La cineasta venezolana cuenta cómo el miedo y la libertad son temas que unen a los personajes de sus largometrajes. Además, habla de cómo depositó sus temores en su reciente obra estrenada en el país.

Caracas. Una mujer, su esposo y su hijo viven en un apartamento que se viene abajo. No solo su hogar, sino el edificio, todo lo que los rodea. Todo alrededor está en decadencia, en un caos del que solo se habla como rumor, pero que se constata a leguas en las maneras de quienes viven en ese lugar sin nombre para sobrevivir.

Zafari es el nombre de la película más reciente de la cineasta venezolana Mariana Rondón, que coescribió el guion junto con Marité Ugas. Una historia de supervivencia y decisiones trascendentales.

Un edificio que al principio no quiere sucumbir ante el caos de lo desconocido, pero al final los principios y las poses se derrumban como naipes ante el viento, y surgen todos esos instintos descontrolados.

Un zoológico sirve como punto de comparación para una dinámica salvaje. Humanos y animales comparten espacio, y surgen entonces maneras impensables de sostenerse ante lo que ocurre, para no morir de hambre y obtener lo más básico para el día a día.

Ana (Daniela Ramírez), Edgar (Francisco Denis) y el hijo de ambos, Bruno (Varek La Rosa) son la familia que encabeza una historia de suspenso con reminiscencias a distintos momentos de caos de la vida de muchos espectadores de este largometraje que se estrenó en Venezuela en septiembre

Zafari
La pelócula fue filmada en países como Perú, México y República Dominicana

¿Cuándo comenzó exactamente la escritura de este proyecto?

Nosotros empezamos a escribir Zafari en 2015. Estuvimos leyendo noticias de cosas que pasaban en los zoológicos de Caracas. Vimos que en todas partes del mundo, y en diferentes épocas, momentos históricos y crisis, siempre había una repercusión también en el mundo animal. Empezamos a construir una ficción a partir de esas noticias que veíamos.

Y poco a poco las ficciones que habíamos construido empezaban a parecerse a algunas realidades no solamente de Venezuela, sino al Perú de los 80, a la Argentina de los años 2000.

Nos planteamos la idea de abordar un universo latinoamericano grande, así como a ver cómo las crisis recurrentes en toda la región terminaban teniendo consecuencias no solo en nosotros en la cotidianidad, sino también en el mundo animal.

Llama mucho la atención, Mariana, que en el caso de los cineastas venezolanos con Zafari ocurre algo atípico. Hablamos de esta comunidad tomando como punto de partida la familia que conocemos con Francisco Denis, por nombrar al actor venezolano que está en el elenco, pero de una manera está el elemento distópico, el elemento alegórico, pero también la crudeza. Todo esto podría verse atípico en el ímpetu creador de los cineastas venezolanos en años recientes.

No sabría cómo compararlo en todo caso porque lamentablemente no estoy pudiendo ver todo lo que se puede estar haciendo, o sea, estoy como al margen. Y quizás Zafari tiene esa extrañeza del no lugar, un espacio que no sabes cuál es, pero es todos al mismo tiempo.

Yo a veces he dicho que es un territorio del alma más que del territorio geográfico y físico real. Es un territorio del alma, de mi alma, por supuesto. Pero lo que sí hicimos fue construir desde el guion, y después yo en la dirección, todo el mundo exterior, todas las dificultades, crisis, no crisis, posibilidades, no posibilidades, que se reflejan, se traducen al mundo íntimo de los personajes: al mundo de pareja, al mundo de mamá, de papá, a los pequeños detalles dentro de una casa.

Lo que no solemos ver de la vida. Qué es lo que pasa en la casa de la gente. Cuando las cosas duelen, son difíciles y golpean. Todo eso que ocurre dentro de casa, en esa relación más íntima. Y quizás de ahí, de no poder conocer todos los contextos, todos los países, creé el propio país y me concentré en el universo más íntimo de mis personajes.

