En la Santísima Trinidad de Ocumare del Tuy viven en «paz» por los acuerdos entre bandas

ocumare del tuy

En esta comunidad falta el agua, no hay transporte, el gas llega de vez en cuando, hay cortes de luz, no hay empleo, los niños no van a la escuela, no sirven los ambulatorios.

Miranda. Es una comunidad pequeña ubicada detrás del terminal de Ocumare del Tuy con no más de 164 familias, pero lo que se ha vivido en sus calles da para escribir novelas y películas de terror. Una calle con varios ramales, más bien callejones, conforman el sector Santísima Trinidad.

Su nombre, que pudiera dar espacio para la paz, espiritualidad, o para la solidaridad, no siempre estuvo de ese lado. Por años la comunidad estuvo sumergida en hechos violentos, muy sangrientos, «dantescos», como lo describen los pobladores.

Nadie salía, nadie entraba. Los tiroteos eran intensos y a toda hora. En las puertas de las casas, en las aceras, en los matorrales había siempre uno o dos muertos. En ocasiones más.

Los perros callejeros mordían partes de cuerpos humanos. Eso lo veía la gente cuando salía de sus casas hacia el terminal. La vida ahí hasta hace tres años era ruda.

Hasta que, contó Mauricio Vacacela Ríos un joven medido en las lides de la política, las bandas que se disputaban la zona llegaron a un acuerdo, que llamaron “de paz”.

Ellos mismos pacificaron la zona, acordaron no caerse más a tiros —y quizás es delicado decirlo— pero desde entonces el barrio es tranquilo, no se han escuchado más tiros, no hay más muertos, nadie consume droga, no hay robos. Ellos siguen haciendo sus negocios, pero fuera del sector, dijo.

Los niños regresaron a las calles y la gente volvió a sentarse en el frente de sus casas para disfrutar del poco aire que entra a Ocumare, una zona mirandina que puede tener hasta 30 grados de temperatura.

Mauricio está en lo cierto. En la comunidad no hay bulla, todo se queda atrás en el terminal y en el centro de Ocumare.

En «paz» pero sin calidad de vida

Caminar por la Santísima Trinidad es seguro. Es como estar en un pueblo, huele a leña, a carbón recién apagado, a querosene. Las matas de mango y cambur las hay por doquier y en la entrada del sector se encuentra un monumento religioso que confirma que la fiesta va en paz.

Ahí la necesidad es otra y siempre estuvo, aunque por el tema de la violencia no se visibilizaba. Ahora con las calles en aparente calma, hasta los líderes vecinales y políticos han retomado el espacio y sacado a flote los problemas sociales que agobian a la población.

Falta el agua, no hay transporte, el gas llega de vez en cuando, hay cortes de luz, no hay empleo, los niños no van a la escuela, no sirven los ambulatorios. Es un rosario de penas con el que han cargado los habitantes desde hace años y al que las autoridades no les han puesto el ojo.

Ahora el alcalde, Genkerver Tovar, de tendencia oficialista, ni se da paseos por la zona.

Sí reciben las cajas del Clap, llegan 156, no con la periodicidad requerida, pero dicen que muchos se alivian con esa comida.

Willian Arteaga, también dirigente político de la zona, informó que en el sector hay 40 % de los niños con desnutrición y que, en materia de salud, el municipio está desprotegido. No hay ni ambulancias

En los CDI lo que dan es una pastilla —la misma  para todas las enfermedades. Arteaga, docente de profesión, también dijo que existen zonas como El Cambural donde hay adolescentes que no están recibiendo clases y que no tienen posibilidades de llegar al centro de Ocumare. Y tenemos casos en los que las clases se dan dos o tres veces por semana precisamente por los problemas que hay con el transporte.

Las perreras, los camiones y las pickups son las de mayor circulación en el municipio. Desde Cúa o Charallave es común ver, en horas de la tarde, a los pasajeros guindados en las rejillas para poder llegar al municipio Tomás Lander.

Foto: Sebastián García Inojosa

Quienes no pueden pagar los 300 o 500 bolívares que les cobra la unidad van caminando por la carretera a merced del hampa.

La comida se consigue bachaqueada y a precios exorbitantes. Una harina de maíz pasa los 6000 bolívares, también para adquirir las bombonas de gas doméstico es un suplicio.

En las afueras del barrio la Santísima Trinidad la precariedad se apodera. Las calles en ruinas llenas de huecos, falta alumbrado público, pocos comercios en pie y las paradas repletas de personas esperando el momento para poder subir a una unidad.

Ocumare, al igual que el resto de las comunidades de Los Valles del Tuy, recibía el calificativo de “el patrio trasero de Caracas”, y de eso están conscientes sus habitantes, pues 80 % de la población ocumareña sale todas las madrugadas a sortear vida en la capital, ante las pocas posibilidades de surgir en la región.

Pese a todo ello, aquí estamos. Nosotros vamos casa por casa, tocamos las puertas y tratamos de reinventar la vida en la Santísima Trinidad, sacar lo bueno de las crisis, esa es la prioridad, dijo Mauricio mientras señalaba el espacio donde ahora juegan fútbol los niños y donde hacen las festividades y celebran las tradiciones de la comunidad.


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