La biblioteca que deja la diáspora: una segunda oportunidad para la lectura

Libreros del pasillo de Ingeniería de la UCV se quedan sin clientes y sin textos

La industria editorial luce ensombrecida. Con una Venezuela en recesión, se venden cada vez menos textos y no hay dólares para imprimir más ejemplares ni para traer nuevos títulos. Sin novedades en el mercado, librerías y editoriales locales hacen su máximo esfuerzo para continuar su labor.

Caracas. En un país donde falta todo y el Gobierno impone un discurso de guerra, la industria editorial no se salva del zarpazo de la crisis económica. La complejidad es tal que los espacios culturales se hacen cada vez más estrechos y el placer de la lectura compite con el ardor del estómago, la obligación de comer. Incluso los lectores más asiduos se debaten entre comprar arroz y su gusto por la tinta y el papel, la forma universal en la que se materializa la literatura.

Lennis Rojas, exgerente de Lugar Común, en Paseo Las Mercedes, advierte que la industria editorial luce ensombrecida. Con una Venezuela en recesión, las librerías venden cada vez menos textos, las editoriales no tienen dólares para imprimir ejemplares ni para traer nuevos títulos. «Con el cierre de Lugar Común en Altamira son menos los espacios para trabajar», dice.

Sin embargo, reconoce que por cada lugar que fenece nace otro y cita lo que quizá hasta ahora sea el mayor ademán de rebeldía: La Poeteca, una apuesta arriesgada, dedicada a la poesía, que nació en mayo en la urbanización Las Mercedes. Pese a todo el esfuerzo, existe una realidad que, por lo pronto, luce inaplazable. La hiperinflación reduce la oferta de títulos en una urbe donde residen 3,3 millones de personas con su propia trama por contar.

Lennis Rojas lo vive. No hay novedades en el mercado y las editoriales locales hacen su máximo esfuerzo para no embarrancarse. Rojas, quien acumula una vasta experiencia como librera, ilustra con un episodio reciente la anémica oferta de libros en Caracas. Cuenta que en 2017, cuando se anunció el Premio Nobel de Literatura, en la ciudad solo había 10 ejemplares de la obra de Kazuo Ishiguro, el escritor nipón que se hizo con el galardón, cuyo aporte literario está compuesto por siete novelas y un libro de relatos.

Recuerdo que en esa ocasión, en Lugar Común del edificio San Carlos solo había cuatro ejemplares de Ishiguro y en la sede de Altamira, otros dos», cuenta Lennis.

Para quienes surcan el mar de la industria editorial, el momento de mayor esplendor quedó anclado en los años 2010 y 2011, cuando aún existían grandes empresas como Océano y Anagrama. Desde entonces, el acceso a los dólares se ha vuelto cada vez más enrevesado, existen trabas y, a juzgar por el control de los funcionarios, al Gobierno no le conviene invertir en cultura. 

CRÓNICA UNO/Mariana Mendoza

Katyna Henríquez, gerente y fundadora de El Buscón en el Trasnocho Cultural, una librería especializada en textos agotados, asegura que el desconcierto económico pone al país en una situación extrema: los precios se incrementan a diario, no hay referencia de costos ni competencia en el mercado. Es el retrato exacto de lo que ocurre en la economía a escala nacional.

«Comprar un libro hoy significa dejar de comer. En Venezuela todo se ha convertido en un mercado suntuario. Aquí la vida no transcurre como en los países normales, donde la gente puede comer, ir al cine y comprarse un buen libro».

La gerente de El Buscón, un espacio concebido en 2003, advierte que en este contexto económico es difícil traducir el costo real de un libro, cuyo precio no baja de 15 dólares en España ni en otros países de la región. El desierto editorial, dice Henriquez, ha sido paulatino. Hoy quedan unas pocas casas editoriales de menor alcance, pero no menos importantes, como Todtmann Editores, Madera Fina, Utopía Portátil, Libros del Fuego y Ecir Editorial, que apuestan por los escritores nacionales.

Lee también
Acceso a la Justicia señala que Venezuela vive "una dictadura con espacios de democracia"

A su juicio, el rezago del país en materia editorial tiene el mismo período que el chavismo en el poder y se profundizó con la partida de las casas editoriales, entre las que se cuentan Random Hause, Norma, Alfaguara, EBICA y Ediciones B. De todas las grandes, apenas sobreviven Puntocero, Alfa y Planeta, cuya gerencia hace su máximo esfuerzo para editar libros en Venezuela. 

En medio de todas las carencias, Henriquez profesa la literatura como fuente de claridad.

Es una gran ventana, una entrada de luz, que alimenta y oxigena en medio de la oscuridad. En toda crisis la literatura ha sido una gran alternativa para resistir, por eso son tan perseguidos los intelectuales».

Con toda la economía en contra, hay una práctica que toma cuerpo en el país y que, de momento, pone a salvo la dicha de leer, de palpar las palabras en papel. Se trata de la diáspora venezolana, la fiebre por dejarlo todo y empezar de nuevo en otras latitudes. El éxodo de familias abre la posibilidad de sumar nuevos libros al mercado. Hoy las bibliotecas huérfanas son aprovechadas por quienes buscan reivindicar la lectura y el libro como vía de escape, una práctica seguida por El Buscón que capta los libros de quienes se van.

«No somos un banco de libros. Somos rigurosos con la elección. Por lo general, la gente nos escribe un correo con los títulos y, luego, hacemos una selección muy precisa. No somos librería de saldo, somos muy específicos en literatura universal, libros raros, agotados, de verdadero interés, de teatro, fotografía y arte», agrega Henriquez, quien fue gerente y fundadora de la librería del Teatro Teresa Carreño.

Henriquez reivindica los espacios de resistencia cultural como Kalathos, en Los Galpones de Los Chorros, una librería concebida como un lugar cálido y cercano, donde arde la pasión por la lectura y los libros que se estrenan son desgranados en foros y tertulias por sus propios autores.

Lee también
Unión Europea advierte que intensificará sanciones si no hay acuerdo en Barbados

Conceptualizada por David Malavé, Artemis Nader y Luis Pestana, Kalathos promueve el encuentro entre la gente y sus obras de cabecera. En su interior, las historias se alternan entre tazas de café humeante y las críticas literarias de quienes viven de las tramas de papel para huir de su propia realidad. Allí todo parece estar escrito. Los textos son el lugar per se, las discrepancias y puntos de consenso. También menciona Sopa de Letra, en La Hacienda La Trinidad, y Lugar Común, todos espacios de resistencia que no dejan de apostar por sus lectores.

Municipio Baruta – Biblioteca Raúl Leoni

«La gran metáfora universal es Don Quijote y sus molinos de viento que acaban con dragones. Su autor estuvo preso. Cada país puede tener su Don Quijote. En el caso de Venezuela es Doña Bárbara (1929), de Rómulo Gallegos, que nace en una reciente democracia tras la dictadura y retrata la civilización y la barbarie». Hoy Diario en ruinas 1999-2015, un registro individual y colectivo de la tragedia política, escrito por Ana Teresa Torres y editado por Alfa, es, quizás, el ejemplo más contemporáneo del Don Quijote nacional.


Participa en la conversación