Al Sistema Eléctrico Nacional
se le fundieron los fusibles

Hace un año se apagaron las luces en los hogares del país y durante más de cinco días los venezolanos vivieron en penumbras e incertidumbre. Sin agua, sin comunicaciones y con los servicios de salud restringidos a lo mínimo. Se disparó la dolarización ante el miedo de la gente de quedarse sin comida.  12 meses después algunos estados como Zulia y Táchira siguen con servicio eléctrico intermitente y en Guri en vez de inversión en mejoras  lo que hay es miedo y persecución laboral. Tres caraqueños recuerdan cómo vivieron esos días de oscuridad

 
sistema eléctrico nacional

La oscuridad se hizo presente

El balance de un año del megapagón arroja más sombras sobre el oscuro episodio de la electricidad, el peor ocurrido en 130 años en Venezuela, que fue hasta el año 2000 líder en electrificación en América Latina.

Olgalinda Pimentel R.

Caracas

Al Sistema Eléctrico Nacional (SEN) se le fueron los tapones el 7 de marzo de 2019, a las 4:54 de la tarde. Una falla en la Central Hidroeléctrica Simón Bolívar, en la represa del Guri, ubicada en el estado Bolívar, apagó la luz en Caracas y en las 23 entidades del país, por más de 100 horas consecutivas, y ocasionó otros tres apagones nacionales en ese mes, el segundo de ellos, 20 días más tarde, con graves repercusiones.

Desde entonces, no ha habido suministro eléctrico estable ni reporte técnico oficial. En casi 12 meses, por lo menos 11 interrupciones importantes del servicio han dejado sin energía hasta por 20 horas más de 10 estados, y la convicción, entre “bajones”, de que habrá otro apagón nacional. Y no es descabellada. “La posibilidad de un gran apagón nacional es alta”, advierte el ingeniero José Aguilar, consultor especializado en el tema.

El país funciona en la actualidad con apenas 10.900 MW hidroeléctricos y termoeléctricos efectivos, es decir, casi 4000 MW menos que el 7 de marzo, para cubrir la demanda nacional, hoy reducida y que además no puede aumentar. Hay severas deficiencias en generación, transmisión y distribución de electricidad.

Sin embargo, en este tiempo no ha habido anuncios oficiales de recursos ni esfuerzos para salvar el SEN de la vulnerabilidad.

En tinieblas la red eléctrica

En Guri, aunque se lograron recuperar recientemente dos unidades grandes, la U14 y la U19, para la generación de energía, no funcionan todavía a plenitud, y persisten los problemas en Caruachi y Macagua. Por abandono y operación negligente la generación de los Andes hoy se encuentra en 96 % indisponible, por problemas atribuibles y o agravados por el gran apagón de marzo, según Aguilar.

En materia de transmisión, el sistema troncal opera con gran precariedad. “Por ese apagón se perdieron por lo menos 10 autotransformadores de gran envergadura para los sistemas de 765 y 400 kV”, añade.

Uno de los tres autotransformadores (AT2) dañados del sistema 765 de la Casa de Máquinas II del Guri fue sustituido por equipos extraídos de la subestación San Gerónimo B y de Yaracuy para que cumplan su función.

“En esta situación no puede ocurrir ninguna otra falla adicional de electricidad en el trayecto del sistema 765-400, porque no tenemos respaldo ni capacidad de reacción. Y tampoco puede hacerse mantenimiento a los equipos porque no hay cómo maniobrar”, afirma Aguilar.

En distribución las fallas son incontables. Caracas, Maracaibo, Barquisimeto, Valencia, Maracay siguen presentado “fallas catastróficas”. Se calcula que en autotransformadores y transformadores críticos para estas áreas del país se requieran casi 100.

Aunque Corpoelec anunció en fecha reciente que incorporará tres unidades con una potencia instalada combinada de 415 MW en el complejo Termozulia, para aliviar la oscurana actual en los llanos y el occidente del país, la carga que en realidad será de 340 MW es absolutamente insuficiente. Maracaibo solamente, con 2400 MW instalados, necesita de 1700 a 2000 MW disponibles para dar un margen de seguridad al suministro.

Las plantas termoeléctricas con capacidad instalada de 19.000 megavatios, que pudieran aportar la duración del apagón y aliviar la crisis, no funcionaron.

Por qué les apago la luz

Lo que ocasionó en verdad la falla en la Casa de Máquinas II de Guri tiene el sello rojo de secreto de Estado. No obstante, especialistas apuntan hacia una maniobra abusiva del sistema. Meses antes del megapagón, muchas de las interrupciones del servicio fueron disfrazadas de racionamientos. Y en eso estaban los operarios de Corpoelec ese jueves, históricamente uno de los dos de mayor demanda en el año, cuando ocurrió la falla eléctrica.

“Quizá entre un incendio, aunque no hay elementos que lo hagan creíble debido a la fuerte custodia militar en la instalación, ocurrió el apagón, comenzó a subir la carga y empezaron seguramente a empujar más MW hidros por el sistema de 765 kV. Se violaron los límites de operación segura para tapar la ausencia de MW térmicos suficientes fuera de Guayana, y se desconectó el sistema”, señala el especialista. No se presume otra razón. Las reservas hídricas del embalse de Guri sobrepasaban el nivel promedio.

Obviamente, nos ocultan “algo”, dice, al basarse en la opacidad de la información”.

Al caer el sistema, se desconectaron las plantas térmicas del país. “Y allí comenzó el desastre de tratar de levantar el sistema con únicamente hidroelectricidad, pero no estaban preparados para operar con procedimientos actualizados para ese tipo de contingencia. Destruyeron mucho equipamiento”, explica.

Aunado a la mala praxis de un sistema en condición desmejorada, se sumó el insuficiente e inoportuno mantenimiento. Además, el evento ocurrió en medio de políticas erradas y el mayor gasto irregular en el sistema eléctrico.

Y se prendió la candelita

La crisis en el sector había sido alertada por especialistas desde el año 2007, desde la Asamblea Nacional, que investigó irregularidades en el manejo de recursos y en proyectos aprobados con sobreprecio.

Además, ingenieros convocados por la Academia para un foro sobre el Estado de los Proyectos Hidroeléctricos, en febrero de 2019, concluyeron en la falta de atención estatal de las instalaciones y de la finalización de obras para fortalecer el suministro eléctrico.

