de comprar vegetales y legumbres. Hace no mucho yo compraba hasta 40 cajas de refresco cada mes, ahora solo compro dos, manifiesta.

Larrazábal, por su parte, dice que precisamente esa imposibilidad de poder reponer inventario es la consecuencia lógica del problema hiperinflacionario, cuya principal repercusión es, para él, “la descapitalización que se le hace a la sociedad”, ya que “tanto empresarios como consumidores ven cómo su capital pierde valor sin que haya algo que pueda hacerse al respecto”.

La de Elia no es una anomalía, es la norma de los negocios que hacen malabares para poder vender a un precio que les deje ganancias y escapar de un círculo vicioso en el que los precios suben, los consumidores compran menos y el capital poco a poco se desvanece. Cualquier persona que trabaje con mercancía para la venta sufre el mismo problema.

Omaira Hernández tiene un quiosco desde hace 22 años, ubicado en una zona céntrica de Caracas. Cuenta que su negocio, que por mucho tiempo le permitió subsistir, ya no alcanza para cubrir sus gastos personales.

Tengo un hijo, que es el que está afuera y me ayuda para comprar lo que necesito. El ingreso del quiosco no me da”, asegura la mujer de la tercera edad, que señala los precios como su principal problema: “Hoy compro una mercancía a un precio y mañana la voy a comprar y ya no me alcanza el dinero para reponerla”.

La ubicación del quiosco de Omaira puede ser considerada como ideal, puesto que está frente a una escuela del centro y ella misma asegura que, en años anteriores, su negocio era “la cantina de todos los niños de la escuela”. En 2017 eso cambió. “Los padres no pueden ni comprar una galleta para sus hijos. La venta ha bajado mucho. Si mi hijo no me mandara dinero, ya yo habría cerrado”, afirma la comerciante.

Si bien la dueña del quiosco hasta ahora se mantiene con su negocio abierto, lo cierto es que no todos han corrido con esa suerte; de hecho, María Carolina Uzcátegui, presidenta de Consecomercio, asegura que el porcentaje de negocios cerrados es de 40 % en lo que va de 2018. Un escenario similar es el que pinta Carlos Larrazábal, quien, antes de atreverse a soltar una cifra, destaca que es casi imposible saberlo con certeza por la “falta de datos oficiales”, pero que igual se trata de hacer seguimiento.

“Cualquier ciudadano puede ver en las calles los negocios comerciales cerrados. En el sector industrial se ha visto que ya han cerrado unas 600 empresas este año. Fíjate, de las 12.000 que se tenían antes del inicio de la crisis se bajó a 4500 y ya hoy debemos estar cercanos a 3500, las cuales están trabajando a 20 % de su capacidad instalada”, detalla el presidente de Fedecámaras.

Entre tanto, para Omaira la realidad no cambia. Los cigarrillos y las llamadas telefónicas son lo único que le sigue produciendo algo de ganancia por ahora. 

“Lo que más vendo son los cigarros y ya no me compran la caja, compran el detallado. El quiosco era próspero, ahora ya no es rentable”, reflexiona, dejando en incertidumbre su continuidad como comerciante.

Los negocios dejan de vender y, sin embargo, se siguen viendo obligados a aumentar sus precios. Se trata de una realidad que también afecta a las empresas que ofrecen un servicio y no productos para la venta.

Celso Sánchez tiene una peluquería y dice que la pérdida de clientes es algo que se ha estado registrando desde el inicio de la crisis en 2014, pero que fue desde finales de 2017 que la misma empezó a amenazar su trabajo.

“Muchos de mis clientes se han ido y de los que quedan se quejan de los precios del corte, del secado”, comenta el estilista, quien sostiene que la falta de compradores es notable y que por la propia estructura del negocio no pueden evitar aumentar los precios de forma semanal.

Acá trabajan seis personas, y muchos como yo, por porcentaje. Para mantenernos, tenemos que estar revisando los precios cada semana. Las personas siguen viniendo por las relaciones que hemos cultivado con ellas, cuenta mientras se fuma un cigarrillo en la puerta de su negocio a las 5 de la tarde, la hora que solía ser de mayor trabajo. Antes, a esta hora, esto estaba lleno de gente, ahí adentro ahora solo hay una señora, suelta resignado.

