En horas de la madrugada, miembros de una familia oyeron ruidos y notaron la presencia de un extraño en el apartamento. El hombre, de entre 18 y 22 años, tenía harina precocida de maíz y aceite en un morral, rubros que había tomado de la vivienda ubicada entre la avenida Buenos Aires y la Andrés Bello.

Caracas. Un ruido dentro del apartamento alertó a un miembro de la familia. Sabía que había un extraño. Se encerró en el cuarto y desde ahí advirtió al hombre de la casa, quien tocó la puerta de un vecino para avisarle, temeroso de que se tratara de dos delincuentes o más.

Ambos ingresaron al baño. La presencia de alguien los condujo hasta la ducha y ahí estaba, escondido y cubierto con una toalla localizaron a un joven, de aproximadamente 18 a 22 años, delgado y de piel morena.

Asustado ante la postura desafiante de ambos hombres, pidió que no le hicieran daño, pues su intención no era hacerle mal a nadie. Llevaba colocado un morral, donde escondió el botín que había tomado del apartamento: harina precocida de maíz, aceite y una licuadora.

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Los mensajes por los grupos de WhatsApp entre vecinos, alertando que había un delincuente en el edificio Naiguatá, comenzaron a las 5:00 a. m. de aquel martes 19 de septiembre. El joven burló la seguridad y escaló por las ventanas hasta llegar a un apartamento sin rejas, en el piso 8.

Entró a ese pero no encontró nada y por eso se pasó a otro apartamento, donde la familia ya estaba despierta haciendo sus actividades típicas de la mañana. Por suerte lo escucharon, relató un vecino.

Los vecinos del edificio, ubicado entre la avenida Buenos Aires y la avenida Andrés Bello, decidieron organizarse para combatir la inseguridad. Formaron grupos con apoyo de residentes de Los Caobos, desde la Libertador hasta la Andrés Bello y hasta Las Palmas para monitorear esas zonas.

Un habitante, quien por seguridad prefirió no revelar su nombre, explicó que en un mes han sido víctima de robo de seis carros y hasta 14 motos. Incluso han visto a niños amenazar con armas blancas a mujeres o personas mayores, para que les entreguen sus pertenencias.

Gracias a esta organización lograron que a las 6:00 a. m. llegaran funcionarios de la Guardia Nacional Bolivariana (GNB) quienes detuvieron al joven, que había escalado hasta el piso 8 para robar comida.

Tenía una actitud muy rara, decía que no le quería hacer daño a nadie, que tenía hambre y que por favor no lo detuvieran. Los vecinos llegaron a pensar que estaba bajo los efectos de las drogas o que simplemente ese no era su oficio, estaba muy nervioso, soltó.

En el informe anual de 2016, el Observatorio Venezolano de Violencia (OVV) reveló que se incrementó considerablemente el delito por hambre, a consecuencia del empobrecimiento y la escasez en el país.

La investigación apuntó que hubo más robos colectivos y saqueos a negocios, y transporte de alimentos el año pasado. Incluso en diversas zonas los camiones de comida deben transitar escoltados.

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Históricamente en Venezuela el delito se había motivado por la búsqueda del consumo suntuario, unos zapatos de marca o un celular, en 2016 ocurrió un cambio, indica el informe.

La mayoría de las personas que robaron comida no solían cometer esta acción o no eran delincuentes regulares, aunque hay “profesionales” que se dedican a robar alimentos.

Quienes no hurtan comida por lo general tienen otros oficios o empleos, pero transitoriamente pueden hacerlo de regreso a su casa o al trabajo, ya que su salario no les alcanza. El OVV los denominó “delincuentes amateur”, actúan solos, pues de lo contrario estarían reconociendo su nueva condición.

Los vecinos de Las Palmas y sus adyacencias relataron que gracias a su organización han disminuido los robos a quienes hacían cola para comprar comida. Aseguraron que desde que construyeron los edificios de la Misión Vivienda Venezuela en la avenida Libertador, la inseguridad aumentó de manera significativa.

Foto referencial: Mariana Mendoza



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