Por la prolongada crisis económica, las familias no pueden cubrir sus necesidades básicas. La Encovi de 2016 reveló que la pobreza reciente aumentó a 49,38 %.

Caracas. Víctor Carrillo es un profesor de Física en la Universidad Pedagógica Experimental Libertador (UPEL) a quien la crisis lo tiene entre la espada y la pared. Relata que “como profesional es algo que no esperaba. Uno cuando se gradúa quiere casarse, tener casa y comprarse un carro”. Pero ante esta realidad ve cómo se esfuman los sueños y los logros se convierten en un sacrificio. “Trabajo como docente a tiempo completo, es una dedicación exclusiva que no me permite tener otro trabajo. Gano más de 90.000 bolívares al mes; y con eso lo que hago es medio comprar comida y pagar pasaje. Eso es desesperante”.

La recesión económica afecta sustancialmente los ingresos de los trabajadores que dependen de un sueldo, y cada día ven disminuida su calidad de vida.

Víctor, de 38 años, percibe 47.000 bolívares quincenales y 40.000 los gasta en comida para su hogar. No obstante, ese presupuesto a veces aumenta y tiene que endeudarse para cancelar el mercado, pues recurre a la tarjeta de crédito.

Víctor Carrillo tiene que endeudarse para comprar lo más básico

Al dinero que se va en alimentación se suma el transporte. Este profesor debe tomar seis carritos por puesto al día en los que se les van 600 bolívares, a la semana son 3000 bolívares y al mes 12.000 bolívares, solo en pasaje. Todos los días va de Catia a La Urbina. 

La situación de este profesor universitario la padecen muchos venezolanos que se enfrentan a una elevada inflación y a un desabastecimiento de alimentos, medicinas, papel higiénico, jabón y pañales como consecuencia de la prolongada crisis, que no solo responde al comportamiento de los precios del petróleo, sino también al modelo del controles que impuso el Gobierno desde hace 13 años, y que colapsó. 

Por las distorsiones de la economía hay más pobres. En 2015, 73 % de los hogares estaban en pobreza de ingresos, en 2016 la cifra escaló a 81,8 %, según la Encuesta de Condiciones de Vida (Encovi) elaborada por la Universidad Católica Andrés Bello (UCAB), la Universidad Central de Venezuela (UCV) y la Universidad Simón Bolívar (USB).

Ese estudio revela más: la pobreza reciente en 2015 abarcaba a 47,1 % de los hogares, en 2016 aumentó a 49,38 %. De manera que el número de familias que no pueden cubrir sus requerimientos básicos sigue creciendo, y allí se incluye a muchos trabajadores como Víctor, cuyo salario no le permite atender lo más esencial.

9 de cada 10 venezolanos en febrero apenas podían la comprar la mitad o menos de lo que necesitaban, reveló una encuesta de la firma Datos. La profesora de la UCAB, María Gabriela Ponce, apunta que “a las familias no les alcanza el dinero, por ello, las personas con trabajo terminan empobreciéndose. Ya el trabajo no da para atender lo necesario”.

Los impactos de la crisis

Martha, quien pidió mantener su apellido en reserva, trabajaba por su cuenta, pero el dinero no le rendía. Hace siete meses decidió dejar atrás Unare, estado Bolívar, para mudarse a Caracas con sus dos hijos y su esposo, quien ya tenía tres años laborando en la capital.

Poco le alcanzaba la plata para comprar a los bachaqueros, sin embargo, prefería eso a tener que pasar horas en una cola aguantando agresiones y al final regresar a su casa con las manos vacías.

Los ahorros, que guardó para montar un pequeño restaurante en su casa, se fueron gastando en comida. “Lo poco que me quedaba de dinero lo invertí y compré artículos de maquillaje para vender, pero eso tampoco alcanzaba porque también le daba dinero a mi mamá para que comprara”. 

Su esposo, quien se había venido a Caracas para estudiar y conseguir empleo, no era mucho lo que podía enviarles como sustento porque apenas le rendía la plata a él. Cansada de ver a sus hijos pasar hambre, se mudó con su pareja, pues en la capital tendría más opciones para conseguir el alimento. Lo peor, dice ella, es que en Unare vivían cómodos, hasta que la escasez comenzó a golpearlos.

Desde fines de 2012, el país está sumergido en una crisis económica que se refleja con una inflación de tres dígitos que el pasado año superó el 400 %.

Y esa aceleración fue por la baja oferta de bienes producto de las regulaciones y la inyección de dinero en la economía, que atiende el déficit del sector público. A la par, la menor actividad de las industrias acentuó la ausencia de artículos en supermercados y abastos, y el desabastecimiento a diciembre de 2016 estaba en 68 %.

Aunque el Gobierno entre 2016 y 2017 ha revisado cinco veces el salario mínimo y el bono de alimentación, y hoy día el sueldo integral es 148.638 bolívares, dichos ajustes no le ganan la carrera a los precios. Y la situación de aquellos trabajadores que perciben una remuneración superior a la básica es más complicada, porque sus incrementos no son iguales a los que autoriza el Ejecutivo.  