 

Pese al deterioro, puede haber recuperación  

La política oficial de controles, la disminución de las importaciones y la incertidumbre han desplomado la producción y, en consecuencia, han cerrado empresas. En más de 10 años el número de industrias se ha reducido en promedio 60 %, y según los datos más recientes del sector industrial, operan menos de 3000 empresas a un tercio de su capacidad. 

A pesar del deterioro, en el sector privado estiman que una recuperación es posible. El presidente de Fedecámaras sostiene que esta posibilidad aún es viable a corto plazo, aunque añade que la misma depende de las acciones que tome el Gobierno.

Si el Gobierno toma las medidas que debe tomar, yo estoy convencido de que la economía se recuperaría rápidamente. Todavía existen muchas empresas que están en capacidad de producir. Hay 3500 empresas que trabajan a 20 % o 25 % de su capacidad instalada y si les permites operar dándoles las facilidades, en 60 o 90 días pueden llegar a 70 %, 80 % de producción, afirma Larrazábal.

Expresa que ha sido “la indiscriminada impresión de dinero inorgánico” el causal de la hiperinflación en Venezuela y que, por eso, un cambio definitivo vendría amarrado de un cambio drástico de la política económica de Nicolás Maduro.

“El único factor que hace que hasta ahora algunas empresas no cierren es el deseo de continuar, porque todo está hoy por hoy en contra de producir en el país. La única solución es el cambio del modelo económico, en el modelo político. Mientras continúen la persecución contra el empresario y el control de cambio y los controles en la economía, las empresas y los comercios no podrán recuperarse”, mantiene Larrazábal.

Con su experiencia en el área empresarial asevera que ninguna medida tomada por el Gobierno tras la reconversión, ni siquiera la de asumir el pago de los salarios por tres meses, salva a las empresas de los efectos inflacionarios. Para él, es un fenómeno tan monstruoso que se ha vuelto “transversal”, que ataca “al pequeño empresario igual que como afecta a la gran empresa” y que, por eso, sin un cambio, las empresas tendrán que seguir luchando simplemente por seguir existiendo en una economía cada vez más hostil.

 

Ya no lo consigo

Durante los últimos años, al menos una docena productos de higiene personal ha desaparecido de los anaqueles. En una encuesta realizada por Crónica.Uno en redes sociales, los usuarios expresaron que ya no consiguen desodorantes, champús, jabón u hojillas de afeitar de sus marcas preferidas. En el caso de ubicarlos, los precios, abultados por la hiperinflación, resultan prácticamente inaccesibles para el grueso de la población. Y usted, ¿cuáles productos echa de menos?

Papel toillet Sutil
Champú
y acondicionador
Pantene Pro-V
Afeitadoras
Gillette Match 3
Crema dental
Oral-B
Desodorante Axe
Talco Johnson & Johnson
Colonia Mennen
Cremas de peinar Sedal
Desodorante
Speed Stick en gel
Jabón de baño Camay
Cremas Nivea
Enjuague Bucal
Listerine

Vulnerables y sin expectativas, los venezolanos huyen

Al comparar la inflación mensual desde 2017 con la migración mensual de venezolanos a Colombia, la relación salta a la vista. El alto costo de la vida y la ausencia de perspectivas de cambio empujó a más de 3 millones de personas allende las fronteras. Testimonios de venezolanos en el extranjero, de diputados especializados en el tema y de encuestadores, lo confirman.

Por Maru Morales P.  @morapin

William Ramírez es licenciado en Educación Física. Se casó en noviembre de 2017, apenas unos días después de que la comisión de Finanzas de la Asamblea Nacional le informara al país y al mundo que Venezuela había entrado oficialmente en hiperinflación. En mayo de 2018, William y su esposa, que para ese momento estaba embarazada, se habían ido a Chile.

Ana Casagrande, licenciada en Educación Especial y con larga trayectoria en el sector público en el área de reinserción de adolescentes en conflicto con la ley, tomó la decisión de dejar su natal Carabobo a mediados del año pasado. Se dio cuenta de que ni su salario, ni los rebusques, ni los ahorros de toda la vida de ella y su esposo servían ya para pagar las cuentas. En noviembre de 2017 aterrizaban en Santiago de Chile.