Proyectos ambiciosos, como el segundo desarrollo de Uribante Caparo, Tocoma y Tayucay, entre otras seis grandes obras de generación en hidroeléctrica, estaban paralizados. La Central Simón Bolívar, la más grande obra hidroeléctrica del SEN, tenía su Casa de Máquinas II en etapa de repotenciación, y varias de sus 10 unidades están fuera de servicio. Estos trabajos, como los de Tocoma, quedaron detenidos por falta de pago.

También grandes plantas termoeléctricas, como Planta Centro en el estado Carabobo, y Termozulia en el occidente del país, funcionaban a media máquina por falta de combustible, mientras Tacoa prácticamente no podía operar.

“El problema está en que si ocurre una falla no hay cómo solventar la situación”, concluyeron los ingenieros. “El déficit operativo de los sistemas hidroeléctricos y termoeléctricos coloca al país en emergencia y es necesario que culminen las obras”, advirtió el ingeniero Valdemar Andrade, mientras que el especialista Raúl Cabrita llamó la atención sobre la falta de rehabilitación y reconstrucción de presas y embalses distribuidos en todo el territorio nacional, desde el año 2000. Estos alimentan el sistema hidroeléctrico con turbinas.

Esta era la situación el 7 de marzo cuando en Venezuela se fue la Luz.

El gobierno de Nicolás Maduro no tardó en atribuir la falla a un sabotaje de la oposición. Sin embargo, expertos en el sistema eléctrico descartaron esa posibilidad con argumentos técnicos.

“Los equipos no fallaron. Las unidades del Guri no se salen porque alguien desde fuera las mandó a parar. Eso tiene mecanismos que solamente el operador de la planta puede manejar”, indicó el ingeniero electricista Miguel Lara en aquel momento.


TESTIMONIO

“Saqué una sola cosa buena del apagón,
y es que conocí a mis vecinos”
Mabel Sarmiento G.

Al abrir la nevera, Rosa Colina ve que solo tiene un pollo. Decide sancocharlo y rendirlo para las cuatro personas que viven con ella. Un día, máximo, le duraría. Luego, llegó el desespero: el agua y la bombona de gas se agotaron. También el efectivo. Mientras su hija, paciente crónico, vivía horas de angustia, agobiada por el calor inclemente de los Valles del Tuy.

Valles del Tuy. La palabra apagón, que no salió de algún cuento llanero, como el Silbón, tiene un significado inmerso en el horror, en el terror, en la angustia y en la desesperación.

Se lee dramática la cosa, pero lo que vivieron los venezolanos a partir de las 5:40 p. m. del 7 de marzo de 2019, cuando se fue la luz, fue algo así como el inicio del fin, de algo que todos sabían que llegaría, pero se desconocía cuándo.

El susto invadió los nervios de muchos. “No hay Metro”, “no hay ferrocarril”, “cómo llego a la casa”. 

Caía el sol y la incertidumbre se apoderaba de los rostros sudorosos que deambulaban por la avenida Francisco de Miranda, por los alrededores de Plaza Venezuela, de Capitolio, de Agua Salud. 

Nadie se imaginó lo que estaba por venir. En primer plano, la angustia se resumía a: “¿Cómo llego a la casa?”. Eso era lo más urgente a resolver. 

En el ideario común no estaba previsto un apagón nacional que duraría días. Nadie lo imaginaba, aunque los expertos en materia de energía eléctrica hablaban insistentemente de ese escenario. 

“Hay que salir antes de que colapse” 

Aun sin saber lo que se les venía encima, la señora Rosa Colina con su esposo Mario y su hija Cristina ―paciente crónico― salían justo antes del apagón del hospital J. M. de los Ríos, que está ubicado en San Bernardino.



TESTIMONIO

“Nadie está preparado para vivir mal”
Mabel Sarmiento G.

Magaly Chávez siente ahora que esas horas dramáticas de marzo de 2019 no terminaron, pues ha pasado un año y cada vez son más frecuentes los cortes de luz: “Pasamos todo el año en eso. Se me acabaron las linternas y el gas portátil. Todo está llegando a niveles críticos. El colapso está a punto”.

Caracas. A Magaly Chávez, docente universitaria jubilada, el apagón del 7 de marzo de 2019 la agarró en su casa. Y aunque para muchos ese episodio fue un evento sorpresivo, para ella y su esposo Rodolfo, también jubilado, no fue así. “Esto se veía venir. Claro que no estábamos preparados, porque nadie se prepara para vivir mal, pero ya la situación nos decía que cada día bajábamos más de nivel”, cuenta.

Sentada en la sala de su casa, llena de cuadros y de colores vivos, recuerda esos días terribles del primer apagón nacional: “El primero de muchos que están por venir”. 

Mira con agrado un inmenso baúl que llegó a su casa proveniente de Europa: “En él está todo lo que nos ayudó a sobrevivir esos días”.

Los golpes del sistema

Magaly y Rodolfo, una pareja de jubilados clase media venida a menos, toda su vida disfrutaron de los placeres de la vida: comidas, vinos, viajes, amigos. Y lo que nunca les faltó, una buena educación.

“Escogimos vivir en la Candelaria porque teníamos las tascas cerca, excelente gastronomía, tres cines y podíamos ir a pie a la UCV. Como profesores, sabíamos que podíamos lograr ascenso en la sociedad y, en parte, lo logramos”, relata.

En 2010 hicieron su último viaje a Europa: “Luego empezamos a sufrir los golpes de este sistema. Escaseó la comida, se encareció la vida, y a uno como profesor universitario se le vino la pobreza encima. Gracias a Dios, nosotros somos unos viejos independientes y hacemos todo lo posible por no ser una carga para los hijos”.

Esa noche del primer apagón se organizaron y trabajaron en familia. Abrieron el baúl y sacaron todos los insumos para armar un camping. 

“Hicimos todo lo posible para que nuestros nietos no se impactaran. Fue agotador mantener la rutina como si no estuviera pasando nada. Con las linternas jugamos a las sombras, contamos cuentos. Les dijimos que estábamos en un campamento, pues tuvimos que poner la hornilla de gas que usamos en los viajes, y ahí hacíamos la comida. Claro, era peligroso hacer todo eso dentro del apartamento”, dice.

