Carmen García, a sus 70 años, valora el haber entrado en contacto con los niños de este puesto asistencial, de brindar apoyo ante el dolor, de cantarles el cumpleaños cada mes, de acompañarlos en un rezo, de buscar unos pañales, una medicina y de llevarles aunque sea una sonrisa.

Caracas. Beatriz García estuvo 18 años como docente de Fe y Alegría en Apure. Una realidad completamente distinta a Caracas. Con muchas precariedades, cuando aquí en la ciudad era la época de la abundancia.

Estar en contacto con ese mundo agrícola, con muchachos de escasos recursos, con escuelas con poca tecnología, la verdad es que uno dice ‘guao’. Uno se sensibiliza. Trabajar con Fe y Alegría te nutre de eso, te da la oportunidad de sensibilizarte. Quizá por eso estoy haciendo ahora trabajo de voluntaria.

Con una sencillez que caracteriza a un maestro de Fe y Alegría, García habla de su trabajo ad honorem.

Comenzó hace un año y para ella eso no tiene precio. A uno le cambia la vida. Y más cuando uno ha vivido ‘dos venezuelas’: la de la cuarta y la de la quinta. Uno ve las diferencias, lo que uno tenía, lo que uno alcanzaba y son realidades completamente diferentes.

Se vino de Apure hace tres años, para ayudar a una sobrina a quien le nació una hija con parálisis. Justamente en la fecha cuando ya se asomaban los signos de la escasez, pero aún se podía garantizar cierta estabilidad y calidad de vida.

Ella se tuvo que ir a Chile, porque todo empeoró y, bueno, a mí me tocó la puerta una vecina, también voluntaria, me invitó a ver las actividades y decidí, sin titubeos, involucrarme con el hospital.

Dedicada al servicio comunitario.

Siendo habitante de San Bernardino, que va a pie al J. M. de Los Ríos, nunca necesitó entrar al puesto asistencial.

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Pero, como reza el argot popular, “todo pasa por algo”, justo hace un año lo hizo y en el peor momento de la crisis sanitaria del país.

Encontró un hospital que a pesar de ser referencia en el ámbito nacional no tenía medicinas, faltaban las quimioterapias, no estaban haciendo exámenes de rigor, las operaciones se pararon por fallas en los quirófanos, la unidad de diálisis estaba contaminada —situación que causó la muerte de siete chamos—. Aún así, como voluntaria hizo de tripas corazones.

Ahora, todos los viernes participa en las jornadas de atención y donaciones que hacen por los pisos del puesto asistencial. Ayuda a la ONG en la recolecta de las medicinas, ropas y alimentos para las mamás y sus hijos. Colabora en las fiestas que cada mes les hacen a los cumpleañeros hospitalizados. Baila, canta, reza, reparte los jugos y todo lo hace sin miramientos.

En ese ir y venir del J. M. se ha enfrentado a casos críticos de niños con tumores y con padres que no tienen ni para el pasaje diario.

Con su hablar pausado recuerda casos de pacientes a los que brindó ayuda.

Ojalá en cada región hubiese un hospital como este, para que esos niños no tengan que venir con sus dolencias hasta aquí. Los gobernantes no pensaron en eso y ahora con esta crisis es más difícil descentralizar la atención infantil. Este es el único centro donde están dializando, por ejemplo, y el servicio está colapsado. Uno trata de darles un aliento a las mamás, pero una vez dentro no puede apartarse de su drama e intenta calmar su dolor con algo más.

Ese algo más es que como voluntaria prácticamente se convirtió en una madrina que, a sus 70 años, todavía tiene fuerzas para subir y bajar los siete pisos del hospital, ir cuarto por cuarto con un pedazo de torta, un juguete y con una estampita de algún santo.

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Lo mejor de todo, es que cada paso lo da con una sonrisa pintada en la cara. “De eso se trata ser voluntaria, es algo noble, moralista y no tiene precio”.

Gloria quisiera hacer más. Solo dedica a esto todas las mañanas, pues es la única compañía de una hermana, así que usa ese tiempo restante para estar con ella.

“Y como no tengo hijos, soy hasta su chofer”, dijo con gracia. Historias simples como esta forman parte de la Gente Buena que a diario camina por las calles de Caracas, con las que nos topamos e ignoramos que andan con una maleta llena de ayudas para otros sin costo alguno.

Foto: Mabel Sarmiento Garmendia


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