Un dispensario como el de Altamira, en el estado Carabobo, está diseñado para atender a poblaciones de más de más de 1000 habitantes, pero en su lugar les toca acudir al hospital más cercano.
Güigüe. Algunos pobladores afirman que tiene 10 años en mal estado, otros que hace cinco empezó la debacle, pero Astrid Bejarano, habitante de la zona, dice que hace un año dejaron de trabajar en el ambulatorio de Altamira.
El ambulatorio de Altamira es el único servicio de salud para una comunidad aislada en las montañas del municipio Carlos Arvelo.
Se ubica a 45 kilómetros del centro de Valencia y a 12 kilómetros del hospital más cercano en la capital del municipio, Guigüe.
Por muchos años el dispensario o como reza su denominación oficial, “Consultorio Popular Tipo 3 Altamira” fue la solución para situaciones de riesgo, como atender partos, monitorear la tensión arterial, problemas respiratorios, controlar una fiebre o consultas oftalmológicas.
El dispensario pertenece a la Misión Barrio Adentro, pero su historia inició con Marcos Pérez Jiménez, quien ordenó su construcción. De hecho, hay otros dos similares en zonas como Yuma y Verdún.

No hay misión que valga
El centro de salud en la actualidad está cerrado, el enrejado encadenado y sellado de forma precaria con una botella de refresco para que nadie intente romper el candado.
Las áreas verdes parecen más bien una selva ante la falta de cuadrillas que mantengan limpio el sitio, pero eso es quizás lo de menos.
La casa pintada de azul celeste ya muestra su color desvaído y un enjambre de avispones revolotea en el lugar.

Una reja de hierro dentro del recinto impide que se vea la estancia principal con sus bancos de espera y los otros cuatro cuartos, de los cuales uno tiene la puerta abierta y es el baño.
Las humedades saltan a relucir en pintura abombada o desconchada, como el techo al que parece la lluvia ha afectado en todo este tiempo de inoperatividad, mientras las carteleras con papel bond exhiben temas como la diabetes o el VIH.
Ni una enfermera
Luz Valdivieso ha vivido toda su vida en Altamira y recuerda que el protocolo era que un médico visitara el dispensario dos veces por semana y tenía su residencia en el sitio.
“Aquí se hacía medicina general y si tenía algo muy grave se iba para Guigüe”, dijo.
Luz cuando estaba pequeña recuerda que se clavó una tabla con clavos y la llevaron al dispensario para curarla y quitarle el material. La atendieron.

Hasta el año pasado había una enfermera que veía pacientes, pero Luz dice que tampoco había mucho que hacer, el desabastecimiento era notorio.
“Ni un tensiómetro tenían, ni un ibuprofeno, ahí lo que hay es una camilla y más nada”, contó.
Por lo que la única opción es irse a Güigüe, pero hay un detalle: la única vía que comunica con la parroquia está destruida y no se ha asfaltado desde el gobierno de Luis Felipe Acosta Carlez, hace unos 15 años.
“Aunque no lo creas las ambulancias llegan hasta acá, pero no a las casas, es muy encumbrado. O caminan o van en moto”, dijo.
Uno que sí llegó hasta el dispensario en 2021 fue el alcalde de Carlos Arvelo, Ángel Bilbao, cuando aún era candidato por el PSUV.
“Nos prometió que pondría a todo dar el dispensario cuando ganara las elecciones, pero ganó y no vino más por acá”, dijo Concepción Mogollón, una mujer que vive con su esposo justo en frente del centro de salud.

Altamira espera
Concepción sabe que la enfermera dejó el dispensario porque la nevera se dañó, después de eso no volvió más.
Al punto que cuando hubo una jornada de salud no la hicieron en el dispensario. “No tenían las llaves y no las iban a buscar en Güigüe”.
A su esposo una vez lo sacaron de Altamira con la hemoglobina en dos y la ambulancia llegó. Lo mismo pasa con las parturientas.
“Vienen, las buscan y las traen de regreso con el bebé, pero eso debe ser horrible, porque entre los huecos y la ausencia de asfalto, cuidado y si no pares en plena vía», contó.

Pero hay casos, denuncia Concepción, en los que la ambulancia no está disponible y toca irse en mototaxis que cobran 3 dólares. No hay otra alternativa, muy pocos se atreven a llegar a la zona en carro.
Astrid y Concepción coinciden en que la vida sería más sencilla para la comunidad si el dispensario funcionara.
“Nos sentiríamos menos abandonados, porque aquí el Gobierno no hace nada desde hace 20 años”. Aún esperan que Bilbao vuelva a Altamira a cumplir su promesa, pero ya incluso su período está por terminar.
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