Tenían 10 bombonas de esas, unos aparatos pequeños que usaron como fogones y que pasados los días sirvieron de auxilio a los vecinos. “Venían a montar el café, sus infusiones y la comida del día”, recuerda.

Rodolfo, su esposo, es diabético y tiene que comer tres veces al día y hacer dos meriendas. “Por eso no vacilamos en proveernos los alimentos. En esos días teníamos algo en la nevera y, por lo menos, pudimos sostenernos. Además, mi hijo y su esposa estaban muy pendientes”, añade.

Lo peor está por venir 

Sin luz, el edificio se quedó sin agua. Ella tenía un tobo que compró hace 20 años en medio de una sequía. Sin embargo, se fue vaciando con el paso de los días, así que tuvo que bajar con su esposo a comprar agua.

Hicieron largas colas para obtener los botellones con los que se bañaban y hacían los quehaceres.

“No recuerdo haber vivir algo así de niña. Solo se iba la luz en la época de Pérez Jiménez, cuando la Aviación hacía juego de luces en el cielo. Y eso era programado y anunciado. Mi mamá, que era de Tacarigua de la Laguna, me contó que en el 39 había malaria, piojos y se había ido el mal de Chagas porque estaban sustituyendo los ranchos por casas. Ahora veo estas cosas y por eso digo que lo peor está por venir. Ojalá ocurra algo extraordinario para que todo cambie”, agrega.

Magaly montó un camping en su casa luego de una década que no lo hacía en una montaña de la Gran Sabana o en algún parque europeo. Ya no le quedan insumos para hacer algo similar si ocurre otro apagón. 

“Lo lamentable es que ya no puedes ni planificar. Estamos en Venezuela, donde las autoridades no asumen sus funciones, no dan información y los servicios cada día se deterioran más. Este es un país de pocas opciones: o comes o tomas medicinas”, lamenta.

Luego de la oscurana del 7 de marzo, “que ya no sabe ni cuántos días duró”, ocurrió la del 25 de marzo. Ya con menos insumos y agotados los recursos para mantener la rutina, se unió a los vecinos que salieron a protestar a la avenida Fuerzas Armadas.

“Llegaron los colectivos, todo se puso violento, lanzaron bombas lacrimógenas. En las puertas del edificio cayó una. Aun así estábamos en la avenida exigiendo nuestros derechos”, dice.

En medio de esos dos apagones perdió la secadora y le vino un problema existencial: “Ahora tengo que tender la ropa en los cuartos. No estaba acostumbrada a eso, me da dolor de cabeza, eso es horrible. Fíjate, yo le prestaba la lavadora y la secadora a mis vecinos, porque eso de tener la ropa guindad en medio de la sala no me gustaba. Ahora no tenemos para repararla”.

Las comunicaciones también fallaron durante esos días. Pero estuvo al tanto de los sucesos. La junta de condominio de su edificio se activó y los mantenía informados. Su hermana, que vive en El Paraíso, también profesora universitaria, agarraba su carro y hacía rondas para saber de la familia.

Magaly Chávez siente ahora que esas horas dramáticas de marzo de 2019 no terminaron, pues ha pasado un año y cada vez son más frecuentes los cortes de luz: “Pasamos todo el año en eso, se me acabaron las linternas y el gas portátil. Todo está llegando a niveles críticos. El colapso está a punto”. 


Zulia sigue padeciendo apagones y fluctuaciones diariamente

Cortes eléctricos y variaciones de voltaje continúan afectando la prestación de servicios, la educación, el comercio y la cotidianidad de los ciudadanos en la entidad. Por lo menos una vez al día se va la luz en el estado ganadero.

Texto y Fotos: Mariela Nava

Foto Mariela Nava

Maracaibo

Las fallas eléctricas en el estado Zulia pasaron de ser ocasionales a perennes. Para los zulianos, marzo de 2019 fue el punto de quiebre en su calidad de vida. Todo se apagó a las 4:50 de la tarde del 7 de marzo.

La mayoría pensó que se trataba de una falla como las que se venían registrando desde enero del mismo año, con por lo menos 15 interrupciones eléctricas que se prolongaban de dos a cuatro horas, dependiendo de la zona. Pero el 7 de marzo fue diferente, pasaron los días y el servicio no se restableció. El comercio bajó sus santamarías, los puntos de venta no pasaban, se perdió la comunicación por teléfono, los alimentos comenzaron a descomponerse, los hospitales estaban en caos, todo colapsó.

Hasta la fecha, ha sido el apagón más extenso registrado en la historia de Venezuela, un país golpeado por la crisis económica, la dolarización del mercado y la escasez de los servicios públicos. 23 estados se apagaron simultáneamente entre cinco y ocho días, como fue el caso del Zulia. 

Los servicios de agua por tubería, transporte, despacho de combustible y la venta de alimentos se paralizaron. La situación era “agobiante”, así lo recuerda Gustavo Urdaneta, un joven que para aquel momento tenía 18 años y que se atrevió a participar en la turba que protagonizó los saqueos en Maracaibo.

“Me acuerdo de que se nos dañó toda la comida que teníamos. Ya al tercer día no tenía nada qué darles a mis hermanitos. Unos chamos del barrio me dijeron en la mañana que al mediodía querían caerle a un supermercado que está aquí cerca. La verdad, me dio miedo, pero fui y logré sacar pan, harina, pasta, queso, mortadela y unos huesos de res que ya se estaban poniendo malos, pero mi mamá los lavó con vinagre y así nos los comimos. Hoy pienso que la adrenalina y el miedo no te dejan pensar, pero no lo volvería a hacer, porque vi cómo la gente aplastó a un hombre que también estaba sacando comida. Fue escalofriante y a la vez triste”, recordó.

Más de la mitad de las fallas eléctricas del país se evidencian en Zulia

Al cumplirse un año de aquella fecha, que marcó un antes y un después, Zulia sigue sin poder levantarse. El occidente venezolano enfrenta una crisis eléctrica que acumula por lo menos tres años y que hoy continúa afectando la cotidianidad de sus habitantes con cortes de hasta tres o cuatro horas al día, además de las constantes fluctuaciones que acortan la vida de los electrodomésticos, mantienen en precariedad las condiciones de vida, la educación, el transporte y el comercio en la capital del estado. 

De hecho, según cifras del Comité de Afectados por los Apagones, en el país se registraron 85.596 fallas eléctricas, de esas 53,79 % ocurrió en territorio zuliano, es decir 46.049 fallas.

