Icono del sitio Crónica Uno

Ana Teresa Torres: “Hay que tenerle pavor a las utopías”

Ana Teresa Torres

La escritora acaba de publicar la novela Diorama, ambientada en un mundo distópico en el que la felicidad es decretada, los libros son confiscados y los lugares desaparecen

Caracas. Control, vigilancia. En el Reino de la Alegría fue decretada la felicidad. No hay lugar para sentimientos contrarios. Cuidado, la sonrisa que declina es motivo de sospecha.

Dimas y su esposa, Samid, ven cómo su vida cambia cuando las decisiones del poder cercan su libertad. Él trabajaba en el Instituto Nacional de la Reseña hasta que fue insoportable. Le dijeron que sus reseñas eran muy lúgubres, desesperanzadoras, que tenía que buscar libros más alegres y optimistas. Son las órdenes del recién creado Ministerio de la Felicidad.

A él lo acompaña en el trabajo su amigo Cosme, que siempre elogió la labor de Dimas, pero llegó el momento de cambiar las maneras. 

Samid labora en el Instituto Nacional del Archivo, en la incertidumbre constante ante las nuevas decisiones tomadas en el poder, especialmente en momentos en los que los libros empiezan a ser objetos de requisas, como si fueran material de alta peligrosidad subversiva. 

Diorama es la más reciente novela de Ana Teresa Torres. Publicada por Monroy Editor, es una obra distópica en la que sus protagonistas viven en la zozobra ante una realidad que los supera, en la que el poder amenaza hasta sus más vívidos recuerdos, como si la Nada de La historia sin fin hubiese llegado al lugar en el que viven. 

La novela fue publicada este año por el sello Monroy Editor

Diorama pareciera provenir de la pesadilla de un escritor. Todas esas imágenes de libros confiscados, que desaparecen, una fuerza que carcome la tranquilidad de las personas. ¿Cuál es la génesis de esta historia?

—(Ríe) Bueno, es una ficción distópica, pero al mismo tiempo creo que se hace evidente, como lo notaste, que hay elementos de situaciones que no es que hayamos vivido exactamente, pero que son cercanas. Por ejemplo, si hablamos sobre el libro, recuerda la cantidad de bibliotecas, particularmente de universidades, que han sido vandalizadas o destruidas. También están los museos, que tal vez están abiertos, pero con algunas de sus obras en malas condiciones. Repito, es una ficción distópica, no es tal cual lo que ocurre, pero sería absurdo negar que proviene de elementos de la realidad venezolana. Los personajes son cercanos a mí, como algunos profesores universitarios o editores.

Hay un personaje con un rol terrible, que se encarga de propagar en las universidades el olvido de la literatura. También noto cierta nostalgia, que comparto, en esas referencias no explícitas, pero que identifico, a lugares como el Centro Plaza, su cine, figuras como George Korda…

—Sí. Existen muchas referencias de ese orden. Seguramente también percibiste la de Lugar Común de Altamira. Hay otras que son menos comunes, pero que el protagonista encuentra cuando recorre la ciudad. Pequeños lugares a los que él iba cuando era niño y adolescente, y que tienen una fuerza muy grande en la memoria colectiva. Hay otras menciones que aluden a identidades que se han ido perdiendo, lugares que tenían un significado.

Vemos cómo desaparecen referentes de nuestra vida, aunque en Diorama el protagonista hace una clara distinción entre la desaparición propia del desarrollo de las dinámicas cotidianas y la destrucción por parte de algunos entes. ¿Qué tanto puede acostumbrarse una persona a las pérdidas? 

—Creo que el ser humano tiene una gran capacidad para acostumbrarse y adaptarse a la pérdida. No es que sea algo que transcurre gratuitamente. Significa mucho sufrimiento, pero se puede resistir. Hay muchos elementos que demuestran la resistencia de personas y colectivos a tolerar esas pérdidas. Piensa además lo siguiente, que puede sonar un poco duro, esas referencias que tienes del Centro Plaza, a las que seguramente fuiste muy joven, son lugares que no serán identificados por personas más jóvenes, que se preguntarán sobre qué estás hablando. Las referencias también se van perdiendo porque las generaciones pasan y hay nuevas identidades. 