Eduardo Carrillo es licenciado en Química. Él y su esposa tenían varios meses dándole vueltas a la posibilidad de buscar nuevos horizontes. Unos que ofrecieran calidad de vida para ellos y para su mascota, un pastor húngaro de la raza Kuvasz cuyos alimentos eran cada vez más difíciles de conseguir y cada vez más costosos. A mediados de noviembre del año pasado, el trio arribaba a Guayaquil, Ecuador.

Las historias de estos tres venezolanos migrantes y sus familias no difieren de cientos de miles de otras historias de venezolanos que desde el segundo semestre de 2017, cuando el aumento de la inflación se hizo imparable, comenzaron a sumarse en masa a la ola de desplazados por razones económicas.

La encuestadora Delphos, dirigida por Félix Seijas (hijo), clasifica al migrante venezolano en tres grupos. Uno que comenzó a emigrar en 2015, profesional universitario y cuya mudanza es planificada. Pertenecía a lo que se denominaba clase media —hoy prácticamente extinta—. Este migrante tenía como destinos preferidos Canadá, Estados Unidos o España. No se iba a ejercer su profesión, pero se marchaba con su familia con el propósito de garantizarle un futuro.

Ese fenómeno fue mutando y para 2017 se inició la migración de un segundo grupo con menos formación profesional. No se iba la familia completa, sino el más emprendedor con el propósito de establecerse, enviar dinero y luego llevarse a hermanos y padres. Este migrante se iba a casa de un amigo o porque ya tenía un trabajo palabreado, señala Seijas.

El tercer grupo arrancó su viaje a finales de 2017 y se consolidó este año. Es el desplazado que se va por tierra, perteneciente a sectores populares, con poca formación académica, con oficio pero sin profesión, que se va sin planificación de ningún tipo.

“A los migrantes planificados, se les unieron sectores populares con planificación y sin planificación. Comenzó a ser una cosa más atorada. Era prácticamente huir de Venezuela como fuera. Entonces comenzamos a ver los ríos de gente cruzando fronteras en Suramérica a pie”, explica el analista.

Es también cuando se encienden las alarmas de la Organización Mundial de Migración, que en abril de 2018 emitió un primer comunicado pidiendo a los países receptores garantizar atención a los venezolanos, y en septiembre declaró oficialmente la condición de refugiados a los venezolanos. Es este tercer grupo de desplazados el que genera la reacción coordinada de los gobiernos de la región, principalmente Brasil y Colombia.

Un combo de razones

“En enero de este año la cifra de encuestados que decía tener una fecha para irse de Venezuela estaba alrededor de 1 % de la población (que equivale a 318.281 personas). En octubre, esa cifra se ubicó entre 3.5 % (1.115.734 personas) y 4 % (1.273.124 personas)”, precisa Seijas. Mientras los que alguna vez han pensado irse pero que aún no tienen un plan pasó de 20 % de la población en enero a casi 30 % el día de hoy.

Aunque Delphos no ha medido estrictamente la relación entre crisis económica y migración, sus estudios permiten establecerla. Para mayo de 2017, 52,4 % de la población consideraba que los principales problemas del país eran económicos (falta de comida, alto costo de la vida, desempleo, falta de producción) y para mayo de 2018 ese porcentaje se había disparado a 72,1 %.

Seijas indicó que en los estudios cuantitativos no es común que los encuestados expresen directamente que se van del país por la hiperinflación, sino que este fenómeno es una de las razones que llevan a tomar la decisión.

Las personas sienten que su vulnerabilidad familiar y personal aumenta y huyen de esa vulnerabilidad. Los jóvenes sienten que no pueden construir una vida. Las personas perciben que no hay oportunidades para progresar, que hay inseguridad e imposibilidad de cubrir gastos de salud y alimentos. La decisión es un combo. La hiperinflación aumenta esa vulnerabilidad, sostiene Seijas.

Un estudio citado por la subcomisión de Migración de la AN en su Boletín Informativo sobre la Diáspora N.° 2, señala que casi 70 % de los que se fueron a Brasil lo hizo por razones económicas al igual que casi 90 % de los que se fueron a Perú. “Dentro de ese combo de razones para querer irse, el tema económico ha cobrado relevancia desde el año pasado”, acotó Seijas.

De hecho, según el informe Panorama de la Seguridad Alimentaria y Nutricional 2018 de la FAO, y otros organismo de Naciones Unidas, “en la República Bolivariana de Venezuela se observan en los últimos años cambios en los procesos migratorios, lo que también evidencia la relación entre inseguridad alimentaria y migración”. Así —explican— se han intensificado los flujos hacia los tradicionales destinos y hacia nuevos destinos en la Región y en el mundo.