“Las causas son la falta de mantenimiento, la desprofesionalización de la industria eléctrica, la corrupción, la negligencia y la incompetencia, que también son las causas de los apagones anteriores. No hay sabotaje”, dijo Aixa López, presidente del Comité de Afectados por los Apagones.

El esquema de racionamiento impuesto en la entidad desde mediados de 2019, y que establecía cortes de seis horas al día, ha disminuido de manera gradual, por lo que solo algunos sectores se han visto afectados durante los primeros meses de 2020, con racionamientos de dos a tres horas. 

Pero las fluctuaciones eléctricas representan en este momento el punto álgido para los ciudadanos, y en el caso de los comerciantes, la caída de las telecomunicaciones, que inhabilita los puntos de venta.

El gobernador Omar Prieto dijo a principios de este año que las “diversas articulaciones han permitido que la entidad entre en una nueva etapa de estabilidad eléctrica”. Sin embargo, para los ciudadanos esto se trata de “una mentira”.

“Cómo pueden decir que esto ha mejorado, si cada día perdemos más cosas en la casa porque todo se quema con las subidas y bajas de voltaje, que por la medida pequeña son hasta tres al día. Decir que esto ha mejorado es una mentira del tamaño del puente”, reclamó Mery Áñez, un ama de casa del norte de la ciudad de Maracaibo.

Entre enero y finales de febrero, dos apagones han dejado el estado sin servicio eléctrico. El 22 de enero, luego de una fuerte lluvia, pasadas las 8:00 de la noche Maracaibo, San Francisco, Machiques, La Cañada de Urdaneta, La Concepción, Mara y la Costa Oriental del Lago se quedaron sin servicio eléctrico por más de dos horas. 

El 10 de febrero, a las 7:10 de la noche, 80 % de Maracaibo se apagó, al igual que Jesús Enrique Lossada y San Francisco, después de la explosión de una subestación en el sur de la ciudad. Casi tres horas duró el apagón para la mayoría, sin embargo, en zonas del norte de Maracaibo el servicio se restableció 28 horas después. 

Las fallas eléctricas también han afectado el bombeo de agua por tubería. Una fuente de la hidrológica local (Hidrolago) dijo a Cronica.Uno que el servicio se interrumpe con cada fluctuación y que deben esperar más de tres horas para encender de nuevo la maquinaria: “Hay muchas máquinas de bombeo dañadas o deficientes, porque los golpes de voltaje son muy fuertes. Sin embargo, se hace el trabajo de mantener el servicio, pero ya no es responsabilidad nuestra, sino de Corpoelec”.

Actualmente, en la zona metropolitana del Zulia existen comunidades que tienen entre un mes y un año sin recibir agua. 

Termoeléctricas son el elefante blanco del Zulia

Para abril de 2019, Termozulia contaba con una capacidad instalada de 1300 megavatios (MW), con 290 MW disponibles. La planta Rafael Urdaneta posee 270 MW y genera 40, Bajo Grande tiene 90 MW e inyecta 31 y Guaicaipuro, de 54, proporciona 18 MW.

Mientras tanto, las siete plantas restantes estaban totalmente fuera de servicio: Ramón Laguna con capacidad instalada de 860 MW, San Timoteo con 100 MW, San Lorenzo con 70 MW, Casima con 76, Antonio Nicolás Briceño con 86, Santa Bárbara con 37, Parque Eólico La Guajira con 25 MW. Las once máquinas alcanzan una capacidad de 2768 MW, pero apenas estaban disponibles 379 MW, es decir, 13,69 %; en otras palabras, 86,31 % están inoperativas.

Nora Bracho, diputada zuliana a la Asamblea Nacional, señaló en 2019 que desde 2016 el servicio eléctrico en la región era deficiente: “Diariamente se reportan fallas, fluctuaciones de tensión, apagones. En esta oportunidad, el Programa de Administración de Cargas (PAC) o plan de racionamiento se incumple, porque los cortes no se ajustan a los horarios definidos en el programa”.

El domingo 9 de febrero de 2020, Freddy Brito, ministro para la Energía Eléctrica, informó que entraron en funcionamiento tres unidades de la planta Termozulia para aportar 340 megavatios al Sistema Eléctrico Nacional (SEN).

“Para continuar con la eficiencia en los servicios públicos, entraron en funcionamiento las unidades 4, 7 y 11 de la termoeléctrica G/J Rafael Urdaneta, ubicada entre los municipios San Francisco y La Cañada de Urdaneta”, aseguró.

Por su parte, Corpoelec Zulia reportó el avance en el despeje de vegetación en los corredores de líneas de transmisión Peonías-Cuatricentenario 1 a 230Kv y Tablazo-Cuatricentenario 1 y 2 a 400Kv. Asimismo, notificó que se realizó lavado de aislamiento en frío en la S/E Cuatricentenario de Maracaibo.

El pasado 28 de enero, Corpoelec informó en nota de prensa que inició el protocolo de prueba para la puesta en servicio de la unidad TZ4 de Termozulia, que próximamente incorporaría 150 MW al Sistema Eléctrico Nacional (SEN).

“Estas labores forman parte del plan para la estabilización del SEN que en materia de generación impulsa el Gobierno”, indicaron.

Por su parte, Omar Prieto, gobernador del estado Zulia, dijo desde Caracas a principios de año que, además de la interconexión del Guri, a mediados de febrero se encendería otra turbina para mantener y recuperar progresivamente el servicio. 

Dijo que la capacidad instalada de la termoeléctrica en la entidad actualmente es de 30 %, y que esperan que para mediados de 2020 se pueda restituir entre 60 % y 70 % de la capacidad de generación.

Cronica.Uno solicitó información a la oficina de prensa del gobernador para conocer el estado actual de las termoeléctricas y la respuesta fue: “Nadie está autorizado para declarar acerca del tema eléctrico en el Zulia, ni siquiera el gobernador. Solo el ministro y la Vicepresidencia pueden declarar sobre el SEN en el Zulia”.


La oscuridad trajo
la muerte

Por lo menos 17 personas murieron en centros de salud debido a la falla eléctrica, según la Red de Derechos Humanos del Estado Zulia.

