En un trayecto que toma 45 minutos, entre Coche y La Hoyada, una mujer embarazada rompió fuente, un asaltante quiso robar a un pasajero con una pistola y un usuario perdió un kilo de verduras entre empujones.

Caracas. El anuncio del cobrador parece irrevocable: el autobús solo llegará hasta el Centro Comercial de El Valle y no hasta La Hoyada. Pese a ello, una muchedumbre desesperada, irritada por el castigo que impone la espera, compite entre sí para abordar en Coche el único colectivo que se vislumbra en la avenida intercomunal. Con una destreza insospechable, el gentío se abalanza contra aquel amasijo de hierro corroído por el desgaste de tanto rodar.

Son un poco más de las 9:00 am y algunos tienen media hora en la parada. Se niegan a renunciar a lo que hasta ahora podría ser una oportunidad para llegar a sus destinos. Los más ancianos, vencidos por la impaciencia, también intentan hacerse espacios entre empujones para capitalizar los pocos puestos vacíos en el autobús.

Aquello es lo más fiel a cualquier viaje en transporte público. De inmediato el griterío se apodera de la unidad y luego vienen los empujones, el jamaqueo: lo insultos van y vienen y el manoteo nada que cesa entre dos jóvenes corpulentos. Es lo ordinario para una ciudad cuyos habitantes parecen acostumbrados al maltrato. Los rezagados se guindan como banderines en la puerta. Son corneta y luz de cruce. Vocean las paradas e indican al transportista cómo manejar: “Para, aguántate, chofer, que se queda uno”, grita un vendedor de caramelos —que decide hacer de colector— desde la puerta.

Usuarios se guindaban de las camionetas
Las paradas ahora siempre están abarrotadas. | Foto: Jota Díaz

En el interior de la unidad, una bolsa tupida de verduras, probablemente traídas del Mercado de Coche, cae al piso, se desparrama por dondequiera y todos se abocan a la tarea de recoger los alimentos maltrechos. Pero el dueño apenas logra recolectar la mitad de lo que llevaba. Dice que perdió más de un kilo de tomate y cebolla en la reyerta colectiva y suplica para que se lo devuelvan. El hombre de palabras retadoras no acusa a nadie, pero sospecha de todos. “La cosa está muy ruda y la gente está pasando hambre”, matiza.

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Mientras el autobús continúa su trayecto hacia El Valle, todos se acomodan, se acoplan en el pasillo estrecho donde yacen algunos tomates aplastados. Pero cuando todo cobra cierta normalidad, los sollozos de una mujer rompen la calma y desbordan la angustia entre los pasajeros. Es una joven a punto de parir. El hombre que la acompaña dice que ha roto fuente y que requiere atención de urgencia. El Metro colapsó y vienen de los Valles del Tuy. El autobús está a una cuadra del Materno Infantil de El Valle y todos sueltan su voz de alerta: “Apúrate, apúrate, chofer, que esta mujer va a parir aquí”.

El conductor acelera, no hay más paradas en el trayecto y todos continúan con el bullicio. Algunos estallan en carcajadas, otros solo permanecen enmudecidos, sin quitarle la mirada a la mujer barrigona. El hombre que la acompaña, un joven atiborrado de bolsos, que parece ser el padre de la criatura, deja su asiento y se aproxima a la puerta aún con el autobús en marcha. Es la desesperación por llegar a la maternidad Hugo Chávez. Con el autobús a las puertas de la rampa de Emergencia, la mujer, que no ha dejado de llorar, se para y un líquido corre entre sus piernas, empapa sus pies. Quedan rastrojos en su asiento y quienes se pelean por un puesto se niegan a ocuparlo esta vez.

Ya en El Valle, la parada hasta donde se supone llegaría el autobús, un sujeto armado se sube a la unidad e intenta robar a un anciano. Le pide el teléfono, pero el griterío de la gente ahuyenta al ladrón, quien bajó de un salto de la unidad.

