Debido a la escasez, 830 estudiantes del único bachillerato en la Sierra de Perijá ya no pueden desayunar en la escuela. A duras penas, la institución cubre la alimentación de 100 niños internos en su casa hogar. Muchos docentes prefieren migrar hacia Colombia y los planteles quedan prácticamente abandonados.

Sierra de Perijá. La prolongada coyuntura económica, política y social que enfrenta Venezuela golpea contundentemente a los habitantes de la Sierra de Perijá, estado Zulia. Puntualmente, en la escuela Sagrada Familia y en dos casas hogares ubicadas en la comunidad del Tukuko, la escasez de alimentos y medicinas ponen en riesgo la alimentación y educación de 830 niños indígenas.

Muy cerca de la frontera con Colombia, hace 64 años, se fundó el centro misional Los Ángeles del Tukuko donde las congregaciones de Hermanos Menores capuchinos y Hermanas de Santa Ana atienden a la comunidad a través de la iglesia, una escuela, un bachillerato y dos casas hogar. No obstante, sostener  estas instituciones enfrenta los obstáculos derivados del desabastecimientos y la irregularidad en los servicios básicos y la salud.

En especial, el hermano capuchino Fray Nelson Sandoval, director del centro, y todo su equipo se han convertido en activistas de los derechos humanos de los indígenas yukpa, barí y wayuu que no pueden solventar sus necesidades más básicas, sobre todo de salud, debido a las distorsiones de la economía. 

La Escuela Sagrada Familia es la única en su estilo que existe a los alrededores: proporciona vivienda, educación y alimentación a niños oriundos de comunidades  muy alejadas y francamente desfavorecidas. Según el ecónomo del centro Misional, Fray Yornney Peña, de no conseguir nuevos recursos, los 100 niños internos en la casa hogar retornarían a lugares donde las escuelas no superan la educación primaria. Es decir, perderían la oportunidad de cursar bachillerato.

Los escollos para conseguir la comida

Anteriormente, la escuela brindaba el desayuno y almuerzo para todos sus estudiantes. Sin embargo, el suministro de alimentos ya no es el mismo. Actualmente, solo los niños internos en la casa hogar María María Rafols y Fray Romoaldo de Renedo tienen la posibilidad de cubrir su alimentación completa. Entre ambos organismos adjuntos al colegio se atienden aproximadamente 100 niños, 60 niñas y 40 niños, respectivamente. 

Los encargados de proveer los alimentos para esta cede son la Corporación Nacional de Alimentación Escolar (CNAE) y el Programa de Alimentación Escolar (PAE). No obstante, en noviembre de 2017 ambos organismos suspendieron los despachos y solo el PAE reanudó su labor durante la última semana de febrero de 2018.

Pese a esto, la distribución del PAE asigna menos que lo previsto para una alimentación balanceada. Envían: harina, pasta, arroz, fororo, artículos similares y nada de proteína. En consecuencia, las monjas y los frailes realizan trueques con sus vecinos para conseguir proteína animal o verduras.

Por lo general, ofrecen 390 platos diarios: 130 por cada comida (desayuno, almuerzo y cena). La ama de casa que pueda escuchar esto sabrá que esa cantidad es bastante, advierte Fray Yornney Peña, quien calcula que se necesitan 1.200 millones de bolívares mensuales para cubrir los gastos del internado.

Hasta el pasado 9 de marzo, el internado solo disponía de pasta, harina y arroz para una semana de funcionamiento. En cada comida se cocinan alrededor de 10 kilos de cada contorno “y eso que se sirven porciones pequeñas”, comenta Peña.

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Tanto las hermanas de la caridad de Santa Ana como los Hermanos Capuchinos temen el cierre técnico del internado por falta de comida. El viernes 9 de marzo de 2018 esperaban al PAE, pero no había llegado. “Suspender el internado significa quitarles a más de 100 niños la oportunidad de comer y estudiar”, advierten. 

