Las cocineras aseguran que les ha tocado llevarle de desayuno a un enfermo renal un huevo cocido. Denuncian que las raciones son tan pequeñas que parecen para bebés.

Caracas. “De diabetes no vas a sufrir”, me dijo Marta Díaz, ayudante de alimentación desde una de las dos cocinas que hay en el piso cuatro del Hospital Clínico Universitario de Caracas, mientras me tomaba un vaso de jugo de melón sin azúcar.

Díaz ya no recuerda cuándo fue la última vez que prepararon jugo con azúcar para darles a los pacientes de ese centro de salud, según la dieta de cada uno. Harina de maíz, arroz, leche líquida o en polvo son otros de los alimentos que no han visto en lo que va de año en la cocina del Universitario.

“Cuando les llevamos pollo o carne se ponen contentos porque aquí casi nunca comen eso”, comentó Marta, una mujer de piel morena y baja estatura, que en ese momento llegaba para comenzar a trabajar en el turno de la tarde. Se colocó su bata y gorro, ambos de color blanco, que conformaban su uniforme al igual que todas las mujeres que laboran en una de las dos cocinas del piso cuatro del HCUC.

El Hospital Universitario es un centro de salud tipo V – que en principio debe ofrecer todos los servicios de salud. Hospedado en el icónico edificio de Villanueva, está ubicado en la Universidad Central de Venezuela (UCV). Por muchos años fue famoso principalmente por su arquitectura vanguardista, hoy muy descuidada en algunas zonas como los sótanos, jardineras y las rampas para trasladar los pacientes por las camillas en el servicio de emergencia. Según algunos médicos, en años anteriores era un hospital de referencia en todo el país. En su 11 pisos dedicados al cuidados de los pacientes, se formaban los estudiantes de medicina de la universidad más importante de Venezuela.

Si la escasez de comida es ya general, imagínense en los hospitales. El miércoles primero de junio de este año, médicos, enfermeras, obreros y hasta los pacientes protestaron en la entrada del Universitario y una de las razones era la escasez y mala calidad de la comida.

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“Un día en el desayuno nos dieron solo un mango. Más nada. Ese fue el desayuno para todos los pacientes del hospital. Antes de eso duramos como dos semanas comiendo huevo revuelto todos los días en el desayuno y a veces en el almuerzo, de paso las raciones son pequeñas. Como si fueran para un bebé”, relató Julio Cuenta, un hombre de 66 años, pero que por su extrema delgadez aparenta más edad. Aunque comparte la habitación con otro paciente, me dijo con tristeza que ningún familiar lo visita y relató con mucha resignación que desde hace dos meses espera por una operación para extraerle una hernia del abdomen.

Me contó que no tiene ningún familiar que se haga cargo de él, por lo que para alimentarse solo depende de lo que le den en el hospital.

A Julio no le gusta la avena y precisamente hace un par de semanas ese fue lo que le dieron en la mañana, aunque sin azúcar, ni sal. Según me dijo no se la tomó porque no sabía a nada.

“Cuando me traen algún alimento que no puedo comer, pues me toca aguantar. Estoy solo aquí. Aunque a veces es muy poquito y uno queda con hambre”, detalló Cuenta, con una expresión que unía tristeza porque hace más de un mes no conversaba con alguien distinto a su compañero de cuarto o las enfermeras, y alegría por la misma razón. Mientras conversábamos su mirada se perdía en el cerro El Ávila que aquella tarde tenía un sol resplandeciente que le hacía más verde de los acostumbrado, aunque unas nubes encapotaban un parte de la cima de esa majestuosa montaña.

La cocina principal de todo el hospital está ubicada en el piso dos. Del nivel uno al cinco hay dos servicios de preparación de los víveres por piso y del seis hasta el 11, existe una sola en cada piso. Cuatro mujeres trabajan en cada una de las cocinas de cada nivel, pero al entrar a una de ellas ví varios hornos, neveras y otros enseres con un papel que dice “dañado”. El mismo descuido en el que se encuentra gran parte del hospital, se adueñó de las cocinas. Aunque las trabajadoras intentan mantener el lugar en buen estado, me contaron que ha habido días en los que no tienen agua y todas las ollas, cubiertos, bandejas y demás enseres se amontonan en el lavaplatos completamente sucios.

