Los trabajadores están haciendo maromas no solo con la comida, sino también con la ropa, los muebles, los zapatos y los electrodomésticos para alargar su vida útil.

Caracas. Entre 40 y 50 zapatos recibo al día. Hay veces que no puedo atender a más personas y se tienen que ir a otro lugar, lamentándolo mucho, comentó Javier González, zapatero de la parroquia Coche.

Los altos costos de los productos —que no se pueden cubrir con un salario mínimo de Bs. 248.510— empujan al trabajador a valorar mucho más los “cachivaches”.

No puedo comprar un par de zapatos para mi hijo que practica béisbol. Los estoy reparando. Los mandé a coser. Pagué 60.000 bolívares. Nuevos son Bs. 5 millones, dijo un señor mostrando el par que acababa de entregarle González.

Los últimos seis meses han sido de más demanda, según comentó. Tanto que llegó a tener en el pequeño local —que no pasa de los tres metros cuadrados— casi 1000 pares de zapatos.

Lo que la gente pide es que los remienden con costuras y que se los peguen. Incluso traen modelos nuevos para que de una vez se los refuercen, pues saben que ya no los hacen de calidad.

Incluso cholas han caído en las manos de González. Y es porque la gente no puede ni comprar eso. Para mí es bueno que el negocio se mantenga, que aumente la clientela, pero cuando a lo interno analizas lo que está pasando, te das cuenta de que lo que hay es una verdadera crisis social. La gente llega con bolsas y las deja aquí para que le repare todo tipo de calzado.

Un punto negativo para el negocio es que González no consigue material.La pega de zapato está por las nubes y el nylon a veces escasea.

Incluso con el ayudante que tiene no se da abasto. Para sacar los pedidos puso un aviso de “Se solicita zapatero”. González estimó que 2017 fue duro para el bolsillo del caraqueño y, por tanto, no ve un escenario más suave para este 2018.

Tanta es su preocupación que en vez de abrir el negocio a las 8:00 a .m. lo hace a las 7:00 a. m. y no lo cierra a las 4 ni a las 5:00 p. m.  A veces se corre otras dos horas, pues sus clientes están urgidos por las reparaciones, entre las que no están figurando los cambios de suela, por los costos de este material en el mercando. A esos que tienen los zapatos comidos por debajo tengo que hacerles cirugías, la gente no puede pagar tanto.

Costuras por el carril rápido

Unas dos cuadras más allá del local de González está el negocio de costura que Mariela Guerrero regenta con su hermana. Hace seis años y medio que subieron la santamaría para hacer todo tipo de arreglos, incluyendo la confección de sábanas y cortinas.

El primer año esa era la demanda mientras se daban a conocer. A los dos años ya tenían una cartera de clientes armada.

Costurera Mariela Guerrero

Pedían costura para piezas nuevas, colocar insignias y meter ruedo a los uniformes.

“Pero de 2015 para acá la cosa cambió y más estos últimos seis meses”: la gente ya no manda a hacer cosas nuevas, sino que está llegando al mostrador de Mariela para que le metan cuatro tallas a un pantalón, por ejemplo.

Hasta 10 piezas recibimos al día para que ajusten las medidas y coloquemos parchos en las entrepiernas. Hay más personas que demandan ese servicio. Y sí, esto nos favorece, pero cuando vemos que la realidad es otra, nos da mucho pesar. Son clientes de años que vienen muy flacos y como no tienen para comprar vestimenta remiendan todo lo que tienen en sus armarios. Ya eso nos da una idea de cómo está la crisis en el país.

Las máquinas de coser de este taller no paran. Afortunadamente, son buenas y cada año le hacemos su mantenimiento, pero estamos desbordadas. Y no podemos meter a una compañera más. A pesar de los ingresos por clientela, nos subieron el alquiler y los costos del material. Un rollo de hilo cuesta 30.000 bolívares, los cierres están igual de caros y no se consiguen.

