Como en los viejos tiempos, el predespacho en un restaurante, un buen rato en una discoteca y un arepazo para rematar es posible en una noche de rumba caraqueña. Solo que ahora, en medio de una economía informalmente dolarizada, la moneda extranjera le gana terreno al bolívar, y los rumberos deben moverse en una urbe solitaria que no enciende sus luces al caer el sol.

Caracas. El que cuadra el carro, la que se pone su mejor pinta, el que se aplica un poco de perfume, el que se alista temprano, la que siempre tarda, la que no quiere beber y la que quiere tomarse todo, el que anda corto de plata, el que lleva el efectivo para comprar cigarros y la que se calza tremendos tacones pero mete un par de zapatillas en la cartera.

Tal vez no como antes, pero los rumberos siguen ahí, activos los viernes, pensando en un buen local nocturno que les permita disfrutar toda la noche sin tener que gastar demasiado. No son solo jóvenes; adultos y, en menor medida, también los mayores de la familia se disponen para gozarse una ciudad nocturna empeñada en vivir.

Era viernes y algunos cuerpos lo sabían, pero Caracas aparentemente no. Después de las 8 de la noche, la oscuridad, el silencio y la soledad imperante de un extremo al otro de la ciudad eran, al parecer, indicios de una ciudad dormida.

Desde Catia o desde la Trinidad hasta el centro de la capital el panorama era similar: desolado. Hicimos un recorrido para armar el grupo; cuando ya estábamos todos, emprendimos la marcha hacia El Maní Es Así, en Sabana Grande, orientados por Google Maps.

Foto: Gleybert Asencio

Superamos problemas de iluminación, basura y huecos. Y aunque durante el día, ese 26 de julio, muchos policías y militares se desplegaron por distintas zonas de la ciudad —después de un fuerte y mañanero tiroteo en la Cota 905— en la noche la presencia policial fue prácticamente nula. Sin embargo, que estén presentes en los espacios públicos no cambia la sensación de inseguridad. Si no, que lo diga César Duque, mesero con casi 25 años de experiencia, quien asegura que “ahora uno le tiene más miedo a un policía que a un malandro”.

turno nocturno
Foto: Gleybert Asencio

Cuando llegamos al punto indicado por el GPS, no dimos con El Maní, un local considerado templo de la salsa en Caracas. Parece que no éramos los únicos desorientados. Un perrocalentero nos dijo: “Sí, ahí está. Crucen en la esquina y suban”. Pero subimos y nada. Un señor nos dijo que ese local lo había comprado Juan Barreto (periodista y exalcalde de Caracas) unos años atrás y que lo había quebrado; un grupo de vecinos nos indicó dónde estuvo el famoso Maní y nos confirmó que llevaba algunos años cerrado.

El predespacho en La Solano

Entonces nos tocó pensar en otro lugar. Ya eran casi las 9:30 p. m. Nos quedamos en la zona, pues unas cinco tascas en dos cuadras tenían sus puertas abiertas. En algunas entramos para ver el ambiente.

Unas más concurridas que otras; ninguna full, pero todas con su clientela. Tobos de birras, platos de comida, botellas de whisky, ron y uno que otro cóctel ocupaban las mesas, mientras que la música hacía ameno el momento para grandes y pequeños.

En una esquina de la avenida está El Lagar, un restaurante especializado en mariscos que abre sus puertas hasta las 11:00 p. m. Desde hace algunos meses sus administradores habilitaron uno de sus espacios como pista de baile, con el fin de aumentar la clientela y contrarrestar los efectos de la crisis económica venezolana.

Foto: Gleybert Asencio

Los precios de los productos están a la vista de todos en la puerta del local. Es el modo como quieren atraer clientes. Will Beltrán, uno de los encargados, nos comenta que “es muy concurrido porque de los de la zona es el más económico”.

Y ciertamente lo es. Un tobo de 10 birras pequeñas cuesta 48.000 bolívares, mientras que en el centro de Caracas está en casi 60.000, y en Chacao y Las Mercedes en más de 80.000.