Me llama la atención lo que hablas: el no lugar. Y el no lugar es una proyección, en este caso, de la autora. El no estar en el lugar de origen y cómo se proyecta también en la obra porque al final también es una mezcolanza no solamente de lugares, sino también de acentos, de modos, de formas, de costumbres.

Sí. Creo que es algo que sí nos hace comunes a mí como autora, pero también a una gran cantidad de venezolanos que ni siquiera pensó vivir fuera del país. Yo creo que una gran cantidad de venezolanos, ocho millones o incluso más, pueden ver la película y reconocer el acento de cada quien. No extrañarse por eso.

Quizás eso también nos ha cambiado a nosotros, no solo como creadores, sino como espectadores. Esa manera de haber aprendido a conocer al otro y a la región, especialmente.

Vemos en la familia protagonista el uso de binoculares. Pensé mucho en La ventana indiscreta de Alfred Hitchcock. Solo que mientras en la película británica la pareja interpretada por Grace Kelly y James Stewart quieren resolver el crimen que consideran ocurrió en el edificio de enfrente, en la pareja de Zafari hay una vigilancia para evitar al otro

Quizás por lo que veníamos hablando del metalenguaje, eso del no lugar, hacer una película también es observar desde lejos al otro con la distancia. Usar el lenguaje del cine como un territorio también. Entonces, lo que es un no lugar para mí, se convierte en un territorio que es el cine.

La referencia a La ventana indiscreta me parece buenísima, aunque no lo pensé al inicio, pero claro, termina resultando casi que evidente, incluso para mí. Pero me parecía bien poder hacer referencias a mi territorio íntimo que es el cine y fui incluso más allá porque la película empieza como una comedia negra, pero después se llena de suspenso.

Es decir, volvemos a Hitchcock, y después me voy casi que con referentes muy cercanos al cine de terror. Ahorita está muy de moda el cine de terror. Se habla mucho del cine de terror. Se produce mucho cine de terror, pero yo quería usar el cine de terror no como el fantasma desconocido que te espera al final del camino oscuro, sino el terror que puede dar no tener luz, o el terror que puede dar no tener agua. Entonces, otra vez eso, el no territorio, o mi territorio que es el cine, es lo que puedo usar y es lo que me sirve para hablar.

Cuando veía Zafari recordé una entrevista que le hizo recientemente Unai Amenabar a Rodolfo Izaguirre, quien hablaba de la diferencia entre película y cine. Según él, no toda película es cine. Es decir, una película te puede contar una historia y ya. Entretener. En cambio, el cine te cuestiona a cada momento. Genera una reflexión. Busca una trascendencia. A mí me parece que con Zafari desde el minuto uno se hacen constantemente preguntas sobre lo que se ve. No hay descanso

Yo creo que además de lo que dice Rodolfo, que me parece hermoso, hay otro elemento que nosotras hacemos mucho: esmerarnos en construir la narración de tal manera que exista un espacio de libertad para el espectador, de no decirle al espectador lo que tiene que pensar o sentir.

Entonces, el espectador debe ponerse en ese lugar para tomar las decisiones. ¿Qué harías tú si estuvieras en esta situación? Nos interesa mucho el personaje de Ana, que toma una decisión ética de no sumarse a la barbarie. Para eso, debe hacer un sacrificio muy grande con respecto a su hijo.

También está el personaje de Francisco Denis, con el que me siento muy cercana. Yo le puse a él todos mis miedos. Entonces, aunque mucha gente lo ataca, incluso al mismo actor no le gusta ese personaje, yo lo defiendo mucho porque él tiene encima todos mis miedos.

Entonces, una cosa es darle al espectador muchos niveles de narración, pero también personajes que vayan a distintos lugares, y que eso sea respetable. Ahora, si le haces juicio, es tu problema, pero tú podrías ser uno de ellos sin lugar a dudas. Por eso la película te hace pensar tanto, porque no te lo da todo masticado.

