Según el Instituto de Investigaciones Económicas y Sociales de la UCAB, el trabajo formal pierde importancia como principal fuente de ingresos y en paralelo mototaxistas, chicheros, quiosqueros y manicuristas, entre otros, deben cambiar de oficio empujados por la crisis económica.

Caracas. Con la hiperinflación de telón de fondo -que se come el poder de compra del salario mínimo-, el tejido industrial destruido y los comercios amenazados por las políticas económicas del Gobierno, ejercer oficios tan tradicionales como plomería, manicura, albañilería y otros, que servían de válvula de escape a la crisis económica, cada vez más, por múltiples razones, dejan de ser una opción.

La desaparición de técnicos de refrigeración, amoladores, mecánicos y hasta señoras que limpian casas es una de las secuelas de la depresión económica. El cuadro recrudece en un momento en el que la tasa de desempleo asciende a más de 9% y la dependencia global se ubica en 47%, según la Encuesta Sobre Condiciones de Vida. Un dato que descuella de esa lectura de país, realizada por las principales universidades, es la indefensión en la que se encuentra la población entre 15 y 34 años, que representa 69% de los desocupados, arroja un estudio realizado por las universidades Central de Venezuela, Católica Andrés Bello y Simón Bolívar.

Según el Instituto de Investigaciones Económicas y Sociales de la UCAB, el trabajo formal pierde importancia como principal fuente de ingresos en un mercado laboral intervenido por el Estado, con excesivas restricciones y que navega en aguas de inseguridad jurídica. Ante ese panorama sombrío, que contradice los lineamientos de empleo productivo y de calidad propuestos por Naciones Unidas y la Organización Internacional del Trabajo, hay quienes ejercen oficios por cuenta propia en un intento por ganarle la batalla al desempleo y a la hiperinflación.

Son, en algunos casos, trabajos inusuales, de poca preferencia o con cada vez menos adeptos. Anílbal Rodríguez, un joven que dejó inconcluso sus estudios de educación media, dice que optó por un trabajo de tradición en su familia.  Hace más de un año que Aníbal cambió sus cuadernos por un esmeril manual. Ahora se dedica a moler cuchillos y va de calle en calle para buscar a sus nuevos clientes.

“Inicié en este oficio con ayuda de un primo. Su papá era amolador y su abuelo también. José, mi primo, tenía un cajón adicional con todos los implementos y un buen día me propuse salir a la calle para ganarme la vida de una manera distinta: sacándole filos a las hojas viejas de picar”, comenta.

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Aníbal, al igual que su primo, ha ganado habilidades en aquello de sacarle filo a las hojas de cortar. “Nadie quiere hacer este trabajo, todos prefieren vender productos de la caja del CLAP,  hacer carreras o revender dólares”, dice el joven de Turmerito.

En medio de la crisis que desarticula al sector privado, existe un oficio que está en riesgo: el de quiosquero. La devaluación del bolívar y el encarecimiento de los productos, hace cuesta arriba la reposición de inventarios. Algunos miembros del sector han tenido que poner candados a sus establecimientos para irse a otras latitudes o dedicarse a otra actividad. Lucía Martínez es una de ellas. Dice que dejó su trabajo de 25 años, en El Paraíso, para dedicarse a cuidar a tres de sus nietos. “Mi hija mayor se fue a República Dominicana hace dos meses y tuve que encargarme de ellos. El quiosco no estaba produciendo nada más que los ingresos del café”.

Crisis empaña los oficios

Las esquinas de Caracas estaban repletas de mototaxitas. 10, 20 motos se apostaban en cada una, rayaban los espacios y les ponían nombres a sus cooperativas. Si algo abundaba en la capital, eran estos transportes. Vino la crisis del efectivo y la actividad se vino a menos. Luego la escasez y el alto costo de insumos y repuestos mecánicos terminó por estrangular el servicio.

No son tantos ahora. “De 15 pueden quedar seis, ocho. Algunos tienen las motos dañadas, no pueden comprar cauchos, otros se fueron del país. No es fácil. Uno creía que porque no hay transporte público la moto se pondría a valer, pero no fue la así. Es difícil ahora. Yo antes a las 12 del mediodía estaba en mi casa, me alcanzaba lo que hacía para comprar comida y las cosas que necesitaba. En estos momentos puedo pasar todo el día y me cuesta hacer carreras. Por eso mismo muchos compañeros se fueron y están haciendo otras cosas. Sin moto no puedes hacer nada, esto le quita ánimos a uno”, dijo Israel Castro, quien todavía está en una cooperativa de la redoma de La Vega.