Anabella Abadi, economista, explica que “la escala salarial no sube igual. Quien gana más de salario mínimo, no tiene garantía de aumentos iguales. Al final, las personas terminan endeudándose para cubrir el gasto corriente. Si bien lo cubren un mes, ¿qué pasa al mes siguiente?”.

En enero, solo la canasta alimentaria llegó a 486.878,72 bolívares con lo cual un trabajador requiere devengar 16.230 bolívares diarios para atender esos gastos, de acuerdo con la información del Centro de Documentación y Análisis para los Trabajadores (Cenda)

La Encovi mostró que en 93 % de los hogares el dinero no alcanza para adquirir los alimentos, y como resultado, 35,2 % de los venezolanos se alimenta dos o menos veces al día, y además pierde peso.  

A Martha el hambre la empujó a establecerse en Caracas. Sus hijos bajaron de peso y a veces no los enviaba al liceo porque se mareaban, en vista de que en la casa no se alimentaban bien. “En Bolívar no hay nada, eso es horrible. Si la gente piensa que en Caracas no hay comida entonces no se imaginan Bolívar. A veces mis hijos se iban sin comer al liceo y yo me estaba enfermando de tanto estrés, la pasamos muy mal”. 

Por el salto en los precios, el salario mínimo integral cayó 25,6 % en 2016, según las estimaciones de Econométrica. Y ante el deterioro del ingreso, las familias modifican sus patrones y el consumo baja. El pasado año retrocedió 11 %, de acuerdo con cálculos de Ecoanalítica.

Víctor Carrillo relató que ya es poco frecuente que salga de paseo con su esposa, algo que era una rutina de pareja. Eliminó de su presupuesto todo tipo de confort y gastos personales como la compra de zapatos, camisas y pantalones. Hasta para ir a la barbería lo piensa dos veces: pone en una balanza entre afeitarse o comprar algo para la cena.

La tarifa de telefonía móvil la cambió a la más básica, pues ya no podía con un paquete de 3000 bolívares y ni pensar en ir a un gimnasio. “Ello quedó como un lujo para un simple profesor. La superación es algo cuesta arriba”.

El sociólogo, Jorge Díaz Polanco añade que “hay una ruptura de la relación entre expectativas de progreso y mejoramiento y la disponibilidad de medios para alcanzar esos objetivos. Cuando esa relación se rompe, para la mayoría de la población quedan negadas las opciones de mejoramiento y progreso. Lo más grave es que ello lleva aparejados nuevos estados emocionales y conductuales que tratan de justificarse en función de la frustración y el desespero”.

Luis Gómez es un obrero que reside en Los Teques, estado Miranda, y lo que gana semanal es poco para afrontar el gasto de su casa. Tiene esposa y tres hijos. “Los fines de semana tengo que ‘taxear’ para redondearme. Esto es frustrante. Se trabaja para medio comer”.

Lo que más le angustia es la alimentación de su hijo de cinco años, los mayores tienen 20 y 23, estudian y trabajan. “Es que buscar lo más básico es complicado”.

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Dejar hasta la vivienda

Muchos hacen sacrificios como dejar sus viviendas. Martha, al trasladarse con sus hijos a la capital llegó a una habitación en San Martín, donde ya vivía su marido y con su sueldo costeaban el alquiler. Sin embargo, en diciembre de 2016 les pidieron que entregaran el cuarto y desde enero no les quedó opción que vivir en la calle hasta que consigan a donde ir. Ya tienen tres meses en esa situación.

Esta familia pasa la noche en las oficinas donde trabaja su esposo, al este de la ciudad. Ahí pueden llegar pasadas las 10:30 p. m. cuando ya no quede ni un empleado, porque los jefes cedieron las instalaciones sin que nadie supiera. En una colchoneta duermen sus hijos, de 14 y 15 años, y encima de unos edredones descansan ella y su esposo.

Muy temprano salen, los jóvenes al liceo y ella a esperarlos. Hay días en que trabaja limpiando en algunas casas o donde labora su esposo, pero el ingreso no es fijo. “Prefiero estar en Caracas porque consigo comida, no vuelvo a Unare. En Caracas al menos camino y tengo para comer, voy a Quinta Crespo y puedo comprar verduras”.

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Se asean con agua que guardan en tobos luego de entrar a las oficinas. Ahí lava los fines de semana y en una pequeña hornilla hace comida para todos. Después de que sus hijos salen del liceo, a las 5:00 p. m., se sientan en las mesas de un centro comercial a esperar la hora de ingresar a la empresa para dormir. Mientras, los adolescentes hacen las tareas y cuando los vence el sueño, apoyan su cabeza encima de sus brazos, que posan en la mesa. Su mamá los ve mientras pasan las horas.

Esta familia tiene un carro, donde guardan la ropa. Planean venderlo para poder alquilar una vivienda. “Las cosas van a mejorar, tengo la fe de que pronto conseguiremos donde vivir y todo va a pasar”.

Mientras se extienda la crisis, los trabajadores seguirán sufriendo. La profesora de la UCAB asevera que “todos nos hemos ido empobreciendo. Un mayor número de empleados será más pobre y las familias tendrán menos capacidad de consumo por la inflación y la escasez”.

Las firmas económicas proyectan para este 2017 una contracción de 4 % y una inflación superior al 500 %.

Foto referencial: Cristian Hernández


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