“Me he adaptado a lo que el día me provea y me aguanto porque no puedo comprar los alimentos” (IV)

La crisis también golpea los estómagos de los profesionales. Sustituyen la carne por granos y los granos por ramas, como acelgas. Pero ya no comen lo que antes abundaba en sus cocinas. Aquí dos testimonios que hablan de la crisis social generada por la escasez y alto costo de los alimentos.

Caracas. Comer solo una vez al día, no probar carne o pollo, queso o charcuterías, es una realidad que padece incluso el venezolano profesional. Crónica.Uno presenta dos casos, dos rostros de la crisis, dos profesoras —una de ellas también abogada— quienes cuentan que hoy en día tienen las neveras y despensas vacías, que solo comen granos, arroz y arepas con mantequilla. Hace mucho que no ven un pollo y un pedazo de carne en sus mesas. Mucho menos una torta, una merengada o un plato de frutas.

Francia Mariño, una mujer con dos profesiones, no habla de disfrazar el hambre. Porque el concepto, para mí, es colocarse un aparataje completamente diferente, es tapar la realidad y aquí la crisis es tan fuerte que es imposible taparla.

Para Mariño sí hay hambre. Pero una generalizada: biológica psicología, emocional y social. Todo eso galopa en las calles. Más bien, pienso que en Venezuela se está aplicando de alguna forma un genocidio en masa de hambre y todo el problema radica en que destruyeron el aparato productivo para aplicar un sistema socialista que lo que dice es ‘vamos a producir, vamos a arrancar’, y nada de eso ocurre. En mi opinión, se aplica una forma retorcida del concepto de Holodomor en la economía venezolana, que se mezcla con la teoría darwiniana, eso de que ahora sobrevivirán los más aptos.

Mientras Francia contaba su historia, llegó un niño a pedirle salsa de tomate.

Este año, para ella, la escasez ha estado más acentuada y la imposibilidad de comprar hizo estragos. En medio de su entrevista un niño, un vecino, llegó pidiendo un poco de salsa de tomate, producto que tampoco tenía en su despensa.

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Este año me ha costado mucho levantarme porque no logré tener una base económica. Percibo salarios intermitentemente. Diría que 70 % de mis colegas están en la misma situación, buscando incluso otras formas de sustento. Antes tenía las dos neveras y los estantes llenos. Incluso tenía para subsidiar a otros. Ahora no tengo con qué comprar y cuando me entra plata tampoco puedo hacerlo porque todo está muy caro. Hago todo lo posible para no acostarme sin comer.

Pero sí ha dejado de comer carnes y pollo. La charcutería la sacó de su dieta y el queso lo adquiere de vez en cuando al igual que la mantequilla. Del pescado ni hablar, más nunca vio las escamas de uno.

No preparo dulces, algo que siempre estaba en mi cocina y mis amigos lo saben. Me he adaptado a lo que el día me provea y me aguanto, porque sé que no puedo comprar los productos.

Francia trata de sustituir los alimentos con proteínas así: las carnes, por granos y los granos por ramas como acelgas.

Lo que sí es que procuro decirle a mi familia que por lo menos una vez cada 15 días hagamos una comida completa con verduras, ensaladas y por lo menos una fruta, para que podamos tener los componentes del trompo alimenticio, algo que usualmente hacíamos cada semana. Antes comía todo lo que yo quería, la parrilla no faltaba los domingos y el pollo horneado los sábados. Ahora no como ni tomates, ni cebollas. Invierto, si tengo la plata, en monte, una rama de cilantro, que creo me rinde más.

Su casa se ubica al pie del barrio Federico Quiroz, en Catia. Ese era el punto de reunión los fines de semana de la familia y los amigos. Ella contó que el olor de la cocina recorría casi media cuadra y todos sus vecinos sabían que en el horno había un pastel de chucho. Eso era algo tan básico en la casa que no puedo ni mantener, ni con los ingresos como abogada ni como docente.

Y no solo con la comida se las ve negras. El pasaje también hizo mella en su bolsillo. A veces no tiene para pagar Bs. 700.

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Tengo que salir en zapatos de goma y estar dispuesta a caminar. Igual tengo que salir a trabajar, uno no puede decaer. Gracias a Dios están los amigos y la familia que nos proveemos de unos granos y arroz.

De hecho, en su casa estaba Dilia Rojas, otra colega docente, quien en un año bajó 40 kilos y no por enfermedad, sino porque come menos de lo normal.

Dilia Rojas rebajó 40 kilos este año.

Comemos caraotas y arroz, y a veces arepa con mantequilla. Como jubilada gano menos de 800.000 bolívares. Todos nos ayudamos en la casa. Nunca pensé que viviría esta situación. Antes con mi sueldo de docente compraba por pacas la harina y la pasta. En estos momentos no puedo comprar ni una.

28 años estuvo dando clases y sus años de jubilada han sido de precariedad. Tenemos que reprimir una o dos comidas al día. Ni siquiera necesidades básicas para una persona, como comprar ropa interior, puedo satisfacerlas. Compro el tomate más chiquito, ya no llevo cebollas ni zanahorias, ni repollo, menos pollo. Solo aliño con cebollín, cilantro y sal.

Fotos y video: Luis Miguel Cáceres

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