“Las solicitudes de asilo han aumentado en un 2000 % desde el 2014. Según las últimas estimaciones de la Organización Internacional para las Migraciones (OIM), en lo que va del 2018 ya hay más de 2,3 millones de venezolanos en el extranjero”.

Aseguran en el informe que entre el 2015 y el 2018, el número de migrantes venezolanos en Sudamérica pasó de cerca de 86.900 personas a 1.529.000 y se han otorgado más de 400.000 permisos de residencia a venezolanos.

Empujados por la hiperinflación

William, Ana y Eduardo confirman con sus testimonios lo recogido por las encuestas. “No solo fue el aspecto económico lo que nos llevó a tomar la decisión, pero sí fue el que detonó todo, porque a pesar de tener varios trabajos ya no me alcanzaba para comer. En sí fue una mezcla de muchos factores: inseguridad y falta de recursos económicos por la hiperinflación. Además mi esposa estaba embarazada y yo no iba a permitir que mi hijo naciera en esa situación”, cuenta William.

Ana por su parte señala que hacía seguimiento a los anuncios e informaciones de la comisión de Finanzas de la AN y eso le pintó un panorama: “Yo seguía las noticias y a la par veíamos como ya no se conseguían alimentos, el bachaqueo era tremendo, los costos de las medicinas y los alimentos eran bastante difíciles de cubrir. Ya teníamos un tiempo evaluando con seriedad la posibilidad de irnos y vivir con calidad de vida porque lo poco que nos ingresaba no cubría los gastos”.

Eduardo recuerda que cuando el Parlamento anunció que la hiperinflación era oficial, acababa de renunciar a una empresa de alimentos porque el salario que percibía era muy bajo para afrontar los gastos de su casa, e incluso la comida y el mantenimiento de su perro, Antares. “Ese anuncio me terminó de empujar a tomar la decisión de irme del país porque sabía que no iba a poder mantenerme con lo que ganaba”.

 

Un indicador que permite apreciar directamente la relación entre el aumento de la inflación y el repunte de la migración, es el registro de ingreso de venezolanos con pasaporte publicado por Migración Colombia mes a mes, desde 2017. Al contrastar esos números con el incremento progresivo de la inflación registrada por la comisión de Finanzas del Parlamento la relación es clara.

 

Sin expectativa de cambio 

De acuerdo con el reporte de septiembre de la subcomisión de Migración de la AN, basado en las cifras de 16 países receptores, el número de desplazados venezolanos se ubicaba para la fecha en 3,3 millones.

El diputado Carlos Valero (UNT-Táchira), integrante de la mencionada comisión, considera que las razones de los venezolanos para abandonar el país son dos: la crisis económica sin respuesta efectiva del Gobierno y el quiebre de las expectativas de cambio político en la población.

“Mucha gente estaba esperando el cambio político en 2015 cuando ganamos la Asamblea, luego en 2016 con el referendo revocatorio y al no lograrse, la gente comenzó a buscar su futuro y su calidad de vida en otros destinos”, expresa.

Valero añade una tercera causa. Una especie de daño colateral o beneficio, según se mire: “En la medida en que la comisión de Política Exterior ha logrado mejores condiciones de visado e inserción social y laboral para los venezolanos, eso ha sido un incentivo para que más gente se vaya. Ante ese dilema no tenemos más opción que seguir trabajando por los que se quedan y los que se van”.

Por su parte, la presidenta de la comisión de Familia de la AN, Mariela Magallanes (Causa R-Aragua) afirma que los primeros desplazados lo eran por razones políticas, porque entendían que sin un cambio político, no sería posible ejercer las libertades: “Pero comenzó el proceso hiperinflacionario y eso aceleró la diáspora. Así como se acelera la crisis, se incrementa la diáspora. Estoy convencida de que el efecto hiperinflacionario es motivo principalísimo hoy en día para irse del país. Esa motivación ha pasado a un primer plano. La gente percibe que no hay más alternativas y eso determina la decisión de irse. Incluso el que se queda se pregunta ¿hasta cuándo puedo aguantar?”.

