Un sector de Puerto Ordaz, en el estado Bolívar, ha visto este año tres decapitaciones de cerca y, luego, las masacres por parte de organismos de seguridad de los responsables. Un ciclo de violencia que retrata la realidad de una ciudad que, por estadísticas, se convirtió en la novena más violenta del mundo en 2017.

Ciudad Guayana. Primero, Héctor Pérez dice que sí. Luego, que no. Dice que sí cuando se le pregunta una opinión sobre el sector donde vive. Dice que no cuando le preguntan si se le puede tomar una foto para ilustrar su declaración. “No. De ninguna manera”.

Ahora llueve. Héctor se resguarda bajo un techo de zinc y declara con precisión tajante y cautela. Mira al frente. Lleva puesta una franela deportiva desgastada y con unas letras: “El reencuentro”.

Sabe que reencuentro es lo que falta aquí, en Sueño de Bolívar, una invasión donde viven 200 familias que se cruzan sobre las calles de tierra que, en tardes como esta, se convierten en barriales.

Pérez no se disculpa por negarse. Sueño de Bolívar colinda, de una calle a otra, con otra invasión cuyo nombre es también puro contraste: Villa Bendición de Dios.

Es el sector que hace que muchos recuerden, por ejemplo, a Ciudad Juárez. Porque desde marzo allí ha habido tres decapitaciones: una de un muchacho de 18 años. Otra, de dos hermanos: una mujer y un hombre. Al primero le dejaron la cabeza colgada en una cerca. A los otros, ni siquiera: los dos cuerpos quedaron tendidos en la casa familiar; las cabezas, en otro sector.

El triángulo de muertes no ha venido solo. Los tres casos han desencadenado una vorágine criminal que se ha extendido hasta hace pocos días, cuando, en una madrugada ruidosa, el Cuerpo de Investigaciones Científicas, Penales y Criminalísticas (Cicpc) ejecutó a cinco personas. No tardaron en atar los cabos que unen todos los casos.

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El miedo prevalece

El sector conocido como CORE 8, en el oeste de Puerto Ordaz —y a pocos metros de un comando regional de la Guardia Nacional, de donde toma el nombre— es sostén de invasiones. Pegadas y sin distingo, están, además de Sueño de Bolívar y de Villa Bendición de Dios, Pueblo de Dios, Kavanayén y El Hueco.

Desde agosto del año pasado, el nombre de una banda dedicada a cobrar vacunas a los comerciantes de la zona despertó más miedo del ya existente en el barrio. Se trata de El Tren de Margarita.

Conformado por integrantes con alias como Yefri, Pito y Masiste, la pandilla dejó por sentado que lo suyo no era solo el leve negocio de la extorsión: cuando Víctor Manuel Martínez comenzó a tener liderazgo en el sector y a inmiscuirse en el “negocio”, decidieron que había que quitarlo del camino, y en la madrugada del domingo 4 de marzo de 2018 lo decapitaron y dejaron su cabeza exhibida en el frente de una casa.

Geomar Zamora, quien se autodenomina comunicador y luchador vecinal de Villa Bendición de Dios, prefiere no decir que algunos jóvenes del barrio están imbuidos en la delincuencia. Él prefiere llamar a eso “debilidades”.

Y Víctor tenía esas debilidades. Pero era un muchacho tranquilo, no debieron haberle hecho eso, refiere.

En la semana siguiente de la decapitación de Víctor comenzó otra racha sanguinaria. Dos integrantes de El Tren de Margarita fueron asesinados por el Cicpc. Algunos en el barrio, de manera equivocada, pensaron que habría paz.

Los vecinos de la comunidad devastada por la violencia se empecinan en bautizar cada calle y cada esquina con un nombre bíblico para, al menos, sentirse protegidos en vista de la pérdida de legitimidad que tienen las autoridades policiales y militares.

Seguidillas

Rosángela Flores, con una bata y un rastrillo entre las manos, explica el nombre de las calles: esta se llama Jerusalén. La otra, Emmanuel. La de allá, Fe y esperanza.