 Texto y Fotos: Mariela Nava

Maracaibo 

C ocinar con leña, tomar agua a temperatura ambiente, reciclar el agua, lavar a mano, dormir con calor y consumir alimentos no perecederos (harinas y granos) son algunas de las actividades que los marabinos adoptaron a partir del primer apagón general en Venezuela, en una región que sobrepasa los 40 grados de calor bajo techo. 

Para la mayoría el problema de las fallas eléctricas se ha convertido en un calvario que incluso ha puesto en peligro su vida, como es el caso de Belinda Urdaneta, una paciente renal que asegura que su salud ha desmejorado debido a la crisis eléctrica en la región. 

“Recuerdo claramente que cuando hubo el primer apagón yo llevaba un buen ritmo de diálisis, y eso me permitía estar un poco tranquila, aunque nunca nos han dado las cuatro horas que corresponden, nos daban tres y eso me mantenía. En los apagones del año pasado mi vida se vino abajo, me llené de líquido porque estuve dos meses sin recibir el tratamiento adecuado”, relató. Ahora, con apenas 32 años, la mujer, que para el año pasado aún trabajaba como manicurista, terminó dejando todo, porque la acumulación de líquido le imposibilita caminar o estar mucho tiempo de pie. 

“Sé que mi vida se acortó. Mi salud está a punto de colapsar porque los problemas eléctricos siguen y hay días en los que solo nos dan una hora y media de diálisis, porque la mayoría de las máquinas están dañadas y somos muchos pacientes. En estas condiciones me voy a morir pronto”, lamentó.

Otros pacientes, sin embargo, no superaron la circunstancia del apagón. 17 personas murieron en centros de salud debido a la falla eléctrica, según la Red de Derechos Humanos del Estado Zulia (Redhez). Sin embargo, información extraoficial indica que los decesos de pacientes de cuidados críticos en hospitales, enfermos renales, complicaciones por crisis hipertensivas, parturientas y neonatos prematuros, como consecuencia de esta falla, superaron esta cifra.

Sin 55 % de los maestros

El sistema educativo también sigue batallando. Recientemente Gualberto Mas y Rubi, presidente del Sindicato Unitario del Magisterio del estado Zulia (SUMA), dijo que las fallas eléctricas en el estado han contribuido a la deserción escolar: “Las fallas en la calidad de la educación obedecen a varios elementos distractores, entre ellos la electricidad”. Para el inicio del período escolar 2019-2020, el Zulia contaba con 35.000 docentes, actualmente la diáspora es de 55 %, es decir, apenas 18.000 profesionales de la educación se incorporaron a sus lugares de trabajo, mientras que 60 % de los estudiantes no se inscribieron.

Benita Gutiérrez, de 38 años de edad, es maestra en una escuela primaria en el sur de Maracaibo. Dijo que el año pasado marcó un antes y un después tanto en su vida personal como en la laboral: “Veo cómo mis niños en la escuela se desmayan cuando se va la luz, porque la falta de alimentación más el clima los afectan mucho. Sobre todo porque desde los saqueos muchos padres se quedaron sin trabajo por el cierre de las empresas. Y en mi casa me quedé sin un solo aparato, solo me quedaba bueno el televisor y a principios de este mes (febrero) se me quemó con un bajón”.

Para la profesional de la educación, las fallas eléctricas representan “una cadena” negativa en la cotidianidad que no se deja de sentir en el estado. “La gente cree que porque no se nos va la luz seis horas no seguimos sufriendo este desastre. Ya no como carne, porque no tengo dónde guardarla y sinceramente tampoco me alcanza. Me acostumbré a tomar agua caliente y a dormir con calor. A lo que no me acostumbro es a ver a mis dos hijos llenos de ronchas por la plaga, a que no coman bien, a que no vean a su padre porque se tuvo que ir para ayudarnos con la comida, no es justo”, expresó. El esposo de Benita trabajaba en una sucursal de una reconocida red de supermercados en Maracaibo que fue saqueada. A partir de junio de 2019 se quedó sin empleo y partió a Chile para buscar otra oportunidad.

Ya nada es como antes

“Ya nada es como antes. El Zulia cayó en la desgracia más grande de su historia. Vivimos con sueño, apurados porque no sabemos cuándo se va a ir de nuevo la luz, y eso sin contar con que estamos guindando, porque estoy segura de que en cualquier momento nos quedamos oscuros por varios días otra vez”.

Así comenzó su relato Neyda Ocando, un ama de casa que perdió todos sus electrodomésticos a causa de los apagones. Una lavadora, tres aires acondicionados, dos neveras, un microondas, tres ventiladores, dos televisores, una plancha y dos celulares es el saldo negativo con el que la mujer de 56 años de edad cerró el año 2019. Asegura que su vida cambió “para mal” después de que Venezuela se quedó a oscuras aquella tarde del tercer mes del año pasado.

Secuelas del saqueo 

La Cámara de Comercio del estado Zulia reportó que durante los apagones de marzo de 2019 los saqueos afectaron más de 500 comercios. Las cifras del momento reportan 22 supermercados, 30 panaderías, 300 locales comerciales, 20 farmacias, un hotel y el saqueo masivo en el centro comercial Sambil de la ciudad de Maracaibo, con 270 locales destrozados.

Una de las más afectadas fue Empresas Polar, la mayor productora de alimentos procesados del país, que en su momento dijo que cuatro de sus instalaciones de alimentos, bebidas gaseosas y cerveza ubicadas en Maracaibo fueron saqueadas, lo que generó pérdidas por unos 18.600 millones de bolívares, equivalentes a 5,6 millones de dólares a la tasa oficial (para marzo de 2019).

El gobernador del estado Zulia, Omar Prieto, adjudicó la ola de violencia a “paramilitares”.  

Manuel Rodríguez es un comerciante de 65 años, residenciado en el oeste de Maracaibo. “Yo tenía un negocio pequeño de distribución de alimentos, y las pérdidas que registré en aquel momento hicieron que mi corazón colapsara. Me tuvieron que operar de emergencia a mediados de 2019, casi en pleno apagón. Estuve a punto de morir por el estado de ansiedad”, relató.

