A Víctor Manuel González, de 18 años, lo encontraron decapitado. Su cabeza estaba incrustada entre las rejas de una casa de la invasión La bendición de Dios, ubicada en Ciudad Guayana, la novena ciudad más violenta del mundo. Este relato es el primero del capítulo Bolívar del Monitor de Víctimas, un proyecto para sensibilizar acerca de la violencia que ha favorecido la inacción de un Estado cómplice.

Ciudad Guayana. El muchacho lleva un cuchillo ajustado entre el short y el interior. Camina descalzo, inmune a la arena caliente y a las piedras, y no deja de mordisquear el mango cuando señala la chatarra del Malibú, estacionada en frente de un rancho.

Por fin sus dientes sueltan el fruto verduzco para decir tres palabras: “Aquí lo dejaron”. Entonces retorna al ritual de mordisquear el mango. El cuchillo ajustado. Los pies descalzos. El short verde. Franela amarilla. El estoicismo ante la información que acaba de ofrecer.

Este lugar, una invasión en el rincón más apartado del ya de por sí lejano Core 8 (al oeste de Puerto Ordaz), se llama La bendición de Dios. A Rosa, quien se niega a dar su apellido, sentada ahora en una silla de plástico en frente, le parece un sarcasmo: “Bendición” fue, precisamente, la última palabra que le escuchó a su nieto, Víctor Manuel Martínez, la última vez que lo vio.

Se habían cruzado por casualidad en un autobús una semana antes. Ella estaba saliendo del barrio. Él, llegando. No se detuvieron a conversar, cada quien fue a lo suyo. Alcanzó el tiempo para ese saludo venezolano de rigor: el nieto le pidió la bendición a la abuela. La abuela lo bendijo. 

Pero la invocación divina no sirvió para librarlo de todo mal: a Víctor Manuel lo encontraron decapitado al amanecer del domingo 4 de marzo. Su cabeza estaba incrustada entre las rejas de una casa. El resto del cuerpo, en el Malibú que ahora señala, indiferente, el muchacho del mango. Todo pasó en esa invasión cuyo nombre parece una ironía, “La bendición de Dios”. Y la abuela paterna fue la primera de la familia en reconocer, a lo lejos, la cabeza de su nieto.

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La violencia se ha ensañado contra Ciudad Guayana durante los últimos años. De hecho, esta se ubica entre las 50 ciudades más violentas de la tierra: ocupa el noveno lugar.

El conteo lo lleva la asociación civil Consejo Ciudadano para la Seguridad Pública y la Justicia Penal, con sede en México. El 6 de marzo publicó su informe anual en el que detalla que en 2017 hubo 728 homicidios en Ciudad Guayana. Con una población de 906.879 personas, acá la tasa de muertes violentas está en 80,28 por cada 100.000 habitantes. Esos números son el caldo de cultivo para casos como este, en el que priva, sobre todo, la saña.

En 2014, el criminólogo Fermín Mármol García advertía —ante el aumento del número de descuartizamientos— que la saña tenía dos orígenes: el “traslado de la cultura carcelaria a la calle” y la necesidad de las bandas de demostrar poder. Apuntaba el director del Observatorio Venezolano de Violencia (OVV), Roberto Briceño León, que ese menú estaba servido sobre el plato de la falta de respuestas del Estado.

Ese contexto fue el que halló desprevenido a Víctor Manuel Martínez, de 18 años. Alto, flaco y más moreno de lo que naturalmente era porque pasaba largas jornadas al sol, dedicado a sembrar en el terreno de un familiar. No tenía hijos. Vivía “en una pieza” construida detrás de la casa de su mamá, allí mismo en Core 8. Las versiones en torno de su vida y, sobre todo, en torno de su muerte, desentonan entre los familiares y algunos vecinos.

El cuerpo, con heridas en la espalda, fue abandonado dentro de una chatarra

No era un santo pero tampoco era malo. No se dejaba echar broma por nadie, resume una prima. Esa característica, añade, fue lo que pudo llevarlo a la muerte. Como “no se dejaba echar broma por nadie”, pudo enfrentarse a alguien que quería someterlo. No se dejó y lo sentenciaron.