Para una persona que está estudiando, que está en desarrollo, la cantidad de comida que le servimos aquí es poca y tampoco se cubren los alimentos necesarios para estar saludable (…) Estamos haciendo de tripas corazón, señala Yornney Peña.

La hermana Julis Jordan, directora del plantel educativo, comenta que aquí no tenemos dieta porque cada día hacemos lo que podemos con lo que hay guardado (…) Si nos regalan un cartón de huevos, lo rendimos para 130 personas con papas y otras verduras.

Además, les preocupa que los niños no están comiendo frutas o leche “y eso se nota en el rendimiento escolar. Así no pueden tener las horas de clase completas”, agrega.

Cuando se hacen las 7:30 a. m. los niños ya deben estar en las aulas. Aunque el horario está contemplado hasta las 12:00 m., los estudiantes se retiran entre las 10:00 a. m. y 11:00 a. m. Yo no puedo tenerlos aquí hasta esa hora porque sabemos que no han comido, manifiesta Jordan.

“Por eso los sacamos un poco antes y los niños del pueblo se van sin comer”, comenta. Así, según Alba Caminiti, estudiante de Medicina, la alimentación excluyente de proteínas, lípidos y lácteos compromete el desempeño del hígado, páncreas, riñones y el desarrollo cerebral. Efectivamente, hay niños de sexto grado que tienen dificultades para leer y escribir.

Todos los días y antes de comenzar la escuela, los 100 alumnos que residen internados reciben el desayuno. El resto de los estudiantes ya no puede ser atendido de esta forma. En la mayoría de los casos también se resuelve abastecerlos de vestimenta y lencería. Por tanto, la responsabilidad aumenta.

Antes cocinaban para 830 estudiantes, hoy día se atiende a mucho menos de la mitad. En el Centro Misional los ángeles del Tukuko intentan proporcionar alimentación completa a 100 niños internos más el personal obrero y administrativo.

Cuando la reserva de alimento no alcanza, la primera comida del día consiste en dos bollitos de harina de maíz y una cucharada de mantequilla.

La crisis de salud

Gracias a un proyecto de telecomunicaciones, en 2013 se instaló una torre de conectividad en el Tukuko y desde entonces esta escuela y todo el pueblo goza, de forma intermitente, de telefonía móvil e internet. Por ello ha sido posible para Fray Nelson pedir ayuda por redes sociales y salvar la vida de niños y adultos que sufren enfermedades que se consideraban erradicadas en el país.

En la Sierra de Perijá no solo se ha propagado nuevamente el paludismo sino también el mal de chagas y la escabiosis. A esto se añade la desnutrición y otros problemas de salud que se agudizan debido a que no cuentan con supervisión médica ni se controlan con medicamentos. Las picaduras de serpientes son otro factor grave entre las calamidades.

Solamente entre noviembre de 2017 y marzo de 2018 murieron cinco personas a causa del paludismo. Los más afectados fueron mujeres embarazadas y niños.

En el Tukuko, el ambulatorio tiene cuatro enfermeras y dos médicos que no se dan abasto para atender a 8000 habitantes de la zona y otras 20 comunidades cercanas donde no hay servicio de salud.

¿Qué podemos hacer cuando el servicio sanitario del país no es capaz de dotar de los medicamentos necesarios para esta región? Esto no es algo que se está inventando. Siempre hubo paludismo, pero con los tratamientos adecuados se podía controlar. Ahorita no tenemos nada, cuenta Fray Yorney Peña, ecónomo del centro misional.

Para las emergencias de salud se recurre a remedios naturales o hierbas amargas debido a que el tratamiento contra el paludismo y otros fármacos son escasos en el país. En la sierra de Perijá utilizan cataplasmas de papa, de yuca e infusiones con hoja de papaya para bajar la fiebre.