Muchos billetes que cada vez compran menos

El espacio en las carteras es cada vez menor ante la cantidad de billetes que se requieren para realizar cualquier compra. Aún con la reconversión la escasez de papel no termina de resolverse.

Por Carlos Seijas Meneses @carlosgmeneses

Con su tarjeta de débito un joven militar pagó unos cigarros detallados en un quiosco de Los Chaguaramos. Cada uno le salió en 20 bolívares soberanos, pero no tenía para pagarlos en efectivo. Fue la tercera persona que, en solo 10 minutos, canceló a través del punto de venta. Primero fue un muchacho que compró una bolsita de chucherías y, luego, un hombre que adquirió tres empaques de caramelos mentolados.

“Comunismo”, expresó el señor en relación con la falta de billetes. La vendedora, que lleva tres décadas en ese quiosco, lo miró y le respondió: “Esa es la palabra correcta. Pero no nos vamos a doblegar”. Luego la mujer le pidió al consumidor el número de la cédula de identidad para hacer la transacción.

Del techo del expendio colgaban varias revistas, entre ellas Gaceta Hípica, la cual costaba, el lunes pasado, 90 bolívares soberanos en efectivo y 100 por tarjeta. “Lo hago así por el porcentaje que me cobran por el punto”, explicó la trabajadora, quien se vio en la obligación de adquirir un equipo hace seis meses por la escasez de papel moneda. “Solo estaba vendiendo lo que ahora serían 20 bolívares, un cigarro”, dijo.

En cada quiosco y puesto ambulante son claros los síntomas de la falta de efectivo, que se agudizó en octubre y noviembre de 2017, cuando Venezuela entró en hiperinflación al rebasar la barrera de 50 % de inflación intermensual.

 

La demanda de papel moneda fue creciendo desde entonces. Cada día las personas necesitaron más piezas para adquirir el mismo producto y no hubo una emisión de billetes al ritmo de la escalada de los precios y de la expansión de la base monetaria. Henkel García, analista financiero y director de Econométrica, afirmó que la hiperinflación es un fenómeno que se lleva todo por delante y arrasa no solo con el poder adquisitivo de los ciudadanos sino también con el poder de compra de cada uno de los bolívares que están en circulación.

Si bien en Venezuela no se ha llegado al extremo de tener que usar bolsas y bolsas de efectivo para pagar un producto de uso cotidiano, el crecimiento de los precios a ritmo de hiperinflación llevó al Gobierno a una reconversión monetaria mayor a la que había anunciado.

Sin llamarla por su nombre, el presidente Nicolás Maduro reconoció los efectos de la hiperinflación al quitarle no tres, como había anunciado el 22 de marzo, sino cinco ceros al bolívar, siendo un total de ocho la cantidad de ceros que la revolución le ha eliminado a la moneda en la última década.

Recorrido por caracas durante la emisión del nuevo cono monetario y dia no laborable

Lo que se anunció como una panacea para la escasez de efectivo aún no da los resultados esperados por el Gobierno. La reconversión monetaria ha mitigado parcialmente las largas colas en los bancos ni acabó con la falta de billetes y monedas.

Personas que retiran efectivo de las taquillas o cajeros automáticos prefieren guardar ese dinero para comprar alimentos a precios más asequibles y pagar el pasaje del transporte público. Así que tener un punto de pago sigue siendo imprescindible para los vendedores ambulantes.

Hace cinco meses, José Bastidas, un vendedor de jugo de naranja, también necesitó contar con ese dispositivo. No vendía prácticamente nada. A unas personas que expenden quesos y cambures cerca de su puesto, con quienes lleva mucho tiempo de amistad, tuvo que alquilarles el punto de venta para no quebrar.

Esta semana, a las dos de la tarde, Bastidas estaba solo. No llegaba ni un cliente. En esa calle en Santa Mónica había poco tránsito. Apenas había vendido un litro de jugo. Recordó que, cuando comenzó, podía vender hasta cinco sacos de naranja en un solo día. De cada uno le salían entre 12 y 13 litros, calculó. “Me siento quebrado, uno no vende como le gustaría. En un fin de semana es que se vende un saco”, dijo.

El vaso de jugo, que lo tiene a 50 bolívares soberanos, no lo ofrece desde la semana pasada por el elevado precio del material. Lo demás lo sirve en envases plásticos de agua mineral. El medio litro marcaba un precio de 80 bolívares, el litro 130 bolívares, el litro y medio 190 bolívares y los dos litros los vendía en 250 bolívares soberanos.