En El Lagar encontramos la rumba encendida sin tanta gente. Salsa, bachata y merengue ponían a bailar a jóvenes y adultos; unos, solos; otros, con sus respectivas parejas. Había una familia con sus niños; y hasta una nueva bachiller, medalla al cuello, celebrando con sus familiares el logro alcanzado.

Foto: Gleybert Asencio

Cerca de las 11:00 p. m. el local se fue quedando vacío, aunque la música seguía sonando a todo dar. Salimos de El Lagar para buscar un local que permaneciera abierto toda la noche.

En el camino paramos un momento en El Molino Rojo. La entrada estaba en 10.000 bolívares y abre hasta el amanecer. Hablamos con algunos muchachos que conversaban y fumaban frente al local. “Hay tres ambientes: uno de música latinocaribeña, uno de rock, y otro de reggae”, explicó uno de los roqueros que frecuenta el lugar desde hace más de una década. “Acá viene gente con edades entre los 25 y 35 años, ese es más o menos el target”.

Foto: Gleybert Asencio

Bordeamos el oscuro bulevar de Sabana Grande, y dejamos atrás bares, unos con más movida que otros; salimos del sector hacia Las Mercedes. ¿Nuestro destino? El histórico y muy conocido Teatro Bar.

Movimiento en Las Mercedes

Antes de llegar al local, la zona nos recibió con más iluminación y con mayor movimiento de gente. El club nocturno Loyalty, la sala show Carne y Vino, el restaurante Terraza Steak House y el bar musical La Quinta Bar eran solo algunos de los lugares repletos a la medianoche.

En la puerta de Loyalty no cabía un alma. Hacían la cola para entrar. El público: gente joven y bien trajeada. Dato curioso: empleados del local vendían la caja de cigarrillos en 35.000 bolívares mientras que un buhonero la ofrecía en 5 dólares.

El humo de cigarrillo, las motos, los vehículos y los muchachos aglomerados atiborraban también la entrada de La Quinta Bar. Impresionante el despliegue de luces y proyecciones de video sobre las paredes externas.

En Teatro Bar ingresar cuesta 10.000 bolívares, y las cervezas, 10 por 80.000. “Ahora se viene es a bailar y tomar una que otra cerveza, no hay de otra”, dice un joven en la terraza, parte del local que antes se caracterizaba por tener su propia barra y estar hasta el tope. Años atrás, era uno de los más concurridos de Las Mercedes, sitio predilecto de jóvenes universitarios que lo abarrotaban antes de la 1:00 a. m. para aprovechar el free cover.

Foto: Gleybert Asencio

Atrás quedaron las filas en plena calle para poder entrar y el despelote que se formaba para pagar los tragos y servicios en las barras. Pese a ello, una parte de los caraqueños sigue rumbeando, aunque con un presupuesto estimado de lo que va a gastar. Todo eso uno lo averigua antes de cuadrar la salida, el precio del cover, de las birras, hasta del taxi que te va a traer, menciona un muchacho en uno de los grupos.

Aseguran que, por razones económicas, tuvieron que “migrar” sus rumbas de La Quinta a Teatro pues para ellos el primero es impagable: 5 dólares (Bs. 44.192,05 según la tasa del BCV del 29 de julio).

“Nuestro target ya no está en Venezuela, emigró”, dice Eber Romero, encargado del local. La discoteca tuvo varios ambientes, pero por el alto costo del alquiler actualmente solo tiene uno en el que los distintos ritmos musicales hacen sudar a los bailarines.

El bartender de Teatro Bar nos explica que la bebida que más salida tiene en este local es la cerveza. “Después está el mojito cubano”. Pero también sale algo de ron y de ginebra. Comer algo no es posible en este local, no está dentro de la oferta.

Foto: Gleybert Asencio

Los consultados, sin embargo, una que otra vez aprovechan las promociones de La Quinta Bar. Dichas promociones y las fiestas temáticas han llamado la atención de aquellos que buscan rumbear en un ambiente más ligero y sin tanta formalidad. Es chévere porque si estás en una reunión con amigos o un evento y sales tarde, puedes ir sin problema ya que no se enrollan si vas en jeans, comentó Victoria Millán.