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Muchos de los carritos en los que transportan los menús están dañados. Los pocos en funcionamiento se los dividen las camareras, quienes deben hacer maromas para subirlos y bajarlos, pues la mayoría de los ascensores están fuera de servicio. Incluso denunciaron que hay días en los que usan el mismo elevador por donde trasladan la basura y los desechos  patológicos.

“Cada patología tiene una dieta distinta. Los que sufren del corazón deben tener restricción de sodio. Los diabéticos de azúcar y carbohidratos, los pacientes renales bajo contenido de líquido y sal, pero aquí son los mismos alimentos para todos”, aseguró Gherzon Casanova, presidente de la Sociedad de Médicos Internos y Residente del HCUC, un doctor que no supera los 30 años que habla con la seriedad que amerita la grave situación que atraviesa ese centro de salud.

Debido a que está prohibido el acceso a periodistas al hospital, Casanova me ofreció la entrevista desde una habitación solitaria en el piso dos, en la que deberían haber mínimo dos pacientes pero por la falta de insumos, los médicos le recomiendan a los internos no quedarse en el hospital a menos que traigan todo el material sanitario para atenderlos. Mientras él conversaba conmigo, cada cierto tiempo se asomaba por la ventanilla de la puerta de la habitación como para chequear que nadie de seguridad nos viera. Si nos ven, me botan y él se metería en un problema por ayudarme a ingresar al hospital.

Jorge Pérez tiene 14 años de edad, es paciente renal y desde hace tres meses está hospitalizado en ese centro de salud. Su mamá, Maritza Carmona, cuando le pregunté acerca de la calidad de la comida, la definió con una palabra: pésima. Los Pérez son de Barcelona, en el estado Anzoátegui. Carmona junto a su hijo, se trasladaron a la capital para conseguir un hospital que los atendiera, ya que la crisis humanitaria afecta a todo el país y es más aguda en los otros estados de Venezuela.

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“Durante tres días seguidos a mi hijo le trajeron carne molida en el almuerzo y él no puede comer eso. No soy de Caracas, no conozco a nadie y no tengo los recursos económicos para comprar comida en la calle”, me contó Carmona. En los cafetines o restaurantes del HCUC un almuerzo cuesta más de Bs. 2.000. El sueldo mínimo, recordemos, es de Bs. 15.051.

En la misma habitación donde el doctor Casanova me ofrecía la entrevista, con un tono de voz tenue pero hablando rápido, contó que él junto a sus compañeros de trabajo han visto cómo ha aumentado el ingreso de pacientes anémicos a la emergencia del hospital.

“Que lleguen en esas condiciones es por falta de proteínas, huevos, carne, pescado o pollo. Nos dicen que ingieren ese tipo de alimentos cada dos o tres semanas y es obvio que tengan un déficit nutricional”, indicó.

Al culminar su testimonio, un silencio de pocos segundos invadió la conversación. El de él por la gravedad de lo que veía a diario en la emergencia del hospital y yo, me quedé pensando en la inmensa cantidad de personas que acuden a todas las emergencias de los centro de salud del país con las mismas características.

Curiosamente, luego de la protesta del miércoles pasado, les enviaron además de buena comida, postre y más cantidad en las raciones para los pacientes. Casanova informó que en el turno de la noche, de esa semana, ya tenían los insumos por los que protestaron: Antibióticos, inyectadoras, soluciones y serología para sangre.

“Pero todo eso nos duró tres días. Ahora creo que tenemos que protestar una vez a la semana para tener el suministro de insumos y comida”, comentó entre risas.

Esta es una nota en colaboración con

Caracas Chronicles
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Puede leer la versión en ingles aquí: Caracas Chronicles.

Foto: Angeliana Escalona



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