“No escuché los avisos de Dios hasta que me sentó en esta silla de ruedas”

Este hombre de 36 años de edad entrena a un puñado de muchachos de los barrios de San Agustín del Sur. Andaba en malos pasos en su juventud y ahora lucha para que los chamos estudien y busquen en el deporte un proyecto de vida.

Caracas. «De muy poco hablar, pero con mucho carácter». Así comienza a contar su historia Miguel Molina, conocido como Miguelón en los barrios de San Agustín del Sur.

Miguelón anda pa’rriba y pa’bajo en una silla de ruedas, donde quedó luego de que hace aproximadamente siete años le dieran dos tiros por la espalda.

“Estaba en una fiesta y un amigo, que me debía plata, me disparó, cuando debí ser yo quien le reclamara. Y aquí estoy sentado. En mi vida creo haber recibido entre siete y 10 tiros. El primero a los 16 años en una nalga. Andaba en malos pasos, en el malandreo”, contó.

Hasta el día que su “amigo” llegó y le disparó: “Fue duro verme con esta lesión, sin poder caminar, sin poder hacer las cosas que antes hacía”.

El apodo de Miguelón no recuerda quién se lo puso, pero sabe que ese apodo salió del barrio. “En realidad soy Miguel y si me dicen así, bueno, es la costumbre”, acotó.

CRÓNICA UNO/Mariana Mendoza
«Les pido que traigan buenas notas y que se porten bien. Eso es todo»

Con la dificultad motora en sus piernas y con cuatro hijos que mantener, en ese entonces, Miguel decidió echar pa’lante: “Nunca escuché los llamados de Dios hasta que recibí esos balazos. Quizá por eso cuando me dieron de alta sentí que era el momento de salir de las calles. Siempre me gustó el deporte y vi en eso una alternativa”.

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Comenzó con cinco o seis niños del sector. No fue fácil, pues en las madres había resistencia. Eso de dejar a sus hijos en manos de alguien que andaba en malos pasos no era del todo bien visto.

“Pero empecé a entrenar, a organizar torneos y a participar en eventos que se hacían dentro de la parroquia. Cuando obtuvimos algunos triunfos fue que las mamás cambiaron de parecer y entonces así llegaron más muchachos. Llegué a tener hasta 60. Venían de la mano de sus papás y hasta solos, huyéndole a la delincuencia”, contó.

Miguel, si bien solo llegó hasta Primer Año, consiguió fundar la escuela Team Work que funciona en la cancha de la Casa de la Cultura, construida al lado de la estación del Metro Cable-La Ceiba.

En ese espacio está desde 2010. Igual tiene un montón de muchachos bajo su dirección, entre ellos dos de sus hijos un varón de 9 y una niña de 11 años.

Sus alumnos han participado en campeonatos que se realizan en otras parroquias y se han llevado varias medallas y trofeos a sus casas.

Hace cuatro años estuvieron en el torneo por la Paz y la Vida y se alzaron con el primer lugar en la categoría Infantil y segundo y tercer lugar en la Juvenil. En estos momentos, se preparan para la Sub 18 y la Sub 14.

“Lo que quiero es que los chamos no pasen por lo que yo viví. Casi todos los amigos que tenía en mi juventud están muertos. A estos niños les digo que de irse por el malandreo lo que queda es la muerte. Ahora no se los llevan para meterlos presos, los matan. Y si en mí está rescatarlos y ayudarlos a labrar un camino mejor lo hago de corazón, estoy agradecido con esta tarea y esta oportunidad que me dio la vida”, expresó Molina, de 36 años.

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Los alumnos sienten respeto por lo que hace este hombre en silla de ruedas.

La cancha y la escuela se mantienen con el sudor de la frente del mismo entrenador. Hacen rifas para organizar los paseos y rasguñan por aquí y por allá para mantener al día los entrenamientos.

Miguel tiene un sueldo por el Instituto Municipal de Deporte y Recreación (Imdere) que ve cada tres o cuatro meses, cosa que no le permite cubrir los gastos del hogar y menos ahora que tiene un nuevo integrante en la casa: una beba de 9 meses.

“Yo he hablado con mi esposa y le he dicho que no quiero regresar a la venta de drogas, no quiero caer en eso y por ello mi empeño en esto. Es duro porque a veces no tenemos nada qué comer, mi casa está en muy malas condiciones porque ahora no la puedo arreglar. Pero no cambio esto por nada. Es una satisfacción muy grande cuando uno de estos chamos te dice que gracias a Dios están en el baloncesto, porque las bandas de nuevo están alborotadas. Eso me enorgullece. Lo otro es que los malandros saben lo que hago con estos niños y no se meten con uno. Ojalá pudiera rescatarlos a todos”, dijo, mientras se dirigía al grupo de casi 30 muchachos que esperaban por su entrenador.

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«No quiero que ellos pasen por lo que yo viví».

La escuela Team Word trabaja lunes, miércoles, viernes y fines de semana, a partir de las 5:00 pm. Pero como los chamos ya están de vacaciones y para que no se vean tentados por lo malo, ahora las clases inician a las 2:00 pm. “Ellos saben que aquí no pueden venir con materias raspadas, porque quedan fuera”, concluyó Miguelón.

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Fotos: Mariana Mendoza


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