Lo ocurrido este jueves no es un hecho de ficción, es la vivencia de quien suscribe esta crónica durante un trayecto que toma 45 minutos, entre Coche y La Hoyada; un recorrido en un mismo colectivo en el que una mujer embarazada rompió fuente, un asaltante quiso robar a un pasajero con una pistola y un usuario perdió un kilo de verduras entre empujones.

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En Caracas, la anémica flota de autobuses no solo cuenta la historia de un sistema de transporte en crisis, quizá el más embestido por la recesión económica. El servicio, que está paralizado en 90%, según el gremio, retrata la cotidianidad de una ciudad que se desarticula con cada desatino gubernamental y que parece ser el espectro de lo que alguna vez fue: aquella Caracas solaz, transitable, cuyos edificios modernos despertaron, en los 70, la envidia de otras capitales de la región.

A propósito de ello, el presidente del Bloque de Transporte del Suroeste, Pedro Jiménez, tilda de grave la coyuntura y añade que a las 47 líneas por puestos que hay en el suroeste, con más de 3.000 asociados, le quedan menos 600 vehículos operativos. Dice que en zonas como San Martín, La Vega y Antímano utilizan camiones 350 para trasladar a los usuarios.

Hoy la historia de Caracas es otra y dista mucho de la otrora ciudad de los techos rojos. El miedo y la crisis humanitaria se embarcan con rostros de miseria en los autobuses que flaquean por la falta de repuestos. Son unidades que, según sus propios conductores, cargan hasta cuatro veces más de su capacidad.

En algunas parroquias de la ciudad, la crisis no solo desarticula el transporte superficial, también acuña un nuevo servicio de movilidad aupado por la falta de transporte que obliga a los conductores a desincorporarse de las organizaciones registradas para incursionar en servicios informales. Las unidades sin avisos son el resumen de la piratería sobre ruedas, un drama que cobra terreno en las avenidas Nueva Granada, Fuerzas Armadas, Lecuna y Baralt, por mencionar algunas arterias.

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Transporte público. Camiones del gobierno, El Junquito.

A la ausencia de transporte se une también la falta de efectivo y las fallas de servicios públicos que afectan a las familias puertas adentro. A propósito de la coyuntura que desmoviliza a la fuerza laboral de la ciudad, la Encuesta Sobre Condiciones de Vida (Encovi) advierte que la situación laboral del venezolano se sigue deteriorando y todos los indicadores generales dan cuenta de ello.

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“La depresión económica impulsa al venezolano a sobrevivir de diferentes formas (informalidad)”, señala el estudio elaborado por las universidades Católica Andrés  Bello, Central de Venezuela y Simón Bolívar. De hecho, algunos ministerios y organismos del sector público han reconfigurado su dinámica de trabajo, para flexibilizar sus horarios y hasta el punto de trabajar dos días por semana.

Lo que ocurre en los autobuses, sobre ruedas, no es un hecho aislado. La inseguridad también se orquesta en el subterráneo. Este miércoles los usuarios del Metro de Caracas quedaron atónitos cuando un atraco a mano armada terminó en un tiroteo en la estación Parque del Este. “Esperando el vagón, robaron a una chama y la cosa terminó en un tiroteo. La gente estalló en gritos y corredera. Me escondí, al igual que otras personas, en la parte de abajo de las escaleras. Afortunadamente, no hubo heridos y no agarraron al tipo, lo que sí sé es que nunca había sentido tanto miedo en mi vida”, contó la periodista Yolimer Obelmejías en su cuenta de Facebook.

Pero esa no es su única experiencia con el horror, la semana pasada, cuando subió a una camioneta en Plaza Tiuna, las ventanas estaban tiroteadas. En efecto, cuenta la comunicadora, cinco minutos antes, unos policías que perseguían a unos ladrones tirotearon la unidad a la altura de la Clínica Atías. “Dos tiros atravesaron las ventanas. El piso y los asientos estaban llenos de vidrio. Como Dios es muy grande, no atravesaron la cabeza de ninguno de los pasajeros, pero poco faltó. Todo el camino pensé en la indefensión que vivimos los venezolanos y en lo efímera que es la vida”, contó.

Fotos: Francisco Bruzco, Shaylim Castro, Jota Díaz



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