Su geografía representa 45 % de la superficie de la entidad federal, pero tiene aproximadamente 55.000 habitantes, quienes resienten las dificultades cotidianas. Carayaca ya no es la Suiza del Litoral: la delincuencia, invasiones, dificultades de sus productores agrícolas y la COVID-19 han puesto en jaque la tranquilidad de otrora.

La Guaira. Aquello de que «Carayaca es la Suiza del Litoral» quedó en las nieblas de sus montañas y en la cadencia de las Voces Risueñas, de las que muy poco se habla.

Su clima de 22 grados centígrados en promedio, además de las laderas, los sembradíos multicolores, sus calles sinuosas y el misticismo de sus petroglifos, todavía resisten el olvido de las promesas de campaña electoral. 

Así discurren los días en la parroquia más extensa de América Latina (651 kilómetros cuadrados, 45 % de la superficie del estado), en Carayaca, cuya población no escapa a las calamidades sociales del país.

Por estos días de Semana Santa, cuando habitualmente cientos de caraqueños transitan por la carretera entre El Junquito y el poblado litoralense en búsqueda de aire puro, contacto con la naturaleza y para degustar fresas, duraznos y dulces artesanales, la escasa vigilancia policial y el deterioro de la vía en la actualidad terminarán por ahuyentarlos.

Dicho paseo turístico, que también se puede conectar por la Colonia Tovar o por el frente marino de Puerto Maya (extremo oeste, límite con el estado Aragua) para luego ascender a Carayaca, exhibe una carretera en peores condiciones que la que viene de El Junquito: el asfalto se muestra casi en ruinas, abundan las fallas de borde y los derrumbes, por efectos de las lluvias, están latentes.

Quizás esos “cráteres lunares” en las carreteras no sorprendieran tanto a los visitantes si se comparan con la destrucción que envuelve a los caminos agrícolas de Carayaca, desde donde inicia el recorrido de la cosecha de la zona hacia Caracas y pueblos del Litoral Central, Miranda y Aragua.

Según una investigación publicada en la revista digital Krayaca, más de 200 toneladas semanales de distintos rubros del campo se producen en esta parroquia. 

Su vocación agrícola y avícola se evidencia en sus 107 asentamientos campesinos, a través de los ondulados paisajes de montaña, muy similares a los que miles de caraqueños han admirado del parque nacional Macarao, en los predios de El Junquito y en caseríos como El Jarillo.

Hay un abandono descarado para los que producen la tierra en Carayaca. Esas vías están hechas un desastre, mientras el Gobierno se excusa en las sanciones de Estados Unidos y Europa, cuando nuestros trabajadores del campo están contra la pared”, denunció Luis Guillermo Echarry, ex jefe civil de La Guaira entre 1994 y 1999.

“No estamos pasando un buen momento para el turismo de aquí. Nadie puede conocer el dique de Petaquire (uno de los pocos embalses para almacenar agua en tiempos de lluvia en la región), contemplar su majestuosidad, con esas vías así. Los que vendemos dulces, duraznos y legumbres frescas, ahora con este nuevo encierro, nos quedamos sin opciones. Ni en las playas de La Guaira ni en Galipán podemos rebuscarnos”, aseguró Eduardo Silva, padre de dos hijos pequeños que habita en una parcela de Tirima, a media hora de Carayaca.

La tranca del gasoil

Silva trabaja en unas tierras privadas, de cuyos frutos los dueños del lugar le entregan ejemplares para la venta. “Pero últimamente lo del gasoil también tiene todo trancado y me resulta difícil llegar en un camioncito familiar al mercado de Quinta Crespo, donde vendo las papas, cebollines y calabacines”, comentó.

En el Litoral Central, la única bomba que surte gasoil está en la zona de carga del Aeropuerto Internacional Simón Bolívar de Maiquetía, a más de una hora de Carayaca. Allí, tras dos y tres días de extensas filas de gandolas y camiones, se obtienen hasta 100 litros del combustible, lo que para muchos resulta insuficiente, a objeto de ir y venir de la capital de la República. 

Carayaca
Las fallas de borde en la carretera desde Catia La Mar hasta Carayaca, complican el transito del turismo / Foto: Cortesía Mirna Montemayor

Los agricultores de Carayaca, quienes ofrecen empleos directos e indirectos a unas 500 familias de la zona, temen que este nuevo obstáculo genere la quiebra del sustento familiar que han aprendido de sus ancestros.

