​ Óscar Misle, fundador de Cecodap, advirtió que, aunque el deseo de proteger a los niños y niñas sea genuino, el silencio o las verdades a medias pueden ser contraproducentes durante la situación política que atraviesa Venezuela.

Caracas. Alejandra* no ha podido dormir bien desde la madrugada del 3 de enero pasado. Ese día, el cielo de Caracas, acostumbrada a ruidos nocturnos, no se iluminó por celebraciones sino por el resplandor de una intervención que terminó con la detención de quienes ocuparon el poder durante más de una década.

Mientras el mundo procesaba las imágenes de la captura de Nicolás Maduro y Cilia Flores, Alejandra miraba a su hija Angélica, de siete años de edad, y tomó una decisión: callar.

Pensó que el silencio también podía ser una forma de protegerla, aunque no supiera por cuánto tiempo podría sostenerlo.

Foto: @cbonneauimages

​“Hasta ahora mi hija piensa que lo que ocurrió el 3 de enero fueron fuegos artificiales. Está inocente de todo lo que pasó”, contó Crónica Uno.

Sin embargo, esa barrera de silencio ha resultado frágil. Un día, mientras ella lloraba, su hija comenzó a hacerlo también. “La calmé y le dije que mamá estaba agobiada, pero no sé si hago lo correcto”.

Las lágrimas de ambas coincidieron sin explicación previa, como si el miedo hubiera encontrado una grieta común.

No sé como decirle a mi hija cuando yo misma estoy con ansiedad. / Foto: Crónica Uno

Silencio contraproducente

Para Alejandra, describir la situación del país es una tarea cuesta arriba cuando ella misma lidia con la ansiedad, un trastorno emocional que se ha intensificado en contextos de incertidumbre política y social.

Como ella, miles de padres, madres y docentes en Venezuela enfrentan actualmente el reto de explicar a los niños y niñas un evento histórico marcado por la violencia y el quiebre político, un punto de inflexión institucional sin precedentes recientes. La pregunta, recurrente en hogares y escuelas, no es solo qué decir, sino cuándo y desde qué calma hacerlo.

Óscar Misle, fundador del Centro Comunitario de Aprendizaje (Cecodap), una organización venezolana dedicada a la defensa de los derechos de niños, niñas y adolescentes, alertó que, aunque el deseo de proteger sea genuino, el silencio o las verdades a medias pueden resultar contraproducentes.

Su advertencia, basada en años de trabajo comunitario, aparece como telón de fondo de lo que muchos padres y madres ya intuyen en la práctica diaria.

​“Es necesario que los padres toquen el tema, porque si no lo hacen, otros lo harán. Lo que no le decimos a los niños, ellos lo van a imaginar, y los fantasmas de la imaginación a veces son mucho más duros que la realidad”.

El especialista señaló que ocultar los hechos bajo la narrativa de “fuegos artificiales” puede generar una falsa sensación de seguridad y poner a los niños y niñas en riesgo si los eventos se repiten.

“Hay que formarlos para crear protocolos en familia y que sepan cómo actuar frente a una situación de peligro” —como apagones, tiroteos o evacuaciones inesperadas—. Pero esas orientaciones, teóricas en apariencia, aterrizan finalmente en decisiones íntimas, tomadas en salas, cocinas y dormitorios.

​Validar la emoción antes que la ideología

A diferencia de Alejandra, Karina* decidió que la honestidad, adaptada a la edad de su hijo, era la mejor vía, aunque el proceso no estuvo exento de preguntas difíciles.

El estruendo de los bombardeos en zonas estratégicas de Caracas y la sobreexposición informativa, televisión encendida de forma constante o notificaciones en teléfonos, hicieron inevitable abordar el tema. El ruido exterior, literal y simbólico, terminó colándose en la conversación familiar.

​“Él se acercó y me preguntó qué era una ‘fe de vida’ porque escuchó en la televisión. Le expliqué que el gobierno de Estados Unidos atacó con aviones algunos lugares porque estaban buscando a Maduro por unos delitos”, relató.

La conversación escaló a términos judiciales cuando Karina tuvo que explicarle qué es narcotráfico, un delito transnacional vinculado al tráfico de drogas.

“Le dije que era llevar cosas malas que le hacían daño a la gente. No sé si fui muy profunda, pero después de eso no volvió a preguntar más”. El silencio posterior, en este caso, no fue evasión, sino un punto de reposo.