“Hoy puedo decir que mi vida es otra. Recuperar mi estabilidad emocional ha sido difícil. A raíz de eso mi hija menor se tuvo que ir del país, para poder ayudarme a costear el tratamiento que me quedó de por vida. Perdí casi todo en mi negocio. Ya no puedo manejar. Tuvimos que comprar una planta eléctrica, porque si se va la luz, el calor me ahoga y ya no tengo nevera ni aire acondicionado. Yo considero que con sacrifico aún podía vivir con mi esposa muy bien, cómodos. Pero esos episodios nos sumergieron en la pobreza, en la desidia, y ya con nuestra edad y con la salud tan maltratada es difícil salir de esta situación”, lamentó. 

Aunque no hay cifras oficiales, la mayoría de los locales comerciales saqueados durante el primer apagón lograron recuperarse. Sin embargo, en Maracaibo hay casos emblemáticos de empresas que no pudieron hacerlo, como el del Hotel Brisas del Norte, en el que un grupo de ciudadanos irrumpió de manera violenta y dejó el lugar destrozado. 

Al respecto, la Cámara Hotelera del Zulia confirmó que esta infraestructura continúa inoperativa. “Fue pérdida total”, dijeron. 

La oscuridad y la muerte van de la mano

Durante la ola de violencia que superó las 24 horas en varias zonas del estado, se registraron cinco muertes violentas, entre ellas la de un hombre de 59 años identificado como Ivenio Jesús Áñez Cubillán, quien murió aplastado por decenas de personas que saqueaban un galpón de Mercal en la parroquia Marcial Hernández del municipio San Francisco

El primer homicidio ocurrió en Santa Bárbara del Zulia. Giovanni Alexander Espinoza Contreras, de 21 años, recibió dos tiros en el pecho cuando, al parecer, saqueaba un establecimiento en el sector Las Flores de esa localidad.

En la Villa del Rosario, dos hombres cayeron abatidos en enfrentamiento con PoliRosario, cuando se metieron a robar en la casa de un hijo del alcalde del municipio, Olegario Martínez. Quedaron identificados como: José Vides Silva, de 17 años, y Gerardo Jesús Villalobos Parada, de 28. Se conoció que en esa residencia hubo destrozos.

En Maracaibo, en el barrio Cujicito, el buhonero Benjamín López González, murió de un disparo de escopeta en la cara, presuntamente cuando saqueaba en la panadería Guadalupe. 

Lucia Mas y Rubi es una de las comerciantes afectadas en el oeste de Maracaibo. Aseguró que levantarse económicamente ha sido difícil para ella: “Esto no estaba así, yo vendía de todo. Levantarme ha sido difícil, porque quedé con una deuda de casi 800 dólares. Lo que hice fue vender mi carro en 1250 dólares, pagué las deudas y con lo que me quedó traje mercancía de Colombia (comida) para vender en una mesita aquí mismo, y bultos de comida por encargo. Así me fui levantando, hasta que logré reparar las puertas y lo que dañaron dentro del local, que afortunadamente es mío por una herencia que me dejó mi padre. Hace apenas cuatro meses que abrí de nuevo el negocio como tal, pero faltan cosas, esto estaba surtidito y ya no se puede, cada vez es peor. Los saqueos me convirtieron en una mujer nerviosa, ansiosa y casi quebrada económicamente”.

Bernardo Morillo, uno de los empresarios afectados por los saqueos en el norte de Maracaibo, dijo: “Tres locales fueron saqueados totalmente y quemados. Aún no he logrado recuperarme económicamente, no hemos podido abrir”.


TESTIMONIO

“Los días del apagón fueron muy duros,
pero soportamos porque estábamos organizados”

Doménico Helmeyer, líder vecinal de Los Palos Grandes, contó que buscaron información por las redes sociales, en la Alcaldía de Chacao, entre periodistas confiables e incluso estuvieron pendientes de lo que decían algunos funcionarios del Gobierno. Con esos datos hicieron una cartelera informativa que se actualizaba a diario. La pegaban en las afueras del motorhome y todo el que pasaba podía enterarse de lo que ocurría más allá de la urbanización.

Mabel Sarmiento G.

 

Caracas. “Nadie estaba preparado”. Es una frase que se repite mucho en los comentarios de la gente cuando rememora los días apagón. Y es válida para cualquier evento: tampoco nadie está preparado para cruzar los túneles del Metro de Caracas cuando ocurre una paralización por las deficiencias del servicio. Con todo, cada suceso es nuevo. La pregunta es ¿cómo se sobrelleva?

Doménico Helmeyer, productor de eventos y quien dedica buena parte de su tiempo a la consolidación de la organización vecinal, tuvo su prueba de fuego el 7 de marzo de 2019.

El apagón fue nacional y con consecuencias similares para todos: sequía, paralización del transporte, comercio y toda la actividad productiva. Las imágenes particulares de cada comunidad daban cuenta de cómo se vivieron esos días. Por ejemplo, en Caricuao las largas colas de gente con sus tobos a cuestas alrededor del zoológico y de las quebradas; mientras que desde San Agustín circularon fotos de gente en las redes de desahogo del río llenando envases.

Por su parte, en Los Palos Grandes, municipio Chacao, se desarrollaba otro plan de contingencia:

“No sabíamos qué estaba ocurriendo, nadie se imaginaba la magnitud del problema, pero el estar organizados nos ayudó a sobrellevar esa situación”, cuenta Doménico.

Lo primero que le vino a la mente el 7 de marzo fueron el abastecimiento de alimentos y el bombeo del agua. Sus vecinos también pensaron en eso. 

Los Palos Grandes, una urbanización formada por edificios residenciales de más de cuatro pisos, luego de las 5:40 p.m. de ese día se paralizó con el resto de la ciudad.

Los portones y los ascensores de los edificios quedaron inoperativos. “Y no sabíamos cómo estaban los habitantes de los pisos altos, la mayoría de la tercera edad. No era solo la falta de luz, ya estábamos viendo que venían otros problemas. Aquí hay personas insulinodependientes y era una preocupación persistente el cómo mantener la insulina”.

Entonces, la comunidad encendió el motorhome que está en un lateral de la plaza, que se usa como centro de operaciones, de reuniones y para las contingencias. Así se activó todo un operativo. 

“Nos organizamos para hacer las rondas por cuadras, prestamos los espacios para cargar los celulares. Llegamos a tener más de 150 [teléfonos conectados]. Verificamos el estatus de los vecinos y buscábamos información más precisa, pues a esa hora no se sabía nada de parte del Estado. No se sabía si la restitución de la energía era en 24 o 48 horas. Entonces pensamos en planes que hicieran sentir mejor a los vecinos”.