Zafari
Desde 2013 Mariana Rondón no estrenaba una película dirigida por ella

Al personaje de Ana lo vemos prácticamente en toda la película encargado de la supervivencia más primaria. Busca alimento, revisa los apartamentos abandonados. Pero al final, su decisión es de supervivencia también, como tú dices, una supervivencia espiritual

Exacto. Cada uno logra sobrevivir a su manera, pero no necesariamente sobrevivir éticamente. Nosotros trabajamos con estos animales. Fue fascinante y muy divertido, pero también para los actores pasar tanto tiempo dentro de un zoológico y conocer a los animales, empezar a preguntarse quién no es igual a esos animales, qué te hace distinto, qué decisiones éticas se están tomando. Tienes un zoológico al frente y mucha gente al principio puede llegar a decir que los animales son más dignos. Puede ser, pero en realidad qué nos diferencia a nosotros. ¿Quién ejerce esa diferencia?

Es curioso que los animales del zoológico son todos herbívoros. No hay ninguno carnívoro

Es verdad, no lo había pensado (ríe). Son todos herbívoros. Hay una cosa que me quedó resonando: eso de meter al espectador en ese mundo que también tiene que ver mucho con el lenguaje cinematográfico, tratamos de hacer vivir al espectador sensaciones de las ausencias.

La falta de agua para lavar algo, para lavarte, la ausencia de luz para ver la comida y sentir. Tuvimos que esforzarnos mucho en conseguir los elementos para que el espectador tuviera las sensaciones físicas. La idea era hablarle a quien no ha vivido eso. Decir que más o menos es así como se siente.

Zafari fue rodada en lugares como México, Perú, República Dominicana. ¿Qué representa eso como reto técnico?

A mí generalmente me gusta filmar con una cámara suelta, buscando también el accidente que da vida. Aunque lo hice, tuvimos que cuidarnos mucho porque estábamos trabajando muy matemáticamente. Porque donde pusiéramos la cámara aquí la teníamos que volver a poner allá con el mismo lente y a la misma distancia.

Si bien pude todo el tiempo tener mi cámara en mano, teníamos que hacer un ejercicio de pensamiento y de rigor muy grande, además de trabajar con un equipo completamente nuevo en distintos países. Desde el lugar de producción, Marité tuvo que crear un ensamblaje para que estos países funcionaran. Y bueno, la verdad yo estoy sorprendida porque fue un engranaje que hizo que funcionara al dedillo.

Hagamos un ejercicio lúdico. Imaginemos a todos los personajes de tus películas juntos en un salón. ¿Qué dirías si te preguntan qué buscan?

Yo creo que me voy a aventurar sin pensarlo mucho. Es un ejercicio que está lindo y que me gustaría hacerlo con conciencia, pero hay cosas que siempre me han interesado como el miedo. Sentir miedo, quizás porque soy alguien que siente miedo o ha sentido mucho miedo muchas veces. Y el miedo como tema puede ser el ejercicio de poder de alguien sobre ti o sobre mí.

Y el otro, que es exactamente lo opuesto, es la libertad, pero no como entelequia. Por ejemplo, para mí la libertad es no sentir miedo. Esa combinación es la única que puedo pensar en este instante que podría unirlos a todos. Y puede haber más elementos, como la relación entre padres e hijos.

¿Qué has entendido de Zafari después de todo este tiempo transcurrido? ¿Qué veías hace nueve meses y qué ves ahora que no veías hace nueve meses?

Mira, yo pensé que por haberme ido por el camino de los géneros, su contundencia, su efecto sobre las cosas importantes, no sería tan fuerte. Después de Pelo Malo, con la que me moví en un terreno mucho más realista, con Zafari me adentré en un terreno de fábula, de distopía y varios géneros, pensé que perdería la contundencia.

Sin embargo, el espectador me la ha devuelto de una manera distinta a lo que pensaba. ¿Qué ha sido más adolorido que con Zafari? He recibido radicalidades que me han fascinado. Y me complace haber logrado eso con una filmación tan compleja.

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