Cada día vemos cómo más niños, adolescentes y personas de la tercera edad buscan subsistir hurgando entre las bolsas de la basura. Son unas imágenes dolorosas que advertimos en las afueras del Metro, en las plazas, detrás de los centros comerciales y, sin ir muy lejos, en las esquinas de nuestros hogares. Esta problemática social se incrementó este último año y aquí les mostramos cuatro testimonios de personas a las que las escasez y el desabastecimiento de alimentos golpea duramente.

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Berta junto con su hijo de siete años busca comida en la basura.

Berta Parra, una mujer de 45 años de edad, no dejaba de escarbar y de meter sus manos hasta las muñecas en una bolsa negra llena de restos de verduras.

Le pregunté varias veces desde cuándo busca comida en la basura y ella no se inmutaba ante mi presencia, sino que seguía como autómata, sacando pedazos de yuca.

Una que otra vez volteaba para ver a su hijo de siete años, que la acompañaba en esa dura tarea.

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Me acomodé un poco hacia su lado izquierdo y ahí fue cuando pude ver el rostro cansado y triste de Berta.

“Tengo cerca de siete meses en esto. Nunca antes lo hice”.

Su frase fue lapidaria. “Nunca antes lo hice”, repitió casi sin fuerzas, quizá por tener el estómago pegado a las rodillas quien sabe por cuánto tiempo.

A su lado tenía otras bolas en las que guardaba con celo lo poco que conseguía.

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Este es el panorama todos los días en la esquina de Candilito.

Bajo sus uñas asomaban costras de mugre debido a la tierra de las conchas y los alimentos ya en estado de descomposición. Aún así no detenía el proceso de selección.

¿Pero sí logras sacar alimentos?

—“Sí todos los días lo hago. Tengo siete hijos, el más pequeño tiene 4 años y aquí consigo algo para llevarles comida”.

Antes de llegar a esta situación casi de indigencia, Berta trabajaba limpiando en casas de familias.

“Antes lo que me pagaban me podía dar un ingreso para comer. Ahora eso no alcanza, además que ya no sale mucho trabajo. Es angustiante y uno tiene que velar por los hijos”, contó.

A ella y a su pequeño los encontramos por los lados de la esquina Candilito, en la parroquia La Candelaria.

El niño, quien no está yendo a la escuela porque está de reposo luego de que lo atropellara una moto, la ayuda acercándole las bolsas que tiran en la acera. Ninguno de los dos se ve sucio ni desaliñado.

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A eso de las 6:00 p. m. es que comienzan su peregrinaje en busca de alimentos. Procesión que no es nada fácil, pues no son los únicos que hurgan en la basura.

Según el sociólogo Luis Pedro España, 56,3 % de los venezolanos asegura que su principal problema es el acceso a la comida, esto en noviembre de 2016. De acuerdo con una investigación hecha por la Universidad Católica Andrés Bello y Ecoanalítica, denominada “Ratio Ucab”, 36 % de los venezolanos aseguró que vendió algo para poder compra comida; 30 % dijo que le han regalado comida;  8 % señaló que recoge de la basura para comer y 5 % pidió ayuda para comprar alimentos.

De hecho, casi en media cuadra de Candilito contamos a 18 personas, la mayoría adolescentes y niños, que cuando llegan las bolsas al lugar se abalanzan sobre ellas como ocurre luego del desgarre de una piñata, solo que en vez de caramelos y chupetas, los gritos de júbilo son por un pedazo de auyama o papa.

A las 8:00 p. m. todavía estas personas están revisando minuciosamente las cajas y sacos que retiran de un supermercado cercano.

Vimos cómo hay una líder que ordena los desechos y los reparte por grupos, y “como el que reparte y parte, se lleva la mejor parte”, ella saca la mejor tajada.

Los curiosos de la zona no faltan en este panorama. Transeúntes y conductores pasan y se quedan perplejos ante lo que ven.

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Ya con mucho cansancio, observamos a Berta pasarse la mano por el rostro.

¿Te has enfermado desde que estás haciendo esto?

—“Sí, agarré una bacteria en un ojo y todavía me la estoy curando. Pero es difícil conseguir los antibióticos, a veces me los regalan.

¿Y a los niños no les cae mal la comida?

—Bueno, sí, les da mucha diarrea.

La mujer contestó casi con resignación y marcó una nueva distancia entre nosotras: arrimó un poco más la bolsa hacia sus piernas y tuve que retroceder, algo me indicó que la conversación había culminado.

Me miró rápidamente y dijo: “No puedo seguir hablando, estoy muy ocupada. No quiero llegar tarde San Agustín”.

