Muerte en el extranjero golpea bolsillo de familias en Venezuela

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Si salir del país (vivo) es un viacrucis legal, repatriar un cadáver es una calamidad y representa una erogación de dinero que pocas familias pueden asumir. En algunos lugares, las comunidades de venezolanos se mantienen muy unidas y organizadas, por lo que ayudan mucho cuando sucede un fallecimiento. Grupos de cristianos y particulares organizados han cubierto gastos funerarios en varias oportunidades a través de recolectas.

San Cristóbal. La muerte es uno de los momentos más duros que debe enfrentar cualquier familia. Pero quizá lo sea mucho más cuando sucede fuera de nuestras fronteras. El proceso de repatriar el cuerpo de un pariente, además de doloroso, es sumamente costoso.

Cientos de personas cruzan el puente internacional Simón Bolívar de San Antonio del Táchira hacia Cúcuta, la capital del Departamento Norte de Santander, en busca de ayuda médica. Unos buscan asistencia humanitaria y otros, con nacionalidad colombiana, utilizan el sistema de salud del vecino país para paliar las dolencias que no pueden sanar en Venezuela.

Sin embargo, no todos regresan. Hay quienes pierden la batalla estando en otras tierras. Muchas veces, el tardío diagnóstico hace que todo esfuerzo sea infructuoso, como lo fue en el caso de Carmen Zambrano. Es entonces cuando empieza el calvario para las familias del fallecido.

“Mi mamá empezó con unos dolores y pensábamos que era una apendicitis. Nos la llevamos al Central [hospital de San Cristóbal] y allá dijeron que eran cólicos. Nos mandaron unas medicinas, pero en la noche se desmayó del dolor. En la mañana nos fuimos a Cúcuta y allá de una vez la entubaron. Dijeron que iban a inducirle un coma para ver qué tenía. Era la vesícula que se le había reventado. Ya cuando llegamos al hospital de Cúcuta se había contaminado. Después de que le dieron dos paros respiratorios se murió. Llegamos tarde”, contó César Pineda, hijo de la señora Zambrano.

Este es un drama que viven a diario muchos venezolanos, y no solo quienes van a Colombia a tratarse algún padecimiento, sino también quienes han emigrado a otros países, como Perú, Ecuador, Chile y hasta la más lejana Argentina.

Si fallecen y sus familiares quieren repatriarlos, sus cuerpos —en la mayoría de los casos— deben ingresar de nuevo al país a través del Puente Internacional Simón Bolívar de San Antonio. “Lo que tienen que hacer es sincerarse porque, por cuestiones de creencias, a muchos les gusta enterrar a sus muertos aquí. Se han visto casos en los que están muy cortos de dinero y deben dejarlos en esos países”, dijo Romel Cañas, miembro del gremio funerario.

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En algunos sitios, las comunidades de venezolanos se mantienen muy unidas y organizadas, por lo que ayudan mucho cuando este tipo de casos ocurren. Grupos de cristianos y particulares organizados han cubierto gastos funerarios en varias oportunidades a través de recolectas.

Pese a contar con el dinero, el tiempo juega en contra de quienes perdieron a un familiar fuera de las fronteras. El proceso de descomposición es inclemente y no sabe de esperas. Cañas asegura que una ventaja es que en los países del cono sur se realizan excelentes trabajos de tanatopraxia, lo que permite que el cuerpo se preserve, ya que el proceso de traslado puede tardar entre 15 días y un mes. “En Colombia hay una carrera universitaria para ese tipo de casos”.

“En el país vecino son muy estrictos con eso de los cuerpos. Cuando mi mamá murió no estaba trabajando la oficina que apostilla allá, porque ese día era la toma de posesión del nuevo presidente, entonces no tuvimos más que traérnosla así. Cuando nos la entregaron estaba hinchada y en la funeraria hubo que limpiarla porque no la metieron en cuarto frío. Yo, como estudié criminalística dos años, pues sabía más o menos lo que tenía qué hacer y ayudé al muchacho para hacerlo más rápido”, dijo Pineda.

El primer paso es hacer el contacto con una funeraria del país donde ocurrió el deceso. Por lo general, ese proceso lo hace el familiar o algún amigo o persona que está en el mismo país. Cañas indica que, en vista de los altos costos, ya que se trata de moneda extranjera, las funerarias locales no hacen esos contactos.

“Lo más recomendable es buscar funerarias estables, reconocidas, porque, así como sucede aquí, en otros países también están los famosos gestores o los carroceros y ellos lo que hacen es darle un precio económico, pero después lo incrementan porque la gente no sabe lo que está pasando allá. Hay que mirar dos o tres empresas serias y ver cuál es la que le conviene”, dijo.

