Juan y Enilda, una pareja de burreros, y sus siete hijos, trabajan 10 horas diarias para comer una vez al día arroz con cueros de pollo. El grupo familiar presenta malnutrición.

Maracaibo. En la casa de la familia Vílchez Navarro, ubicada en el Barrio Brisas de Morichal, al oeste de Maracaibo, se come arroz de piquito con cuero de pollo fritos o arroz solo, una sola vez al día. La mayoría de las veces “pasan el día en blanco”. Con la piel curtida por las largas caminatas bajo el sol y la delgadez de su cuerpo —que se acentúa cada vez que puja para echar a andar la carreta en la que recoge basura junto con cinco de sus siete hijos y su marido—, Enilda Navarro confesó “la profunda tristeza” que le produce “la insoportable pobreza que está arrastrando a sus hijos”.

Mientras empuñaba en sus manos 2800 bolívares, que ya le aseguraban el arroz del día, Enilda contó que desde que se les murió el burro todo empeoró: “Antes salíamos temprano con el burro y nos rendía mucho, podíamos hacer varios viajes y resolvíamos dos comidas al día, pero en diciembre se nos murió”. Solo les quedó la carreta, pesa 360 kilos y su esposo, Juan De Jesús Vílchez, de 46 años, es el que la hala.

La dinámica de la familia arranca muy temprano. Aun con el estómago vacío, la mujer y sus hijos más grandes empujan mientras el hombre de la casa se apoya con un pedazo de lona para rodar la estructura de hierro, que se ayuda con dos cauchos viejos. Recorren las urbanizaciones Ana María Campos, Siete de Enero, Los Caobos, La Arboleda, El Renacer, entre otros sectores, desde las 7:00 de la mañana hasta que hagan al menos 3000 bolívares que les alcancen para un kilo de arroz. Sin embargo, no todos los días son “buenos”.

Me levanto temprano, nos alistamos y nos vamos a trabajar. La gente nos paga por sacar la basura, nos dan lo que puedan 200, 300 depende de la cantidad de bolsas. Hacemos un viaje completo por 3000 bolívares pero ya no es como antes: yo les hacía el desayuno a los muchachos y los dejaba aquí, mientras él [Juan De Jesús] y yo íbamos a trabajar. Ahora no, ahora tenemos que trabajar todos, porque mi esposo solo no puede.

La mujer confesó que aunque el servicio de aseo urbano es bueno en la zona, muchas veces los deja sin comida: “Cuando pasa el aseo nos las vemos negras, tenemos que bregar bastante y caminar por ahí hasta que se haga algo”.

La mayoría de los habitantes de las comunidades de La Rinconada ya los conocen, por eso aunque pase el camión recolector de desechos, muchos les guardan los desperdicios de arroz, cueros de pollo, huesitos o cuanto resto de comida les quede en casa para que ellos puedan llevarse algo a la boca.

“Sálvame con algo”, ese es el grito de guerra de Enilda, con el consigue las sobras que reúnen la comida del día. Afianzada en sus años de experiencia en esta labor, la mujer confesó: La gente botaba más basura antes, regalaba más cosas, había más de todo, ahora es muy difícil. Ya no alcanza la plata. Hay gente que bota la basura con uno para ayudar pero muchos esperan el aseo porque no hay cobres. La desidia le causa impotencia. “Me da rabia, me da de todo, pero tenemos que salir adelante por nuestros hijos”, 

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Otra casa digna

Hace un poco más de cuatro años, la revolución bolivariana le ofreció a Enilda y su familia “una casa digna” e iniciaron el proceso de sustitución de rancho por casa. La Gran Misión Vivienda Venezuela levantó la estructura y le puso techo, hasta ahí la dejaron. La obra se paralizó: “Esta casa es de las de Chávez, pero la mía quedó así. Desde que las empezaron, hace más de cuatro años, no las han terminado”.

El mal estado de su rancho y la situación económica la obligó a vivir en la estructura a medio terminar:

Tuve que vender las latas, me quedé sin rancho porque mis hijos tenían que comer, además mi ranchito se me inundaba y cuando soplaba casi se desarmaba, ellos no han entregado las casas todavía, aquí seguimos esperando pero no creo que las terminen, por eso yo me metí así, con el puro techo.

Pedazos de trapo le sirven de ventanas y una puerta vieja le asegura la entrada. No tienen cocina ni nevera, solo un televisor viejo y un sofá rasgado donde los niños entretienen el hambre. Las camas que sacaron de la basura, logró forrarlas con trozos de goma espuma que hace las veces de colchón. En una duerme Génesis de Dios Vílchez Navarro, de 16 años, y sus hermanas Ruth de Jesús y Génesis Daniela, de 11 y 9 respectivamente. En otra habitación, Juan de Dios, de 6 años, y Luis Carlos, de 4, comparten una cama más pequeña, mientras que la madre duerme con Generis Saray, de 6 años, y Génesis María, de apenas un año. El viento de la noche les sirve de ventilación, porque el ventilador que tienen se recalienta y “huele a quemado en la madrugada”. Juan de Dios duerme en un chinchorro a un costado del patio de la casa, “para cuidar que nadie se meta”.

Mientras recorría el piso rustico de la casa descalza, Enilda rompió en llanto, respiró profundo y dijo: “Nosotros hacemos lo que sea por los muchachos. Así sea fororo solo comen, pero nunca se han acostado sin comer”. Hace un año que los hermanos no van al colegio pero con el mismo orgullo su madre aseguró que ella misma les enseña. Se los echo a cualquiera que use uniforme, todos saben leer y escriben, yo misma los enseño. Aunque la desidia le carcome el alma, para Enilda nada es imposible. Dice que solo Dios puede sacarlos de tanta pobreza. “A veces siento que ya no aguanto, pero él me devuelve las ganas”.

Foto: Cortesía


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