Fe y Alegría creó un plan que nace explícitamente para prevenir, reducir, erradicar y minimizar el sufrimiento que deja la violencia. Ya hay grupos conformados en Petare, Valles del Tuy, Catia, Lara, Zulia, Anzoátegui, Maturín, Bolívar y Nueva Esparta.

Caracas. “No puede ser normal que una maestra entierre a un alumno. Es un dolor indescriptible”.

“El primer estudiante que sepulté tenía 11 años. Se llamaba Miguel, era juez de paz en el colegio. Lo mataron cuando defendía a su papá de un atraco”.

“En Venezuela cualquier lugar es un riesgo. Aquí uno se puede morir estando en pañales”.

Son tres frases contundentes pero que llegan al alma. Tocan fondo, pues son signos de la violencia enquistada en nuestras casas, calles, pueblos y ciudades.

Problema social que no se reduce con planes. Solo en 2016, según el Observatorio Venezolano de la Violencia (OVV), ocurrieron 28.479 muertes violentas. Muchos de los caídos eran adolescentes.

Un grafitti de un arma de fuego en las paredes de una cancha en el barrio La Dolorita, en Petare. Los ni–os en zonas populares crecen en medio de la delincuencia, y para algunos no involucrarse puede ser imposible. Cr—nica Uno/Cristian Hern‡ndez
Un grafitti de un arma de fuego en las paredes de una cancha en el barrio La Dolorita, en Petare.

2015 no se separa mucho de ese índice rojo: 27.875 fallecidos.

En respuesta a ese flagelo, Fe y Alegría creó el programa Madres Promotoras de Paz (MPP), el cual nace explícitamente para prevenir, reducir, erradicar y minimizar el sufrimiento que deja la violencia.

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Hora de actuar

Las tres frases iniciales con las que arranca este texto son de la profesora Luisa Pernalette, directora regional de Fe y Alegría, quien indicó que, aunque ellos llevan 60 años haciendo muchas cosas en los barrios de Venezuela por los valores y la convivencia, era hora de hacer algo para contener los hechos violentos.

“MPP, como yo lo abrevio, nace en el 2010 cuando Fe y Alegría, muy preocupada por esta problemática que ya se había llevado a varios estudiantes nuestros —solo en FyA Guayana en un semestre tuvimos cuatro alumnos, el esposo de una maestra y una madre que dejó dos huérfanos—, se dio cuenta de que lo que estaba haciendo no era suficiente para contener la violencia, ni la directa que mata con una bala, ni la simbólica, ni la invisible, que mata lentamente”, comentó la docente.

Y agregó: “Así que la Dirección Nacional dijo que había que hacer algo más, y decidimos comenzar con las madres, seguirían  los maestros, los estudiantes, y entre todos, la comunidad”.

¿Por qué las madres? A su juicio, porque todo el mundo les echa la culpa de todo y casi nadie— o nadie— les extiende la mano para ayudar. “Además porque son las que siempre van a las reuniones, y porque históricamente han buscado entendimiento, las guerras no han sido promovidas ni dirigidas por mujeres”.

Pernalette, quien está convencida de que las madres no hacen mejor su trabajo por “malas”, sino por no saber qué o cómo hacer las cosas, destacó que lo que nació en Guayana ahora es un Programa Nacional que está en proceso de  multiplicación.

Diseñaron un curso básico para que las mamás tuvieran herramientas y comprende tres niveles: el personal —pues la paz comienza con la sanación de las heridas personales—; el familiar y la escuela; y el tercer nivel, el de las políticas públicas.

“Ahora somos comadres, porque los hijos de ellas son los ahijados de nosotros los educadores”.

Pero de la prevención ahora van más allá. El programa igual busca que las mujeres sean ciudadanas con derecho a vivir en paz: “lo que comenzó pensado como formación, se transformó en una propuesta organizativa que ya tiene alcance nacional”.

Ya hay madres promotoras de paz en Aragua, Carabobo, Petare, Valles del Tuy, Catia, Monagas, Maturín, Zulia, Anzoátegui, Lara y Nueva Esparta. Este mes se inició un nuevo curso que termina en marzo próximo. Las madres se encargan de ubicar a 10 ó 15 niños de sus comunidades para ayudar en la prevención, recuperar espacios y ser agentes multiplicadores de paz.

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“Los niños no pueden crecer viendo cadáveres ni dejar las clases porque hay tiroteos en los barrios. Tiene que darse un cambio y estamos empezando, pues ya hay escuelas que no son de Fe y Alegría que quieren que formemos madres para revertir la cultura de la violencia. Creo que eso no es imposible si se trabaja unidos. Venezuela junto con El Salvador es el único que no ha bajado los índices y no podemos quedarnos sin hacer nada. De eso se trata este proyecto”.

Aún Penalette no ha podido medir los alcances y logros por un problema profundo y arraigado, pero de lo que sí está segura es de que Venezuela puede cambiar con el apoyo y la capacitación de las madres, para dejar de ser ese país en donde se puede morir en cualquier momento, y no de cáncer o de un arrollamiento, sino por una bala.

Vea aquí a las madres promotoras de paz

Foto referencial: Jota Díaz


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