La escritora se ha desarrollado también en las áreas de la psicología y el psicoanálisis. Cortesía Renato Donzelli

Vemos en Diorama un personaje como Dimas, que no solo vive la angustia de ver cómo su mundo se viene abajo, sino que también empieza a descubrir otros mundos, que no son necesariamente tangibles para las personas que lo acompañan. Por ejemplo, la sirena del barco que él constantemente escucha en una ciudad que no tiene puertos. ¿Qué lectura hay de ese hecho?

—Fíjate que no sé. Fue una imagen que me vino, que me pareció absurda. Si está viviendo en una ciudad como Caracas, no puede oír eso. Pero la imagen era muy fuerte. Ahora se me ocurre, conversando contigo, que tal vez quería huir, irse a otro lugar. Hay un diálogo que tiene con la esposa, con Samid, quien siempre le dice que tienen que hablar de ‘lo nuestro’. Al final nunca hablan de eso. Ese lo nuestro pudiera tener que ver con un plan de huida. Claro, cuando lo escribí fue porque la imagen se me puso adelante y no pude evitar incluirla en el relato. 

Ahora que lo menciona, pienso también en esos barcos que venían a Venezuela en la época en la que tantos emigrantes llegaron al país próspero, esa Venezuela que ya no es.

—No los que se iban, sino de los que venían. 

Hay otra construcción interesante en el personaje de Dimas, y quienes lo rodean como Samid y Cosme, que es el museo de los lugares perdidos. ¿Qué hay en el museo de los lugares perdidos de Ana Teresa Torres?

—Bueno, ese museo está bastante lleno. Me pareció bonita la imagen de guardar lo que se ha perdido. Evidentemente, es una paradoja, porque es imposible. Si se ha perdido, no se puede guardar, salvo en la memoria. Pero la escritura de alguna manera respalda nuestra memoria afectiva, no la reproducción de lo que existe. Para mí ese museo puede ser precisamente la escritura, una actividad más o menos inútil, pero al mismo tiempo indispensable para el que la hace.

Y en ese dilema, entre lo que puede ser inútil, pero a la vez indispensable, ¿siente presión por dejar constancia de esos lugares perdidos? 

—¿A qué te refieres con presión?

Mejor dicho, una responsabilidad por dejar constancia…

—Diría que es una necesidad personal, y creo además que no es una necesidad mía, sino que tienen otras personas. Cuando escribo, pienso que habrá unos lectores que no conozco, que compartirán eso, y que tienen memoria, así como sentimientos y circunstancias que engranan con lo que digo. Juntos, aunque no nos conozcamos, vamos construyendo una memoria colectiva. No lo siento como una presión, pero sí como una necesidad que tiene un interlocutor que muchas veces es desconocido. Ese lector imaginario que uno supone.

Hay una clara incertidumbre por el futuro de estos tres personajes. En entrevistas recientes se ha referido a que no hay certezas utópicas, y parece que la distopía es actualmente el norte de las sociedades. ¿Se puede tener esperanza en medio de la distopía?

—Nada es permanente, ni lo bueno ni lo malo. No voy a jugar a las profecías, pero obviamente no creo que este sea el destino final. Esta es una etapa muy larga y muy dura, pero no puedo pensar que siempre será así. Ahora, la esperanza tiene ese problema. No necesariamente esos cambios serán vistos por la persona que está pensando. A lo mejor son cambios más futuros. 

¿Y hay espacios para nuevas utopías?