Literalmente, sí lo estaba. Pues en medio de la oscuridad —no había alumbrado público en esa acera— trataba de escoger las mejores tajadas de unas yucas, piezas que de vez en cuando olfateaba para verificar que no estuvieran podridas.

De repente se le aceró una señora que pasaba los 70 años. Tampoco estaba sucia, tenía una chaqueta y estaba peinadita. Llegó con una bolsa de plástico y una carterita. Muy disimuladamente se agachó y sacó de la caja algunas verduras.

Traté de indagar si lo hacía habitualmente y con señas me dijo que no escuchaba muy bien.

La noté nerviosa y con pena.

“Aquí viene mucha gente. Nosotros no somos indigentes, hacemos esto porque queremos comida”, atinó a decir la mujer que desde un principio identifiqué como la líder del grupo.

¿De dónde eres tú?

—“Yo vengo de El Valle. Somos varios, como ves y por la crisis me vi en la necesidad de esto. Pero mira, yo no te puedo atender. Trata de que no le tomen fotos a los niños”.

Era una joven no mayor de 24 años, vestía ropa deportiva y estaba atenta a todo lo que los comerciantes tiraban en el basurero. Fue ella quien le preguntó a Berta si quería auyama.

“En ocasiones sacamos hasta harina, eso depende de qué vendan en los locales”, comentó.

Y no solo es lo que botan los comercios, también llegan a ese vertedero improvisado los desechos residenciales que vienen mezclados incluso con papel higiénico.

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Ediana llega a Caracas desde Charallave en busca de alimentos.

Mientras la gente contempla a estas personas con curiosidad y alarma, de los edificios aledaños les lanzan hasta orine. Los vecinos no los quieren ahí. Se quejan por el chiquero y porque son personas ajenas a la zona.

No obstante, la necesidad y el hambre se imponen. Y cada vez son más los que llegan a ese punto. Muchos se acercan, recogen lo que pueden y se van, y otros hasta que no revisen la última bolsa no se quedan tranquilos.

Como ya son muchos, hay quienes prefieren probar suerte en otras esquinas. Ahí mismo en La Candelaria, pero esta vez por los lados de Ferrenquín, encontramos a Ediana González, quien desde hace 15 días decidió salir a buscar comida en la basura.

Ella estaba con otra mujer que dijo “no” a todas las preguntas y corrió a refugiarse detrás de un quiosco.

Pero Ediana, con frases cortas, relató el porqué estaban a esa hora —pasadas las 8:00 p. m.— revisando los desperdicios: “No tenemos qué comer y en mi casa somos seis niños”.

Se incluyó en la cuenta, pues a sus 17 años de edad, en realidad es una menor que aún pudiera estar bajo el cuidado de sus padres.

“Venimos de Los Valles del Tuy y allá no se está consiguiendo ni trabajo. Está todo muy duro y por eso venimos a Caracas a buscar algo. Un kilo de arroz nos lo pueden vender en más de 3000 bolívares  ¿y cómo lo compramos si no tenemos trabajo?”.

La otra mujer que estaba con ella, antes de pegar la carrera, se hallaba afanada sacando trozos de verdura. Y de vez en cuando, con el mismo periódico que sacaba del montón, se limpiaba las manos. Como si todavía no se acostumbrara a la sensación viscosa que dejan los desechos sólidos.

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Cualquier cosa que consigan es buena para darle alimentos a seis menores de edad.

Hacía largas pausas entre una agachada y otra, como tratando de tomar oxígeno para soportar los próximos minutos con la cara a menos de 15 centímetros de la basura.

Ediana también mostró una actitud neófita. La escasez de alimentos y no otra cosa parecen haberla empujado al mundo de los menesterosos, o así lo evidencian sus cejas tatuadas, su ropa limpia y el lápiz labial, un aspecto discordante en comparación con su entorno.

“No es fácil, los señores del aseo se pelean con nosotros. Nos insultan, imagínate, ya es suficiente comer de la basura”, comentó al tiempo que no soltaba la bolsa blanca en la que guardaba algunos de los alimentos recuperados.

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Abordar a estas personas tiene su pulso. Hay que observarlas y esperar a que agarren confianza. Decir que uno es periodista y que luego se presente el fotógrafo resulta intimidante, sobre todo para personas que se sienten aún más vulnerables debido a su situación.

Sin embargo, fue posible recoger testimonios como el de José Luis Castellanos, de 26 años.

recorrido por el centro
Este joven dijo que en el último año ha visto cómo hay más gente comiendo de la basura.

