A detenidos en instancias militares les clavan tachuelas en las uñas durante interrogatorios

El informe presentado por la ONG Una Ventana a la Libertad indicó que la población de reclusos —en centros tutelados por las FANB— asciende a más de 3400, entre civiles y uniformados. La mayoría de esas detenciones ocurrieron en las protestas de 2017.

Caracas. El detenido de la Dirección de Contrainteligencia Militar (Dgcim), en Boleíta, llega encapuchado, desorientado. Durante el interrogatorio puede ser golpeado. Si no responde, funcionarios le clavan tachuelas debajo de las uñas, para luego impregnar la capucha con insecticidas o polvillo de lacrimógenas.

Así son los testimonios recogidos en los últimos tres meses del 2017 por la organización no gubernamental Una Ventana a la Libertad, en los centros de reclusión bajo la vigilancia de la Fuerza Armada Nacional Bolivariana (FANB) y cuya población asciende a 3400 personas, entre civiles y militares, según sostuvo Javier Mayorca, quien realizó la presentación junto con el director de la institución, Carlos Nieto Palma.

El periodista e investigador indicó que varios centros de reclusión habilitaron sus espacios de recreación —conocidos como “casinos”— e incluso los gimnasios para albergar más detenidos. La mayoría de esas detenciones ocurrieron durante las protestas del año pasado contra el gobierno de Nicolás Maduro.

Hay cambio dentro de las instalaciones porque hay preocupación por el contexto actual, preocupación en la fuerza interna. Se amplía la capacidad de reclusión a medida que se agudiza la conflictividad política, agregó Mayorca.

En la sede de Dgcim, en Boleíta, las celdas varían de tamaño, pero una conocida como “el cuarto de los locos” tiene capacidad para una persona, pues solo mide 2×2 metros cuadrados. Sin embargo, durante las manifestaciones de 2017 fue habilitada para cinco personas: los detenidos se turnaban hasta para sentarse.

En la presentación del informe, Javier Mayorca indicó las torturas que reciben varios detenidos en instancias militares

Mayorca agregó que, según testimonios de funcionarios o personas que estuvieron detenidas, la temperatura en las celdas puede llegar a 10° centígrados, con lo cual aumentan las ganas de ir al baño, un permiso que solo da el jefe de guardia del momento.

Pero en las noches no se puede ir al baño. Así que utilizan los ‘bicheteros’, uno envases de jugos, para orinar. Mientras que para los excrementos se utilizan ‘barquitos’, realizados con papel periódico, si logras obtener alguno, detalló.

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Por su parte, los abogados defensores también encuentran obstáculos para defender a sus clientes. En ocasiones no tienen acceso a los centros de reclusión. Y en caso de tenerlo, cada evidencia y papel será revisado, pues de acuerdo con la ONG, la idea es que tanto abogado como detenido sientan el peso de la vigilancia: todo es grabado y fotografiado.

“Si te quejas, hay represalias”

En los centros para procesados militares, como Ramo Verde, hay reglas implícitas y las cosas ocurren en silencio, relató el periodista. “Si te quejas, hay represalias”, es una de las frases que pueden escuchar los reclusos.

Sin embargo, quienes tengan más poder adquisitivo pueden obtener comida, bebidas, cigarrillos y sustancias psicotrópicas dentro de las propias instalaciones, señaló Mayorca durante la presentación.

Una actividad frecuente también en Ramo Verde es el “sistema de delatores”, con el que los presos acceden a beneficios a cambio de entregar información de conversaciones sostenidas por otros detenidos.

Otro de los centros mencionados en el informe es el de La Pica, en el estado Monagas, cuya población hasta septiembre de 2017 era de 141 detenidos, en un espacio para 120 personas.

De acuerdo con las investigaciones, si se quiere el respeto dentro de estas instalaciones, el detenido pasa por un “ritual de iniciación”, el cual consiste en peleas con cuchillos o a mano, actividad que incentiva las apuestas entre la población reclusa.

Foto referencial: Luis Miguel Cáceres/cortesía Una Ventana a la Libertad


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