La comunidad de Los Palos Grandes tiene unas brigadas vecinales y una unidad de atención primaria que contaba con unos reflectores. Estos últimos los usaron para alumbrar la plaza, a fin de que los padres pudieran bajar con sus hijos y tranquilizarlos. “Podían cargar sus baterías, sentarse a conversar y así llegó el segundo día del apagón”. 

Cuenta Helmeyer que en la plaza brindaron resguardo a mucha gente que, huyendo del despelote que había en la avenida Francisco de Miranda, se fueron a refugiar a esa zona. También llegaron vecinos de El Valle, de Caricuao, de Guarenas, buscando conexiones e información.

La planta del motorhome podía ayudar por ocho horas. Igual la mantuvieron activa durante todos esos días.

“Al tercer día del apagón, tuvimos la segunda experiencia fuerte: nos llamó un médico que necesitaba nebulizar a una niña de nueve años. Nos dijo que todos los centros estaban colapsados y nosotros pudimos hacer que la estabilizara, en poco tiempo estaba recuperada. Mi trabajo fue ayudar a calmar a la población y a dar información veraz”.

En la parte norte del municipio Chacao, una zona tradicionalmente con mejor poder adquisitivo, los vecinos se organizaron para comprar cisternas de agua, comida e incluso movilizarse en sus propios vehículos. Hubo familias que se mudaron a hoteles con plantas eléctricas de manera temporal.

Aunque hubo percepción generalizada y, como en el resto de la ciudad y del país, las negociaciones de insumos se hacían en dólares, Helmeyer señala que le “dolió mucho esa parte de los comerciantes que hicieron ventas en divisas. Las bolsas de hielo principalmente. Aquí muchos necesitaban mantener los medicamentos en la cadena de frío y no les quedó más remedio. A otros los vi salir despavoridos pues no podían creer y mucho menos pagar esos montos. Con el apagón empezó la dolarización del mercado de productos”.

La falta de luz no era el único problema. Como dijo Helmeyer, lo peor estaba por venir. “Nunca me imaginé que podía vivir una situación así, nos esperábamos esto en cualquier momento, porque en 2018 y 2019 hubo muchos cortes pero eran de corto tiempo. Ese 7 de marzo se puso en evidencia la crisis: sin servicios, la gente con problemas de salud, sin conexiones, sin movilidad, sin información. Vimos que las personas mayores solas fueron las que más sufrieron esa situación. No podían caminar en la oscuridad, tampoco podrían bajar de sus apartamentos. Por eso estar organizados nos ayudó a minimizar el impacto”.

Contó que ellos trataron de buscar información por las redes sociales, en la Alcaldía de Chacao, en periodistas confiables e incluso de algunos funcionarios del gobierno.

Con esos datos hicieron una cartelera informativa que se actualizaba a diario. La pegaban en las afueras del motorhome y todo el que pasaba podía enterarse de lo que ocurría más allá de Los Palos Grandes.

Ese motorhome también fue protagonista en medio de la emergencia. Lo compró la comunidad hace nueve años por 20.000 bolívares, para establecer ahí un centro de acción y organización de eventos como asambleas, actividades culturales, recreativas, rosarios y brindar atención médica.

Para el momento del apagón la red de vecinos contaba con radios y con personal médico que trabaja ad honorem, al igual que la organización Ángeles por la Vida, que atiende accidentes de las vías de la Gran Caracas.

“Creamos esta unidad para salvaguardar los bienes materiales y humanos de Los Palos Grandes. Es una gran fuerza vecinal con la que contamos. Sabemos que no estamos preparados para otro evento similar, pero sabemos responder. Que necesitamos más herramientas y arreglar el motorhome, eso es claro. Sin embargo, estamos satisfechos con lo que pudimos ver y aprender esos días”, dijo Doménico Helmeyer, presidente de la organización vecinal de Los Palos Grandes.


Y con la gran falla de Guri llegó el miedo y se perpetuó la falta de mantenimiento

Las fallas eléctricas en el país evidencian que persiste la inestabilidad en el Sistema Eléctrico Nacional, y la falta de mantenimiento y de los trabajos correctivos en las represas, cada una con una significativa cantidad de máquinas inoperativas. En cambio, aumentó el amedrentamiento con presencia del Sebin y la Dgcim en planta.

Jhoalys Siverio

 

Puerto Ordaz 

a persecución del gobierno en contra de los trabajadores de Corpoelec, desde el apagón del 7 de marzo de 2019, llega a tal punto que nadie quiere hablar, ni el sindicato ni los que advirtieron sobre el colapso eléctrico por la falta de mantenimiento en las represas.

Privaciones de libertad, detenciones y órdenes de captura hasta para extrabajadores lograron el objetivo, sembrar el terror y evitar las denuncias de lo que es evidente, un Sistema Eléctrico Nacional (SEN) deficiente y que no garantiza la seguridad de un suministro óptimo.

Crónica Uno consultó con varios trabajadores de Corpoelec para conocer el estado actual de las represas Guri, Macagua y Caruachi. Pero ninguno accedió de forma abierta. Los pocos que aceptaron lo hicieron con la condición de que se resguardara su identidad. “Tengo hijos, y me pueden meter preso o aparezco muerto”, fue la expresión de uno de ellos.

“Todos los días vamos a peor. En toda la central no han hecho mantenimiento preventivo, ni productivo ni correctivo”, dijo un trabajador de la estatal eléctrica.

En febrero de 2019, días antes del apagón nacional, miembros del sindicato advirtieron del colapso del SEN debido a la falta de mantenimiento en Guri, hasta en 50 %. Un año después, la situación parece que no ha variado.

Inoperatividad de máquinas 

Fuentes internas de Corpoelec detallaron cuántas máquinas de cada represa en Bolívar funcionan actualmente.

En Guri, represa que suministra electricidad a más de 70 % del país, de 20 turbinas generadoras, solo funcionan 13. Hay siete paralizadas en Sala de Máquinas I.

La represa Macagua, de la que Bolívar depende principalmente, tiene 20 máquinas. Casa de Máquinas I consta de seis turbinas generadoras tipo Francis, de 64 MW cada una, para una potencia instalada de 384 MW. Cinco están fuera de servicio. Casa de Máquinas II consta de 12 turbinas generadoras tipo Francis, de 216 MW, con potencia instalada de 2592 MW. Dos están fuera de servicio. Y en Casa de Máquinas III hay dos turbinas generadoras tipo Kaplan, de 88 MW, con una potencia instalada de 176 MW. Las dos están paralizadas.

