Se busca un milagro para elevar a José Gregorio Hernández a los altares

El 29 de junio de 1919, hace 99 años, tuvo lugar en Caracas el trágico accidente que terminó con la vida de José Gregorio Hernández, el médico de los pobres. Casi un siglo después de su muerte, su legado de generosidad permanece vigente para quienes buscan imitar sus virtudes. En su tumba se llevan a cabo las oraciones por el país. Hay quienes lo visitan para pedir que mejore su situación familiar.

Caracas. Son las 11:30 de la mañana y la misa está a medio sermón en La Candelaria. Aún queda espacio en las bancas para los devotos de pasos resueltos que llegan rezagados. Pero el interés de los feligreses parece estar del otro lado, en la cripta que resguarda los restos del doctor José Gregorio Hernández, en ese mismo templo. Aurora Pineda, una mujer de tercera edad preocupada por su nieto, le pide el milagro de este día, porque dice que El Venerable le concede favores a cada rato. El de este martes, afirma Aurora, no es tan complicado. Suplica de pie, con las palmas juntas, en un rincón de la capilla, por su nieto que estudia ingeniería en la UCAB. Le pide que lo ilumine durante el parcial de fin de curso. Su mirada es sostenida, al igual que el resto de devotos que copa el lugar.

Es un muchacho inteligente, y sé que saldrá muy bien, se anima. Sus ojos despabilados son tal vez el mayor testimonio de la fe, que en su caso nació en la Escuela José Gregorio Hernández, institución que, según cuenta, alguna vez existió en un costado del propio Cementerio General del Sur, en la parroquia Santa Rosalía, donde vivió y cursó su primaria.

Mientras pausa su plegaria, Aurora recuerda que aquel era un plantel desvencijado, de asientos vetustos y pisos desgastados, que pregonaba en todo momento su admiración por la piedad que caracterizó al Médico de los pobres en vida. El ruego de Aurora es sencillo, pero encierra la mayor inquietud de los venezolanos: que haya comida para todos y medicinas para los enfermos; que cambien las cosas para bien y que todas las familias vivan en paz. Recuerdo que cuando cursaba primaria nos llevaban una vez por semana a su tumba, para conmemorar sus gestos. Era algo lindísimo que no olvidaré nuca, dice.

Este viernes no es un día cualquiera en La Candelaria. Los católicos conmemoran los 99 años de la muerte del Médico de los pobres, un hombre considerado un ideal de persona y que es la cara más insigne de los científicos del país: José Gregorio Hernández fue fundador de las cátedras de Bacteriología y Fisiología de la Universidad de Caracas, hoy Universidad Central de Venezuela.

Casi un siglo después de su muerte, su legado de generosidad permanece vigente para quienes piden imitar sus virtudes. En su tumba se llevan a cabo las oraciones por el país. Hay quienes lo visitan para pedir que mejore su situación familiar. Deniss Lores, una joven espigada, pide la sanación de su hija de un año. Ha perdido el calcio y el hierro por la orina y pesa 7 kilos, en lugar de 10. Está muy flaca, se angustia y enjuga sus lágrimas. Cuenta que pasó por la capilla para reposar, acaba de recibir el examen que comprueba lo mal que está la salud de su hija y requiere ayuda médica, pero no consigue el tratamiento que necesita.

Allí, en el interior del templo, hay quienes se ahogan en sus penas y acuden a la iglesia en un intento por aliviar sus dramas personales. Para Zuly Marcano, vecina de Baruta, es la primera vez en el lugar. Llegó sin saber la dirección exacta y acude también para pedir la sanación de su hija de cinco meses. La pequeña tiene rubéola y la semana pasada la niña casi se queda sin respiración cuando empezó a estrecharse su garganta por cuenta de una inflamación generalizada.