—Por ahora, no parece un mundo muy utópico. Me parece que el siglo XX fue muy utópico. Me refiero a todo lo que tuvo que ver con el comunismo, que era una gran utopía, la paz de las naciones después de la Segunda Guerra Mundial. El siglo XXI lo siento bastante distópico. Además, apareció esta situación del virus, que lo hace como si estuviéramos en esas películas de contagio. Al mismo tiempo, el sufrimiento presiona para que surjan utopías. En el caso nuestro, cuando ves 22 años atrás, todo empezó como una utopía. Venezuela iba a llegar a su mejor destino, y fíjate cómo terminó. Hay que tenerle pavor a las utopías. Generalmente, engendran situaciones terribles. Mejor pensar en algo más modesto. Mejorar las cosas, acomodar la vida, pensar en la gente, pero sin eso de diseñar mundos perfectos. Eso termina como la historia ya nos ha indicado. 

Diorama es una novela que alude a varios lugares de Caracas que han desaparecido

Sé que Diorama surgió a partir de un artículo llamado “El reino de la alegría” publicado en Verbigracia en 1999, el punto de partida. Pero ahora que menciona la pandemia, ¿qué tanto influyó lo ocurrido en 2020 en esta novela?

—En nada. La novela estaba escrita, faltaba corregirla, trabajarla, pero no estaba presente en mí. Me cuidé mucho también. Hubiese sido una mezcla de cosas que no tienen nada que ver. El virus es un accidente de otro orden. 

Hay un momento en la novela, cuando se llevan los libros de Dimas, en el que él dice que necesita urgentemente una cita de algún autor en la que encontrar consuelo. En este caso, él menciona a Sándor Márai en ¡Tierra, tierra! ¿En cuáles citas encuentra usted consuelo?

—La novela tiene muchas citas, como viste. Son lecturas que he hecho en estos últimos tiempos. No podría recordar citas, por supuesto, pero esas lecturas han sido de gran consuelo. Aunque me gustaría decir que han sido un gran acompañamiento. Son colectivos, personas, que han sufrido o experimentado situaciones probablemente peores que las nuestras. Fíjate que ahora estoy leyendo un libro llamado Sin tiempo para el adiós, de la periodista española Mercedes Monmany. Trata sobre exiliados y emigrados europeos de la literatura en el siglo XX. Ves el sufrimiento de tantísimas personas que tuvieron que dejar sus países, casos de suicidio. La élite intelectual que sufre por los totalitarismos, tanto el nazismo como la cuestión soviética. Es un acompañamiento, ver que la historia está llena de estos hechos, y ahora le tocó a Venezuela. El hecho de que otros hayan dejado testimonio sobre eso, permite hasta cierto punto consolarte y no sentirte solo, saber que eres parte de situaciones históricas mucho más complejas que tu propia vida. 

Hay una alusión también a La pirámide de Ismail Kadaré, en la que se refieren a ese monumento sepulcral, una obra extenuante e innecesaria para los súbditos, pero imprescindible para el Estado. ¿Cuál es el monumento sepulcral de estos tiempos, si es que existe?

—Bueno, estaba pensado precisamente eso. No la encuentro. No veo mucha obra por ahí que hayan dejado. Uno pudiera decir que años atrás toda la construcción discursiva mantenía a la gente en una obra, en un trabajo, en una idea de que se está llegando a una parte, en un proceso histórico, que es fundamentalmente lo que el poder necesita, que los ciudadanos estén ocupados en otras cosas. Que no se ocupen de molestar al poder. Kadaré es un maestro de la distopía. También tiene este libro, El palacio de los sueños. Imagínate todo lo que ese hombre ha vivido y conocido en Albania.

Hace un año Gisela Kozak le dedicó un artículo en Letras Libres. La llamó un secreto bien guardado. ¿Qué opina?

—Ella es muy amiga mía, me quiere mucho, así que no me sorprende. Sí, era muy bonito. No sé por qué secreto, porque yo no estoy escondida, pero era una frase bonita de ella. 