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No solo los mototaxistas sufren los embates de la crisis. Otro oficio empañado por la hiperinflación es el transporte escolar. “El año pasado, antes del mes de julio, tuvimos que aumentar cuatro veces el costo de los traslados. Eso nos hizo sentir mal, pues los representantes no podían pagar. Además, vivíamos angustiados por la situación, para nosotros -que somos personas honradas- era muy duro. Estábamos trabajando para cubrir los costos operacionales de los carros y no para mantener la casa”, contó Jorge Mujica.

Mujica tenía 14 años prestando el servicio de transporte escolar. Su esposa estaba en el ramo desde hace 22 años. Este año decidieron dejar el rubro. Trabajaban en la parroquia Caricuao, donde de 19 transportes escolares solo quedan seis. “13 dejaron el servicio porque no da, la gente no aguanta los costos”.

Se apagan las tradiciones

“Desde 1958 estuvo el chichero de la UCV. Desde Wolfgang Larrazábal hasta Chávez. El socialismo acabó con el chichero y la chicha del reloj de la UCV. Ucevistas y la sociedad en general han perdido parte de su patrimonio histórico”. Eso escribió el diputado José Guerra en su cuenta de Twitter el pasado 21 de marzo de este año. Se refería a William Escalona, el chichero de la UCV, que por la falta de material y por la escasez de sencillo tuvo que dejar un oficio familiar.

Estuvo comprando la leche y el saco de azúcar a los bachaqueros. Subsistía de esa forma, pero ya no producía los 400 litros diarios. Poco a poco su trabajo mermó y llegó el día en el que ya no se puso. “Es una pérdida. Se le extraña su amabilidad, la chicha de ajonjolí.  Son de esas cosas que tiene la ciudad que deberían permanecer por siempre”, dijo Carmen Uzcátegui, vecina de Los Símbolos.

A propósito de ello, Alfredo Padilla, director general de la Asociación de Trabajadores, Emprendedores y Microempresarios (Atraem), informó que en la actualidad los vendedores de dulces criollos, que estaban autorizados por las alcaldías para expender, se transformaron en cualquier otra actividad distinta a su rubro tradicional. “De hecho, hay quioscos que son talleres de reparación de electrodomésticos, venden víveres, muelen maíz y hasta ropa usada. También están disminuyendo los trabajadores por cuenta propia, como los albañiles, electricistas y plomeros, porque sus insumos de trabajo no se consiguen. No hay cabillas ni cementos y ya muchas familias no pueden costear las reparaciones”.

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Irma Cáceres tenía tres meses buscando un técnico para reparar su lavadora. Llamó a tres conocidos. “Siempre los contacté. Eran conocidos en el edificio. Eran de confianza. Pero resulta que dos se fueron del país y uno ya no trabaja arreglando electrodomésticos. Me dijo que no hay repuestos y si se consiguen son muy caros”.

No a la tercera, sino a la cuarta fue la vencida. Consiguió un cuarto electricistas y por la revisión de la lavadora le estaba cobrando 15 mil soberanos. “Una locura lo que está pasando. Ya no se consigue quien repare y el que queda te quiere sacar los dos ojos de la cara”, añadió.

En el caso de los oficios particulares (en donde entran los plomeros, albañiles, costureros, panaderos artesanales, peluqueras domiciliarias) que son cerca de 7 millones de personas y que están en el eslabón más bajo de la economía, la repercusión es más fuerte. “La desaparición de material y el problema con el transporte los contrae y ya no prestan el servicio con frecuencia”, señala el director de Atraem.

Una persona que arregle pies y manos (manicurista) casa por casa ya no tiene posibilidades de tener un stop de pinturas, no puede compra acetonas ni algodón como antes. Y eso le paso a Dulce Díaz, quien toda su vida trabajó la manicura. “25 años en esto. Iba de Coche al Paraíso en camioneta. Arreglaba a tres clientes y me daba chance ir a Santa Mónica. Tenía un maletín con más 20 pinturas, dos o tres marcas, cremas y aceites para las manos. Podía comprar tijeras para uñas. Ahora, el cliente me llama y si me dice que tiene el material voy y le hago el servicio. Pero ya no es como antes, una vez a la semana. No es diario. Ahora dependo de mis hijos”, dijo.


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