José Luis se colocó una bolsa negra como especie de delantal para comenzar a hurgar. “No todos los días me vas a ver en este punto. En las mañanas es muy difícil porque no hay tanta comida. Al mediodía y ya al final de la tarde es cuando más consigo. Pero hay que caminar”.

Castellanos, a diferencia de los testimonios anteriores, lleva tiempo en la calle. Llegó ahí por el consumo de heroína. No obstante, es un chico que habla con tranquilidad y es coherente en su discurso.

Reconoció que su situación es otra —por la adición. Y aun así, se consideró una especie de termómetro social: “No soy yo, no son los indigentes, son muchas personas que teniendo un techo donde vivir están comiendo de la basura”.

Fue exacto en la sincronía y mencionó que en los últimos siete meses ha visto cómo se ha incrementado este fenómeno, tanto que consideró que “muchos ahora se pelean por los alimentos. He visto hombres y mujeres luchando por un pedazo de pollo… Eso está feo”.

José Luis buscó entre unos desechos y ahí mismo comió. No metió nada en la bolsa, solo se fue caminando con sus manos llenas de grasa. Recorrió menos de 100 metros y se sentó frente a una patrulla de la policía.

Ahí lo abordamos para saber qué tanto lleva sobreviviendo de esa forma.

Bulevar La Marrón.
Prefiere comer directo de la bolsa.

Me miró con unos ojos completamente idos y solitarios, y solo me pidió que le consiguiera ayuda para dejar la calle.

Este muchacho oriundo de Cumaná, estado Sucre, contó que duerme donde lo agarre la noche, e indicó que lo que más le cuesta ahora es conciliar el sueño: “Ya no quiero vivir así, sin comida, sin medicinas, en la calle…”

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La misma petición nos hizo Jhonatan Granados, de 36 años. La calle la probó hace 4 meses. Vivía en la zona José Félix Ribas de Petare. Un problema con los malandros del sector hizo que sus hermanas vendieran la casa y tuvo que emigrar.

“Mataron a mi mamá y mi hermano tomó venganza. Eso nos costó todo a todos. Nunca antes me vi así. Tengo dos hijos que están en el interior y no los veo desde hace siete meses, precisamente por todos los problemas que he tenido. Yo no viví nunca en la calle. Esto es muy deplorable, además de la inseguridad que uno ve”.

Foto: Crónica Uno / Miguel González
Jhonatan Granados desde hace cuatro meses come de los desechos. Foto Miguel González

Granados trabajaba como obrero y, según señaló, no le estaban cayendo contratos. Pasó tres días enteros sin comer.

“Sentía que me estaba chupando, me puse huesudo, parecía enfermo y me dije que no podía seguir así. Da pena porque la gente se le queda a uno viendo con mucho asombro, pero busqué entre la basura. Ese día comí y ahora, como no consigo empleo, me veo en la obligación de seguir haciéndolo”.

Este hombre tiene varios puntos para hurgar. Todos en el centro de Caracas. Trata de andar siempre solo y evita caer en discusiones por las bolsas.

Niños y adultos mayores los más afectados
Pasada las 5:00 p. m. en muchos sectores capitalinos este es el panorama.

“He visto hasta cómo se apuñalan, cómo se dan golpes, y no quiero eso. Fíjate, yo no ando sucio. No soy indigente”.

Ciertamente, Jhonatan a pesar de que lo vimos varias veces revisar, sacar y meter los desperdicios, no tenía mugre ni en la piel ni en la ropa.

En un envase que tenía a un lado iba acumulando los alimentos, entre los que asomaba un recorte de hallaca. A su alrededor había potes a los que ya le había hecho la limpieza con los dedos. Trataba de comer directamente de la bolsa para no perder tiempo.

Por su cabeza y ante sus ojos no pasaban las moscas ni el mal olor. El hambre, tanto como el amor, en ese momento podía con todo.

Tampoco le importaba que la gente lo viera con desagrado desde los carros y mucho menos se inquietaba ante los comentarios malsanos de los transeúntes.

“Sinceramente no quiero que esto dure mucho. Lo hago por la necesidad y porque no quiero volver a pasar hambre. Eso es muy doloroso”.

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La cantidad de personas jóvenes hurgando en los desechos es notable.
Recorrido por el centro de Caracas.
Además en medio de ese círculo social, según cuenta, también hay violencia.

La crisis económica, que se refleja en escasez y altos precios, ha sumado a más venezolanos a las filas de la pobreza y hace dos meses el sociólogo, Luis Pedro España, dijo que “lo del hambre es serio. Un tercio de la población pide para comer”.

Fotos: Jota Díaz



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