Desde que se agravó la escasez, poco a poco aparecieron en los puestos ambulantes los letreros que anuncian “sí hay punto de venta”. Ese es el escenario en una acera en la Gran Avenida en Plaza Venezuela, al lado de la estación del Metro de Caracas de la Línea 1, por donde transita una gran cantidad de personas o esperan para montarse en las camioneticas que van a Los Teques y a San Antonio de los Altos.

Hace seis meses unos vendedores de churros colocaron un puesto en esa zona, e inmediatamente negociaron el uso de un punto de venta a una conocida. Uno de los trabajadores dijo que, en un principio, pocas personas pagaban con billetes, pero que ahora sí se ha visto un poco más de efectivo.

El director de Econométrica explicó que la relación de efectivo entre masa o liquidez monetaria estaba por debajo de 1 % previo a la reconversión, pero luego los índices empezaron a mejorar y actualmente esa relación está por encima de 12 %. “Pero no se siente superada del todo, porque buena parte de ese efectivo todavía está en los bancos en un proceso de entrega que tiene que ser ordenado y progresivo”, dijo.

Derecho a la salud cada vez se paga más caro

Hacerse anualmente una mamografía o exámenes rutinarios, así como pagar una póliza de seguros dejó de ser una opción para muchos venezolanos que ven escaparse de sus bolsillos la posibilidad de mantener su salud.

Por Norma Rivas @nrivasherrera

1

Sin cobertura HCM

La hiperinflación diluyó las coberturas de las pólizas de Hospitalización, Cirugía y Maternidad. Pese a que algunos seguros han revisado las sumas aseguradas, los montos no alcanzan para cubrir una cirugía o un parto. Incluso las hay como la de los maestros, que no atienden ni una consulta, que pueden oscilar entre 250 y 7000 bolívares soberanos.

Williams Herrera, vecino de El Junquito, paciente diabético, no tiene los medios para pagar una cobertura en dólares y tiene que depender del seguro de la empresa donde trabaja, y que ofrece de cobertura 7000 bolívares soberanos, de los cuales gastó 5800 en exámenes de laboratorio.

2

Las inmunizaciones privadas
fuera de las posibilidades de muchos

Es conocido que en el sistema de salud público es poco probable logar vacunar a los niños. Muchos padres, hasta hace un año o poco más, podían inmunizar a sus hijos en las consultas privadas de los pediatras, pero esto quedó fuera del alcance de la mayoría por el salto que dieron los precios.

Algunas clínicas ofrecen las inmunizaciones en dólares y otras a precios que superan el salario mínimo. Gledys Navas no tiene los 8500 bolívares soberanos que le piden para ponerle la vacuna contra el neumococo a su niña de tres meses. “Ella solo tiene la BCG, la dieron de alta sin la vacuna contra la hepatitis”.

3

Las sonrisas ya no brillan

En los consultorios de Barrio Adentro, dependencias del IVSS o ambulatorios regionales, la atención odontológica es casi nula debido a la falta de insumos.

Al acudir a la red privada, pacientes encuentran cotizaciones en dólares y altos precios en moneda nacional. La consulta cuesta 300 bolívares soberanos, la limpieza está en 250, ponerse blanqueamiento en 600, una resina en un diente 700, extracciones dentales en 1000, los aparatos de ortodoncia tienen un valor por encima de los 6000 bolívares soberanos. 

4

Pacientes crónicos sin opción

Venezuela vive una emergencia humanitaria compleja desde 2016. Mientras que en el sistema público de salud no se distribuyen tratamientos para las enfermedades crónicas ni permiten que lleguen donativos del exterior, la vida de los pacientes con HIV, cáncer, trasplantados, con diabetes, corre peligro porque no tienen cómo costear los tratamientos que, debido a la escasez, en la mayoría de los casos, deben traerse del exterior

Jeiver Ollarve era diabético y falleció por no conseguir insulina. Esta historia forma parte del documental Los que no debieron morir, publicado por Convite.

5

Alto riesgo de embarazo y enfermedades

Tener sexo seguro se ha convertido en toda una proeza debido a la desaparición de los métodos anticonceptivos de la red del sistema de salud pública y por los  costos elevados en farmacias.

