Inés Quintero: No debemos desestimar el profundo espíritu republicano de los venezolanos

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En un encuentro organizado por Crónica.Uno y Espacio Público en la Universidad Católica Andrés Bello, la directora de la Academia Nacional de la Historia pidió pensar los problemas políticos y sociales en dimensiones históricas. “Si se le pregunta a María Antonia Bolívar, la hermana del Libertador, por la época que le tocó vivir, no hay forma de que no responda que fue la época más fatídica”, comenta.

Caracas. Si se juzga el país desde la urgencia que plantea la actualidad, entonces, probablemente, estas sean las circunstancias más terrible para los venezolanos. Hay quienes aducen que sobran elementos para afirmarlo: la inflación anualizada de 342.161 %, según cálculos de la Asamblea Nacional; el desempleo que  supera el 9 % de la población en edad de trabajar y la pobreza que arropa 87 % de los hogares, de acuerdo con estudios de las principales universidades del país.

En medio de todo ese escenario lúgubre, la historiadora Inés Quintero, individuo de número de la Academia Nacional de la Historia y directora de esa institución, enciende una luz. Lo hace desde su disciplina, con argumentos históricos, desde el enclave de la iconografía nacional.

Quintero, quien se pasea por los acontecimientos que definieron el curso del país, no resta urgencia a la crisis actual. Asegura que la historia es, por definición, inédita, y la relación con ella es lo que hace a los venezolanos protagonistas. Pide, con cierto aire de sosiego, pensar el problema político y social en dimensiones históricas. “Si se le pregunta a María Antonia Bolívar, la hermana del Libertador, por la época que le tocó vivir, no hay forma de que no responda que fue la época más fatídica”, comenta.

Durante el Encuentro de Gente Buena, evento organizado por Crónica.Uno y la ONG Espacio Público en la UCAB, la autora de El hijo de la panadera y La criolla principal abordó la situación del país para alentar a la población e ilustrar con hechos difíciles la complejidad de cada época. Su mensaje cobra especial matiz en un momento en el que la tozudez de dejarlo todo para marcharse a otro país asalta a los más jóvenes. Aún en los momentos más encarnizados de la historia, sigue habiendo país.

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Quintero, quien ha escrito obras como El último marqués (2005), El sucesor de Bolívar (2006) y La palabra ignorada (2007), ilustra con hazañas legendarias el desenlace de los períodos más adversos del país. Y, en este punto, evoca la Guerra de Independencia, que vista desde los relatos épicos de las batallas, sus protagonistas y sus resultados, ha sido idealizada.

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La investigadora insiste en que hay todo un contexto de por medio del que no se habla. Y desgrana el costo económico cotidiano que tuvo la guerra para la población: la escasez, la pobreza, el hambre y la destrucción de la producción nacional. Fue, enfatiza Inés, el costo humano de un proceso que cobró la vida de 30 % de la población y dejó familias desmembradas, haciendas en ruinas y propiedades quemadas. De 4,5 millones de cabezas de ganado, solo quedaron 200.000 y las familias tenían dificultades para alimentarse.

Concluida la Independencia, añade, vienen cambios trascendentales para Venezuela. Se desintegra la Gran Colombia y José Antonio Páez crea, en 1829, la Sociedad Econonómica del País, una organización para reagrupar lo que quedaba de Venezuela: los pobres, los ricos republicanos, los hacendados y todos aquel que tuviera dispuesto a construir una nación. “No quedaron carreteras y tampoco se sabía dónde comenzaba ni dónde terminaba el país. Así, pues, comenzó el siglo XIX”.

Después de todo aquel acontecimiento, llega la Guerra Federal. Corría el año 1859. “Fue algo monstruoso, una guerra fratricida. Se decía que había un odio inextinguible”. Sin embargo, aquel enfrentamiento terminó con el Tratado de Coche firmado por los militares Pedro José de Rojas y Antonio Guzmán Blanco, dos figuras contrapuestas. Era un decreto de garantía, acordado en 1863, que puso fin a la guerra y consagraba entonces el derecho a la libertad.

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Pero las guerras no lo fueron todo para Venezuela. Luego llegó la autocracia gomecista, que eclipsó los primeros vestigios de libertad. Antonio Guzmán Blanco, que era un hombre ególatra, dice Inés, se hizo una estatua frente a la primera sede de la Universidad Central de Venezuela. “El país tuvo que calarse a Guzmán, pero luego, cuando los venezolanos emprendieron su camino de lucha, no quedaron rastros de las estatuas que mandó a instalar”.

Es así como la historiadora desentraña la trama política del país a la que se suman los “andinos” en el poder, durante 35 años; una etapa que se inició con Cipriano Castro y culminó con Juan Vicente Gómez. Fueron los tiempos de La Rotunda, la tumba, el Sebin del momento. “La generación del 28, que nació en su mayoría en 1908, no tenía otro referente que Gómez. Después de 35 años, la sociedad reaccionó y se levantó para exigir democracia. No debemos desestimar el profundo espíritu republicano de los venezolanos”, insiste durante su ponencia en la UCAB.

Resiliencia para cambiar el entorno

Desde una perspectiva más psicológica, Olga Bravo, profesora de la UCAB y del IESA, asegura que el contexto actual es complejo, de alta volatilidad e incertidumbre. Durante su intervención en Encuentro de Gente Buena sostuvo que la peor sensación es la de ambigüedad, un fenómeno que define como el caos. “Es todo aquello que no podemos comprender ni descifrar. Se pierde la sensación de control y para el hombre occidental, eso es terrible”.

En un contexto como el actual, dice, la gente pone su atención en lo negativo.”Cuando hay incertidumbre nos inventamos certezas y el resultado es nefasto. Muchas veces creemos que no podemos con nuestra realidad. Es terrible lo que nos sucede, pero lo importante es plantearse qué podemos hacer frente a ello. No podemos poner orden en el caos, pero sí podemos organizarnos nosotros frente a él”.

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Bravo explica que existen dos posturas frente a la crisis. Una de ellas, quizá la más cómoda de todas, es victimizarse. La otra exige una actitud activa para hacerse cargo de los cambios. “Cuando nos victimizamos evitamos la realidad, estamos en negación. Cuando nos hacemos cargo del problema, estamos pendientes de la realidad. Sabemos que lo que va a suceder depende de mí. Toda realidad es transformable”.

La docente del Instituto de Estudios Superiores de Administración (IESA) sugiere cuidarse, lo que es igual a no enfermarse. Recomienda tener una actividad para recrearse, conservar la capacidad de reacción y buscar aliados frente a la crisis para mirar los retos. “Resiliencia es realizar ajustes positivos bajo condiciones desafiantes. Se debe tener persistencia, inteligencia emocional, hay que aceptarnos, tener gratitud, observar las cosas positivas”, recomienda.

Fotos: Luis Morillo @luizmorillo15


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