Mientras ella mide unos pantalones, entran y salen personas preguntando precios. La mayoría pide meterle unas tallas y colocar parchos. “Ya no traen ropa ni los uniformes escolares nuevos. Es muy triste ver cómo retrocede el país”.

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El telefonito es una necesidad

Y si no hay para comprar unos zapatos y unos pantalones nuevos, mucho menos hay dinero para adquirir un celular inteligente.

El perolito más sencillo no baja de dos o tres millones de bolívares. La gente, al ver que no puede actualizarse con este tipo de tecnología está sacando los aparatos viejitos que tiene en sus casas, comentó a Crónica.Uno Freddy Bravo, técnico que repara celulares y tabletas.

La mesa de trabajo de Freddy estaba llena de aparatos a los que le faltaba una pantalla, una corneta, la batería, un teclado, cosas simples años atrás.

Ahora estoy viendo que las personas me traen equipos hasta con 15 años de antigüedad, pues ya no pueden optar por uno nuevo. Están regresando a la tecnología CDMA.

Incluso reparar un perolito también trae sus dolores de cabeza. Muchas piezas están desactualizadas en el mercado y las que se consiguen cuestan un ojo de la cara.

Ahora Bravo no recibe todo tipo de teléfonos, precisamente por la dificultad para conseguir los repuestos. Y son más las veces que le dice al cliente que no hay las posibilidades reales de reparar algún artefacto.

Además, el tema costo limita los trabajos. No todos pueden pagar, por ejemplo, un millón de bolívares por un pantalla o cinco millones por una batería.

El valor de lo viejo

En la misma onda está José Palacios. A pocos metros de la entrada de El Estanque en Coche, hace dos años montó un quiosco para reparar electrodomésticos, pero no sabía que la inflación haría mella en su negocio.

Desde hace seis meses para acá, dijo, el trabajo ha disminuido. No todos tienen para pagar un arreglo de un microondas, por ejemplo, que puede llegar a costar 250.000 bolívares.

Trato de no afectar a los clientes con altos precios, porque cada vez vienen menos, aunque la gente prefiere recuperar su cachivache, como quien dice, que comprar uno nuevo.

Años atrás, si a una familia se le dañaba un televisor, lo tiraba la basura y compraba otro. Lo mismo con los ventiladores, las planchas y las licuadoras.

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Ahora no. Es muy costoso y por eso vienen aquí. Pero la diferencia es que no puedo pasar mucho tiempo con el aparato. Yo les digo que averiguo el precio del repuesto y los llamo a ver si les conviene. Más de 24 horas no puedo aguantar el producto, porque los precios varían de un día a otro y a las personas no les convienen tantos aumentos, a mí tampoco porque tengo que llevar comida para la casa.

Ventiladores es lo que más le está llegando al taller, le siguen los microondas y las licuadoras, accesorios del hogar cuyos precios están por la estratósfera.

El año 2017, según estos trabajadores —cuyos oficios son tradicionales y con una demanda habitual— puso al relieve los estragos de la crisis social y económica que se gestó hace 15 años con el control de cambio, que no es más que la intervención del Estado en el mercado de divisas, medida que trajo más inflación, escasez y desabastecimiento.

Actualmente, aseguran que ven desfilar por sus negocios más clientela, pero no con la misma prosperidad de hace dos décadas, sino que reflejan síntomas de empobrecimiento. No pueden cubrir la canasta alimentaria que, según el Centro de Documentación y Análisis para los trabajadores (Cenda) supera los 8 millones de bolívares. Mucho menos puede comprar uniformes nuevos para los muchachos, cambiar un televisor o una licuadora.

La modalidad obligada es reparar y rogarle a Dios para que nada en la casa se dañe, comentó una señora que se acercó al local de Palacios para preguntar por el precio de un repuesto.

Fotos y videos: Mabel Sarmiento Garmendia | Luis Miguel Cáceres | Francisco Bruzco



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