“Sin anticonceptivos no hay diversión”, dice María Gómez, a quien le aterra quedar embarazada en momentos en que planifica radicarse en Ecuador. Prefiere la abstinencia antes de ponerse a inventar solo con preservativos, que los consiguen entre 200 y 300 bolívares soberanos.  No tiene los 1500 para adquirir las pastillas anticonceptivas Cerazette.

6

Sin chequeos o con pocas consultas

El costo de las consultas hace que la gente evalúe la pertinencia de hacerse chequeos médicos como medida de prevención para detectar enfermedades y, de esta manera, tratarlas a tiempo. Cada vez son más espaciadas las consultas que solían hacerse anualmente como la visita al ginecólogo o entre los hipertensos o cardiópatas la ida al cardiólogo.

7

Sin opción pública de esterilización

Las esterilizaciones en la red privada van de la mano con las cesáreas a las parturientas. En los hospitales se hacen previo estudio del caso de la paciente y están condicionadas a que tenga los insumos requeridos. Hace tres meses Gledys Navas gastó 45 millones, hoy 450 bolívares. Sin embargo, esos insumos aumentaron de precio: 350 bolívares cuesta la sutura, 600 la anestesia y 100 un analgésico endovenoso. 

8

 Cirugías con precios prohibitivos

En el sistema de salud pública donde la atención medica debe ser gratuita, en algunos hospitales los familiares de los pacientes deben llevarlo todo, desde los materiales de limpieza de las habitaciones, agua potable, guantes hasta medicinas e insumos.

Conociendo la crisis hospitalaria, Lisbeth Dimuro acudió a consulta privada y se enteró de que debe operarse. No ha podido reunir el dinero para costearse la cirugía de miomas uterinos (miomectomía).

9

No se pueden comprar medicinas

El desabastecimiento de medicinas supera el 85 % según datos que maneja la Federación Farmacéutica de Venezuela (Fefarven) y los pocos que se encuentran son importados. Los pacientes no consiguen las medicinas a través del 0800-SaludYA, sistema creado en 2016 para entregar fármacos a través de la red de Farmapatria.

Un mes de tratamiento para la tensión (Losartan de 100 mg) cuesta 1010 bolívares; un simple analgésico para el dolor de cabeza vale 700.

10

 Condenamos a no ver bien

En algunos consultorios de la red pública de salud han dejado de funcionar las consultas oftalmológicas por falta de personal. En muchos sitios donde se ofrece ese servicio, como el caso del sector Oropeza Castillo en Guarenas, hay que estar a las 3 de la madrugada para ser uno de los 10 pacientes que atienden por día, pero eso no es garantía de poder comprar los lentes: Las monturas no bajan de 3000 bolívares y los cristales más sencillos pueden costar 2300.

11

Diagnósticos sin precisión

En los centros asistenciales públicos y privados escasean los reactivos para los exámenes de laboratorio. Este problema se ha agravado. Según Codevida (Coalición de Organizaciones por el Derecho a la Salud y la Vida), la falta de estos químicos ha incidido en un aumento de hasta 500 % en los precios durante el último año. En los laboratorios privados es muy costoso hasta el básico perfil 20.

12 No hay forma de comprar una prótesis de traumatología

Han disminuido las intervenciones de Traumatología en los hospitales Pérez de León y Pérez Carreño por la falta de prótesis e insumos. Este drama lo vivió hace tres meses Guillermo Marchán, quien se cayó de un autobús en marcha. “Ando en muletas, mis huesos están soldándose solos y nada que me operan”.

Teresa Rivas espera desde hace cuatro años por una prótesis de cadera para poder volver a caminar. El aparato no se fabrica en Venezuela y traerlo cuesta 5000 dólares, dinero que ella no tiene.

12 meses en hiperinflación

Desarrollo editorial y concepto: Luisa Maracara
Redacción de textos:
Mabel Sarmiento Garmendia, Carmen Victoria Inojosa, Norma Rivas, Julio Materano, Luisa Maracara, Alberto Torres, Héctor Antolínez, Maru Morales, Reymar Reyes, Carlos Seijas, Claudia Smolansky 

Edición de textos: Natasha Rangel, Raúl Chacón
Fotos: Luis Morillo, Sebastián García Inojosa 

Edición de videos: Luis Morillo 
Infografías: Milfri Pérez
Diseño: Lesslie Cavadías