Dependiendo de la región del país a donde vaya el cuerpo, si el fallecimiento ocurrió en Colombia, el acta de defunción debe venir apostillada. Cañas indica que el municipio San Cristóbal es el único que la exige así, lo que demora aún más la entrega del difunto.

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Para ello, debe contratarse una funeraria, la cual, en vista de que no se van a necesitar los servicios de velación, inhumación o cremación, cobra por realizar dichos trámites, además de preparar el cuerpo y llevar el cadáver hasta la mitad del puente, como mínimo, 300.000 pesos, lo que en la tasa actual equivale a más de 20.000 bolívares soberanos, cifra que varía dependiendo de la distancia. Mientras más lejos está del puente, más costoso es el proceso. Si el fallecimiento ocurrió en otros países, como Ecuador o Perú, empresas de esas naciones deben encargarse del traslado hasta que el cuerpo llegue a Colombia.

Hace un tiempo era poco común el traslado de personas fallecidas a través de la frontera. Sin embargo, dado el aumento de la emigración de venezolanos, diariamente cruzan entre cinco y ocho cuerpos por el Puente Internacional Simón Bolívar de San Antonio del Táchira rumbo a cualquier parte del país.

Todo lo concerniente con la permisología debe estar en regla. Deben traer documentos como el protocolo de autopsia, el acta de defunción así como la documentación del ciudadano fallecido; es decir, cédula o pasaporte. “Afortunadamente, las autoridades sanitarias ubicadas en la frontera se han portado muy bien, son muy receptivas en ese particular, lo que hace que todo fluya más rápido cuando llegan los cuerpos”, dijo Cañas.

Ya en territorio venezolano la realidad es otra. Los costos se incrementan dependiendo del lugar a donde va ese cuerpo. Por ejemplo, un servicio que va a San Cristóbal contempla la velación en casa o capilla, el trámite de los permisos requeridos en territorio venezolano, lágrimas, entre otros. El cuerpo viene en una urna desde su salida y es con ella que lo inhuman o creman, según sea lo solicitado por los familiares. No se permite el cambio de ataúdes, por cuestiones sanitarias. “El proceso de cambio de carro es sencillo. Se colocan los dos de retroceso en toda la mitad del puente y allí pasa el cuerpo de una carroza a la otra. No se puede abrir ni siquiera la urna”, indicó Cañas.

El drama en territorio venezolano

Pero la cosa no termina allí. Si quienes pierden un ser querido en el exterior llevan una cruz pesada, no es menos la que deben cargar aquellos cuyos parientes mueren aquí en Venezuela. Los precios son muy altos, pese a que la calidad de las urnas, que es lo más caro, ha bajado. Un servicio completo oscila entre los 17.000 y 18.000 bolívares soberanos, lo que es una cifra inalcanzable para un gran número de ciudadanos.

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Una costumbre de los venezolanos era adquirir una póliza previsiva con una funeraria o con centrales cooperativas, precisamente para evitar tener que padecer por los gastos que implica la muerte de un pariente. “Los previsivos están casi desaparecidos, por el tema de la devaluación. Recuerde que las pólizas se toman anualmente. Cuando se hace un cálculo se hace anualmente y se cobra mensualmente, pero la inflación es tan galopante que, a los dos o tres meses de haberse vendido una póliza, esos montos no alcanzan ni para una cuarta parte de lo que representa un servicio”.

Muchos han recurrido a hacer de funerarias en sus propias casas y velan a sus familiares en colchones, ya que no tienen cómo pagar un servicio de estos. En agosto se registró el caso de un joven, Jhonatan Sánchez, que, al morir, fue llevado en sábanas a la iglesia de Santa Bárbara en Rubio para recibir la bendición del sacerdote. Su familia no contaba con los recursos para comprar un ataúd.

Cementerio de El Junquito
Foto: Francisco Bruzco

Sin gas no se crema

La opción para quienes no pueden pagar un servicio tan alto es la cremación. Cañas explica que los precios se reducen a más de la mitad, ya que no se utiliza urna ni fosa. “El ataúd más económico cuesta 8000 bolívares”.

Pese a ello, hay un inconveniente muy grande con el suministro de gas para el encendido de los hornos crematorios.

“Los entes gubernamentales no le están dando prioridad a crematorios. No les llenan ni la mitad de la bombona. Trabajan cuatro u ocho días y después vuelven a quedarse sin gas”.

Pese a ser un asunto sanitario y que ayudaría a muchas familias, la crisis del gas golpea a quienes prestan ese servicio.

“La población se ahorra bastante cremando a sus parientes muertos. Si escogen un servicio de 18.000 bolívares soberanos, con la cremación no gastan ni 10.000, cuando mucho 8000. Se les cobra eso porque aún se mantiene la tradición de velar por 24 horas al muerto, pero si no, sería mucho más barato cuando se trata de cremación”.

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