Los 2×1 en mojitos y servicios de ron, tobos de cerveza a precios muy por debajo de otros locales de Las Mercedes y entrada libre los jueves son algunas de las cosas que atraen al público —en su mayoría, joven— a este local. Varias veces, dice Victoria, los grupos hacen su predespacho ahí para después irse a discotecas como Marbella, Loyalty o Le Club.

“A Loyalty, más que todo los sábados, es un problema entrar, igual que a Le Club. Pero si conoces gente, pasas rápido. Ahí los servicios sí son más costosos y tienes que ir más semiformal”, dice Victoria. Señala que, por lo general, ella y su grupo de rumba prefieren quedarse en un mismo lugar por cuestiones de seguridad.

Foto: Gleybert Asencio

En busca de unas arepas

Tras un buen rato, emprendemos la retirada. Ahora el objetivo es encontrar un lugar para comer algo. Cerca de las 2 de la mañana la tarea no está fácil. De Las Mercedes salimos en dirección a Colinas de Bello Monte, no encontramos nada. Nos regresamos, entramos a El Rosal, nada. Atravesamos Chacao, soledad total. Llegamos hasta la plaza de Los Palos Grandes y por fin dimos con un restaurante abierto. ¡Sorpresa! No hay comida.

Salimos del lugar y como última opción nos dirigimos a una arepera ubicada en Chacaito, muy cerca de la autopista. Estaba abierta, había luz, había comida, entregan factura, el precio de algunos productos estaba en dólares, pero la mayoría tenía el monto en bolívares.

Un par de arepas de reina pepiada y un par de cachapas con refrescos y té frío conformaron nuestro pedido.

Mientras esperábamos, contemplamos la dinámica: consumidores ebrios, trabajadores somnolientos, dos chicas con vestidos cortos, solas, sentadas cada una en una mesa.

Tres niños entraron a la arepera. Y tras ellos cuatro adultos. Dos hombres y dos mujeres. Mientras los niños juegan por todo el lugar, sus representantes van trastabillando hasta alcanzar una mesa. Entran y, a duras penas, se instalan.

De un taxi se baja una pareja que también entra al establecimiento y pide pollo a la broster con papa fritas. Con su pedido en mano se sientan en una mesa contigua mientras nosotros seguimos esperando nuestro pedido.

En el ínterin, una camioneta llega y de ella desciende otra pareja. Una chica muy joven, de piel blanca y con reflejos verdes y azules en su cabello. Con su vestido deportivo corto, acompaña a un hombre de edad avanzada visiblemente embriagado.

El hombre pide cuatro piezas de pollo con papas fritas, pero ella dice que mejor llevan ocho. Terminan comprando las siete que quedan; y ella agrega al pedido refresco y chucherías.

Cuando la pareja sale del local y se sube nuevamente a la camioneta, nosotros ya hemos recibido y probado nuestras arepas y cachapas. Las cachapas, buenas y con abundante queso, las arepas nada convincentes. Ya pasadas las 2:30 de la madrugada, nos retiramos y damos por terminado un recorrido en el que intentamos vivir una típica noche de rumba caraqueña.

Los hábitos han cambiado, aunque la vida nocturna sigue. El despilfarro ya no es la norma y la oscuridad de las calles caraqueñas obliga a que, quienes todavía rumbean, tomen precauciones y se tripeen más el momento que el consumo en sí.

Foto: Gleybert Asencio

Lee todas las entregas de nuestro seriado #ViveLaNocheCaracas en:

Caracas se reinventa de noche (I)

Los caraqueños gozan del guaguancó pese a las calles oscuras y solas (II)

En Caracas la vida nocturna también es en el barrio (III)

Si el plan es comer, conversar o ejercitarse Caracas en la noche también te lo tiene (IV)

En Colinas de Bello Monte se las ingenian para recuperar la vida nocturna caraqueña (V)

En la Caracas nocturna, mientras unos duermen, otros trabajan (Vl)


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