Para Misle la clave no está en los detalles técnicos del conflicto, sino en la validación emocional del niño y niña y de su entorno. Una idea que se repite, con matices distintos, en cada testimonio recogido.

​“Abordar el tema es complejo porque depende de la edad y de qué tan cerca estuvieron de los acontecimientos. Lo importante es preguntarles qué captan y qué sienten”.

El acompañamiento es primordial en estos momento. / Foto: Crónica Uno.

​Preparar para la incertidumbre

La desconfianza en la estabilidad del país también se refleja en la asistencia escolar. Tras los apagones registrados en varias zonas de Caracas, algunas madres y padres prefieren mantener a sus hijos en casa mientras la situación se estabiliza. La rutina —antes predecible— se vuelve provisional.

Elena, madre de Camila, optó por un enfoque de preparación práctica. Cada día le explica a su hija que el país cambia algunas normas y que eso implica que haya personas en desacuerdo. No entra en detalles, evita tecnicismos, pero no esquiva la conversación.

​“Mi número de teléfono ya lo tiene memorizado, al igual que mi cédula. Le digo que si pasa algo en el cole, no se asuste, que espere con la maestra hasta que nosotros lleguemos por ella”.

Foto: Pexels.com

Añadió que, aunque hay cosas que su hija todavía no comprende, prefiere que esté preparada para no aterrorizarse ante cualquier imprevisto. La previsión, en este caso, funciona como una forma de calma.

Estar atentos

Misle resaltó que la comunicación no es solo verbal: el niño capta la vibración emocional del hogar, el tono de voz, los silencios, los gestos.

“A lo mejor el niño no capta el contenido literal de lo que decimos por teléfono o al vecino, pero sí la emoción de angustia que hay detrás. Eso le genera mucha zozobra”. Ese clima emocional, invisible pero persistente, atraviesa la infancia.

​El experto recomendó a los adultos:

  • Autorregulación: Identificar el estado anímico propio antes de hablar con el niño. Si el adulto está en crisis, transmitirá esa crisis.
  • Observación del juego y el dibujo: Los niños suelen proyectar sus traumas en sus juegos o trazos. Si bien no se trata de hacer análisis psicológicos caseros, sí funcionan como termómetros de su mundo interno.
  • Validación emocional: “Es lógico que tengas rabia o miedo. Los adultos también la sentimos”, es una frase poderosa para legitimar lo que el niño vive.

​​La escuela como zona de contención

Con el reinicio de las actividades escolares, el debate se traslada a las aulas, espacios donde los niños pasan gran parte del día. ¿Deben los maestros hablar de la captura de Maduro o de la intervención? Para el especialista, la respuesta es afirmativa, pero bajo un enfoque de protección.

​”No se pueden tomar posiciones ni hacer proselitismo político. Se deben crear espacios para identificar lo que sienten, validarlo y transmitirles seguridad”,

afirmó.

Misle advirtió que maestros y padres deben estar atentos a señales de alarma que indiquen que la situación ha superado la capacidad de respuesta habitual del niño.

Si deja de comer, no duerme, se muestra agitado de forma constante o abandona actividades cotidianas, como jugar, estudiar o socializar, podría estar frente a una crisis postraumática. Son alertas que —en muchos casos— se detectan primero en casa.

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La escuela debe ser un espacio protegido. / Foto: Crónica Uno

​Según Unicef, más de 716.000 niños, niñas y adolescentes viven con algún problema de salud mental en el país. Esta cifra sitúa a Venezuela en el sexto lugar de la región con mayor población infantil afectada.

”Lo que haces habla tan duro de ti que no puedo escuchar lo que dices”, citó Misle para recordar que el acompañamiento presente y la escucha sin juzgar son las mejores herramientas.

​La escuela debe ser un espacio protegido donde, sin proselitismo, se permita a los alumnos expresar gráficamente o mediante el juego lo vivido desde la madrugada del 3 de enero.

Para madres, padres, especialistas y docentes, el dilema sigue siendo el mismo: cómo cuidar cuando también se está herido. La infancia percibe palabras, gestos y emociones, y el desafío no es dar respuestas perfectas, sino acompañar con honestidad emocional, presente y sin juicios.

(*) La información de esta nota incluye aportes de fuentes que solicitaron anonimato por motivos de seguridad. Crónica Uno garantiza la protección de su identidad.

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