“… Es amargo y feo, pero es lo que tenemos. En nuestras posibilidades, no podemos dejar que se mueran”, relata Fray Peña sobre una experiencia dentro del internado para tratar el paludismo. De acuerdo con Caminiti, cuando el padecimiento es muy grave, los oriundos del pueblo suelen bañar a los enfermos en el río para que se les disminuir la fiebre, pero, en realidad, esto les puede provocar otros problemas a nivel respiratorio.

Siempre le pedimos a Dios y a la virgen que nos cuiden a nosotros y a nuestros muchachos. Ellos vienen desde comunidades muy lejanas y en el camino se enferman. Para llegar aquí tienen que caminar hasta ocho y nueve horas, relata.

En general, las condiciones sanitarias que rodean y coexisten en los hogares son precarias y la mala calidad del agua —cuyo suministro proviene de los manantiales cercanos— aumenta el riesgo de contraer parásitos intestinales. Aunque el centro misional está dotado de baños, cocina y bebederos con tuberías de aguas negras, el agua que acumulan en los pozos artesanales no es suficiente para atender a las casi 140 personas que viven allí, entre niños, profesores y el resto del personal.

En Perijá aumenta la ausencia de docentes

Aunado a la precariedad de los recursos, el éxodo de profesores también se siente en la Sierra de Pejirá. Muchos prefieren migrar hacia Colombia y las escuelas quedan prácticamente abandonadas.

A finales el Gobierno venezolano aprobó 830 cargos de docencia indígena en toda la Sierra para suplir esta carencia. Cada cacique y su comunidad eligieron a varios representantes de su sector para que ocuparan los puestos de los profesores que se han ido. 

Es decir, existen hombres y mujeres que no son educadores de profesión y algunos que, incluso, tampoco son bachilleres y ahora tienen la tarea de instruir a los niños de las escuelas básicas.

Aquellos maestros que todavía laboran en la comunidad pasan las de Caín. En el Tukuko no hay puntos de venta ni distribución de víveres, razón por la cual los profesores de la Sagrada Familia deben trasladarse hasta Machiques para comprar alimentos. Por esto se suspendieron las clases del viernes, hasta nuevo aviso.

“Esta es una situación que se ha generalizado debido a la crisis económica y alimentaria”, comenta Yornny Peña, que agrega que “el personal que tenemos no se da a basto con el acompañamiento que necesitan los chamos”.

En la casa hogar Fray Romualdo de Renedo solo hay dos profesores de disciplina que acompañan a los 40 internos durante los 7 días de la semana. “Ellos necesitan atención constantemente y esto es una casa hogar. Nosotros nos convertimos en una nueva familia”, aclara Peña.

Aquí, donde no hay alguna biblioteca, los únicos libros de referencia son los de la Colección Bicentenario que distribuye el Estado y no cuentan con otros útiles escolares. Por consiguiente, Fray Yornney Pena tiene la intención de inaugurar una página web con noticias, material audiovisual y también como una vía para canalizar donaciones.

“No solo se beneficia nuestra casa hogar, sino que hay mucha gente del pueblo que viene a pedir ayuda. En la medida de nuestras posibilidades tratamos de solventar la situación, pero en ocasiones no tenemos ni para nosotros o los niños”, señala.

Respecto al sustento, Peña agrega que todo el trabajo se soporta sobre las donaciones de familias que “se han convertido en bienhechoras de esta obra” y otras colaboraciones que, aunque muy agradecidas, resultan ser muy humildes. Esta es una institución inscrita en la Asociación Venezolana de Escuelas Católicas (AVEC).

Refiriéndose al trabajo que desempeña, Fray Yornney lo considera el mandato de Dios. “(…) Es sufrir con ellos, estar con ellos, vivir con ellos. Esto implica compromiso. Queremos ayudar a que estas personas se comprendan como sujetos libres, autónomos y no esclavos de ningún credo o ideología”, concluye.

Fotos: Reymar Reyes / Ibane Aspiritxaga



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