En los predios del santuario, Genoveva Pérez, una vendedora con más de 25 años en el lugar, dice que regala las velas a los devotos porque falta quien se las compre. Cuenta que muchos de los creyentes que veneran al médico no tienen para iluminarlo. A algunos incluso les falta la luz en casa y no tienen sino para procurarse lo necesario, la comida o el pasaje del día. Se quejan del ardor del hambre .

Instalada en un tarantín al pie del templo, en el negocio de Genoveva los milagros caben en cajitas de fósforos. Están, mejor dicho, protegidos en contenedores diminutos que contienen pequeñas piezas forjadas en plomo, que son, después de un milagro, la ofrenda de agradecimiento a José Gregorio por su intercesión. Los hay para todas las necesidades y las imágenes son alegorías de los órganos, extremidades y partes humanas, que podrían ser objeto de milagros. Tenemos riñones, ojos, piernas, senos, cráneos…, enumera.

En el cuarto de siglo que tiene Genoveva vendiendo “milagros”, como llama a los dijes, advierte que nunca antes había visto el reflejo de la pobreza material en la mirada de los feligreses. Algunos vienen, preguntan por el costo de una vela y se van queriéndola comprar. Y yo, que no tengo corazón para decir que no a la gente, se las doy, afirma, mientras ordena los milagros de plomo, corroídos por la herrumbre, quizá de tanto guardarlos. También hay novios, camionetas, y niños para quienes piden la gracia de Dios a través de J.G.H., comenta la vendedora.

Este año, una vela cuesta 300.000 bolívares y un velón supera los 3 millones, el mismo monto que el bono de alimentación, incrementado el 20 de junio por el Ejecutivo.

A propósito de la devoción y el misterio del milagro que requiere El Venerable para su beatificación, monseñor Adán Ramírez, decano de la Catedral de Caracas, enfatiza que la oración debe ser exclusividad. Es decir, los creyentes solo deben pedir a Dios por intercesión de José Gregorio, sin incluir a otros Santos. Adán Ramírez sostiene que el milagro debe quedar documentado, a través de exámenes y estudios médicos, y debe ser inmediato, perpetuo e inexplicable por la ciencia.

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“Algunas veces hay favores, pero no hay documentos que lo avalen (…) ¿Cómo no va a querer la Iglesia su pronta beatificación?”, manifestó el presbítero durante la homilía que presidió en el templo de La Candelaria. Para quienes esperan rescatar al país de la peor crisis, urge un milagro que unifique a la población, un acontecimiento que, creen algunos, puede ocurrir con la elevación de José Gregorio a los altares.

A un año de conmemorarse el siglo de su muerte, hay quienes profesan los valores del médico como un atajo para el encuentro del país. Para algunos, su muerte encierra misterio. Aquel hecho, ocurrido el 29 de junio de 1919, no solo paralizó a sus vecinos de la Pastora, su lugar de residencia, la noticia dejó una huella indeleble en todo el país y de inmediato se esparció por todos los sectores sociales.

Nacido en Trujillo, Hernández ejerció la Medicina por un lapso de 31 años y gozaba de toda admiración y lisonja de las familias caraqueñas. El 29 de junio de 1888 obtuvo el título de doctor en Medicina en la Universidad de Caracas.

Este viernes, la Arquidiócesis de Caracas señaló que “para alcanzar la beatificación se requiere comprobar ante la Congregación para las Causas de los Santos en Roma un milagro. Este año será ocasión para difundir todavía más la vida del Dr. Hernández, que fue, sin duda, un venezolano insigne. Su gran actuación como médico, su especialización en las mejores escuelas del mundo, la modernización de las técnicas médicas y su esfuerzo por mejorar los estudios de medicina en Venezuela, lo hacen un pionero en la construcción del país”.

En 1949, el venerable Arzobispo de Caracas Lucas Guillermo Castillo inició su causa de beatificación. En 1986 el papa San Juan Pablo II marcó un hito importante en ese largo proceso, al declarar que José Gregorio practicó las virtudes en grado heroico, es decir, vivió una existencia de entrega a Dios en camino a la santidad.

Fotos: Julio Materano

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