Claro, pero me imagino que se refería a una obra que merece más difusión, especialmente afuera

—Bueno, yo estoy más que acostumbrada. Llegó un momento en el que eso dejó de preocuparme. Ahora, creo que eso ha cambiado, no para mí, pero sí para escritores relativamente jóvenes o muy jóvenes, a los que la emigración los puede beneficiar. Claro, no siempre, pero a algunos les ha abierto oportunidades que antes no había. En general, la literatura venezolana es un secreto bien guardado. Afortunadamente, ahora está conociéndose más. Aquí ha habido poetas, novelistas… a los novelistas los ponen como por detrás, pero creo que hay maravillosos autores de novelas, ensayistas. 

No es la primera vez que escucho a alguien decir que a los novelistas los ponen siempre detrás. ¿Por qué ocurre eso?

—No sé. Realmente los poetas venezolanos son particularmente buenos, notables y brillantes. En ese sentido, puede ser que la narrativa quede en un segundo lugar. No es un asunto de concurso, de quién es mejor o peor. Pero sí, hay nombres tan brillantes en nuestra poesía que hace que la narrativa no tenga la misma fuerza. Ahora bien, no solo hay una narrativa importante ahora, sino desde principios del siglo XX.

En 2018 Ana Teresa Torres publicó Diario en Ruinas (1998-2017). Cortesía Renato Donzelli

En Diorama hay un especial énfasis, obviamente para subrayar características, en el uso de eufemismos por parte del poder. Mientras leía, recordé haber leído un tuit que criticaba el eufemismo en redes sociales y algunos medios, así como el neolenguaje desde el poder. No recuerdo al autor del tuit, pero decía que la literatura debe ser ese espacio de resistencia al neolenguaje

—Lo veo. La escritura, la literatura en general, tiene una función de guardar y proteger el lenguaje, de no dejarlo pervertir. En Diorama hay muchos ejemplos de neolenguaje. Hay uno en el que los enfermos mentales son llamados personas libres de locura. Todo esos son ejercicios de neolenguaje, que no son inventos venezolanos, sino de todos los regímenes no democráticos. La escritura puede ayudar en eso, mostrándolo de alguna manera para que no pase desapercibido, y no se vea como si fuera habitual. 

¿Qué prepara durante este año 2021 que parece de mayor certidumbre que el año pasado por la deriva del coronavirus?

—¡Sí! Claro que todo esto terminará, no tengo ninguna duda. Lamentablemente, ha producido muchas víctimas, y en Venezuela ha sido gravísimo por las circunstancias que sabemos y las dificultades de la gente de protegerse. Estoy trabajando en otra novela, diferente, enfocada en el tema de la emigración, la diáspora, los exilios. Me he ido metiendo por ahí. Apenas estoy armando la cosa, así que no es mucho lo que puedo hablar sobre eso. Siempre es bueno terminar un proyecto y comenzar otro diferente, otro tipo de libro. Con la distopía, tengo ya dos novelas. Nocturama también es una novela distópica. 

En Diorama, desde el poder hay un afán por reconstruir la felicidad. Ahora, desde lo individual, ¿cómo definiría la felicidad?

—(Ríe) ¿Cómo me vas a hacer esa pregunta? (Piensa). Para empezar, hay que decir que la felicidad es un estado fragmentario que el ser humano tiene de vez en cuando. Depende también de lo que la persona se plantea. Hay quienes se las arreglan para que todo lo que desean no sea posible. Entonces serán siempre infelices. Es un estado también de negociación con uno mismo. Saber lo que tienes, lo que has alcanzado, lo que no obtuviste y lo que no alcanzarás. Hay que negociar con esas variables para darse una tregua. Eso, por el lado personal. Luego quedan las circunstancias de la vida, económicas, políticas, todo eso que está fuera del control. Yo hablo de la felicidad dentro de lo que uno puede responsabilizarse por ella. 

Salir de la versión móvil