En La bendición de Dios, voces anónimas se aventuran a lanzar otras conjeturas, como que Víctor Manuel fue quien quiso “echar broma” en el barrio y eso le costó la vida. ¿Robar?, ¿ejercer un liderazgo?, ¿estar con la mujer de alguien? Hasta allá no alcanzan las hipótesis, diluidas todas en el silencio que impone el miedo en el barrio.

No volvió

Las primas de Víctor Manuel que acompañan a la abuela Rosa en su casa recuerdan haberlo visto el sábado 3 de marzo. En el día había comprado pescado y verduras. Después se había ido para la casa. En la mañana del día siguiente, estaba muerto.

Los primeros en ver el cadáver fueron, por supuesto, los habitantes de La bendición de Dios. Eran las 5:30 de la mañana. Una hora y media después, Rosa escuchó un bullicio en la calle: “Hay un muerto, hay un muerto”. Que recuerde, no tuvo un pálpito de presentimiento ni una revelación mística: lo que la impulsó a caminar hacia donde estaba la multitud fue algo más humano, la curiosidad.

Nadie me dijo: ese es tu nieto. Nada. Ni cómo lo mataron. Sabes que la gente se queda calladita. Cuando llegué, la cabeza estaba guindada allá arriba. De lejos reconocí la cabeza de mi nieto más que de cerca, narra.

El cuerpo yacía dentro del Malibú. En la tierra estaban los rastros de que había sido arrastrado hasta el carro. Lo dejaron sobre la gomaespuma que queda como el único vestigio del asiento delantero.

En la espalda del cadáver había heridas de arma blanca. Unos metros más allá, entre la cerca de una casa, estaba la cabeza. Tenía laceraciones en la nariz. Sonia, la madre del joven, entre los gritos, intentó agarrar la cabeza para ponerla al lado del cuerpo. No se lo permitieron.

Pasaron dos días para que a la familia le devolvieran el cadáver. Entre el viernes 2 y el martes 6 de marzo no hubo agua en varias parroquias de San Félix —una falla que el gobierno regional, encabezado por el militar pesuvista Justo Noguera, atribuyó a un “acto terrorista”—. Una de esas parroquias fue Simón Bolívar, donde está la sede del Cuerpo de Investigaciones Científicas, Penales y Criminalísticas (Cicpc). Además de la falta de patólogos, se sumó ese otro inconveniente. El martes en la tarde a la familia, finalmente, le entregaron el cuerpo.

Parece que ni siquiera cosieron la cabeza: la pusieron en la urna y ya. Si lo llevan para una funeraria a lo mejor lo arreglan, pero ni eso pudimos hacer. Yo no pude ir para el velorio porque eso era puro formol y me hace daño, explica Rosa.

Después del entierro, la familia pensó que podía descansar. Pero luego vinieron otros vendavales, como por ejemplo, las fotos de la cabeza de Víctor circulando por Facebook, algo que vieron algunos de los niños de la familia.

La madre de Víctor se fue de la casa. Es que ella se había ido desde hace tiempo, y ahora después de eso, ¿quién va a querer volver?, dice una vecina.

El papá de Víctor no llegó para despedir a su hijo: está fuera de Venezuela.

Pensamos en la maldad y en la violencia. Todo tan horrible, como zona roja. Él era un niño. Nosotros confiamos en la justicia de Dios, añade la abuela antes de pronunciar un lugar común: “él no tenía problemas con nadie”.

Ni Noguera ni su predecesor en el cargo, el también militar y pesuvista Francisco Rangel Gómez, han dado con la política idónea para frenar la inseguridad.

En el Core 8 lo saben y se resignan: la vida, a pesar de todo, tiene que tener un ápice de normalidad. Quizá por eso prefieren decir que no saben nada. Que no escucharon nada. Que no vieron nada cuando esa madrugada a uno de sus habitantes, un muchacho de 18 años, le arrancaron la cabeza para dejarla exhibida como trofeo en La bendición de Dios.

Fotos: William Urdaneta


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