Eleomary es la profe de un edificio en Montalbán III. Es higienista dental, no estudió educación. Pero lo que empezó como una ayuda para hacer las tareas de una niña de primaria, terminó convirtiendo el comedor de su casa en una escuelita.

Caracas. Un niño de tercer grado repite: “Una tortuga tortuca”… quiere decir tortura. Y vuelve otra vez: “Una tortuga tortuca”. “No, no puedo. No sé cómo suena”. Eleomary le responde: “Tor-tu-ra”. Lo intenta una vez más. Es el trabalenguas que debe grabar en nota voz para enviárselo a su maestra por WhatsApp. Él no recuerda cómo suenan algunos fonemas, Eleomary se los repite y él reitera “tortuca”. 

Al rato, Eleomary escucha una voz tímida, pero ya segura: “Una tortuga tor-tu-ra a otra tortuga tuerca que tropieza con la tuerca tras la puerta”. Hay aplausos, gritos. Y no fue suerte, porque logran grabar el audio para enviarlo a la maestra. Es una tarea más ya resuelta, pero Eleomary piensa: “Más que eso, es un gran logro para él”. Ahora van por el siguiente reto; ya no confundir el signo de suma con el de multiplicar. 

Después de dos horas, llega otro estudiante. Desde las 8:30 a. m. Eleomary recibe a unos ocho niños y adolescentes diariamente; tiene de preescolar, segundo grado, tercer grado, sexto grado y primer año. “Hola, profe”, le dicen. Pero ella no es maestra ni profesora. Es una higienista dental de 46 años de edad que desde septiembre de 2020 comenzó a ayudar a los niños de su edificio en Montalbán III, parroquia La Vega. 

Eleomary
Eleomary ayuda con las tareas a los niños de su edificio. Por 10 horas a la semana, le pagan un dólar. Foto: Luis Morillo

Antes de la pandemia, ya apoyaba con algunas asignaciones y le prestaba el Internet a una niña de primaria que es su vecina y la esperaba en las tardes para estudiar juntas. En ese edificio, tras el confinamiento y las restricciones para salir a la calle, muchos emprendieron la venta de comida, chucherías y otros servicios. Eleomary lo hizo con una escuelita en el comedor de su casa, libros de sus hijos y sobrinos y hojas de reciclaje. 

Pensó en qué podía hacer para lograr ingresos para comprar las pastillas para la hipertensión y el glaucoma de su papá. Cada vez era más difícil trabajar como higienista por la pandemia. Consiguió la respuesta en la mamá de la niña a quien ya ayudaba. “Por qué no te pones a dar tareas dirigidas”, le dijo. Y en el edificio la voz de que había una profe con Internet y computadora comenzó a correr. 

Las palabras profe, conectividad y computadora resonaron en los apartamentos, porque la mayoría no tiene esos recursos para investigar el contenido de las tareas que mandan por WhatsApp. Fue la posibilidad de varios padres y madres pudieran tomar una bocanada de aire en este año escolar 2020-2021, ayudar a sus hijos con las tareas y resolver la falta de servicios, ya no dependía de ellos

Eleomary
Para Eleomary lo que hace es «algo más humano que profesional». Foto: Luis Morillo

Así, las familias, comenzaron a tocarle la puerta a Eleomary, primero uno, luego otro, hasta ya no haber más espacio. Son ocho estudiantes de escuelas públicas que de lunes a viernes durante dos horas Eleomary recibe. 

Después del niño del trabalenguas, llegó un estudiante de primer año. Eleomary notó que le costaba trazar los márgenes de las hojas, y al escribir, las letras eran muy grandes, se salía de las líneas del cuaderno. “Se había desorientado mucho, con el cierre de las escuelas, perdió la práctica”, pensó. Comenzaron por los márgenes, Eleomary le enseñó a poner la regla derecha, le tomó la mano y trazaron una línea recta

“Tarea para la casa. Hacer la siguiente caligrafía”, le escribió en el cuaderno. Meses después, Eleomary, al hojear el cuaderno, ya encuentra una escritura ordenada y la letra moldeada. Lo mejor de todo, piensa, no hay lágrimas en cada trazo. 

Cuando Eleomary comenzó a atender a los estudiantes se dio cuenta de que debía empezar por lo más básico para que retomaran el ritmo. Estos niños tenían cuatro meses sin ir a la escuela y algunas semanas de vacaciones. 

Por la pandemia y el cierre de escuelas, algunos niños olvidaron algunos contenido y perdieron el hábito de estudiar. Foto: Luis Morillo

—Habían perdido el ritmo, los hábitos. Olvidaron el contenido que les dieron en la escuela. En casa no tenían una hora específica para sentarse a hacer las tareas, sin sumar las dificultades de no tener computadora ni internet. 

Eleomary asignó lecturas diarias y vocabulario, pidió que sacaran la idea principal de lo que leían y practicaran la redacción. Mientras ella les escribía problemas matemáticos en el cuaderno. 

—¿Te ayudo?

—No me ayude, profe, ya puedo hacer el margen solo —le responde uno de los niños a Eleomary. 

Eleomary también estudia. En la noche, antes de dormir, se queda en la mesa del comedor revisando algunos contenidos, sobre todo, para ayudar a los de primer año. En una hoja de reciclaje escribe la actividad y las organiza desde las más complejas a las más simples. Prepara el material y se los entrega para que lo lean en voz alta. 

Ella reconoce que no es profesora y no tiene la pedagogía de un docente. Es un proceso complejo, piensa, por eso sus aliados son los libros y el internet. No deja de leer, buscar cosas, maneras de explicar cada contenido.  

En el cuaderno de lengua de uno de los estudiantes dice que debe hacer una carta de renuncia, agradecimiento y de solicitud. En la hoja de reciclaje, Eleomary le escribió las características de una carta y cómo se hace. También algunos modelos de cartas. Después de la explicación, le dijo: “Ahora tú haces la tuya”.

Eleomary dedica 10 horas a la semana a cada niño o niña por un dólar. Otros le llevan hortalizas para agradecerle. En la casa de Eleomary se hacen tareas, pero los niños también aprovechan para usar la computadora y recargar saldo a sus celulares para enviar las asignaciones a las maestras.

Esto es para mi algo más humano que profesional. Lo más importante es ayudarlos y sentirme útil. Porque estar encerrado no es fácil, solo pensando en la pandemia. Investigo, leo. Y así ellos pueden avanzar y no se quedan sin entregar sus trabajos.  A veces se nos pasa el tiempo porque hacemos todo con calma. 

Eleomary pasa el día paradita detrás o al lado de algún estudiante, vigilante, guiando cada suma, letra. Al final de la jornada, solo espera escuchar: “Ya aprendí, profe”.

Fotos: Luis Morillo

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