Es una de las fundadoras del sector. No habita concretamente en Bendición de Dios, sino en Pueblo de Dios. Tantas salpicaduras religiosas se sostienen sobre una convicción: esos nombres de calles e invasiones, de alguna manera, han servido para aliviar la violencia.

Nosotros vivimos hacinados. Nos toca buscar dónde vivir, pero toda esa fe que nosotros hemos tenido ha servido para algo. Ve: aquí violaban a las muchachas, y en las bocas de visita encontrábamos cadáveres. Por eso tenemos esa fe.

¿A pesar de esas decapitaciones?

—La verdad es que hay mucho menos que antes.

El temor de Rosángela Flores —y de muchos en la comunidad— están repartidos: si El Tren de Margarita trajo decapitaciones, el Cicpc ha traído las matanzas nocturnas, como la que vivieron en la madrugada del 25 de junio.

Esa noche, en Bendición de Dios, la policía de investigación exterminó a cinco personas: Libio del Valle Velásquez, Leonardo Rendón, Kleiver Mauricio Silvera y otros dos, conocidos como Leíto y Carupanero.

Fue la matanza de la que supieron al amanecer de ese día. Y fue la matanza, acompasada por disparos y explosiones de granadas, que les advirtió que no habría paz.

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¿Llegar hasta dónde?

El comisario Joel Gil, investigador del Eje contra homicidios del Cicpc, explica la secuencia de decapitaciones ocurridas desde marzo hasta mayo: la de Víctor Manuel Martínez y las de los hermanos Anderson Ramón y Mayerlin Isabel Jaramillo —de 22 y 18 años, respectivamente, asesinados el 13 de mayo, Día de las Madres.

Lo de las decapitaciones es un modus operandi del Tren de Margarita [también conocido como Tren del sur]. Primero fue el muchacho de marzo [Víctor]. Después fue por una pelea fuerte: la muchacha [Mayerlin Isabel] tuvo un roce con una integrante de Tren de Margarita, y otro de los de la banda la vengó. Por eso los decapitaron.

Luego de la operación del 25 de junio, Gil da por desintegrada la banda y apunta que hay tres integrantes en fuga: dos hombres y una mujer. Es la misma mujer que tuvo la discusión con Mayerlin Isabel, la discusión por la que perdió la vida. Pero además era su manera de causar terror en la zona, apunta Gil.

En la comunidad no están de acuerdo con los métodos del Cicpc. Sobre todo porque tales capítulos no los han hecho sentirse más seguros. Por aquí no pasan guardias ni policías. Cuando llega la PTJ es a recoger a los que quedan chulos, dice Santiago Rivas, esposo de Rosángela Flores.

Cuando el Cicpc viene, hace su fiesta y recoge a los invitados. Nosotros lamentamos que haya acción policial cuando vienen a matar gente, añade Zamora.

Según el consejo comunal del sector, en Pueblo de Dios viven 174 familias. En Villa Bendición de Dios, 135. En Kavanayén, 112. Y en Sueño de Bolívar, 200. Todas procuran mantener una rutina que, de vez en cuando, se interrumpe por el sobresalto del recuerdo de alguna decapitación. O de un balazo, preludio de un asesinato.

Es una de las postales de Ciudad Guayana, la novena más violenta del mundo —en 2017 hubo una tasa de 80,28 asesinatos por cada 100.000 habitantes. Bendición de Dios está en la parroquia Unare, una de las más sangrientas de Caroní: entre marzo y mayo hubo 36 asesinatos de los 128 que se registraron en todo el municipio.

Sin embargo, los vecinos de todos esos sectores se aferran a la convicción de que los nombres bíblicos los protegerán de la racha cruenta que los ha marcado este año. Porque nosotros lo que queremos es vivir viviendo, apunta Rosángela Flores.Sí, pero ahorita estamos es en vivir muriendo, lamenta, a modo de conclusión, Geomar Zamora: cree que no son precisamente bendiciones lo que les ha tocado vivir últimamente.

Fotos: Marcos Valverde


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