En el caso de Caruachi, su Casa de Máquinas posee 12 unidades generadoras tipo Kaplan, de 190 MW cada una, con una capacidad instalada total de 2280 MW. De estas, dos están fuera de servicio, pero se pueden reparar; hay dos paralizadas totalmente dañadas, sin arreglo, y cinco en funcionamiento, pero en “terapia intensiva”.

La represa Tocoma está aún lejos de su culminación. Es impredecible lo que pase, ni cuándo ocurra, con el SEN. Pero en planta coinciden en que no hay nada alentador, si no se ejecutan los correctivos. Hasta los aires acondicionados donde están los equipos de control, las plantas auxiliares, sala de baterías se han dañado.

Llegada la temporada de sequía en Venezuela, por lo general las líneas salen de sistema porque las protecciones son muy sensibles. Además, la maleza crecida en los corredores de las líneas hace que sean vulnerables a incendios forestales, y la alta temperatura hace que las líneas se disparen y salgan del sistema.

Rehabilitar las máquinas dañadas tampoco es cuestión de un día o pocos meses, ya que al fabricante (extranjero) le toma tiempo suplir un generador o un transformador.

Militarización total

Todas las centrales hidroeléctricas tienen un comando de la Guardia Nacional, por medidas de seguridad. Por ello, la tesis del sabotaje que usó el gobierno para justificar que todo el país se quedara a oscuras no tuvo cabida. Pero, por otra parte, no es menos cierto que, aun con presencia militar, en Guri, por ejemplo, ha habido hurtos y robos a mano armada.

La militarización después del 7 de marzo fue más radical. “Ahorita está militarizado todo, y los del Sebin ahora son los gerentes de seguridad de la planta”, aseguró una fuente.

“El Sebin está dentro de las instalaciones de la empresa y mantiene amenazados a los trabajadores. Si se sabe o se informa de la fallas, van a arremeter contra el trabajador”, sostuvo otra de las fuentes consultadas.

De hecho, cuando a finales de julio se registró otro apagón que afectó a todo el país, el edificio sede de Corpoelec en Puerto Ordaz fue tomado por el Sebin y ordenaron el desalojo de sus trabajadores.

Hostigamiento militar 

En el contexto de la persecución que inició el gobierno, dos trabajadores fueron detenidos y privados de libertad, otros tuvieron que irse del país y sus familias están amenazadas.

El primer caso de detención fue el de Geovanny Zambrano. El 11 de marzo del año pasado lo detuvieron funcionarios de la Dirección General de Contrainteligencia Militar (Dgcim) para un interrogatorio que se extendió hasta las 3:00 a. m., y fue liberado. Al día siguiente, a las 4:00 p. m., lo arrestó el Sebin. El 18 de ese mes recibió privativa de libertad y le imputaron los delitos de asociación para delinquir, fuga de información y sospecha de sabotaje. A finales del año pasado recibió libertad plena.

En esos días, la Dgcim ejecutó otras privaciones ilegítimas de libertad, bajo un supuesto procedimiento de investigación, en el cual han incumplido con el debido proceso. Una constante fue que familiares pasaron horas sin conocer el paradero de su allegado detenido.

El 14 de marzo, por ejemplo, se llevaron a Ascención María Caraballo, jubilada de la antigua Edelca, quien por 27 años trabajó en el Departamento de Telemática como técnico en informática. La sacaron de su vivienda en horas de la mañana y la liberaron pasadas las 10:00 p. m.

Dos días después aplicaron el mismo procedimiento con Marlyn Acosta, trabajadora activa del Departamento de Telemática. Los interrogatorios fueron por las fallas eléctricas. En ambos casos, familiares denunciaron que los funcionarios no presentaron orden judicial.

Las fallas eléctricas siguieron y la persecución también. El 17 de abril fue librada una orden de aprehensión por la jueza de control 13°, Yrani Villafañe, del Circuito Judicial Penal del Área Metropolitana de Caracas, en contra de cinco trabajadores de Corpoelec.

De esos cinco, solo fue detenido Otoniel Ramos, quien se desempeñaba como analista de sistemas en la Gerencia de Automatización, Tecnología de la Información y Telecomunicaciones, en la Central Hidroeléctrica de Macagua. Tenía año y medio suspendido, al igual que 500 trabajadores que, por falta de transporte en la empresa, dejaron de asistir a planta. A él lo detuvieron el 18 de abril.

El resto de los que figuran en la misma orden de captura ya tenían tiempo fuera del país, algunos incluso con constancia del cese de la relación laboral y que desde hace mucho no pertenecían a la nómina.

Uno de ellos es Julio César Acuña Núñez, quien trabajó hasta abril de 2010 en la extinta Edelca como ingeniero electrónico en el área de Despacho de Carga. Desde entonces está fuera de Venezuela.

Ramón Oswaldo García García ya tenía más de un año fuera del país cuando salió la orden de captura en su contra.

Igual ocurrió con Miguelángel Freitas Loreto, quien trabajó como técnico 1A, adscrito a la Gerencia de Automatización, Tecnología, Información y Telecomunicaciones Región Guayana. Freitas trabajó desde el 24 de agosto de 2005 hasta el 17 de julio de 2017, según constancia emitida por Corpoelec el 1° de febrero de 2018.

El otro extrabajador incluido en la orden es Jesús Rodríguez Landoni. En el documento indicaron la precalificación de los delitos de daños a las instalaciones del Sistema Eléctrico Nacional, interrupción del servicio eléctrico y asociación para delinquir.

Otoniel Ramos sigue privado de libertad en la sede de la Dgcim en Boleíta, Caracas.



Al Sistema Eléctrico Nacional se le fundieron los fusibles
Desarrollo editorial: Luisa Maracara
Redacción de textos:
Olgalinda Pimentel, Mariela Nava, Mabel Sarmiento G. Jhoalys Siverio y Ariadna García
Edición de textos: Flor Cortez y Natasha Rangel
Fotos: Tairy Gamboa, Luis Morillo, Mariela Nava,
Videos: Gleybert Asencio y Tairy Gamboa
Infografías: Amadeo Pereiro
Diseño: Lesslie Cavadías
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