Nacida y crecida en San Blas, Katiuska Camargo, quien se metió de frente con la organización civil Haciendo Ciudad en 2017, creyó en la coordinación vecinal para la recuperación de espacios púbicos, y vio en el tema de la recolección de los desechos sólidos una mina de urbanidad.

Caracas. “Petare es mucho más que la parroquia más grande de Latinoamérica”, “Petare trasciende más allá de la violencia”, “en Petare hay gente con talento”. Se le escucha decir a Katiuska Camargo, una mujer simple, de barrio y sin marcas comerciales en su cuerpo que tiene como proyecto de vida urbanizar a su barrio.

Nacida y crecida en San Blas, Katiuska, quien se metió de frente con la organización civil Haciendo Ciudad en 2017, creyó en la coordinación vecinal para la recuperación de espacios púbicos, y vio en el tema de la recolección de los desechos sólidos una mina de urbanidad.

Mi espectro visual tiene que estar limpio. Salgo de mi casa con una bolsita y voy recogiendo lo que me encuentro en el camino. No la tiré yo, pero no me cuesta nada recogerla. Mi esposo me dice hasta cuándo. Yo digo que hasta que la gente lo entienda, lo internalice y se empodere de sus espacios.

En el barrio San Blas es la cosa 

No fue tarea fácil. No lo es aún. Hasta una protesta a las 10:00 p. m. hizo en el barrio para que la gente tomara conciencia. Llegó el Cicpc incluso. Me decían que levantara la tranca, les respondía que no, que estaba cansada de vivir entre la basura. Me pedían que abriera la calle y les sugería que lo hacía si ellos se llevaban una bolsa de basura. La gente dijo: ‘esta tipa es arrecha’, y decidieron acompañarme.

Katiuska esa noche recolectó toda la basura y la metió en bolsas negras que apiló a lo ancho de la calle. La protesta organizada daba resultados.

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En donde antes había basura ahora hay un mural. Foto: Mabel Sarmiento Garmendia

Poco a poco en el barrio San Blas la gente sacó sus escobas. Yo llego a una comunidad y lo primero que pido es una escoba. Le comento a la gente, vamos hablando y vamos barriendo. Ya lo niños cuando me ven sacan su escoba. Las señoras también lo hacen. Ahora no tengo tanto tiempo, pero una vez al mes llamo a mis amigas y nos ponemos a limpiar. Lo llama #ElPoderDeLaEscoba.

Tiene dos amigas que están ganadas a la lucha, Yumi y Silvana. Con ellas y con sus familias organiza las jornadas. Suman cerca de 12 personas aseando las calles.

Cuando son jornadas más largas se junta el equipo de Haciendo Ciudad, donde hay arquitectos, urbanistas e ingenieros voluntarios.

Como ya en San Blas —ubicado en la parte norte de Petare con vistas panorámicas propias de un mirador— no hay transporte público, el barrio se ve con calles amplias y largas.

Tiene gente en todas las esquinas y recodos y las casas mantienen sus puertas y ventanas abiertas.

A pesar de que los camiones del aseo urbano no van desde hace una semana, no hay basura acumulada. Una que otra bolsa se ve en la vía pública, pero no hay vertedero, como hace un par de años.

En esos sitios, en cambio, hay un mural. Son cerca de 25 espacios recuperados ya, dice Katiuska. De las pinturas no lleva la cuenta. Sin embargo, los colores azul, verde, morado, amarillo combinando figuras geométricas e imágenes dicen que por ahí pasaron las brochas de artistas urbanos como Dagor, Hugo Carrasco Diego Cárdenas, Jesús Briceño, entre otros talentos venezolanos reconocidos dentro y fuera del país.

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Todo lo que Katiuska hace es a punta de buscar por aquí y por allá. En este tiempo, si ha recibido cuatro potes de pinturas donadas es mucho.

Ella cree que ese hábito le nació de ver todos los días a su abuela materna y a otras vecinas del barrio salir a las 6:30 a. m. con sus escobas a barrer la cuadra. Luego se paraban con sus cepillos y su tacita de café a hablar. Cuando llegaba el señor que barría el decía ‘sí me gusta esta zona porque no hay nada que recoger’. Le regalaba bolsas y luego desayunaba con las señoras.

Una de las cosas que generó empatía con el trabajo social en el barrio San Blas fue el hecho de que la casa de su mamá, la señora Delma Yaneth, tenía las puertas abiertas. La gente pasaba y era bien recibida. Su hermano cocinaba y todo aquel que podía, comía.

Incluso tenían una bodega y una farmacia solidaria, de medicamentos sin récipe. Cuando la crisis se puso dura, ella le dijo a su mamá que regalara eso a los más necesitados.

Esa solidaridad la llevó a internarse en el barrio. “Dicen que me creo la dueña de San Blas, pero ahora lo entendí, y sí. Esta es mi zona, esto es mío y no lo reniego. Me encanta vivir aquí. Eso me lo enseñó mi mamá desde pequeña”.

Fue a estudiar dos años en Barranquilla y de ahí llegó a un colegio de monjas. A Sus 42 años tiene una hija de 24. Desde pequeña me gustó el activismo social. Incluso participé en la construcción del consejo comunal sin aparecer en la estructura. Las jornadas de salud, sociales, de recreación, eso de buscar apoyo para los eventos, era mi fuerte. Soy persistente. Ahora quiero visibilizar el arte en Petare. Quiero crear conciencia ciudadana.

No es tarea fácil. Al principio le tiraban la basura en la puerta de la casa de la mamá y hasta hace poco leyó en uno de los ambulatorios en los que hace jornadas un papelógrafo que dice que las actividades organizadas por la comunidad por organizaciones contrarias al gobierno no están autorizadas para realizarse en las instalaciones pertenecientes al Estado.

Eso no la detiene. Volverá al ambulatorio, a la escuela y a otros espacios donde ha tenido incidencia social.

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“Mi mamá fue la única que creyó en mí cuando comenzó todo esto”. Ahora la sigue mucha gente. Su casa en la parte alta de San Blas es visitada por medios internacionales y artistas vinculados con el proyecto del arte urbano, y ya le debe a su hermano 48 helados de tetas que agarra de la nevera cada vez que alguien llega hasta allá para conocer el proyecto que busca consolidar el barrio y desplazar la violencia.

La experiencia final del recorrido por San Blas con Katiuska, que hoy forma parte de Gente Buena, es quedarnos con la sensación de que en Petare aún podemos caminar, sacar el teléfono y tomar fotos desde un mirador que muestra el collage del barrio de ladrillo, la montaña verde y la urbanización formal. Es parte de eso que se niega a desaparecer y a seguir con el estigma de las cifras rojas.

Es verdad, hay violencia. Las FAES cuando llegan nos secuestran en las casas. Pero hay esta otra propuesta de barrio, eso es lo que intento decir.


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