Al perder sus viviendas producto de las inundaciones que ha ocasionado el Lago de Valencia al sur de Maracay, un grupo de familias se refugió en las aulas de la Unidad Educativa “Olinto Mora Márquez”, también corroídas por las aguas del lago, en donde deben compartir dos baños mientras “conviven” entre culebras, babas, sapos y otros animales.

Maracay. Fue edificada en 1990 en la última calle del barrio Las Vegas, al sur de Maracay. Su evidente cercanía con el Lago de Valencia la convirtió en una de las estructuras más vulnerables cuando las aguas del lago comenzaron a inundar cientos de viviendas y edificaciones. Hace más de 10 años que la cancha y el patio para el recreo están prácticamente cubiertos del llamado jacinto de agua o bora, una planta acuática, invasora, que es la típica señal de cuanto terreno se ha tragado el lago.

Es la Unidad Educativa “Olinto Mora Márquez”, en donde se encuentran refugiadas 12 familias desde hace más de de seis años, luego de que el indetenible crecimiento -e inclemente desbordamiento- del Lago de Valencia, al sur de Maracay, corroyera e inundara las ya precarias viviendas de estas personas que siguen esperando su reubicación.

La mitad de la edificación ya está en ruinas. La que aún se mantiene en pie se convirtió en el hogar de unos 38 adultos y, al menos, 16 niños, que deben compartir cuatro sanitarios, en cuyas áreas fueron improvisadas unas rudimentarias duchas que también son de uso común.

La convivencia aquí es caótica. Además de animales como babas o culebras que rondan las habitaciones, cuando llueve, la escuela se inunda y aunque aún contamos con agua por tubería, es sucia y contaminada, explica Faini Medina, una de las principales voceras de estas familias, cuya única esperanza es celestial, porque ninguna autoridad regional o nacional les ha brindado una solución habitacional digna para que puedan abandonar las instalaciones educativas.

La escuela aún cuenta con agua por tubería, pero es sucia y con malos olores. Aún así, es la que utilizan para cocinar y para bañarse. Cuando llueve, las tuberías colapsan y las familias, principalmente las mujeres, deben limpiar excrementos y cuanta basura se desborda en los pasillos de la vieja escuela, mientras sacan las culebras, babas, sapos y otros animales que ingresan a las aulas de clases, hoy convertidas en improvisadas “viviendas”. Si tienen un poco de suerte, el organismo de vivienda y hábitat adscrito a la gobernación de Aragua les envía alguna maquinaria para sacar el agua del lago.

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Los salones de clases habilitados han sido divididos con viejas sábanas para delimitar habitaciones y áreas comunes como cocina, sala y comedor. En esos reducidos espacios conviven familias completas de hasta cinco integrantes, muchos de ellos, niños pequeños que descalzos y semidesnudos, recorren la escuela sin notar el peligro que la misma estructura representa.

La mayoría de los menores e inclusive los adultos han presentado cuadros de escabiosis y diarrea. Les resulta imposible e inaccesible adquirir agua potable. Hasta hace tres años contaban con un servicio médico, pero, desde entonces, deben acudir a cualquier centro asistencial público si surge alguna emergencia médica.

La lejanía de la vieja y corroída escuela hace aún más difícil la asistencia de los niños a los colegios cercanos. La falta de transporte y de efectivo para cubrir los gastos de movilización han contribuido con la deserción escolar de muchos de los menores. Las actividades de recreación se limitan a lo que pueden hacer en un patio que, aunque techado, está tan cerca del lago que jugar es un peligro para los niños. Como también lo es recorrer los alrededores de la escuela, donde las aguas ya han consumido lo que, en algún momento, fue una cancha a cielo abierto, de la que hoy solo quedan algunos rastros de cemento e hierba.

Palabras al viento

Como muchas otras familias afectadas por el crecimiento del Lago de Valencia, las 12 que aún se refugian en esta escuela han recibido una infinidad de promesas para su reubicación. Las más recientes fueron las del actual gobernador Rodolfo Marco Torres, quien, en plena campaña, se acercó al refugio. Secándole las lágrimas a una de las madres, prometió sacarnos de aquí, según narra Faini Medina.

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La promesa fue a medias. El gobierno de Aragua apenas ofreció reubicar a cinco familias. Las siete restantes quedaron sin respuesta, tal y como viene ocurriendo desde hace más de cinco años.

Al menos -dice Medina- la caja de alimentos del CLAP ahora nos las venden cada 15 días, porque antes pasaba más de un mes para adquirirla. Lo dice, mientras accede a mostrarle a la corresponsal de Crónica Uno el contenido de la caja que recién habían comprado en 25.000 bolívares. Todos los productos eran importados, la mayoría de México. Uno es una leche marca Suprema, empaquetada solo para los CLAP y no está a la venta en territorio mexicano, pero, además, de la habría que tomar de 13 a 41 vasos cada 24 horas para alcanzar el requerimiento mínimo de calcio para niños entre dos y cuatro años, calculado en 500 miligramos diarios.

No es leche en polvo, aunque digan en su etiquetado nutricional que sí lo es.

“Quitan el hambre, pero no nutren adecuadamente, pues la mayoría de ellas presentan déficit de proteínas y calcio a cambio de un exceso de carbohidratos y sodio y no cumplen con los estándares nutricionales ni se ajustan a la Tabla de Composición de Alimentos (TCA) del Instituto Nacional de Nutrición, INN”, refiere el estudio del Instituto de Ciencia y Tecnología de Alimentos de la Universidad Central de Venezuela (UCV), realizado en el año 2017.

De acuerdo con el análisis químico, se determinó que ocho marcas de leche mexicanas, entre ellas la que le vendieron a las familias refugiadas, tienen valores nutricionales más cercanos al fororo o la harina de maíz.

Fotos y video: Gregoria Díaz

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