Lucy Rico, la maestra que trabaja por la reinserción donde todos ven culpables

Cada vez que sirve un plato de comida o entrega medicina a los presos de la comisaría policial de San Agustín,  la maestra Lucy Rico rompe con un gesto concreto de humanidad la dura rutina penitenciaria.Cada fin de semana ella y Manuel, su esposo, el hombre a quien le juró su compañía, se entregan al voluntariado de prisiones, una experiencia que nació hace un año en los calabozos de la Zona 7, en Boleíta.

Caracas. Lucy Rico, una maestra cuya vocación va más allá de enseñar las primeras letras en aulas tupidas de niños, dice que convirtió el rechazo en amor. Su visión de sí no es palabra vacía. Cada fin de semana ella y Manuel, su esposo, el hombre a quien le juró su compañía, se entregan al voluntariado de prisiones, una experiencia que nació hace un año en los calabozos de la Zona 7, en Boleíta, para servir a los criminales. Sí, porque Lucy, la mujer a quien el hampa le arrebató la vida de su padre, sirve a los presos comunes. Lo hace llevándoles comida y una palabra de esperanza a quienes están aprehendidos en la comisaría policial de San Agustín.

Allí el alimento sirve como excusa para acercarse, mirar a los internos a los ojos y crear un espacio de reflexión. Los presos desasistidos, los que no reciben visitas de familiares, salen al patio. La mayoría son adolescentes y en algunos casos Lucy ya se ha aprendido sus nombres. “Yo hice voluntariado con niños, ancianos e indigentes pero la experiencia con presos es la mejor que he tenido”, dice. Su labor, que inició como una experiencia fortuita cuando acompañaba a otros voluntarios a las prisiones, es hoy su principio y fundamento de vida.

Lucy se muestra en todo momento como una mujer de fe y hace su labor con devoción. Cada vez que sirve un plato de comida o entrega medicina a los presos rompe con un gesto concreto de humanidad la dura rutina penitenciaria. Cada sábado o domingo, ella y su esposo cargan con envases repletos de alimentos, jarras de jugo, café y agua, la mayor bendición para unos hombres cuya ingesta de comida semanal se  reduce a unas cuantas cucharadas de arroz solo.

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“Esta experiencia me ha dado la dicha de sentir la gracia de Dios, de ver el rostro sufriente de  Jesús en todas en todas sus expresiones. He visto a un cristo hambriento, golpeado, con sed, necesitado de afecto, abandonado, humillado y vulnerable. Es Dios en todas sus facetas humanas”. De profesión docente, ha sabido compartir con su esposo la experiencia de mirar y dignificar a los que nadie mira en este centro de reclusión preventivo del municipio Libertador, cuyas seis celdas reproducen el drama de la mayoría de las cárceles de Venezuela: el hacinamiento afecta la salud y las condiciones de los internos.

El lugar está diseñado para 60 detenidos y hay 219. Lucy y Manuel atienden a un número que oscila entre 20 a 40 personas. Los acompañan, siempre que pueden, Merceditas y Yosmar, miembros de la Comunidad Ignaciana En Todo Amar y Servir, pero requieren más voluntarios que den una palabra de aliento a los internos y colaboren con la proteína necesaria para poder compartir una comida digna con ellos.

Lucy, quien actualmente coordina el Preescolar Juan Bautista Arismendi en Distrito Capital, reconoce que su vida ha dado un vuelco, pues dice que pasó de repudiar a gente marginada por sus delitos, a ejercitarse en la compasión a través de ellos. “El primer día que acudí a San Agustín para llevar comida a los presos sin familias, me impresionó la cara de alegría de los reclusos. Nos aplaudieron y cuando terminaron de comer, nos dijeron que, por favor, no los abandonara. Fue algo muy impactante, no lo esperaba”, recuerda la maestra.

Su voluntariado es una puerta abierta a una realidad poco visible, una invitación a descubrir personas donde solo se muestran culpables y un resorte para no permanecer indolentes. “Antes yo era de las que pensaba que estas personas no se merecían nada, ahora me acerco a ellos para tocar su corazón con una idea: sí es posible cambiar, con una voluntad firme y con la ayuda de Dios, independientemente de sus circunstancias y de sus errores. Es una humilde contribución para ayudar a preparar el camino de su reinserción. Que el preso no se vea a sí mismo como algo negativo sino como una persona que tiene algo que aportar o algo que cambiar”, dice Lucy.

En su caso, el asesinato de su padre, un comerciante interceptado para robarle su vehículo, fue un punto de inflexión en su vida, que la obligó a replantearse las cosas hace 28 años. “Cuando hablas de un delincuente te genera un sentimiento adverso, te produce dolor, angustia, miedo. A mí me pasó, por eso tantas personas se resisten a colaborar con nosotros”.

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