“Hay gente que aumentó sus problemas de salud con esto y lo peor es que las cosechas se van a perder, cada vez más, porque no podemos trasladarlas a tiempo a los mercados de El Junquito, la Colonia Tovar, Coche o Maiquetía. Es un duro golpe para nuestras familias en pandemia”, indicó Fermín Ponce, que esperaba su turno para cargar gasoil y así cumplir con sus compromisos de comercialización de frutas y legumbres en Caracas, luego de semanas de labores en su sembradío del sector Corralito.

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Todo lo anterior pareciera ser la punta del Iceberg. El rosario de penas se ha multiplicado para sus 55.000 habitantes, quienes perciben que Carayaca está, en realidad, más lejos que los 44 kilómetros de asfalto que la separan de Catia La Mar.

“El alcalde y el gobernador ni se enteran que existimos, no saben que hoy el covid está campeando en las zonas humildes de Carayaca y que en el hospital (Eudoro González), no hay gasa o Dipirona para atender a nadie, menos para realizarse un despistaje con una prueba rápida (PDR)”, relató Irma Perdomo, a las puertas del mencionado hospital, donde reclamó que a su padre de 76 años lo trasladaron a otro centro sanitario para determinar si había contraído el virus. 

En el área de emergencia, otros familiares de posibles contagiados acompañaron en la exigencia a Perdomo. A pocos metros de allí, en la Jefatura Civil de Carayaca, los afectados decidieron manifestar su inconformidad, pero ningún funcionario dio la cara por “no estar autorizados”. 

Ellos saben que somos trabajadores de la jefatura, que algunos son nuestros vecinos, pero no podemos hacer más nada. Este pueblo, y la parroquia en general, está a la buena de Dios”, admitió el portero de la dependencia oficial.

Avelino de Freitas, propietario de una panadería cercana al casco central, lamentó el estado de decadencia de esta época. 

“Hace muchos años que esto ya no es la Suiza del Litoral. Solo queda el clima en algunos meses. Esa tranquilidad que había, que tanto nos recordaba a nuestra tierra en Funchal (Isla de Madeira, en Portugal) y por la que vivimos aquí hace más de 40 años, no existe. Ahora da tristeza, hay mucha delincuencia, la luz se va sin avisar, la pobreza ha crecido con ranchos e invasiones de tierras y ese covid no juega carritos”, señaló. 

Frente al mostrador del negocio de Avelino, se puede divisar la circulación esporádica de los buses que cubren la ruta Catia La Mar-Carayaca, que no solo someten a larga espera a quienes deben movilizarse hacia La Guaira sino que también los obliga “a conseguir billeticos verdes”, según Romelia Salazar. 

El pasaje oficial es de 200.000 bolívares, pero con la escasez de efectivo y de unidades, en horas de la tarde los conductores se aprovechan de la necesidad de la gente para exigir la divisa norteamericana y cambiarla a razón de 1,3 millones de bolívares. 

Eso sin hablar del gas, que es un dolor de cabeza para la gran mayoría”, puntualizó Salazar, quien agregó que, como maestra de primaria, no ha podido asignar las tareas de sus alumnos de la Unidad Educativa Nacional Rafael Rangel, puesto que desde hace un mes tiene interrumpido el servicio de internet de Abba Cantv.

Semana Santa 2.0

Con las disposiciones restrictivas de la Semana Mayor, en Carayaca, que siempre destacaron las procesiones del Nazareno de San Pablo y el Viacrucis con participación popular, habrá menos circulación en calles y aceras circundantes a su iglesia, declarada Monumento Histórico Nacional en la Gaceta Oficial N.º 26.320, de fecha 2 de agosto de 1960.

El obispo de La Guaira, monseñor Raúl Biord, indicó que las festividades religiosas quedaron suspendidas, por lo que recomendó a sus sacerdotes y fieles el uso de las plataformas digitales de comunicación para recibir el mensaje de este tiempo de reflexión espiritual.

Entre los moradores de Carayaca (algunos de ellos que caminan decenas de kilómetros para llegar al aludido templo), las palabras de Biord suponen más encierro. 

“Lo peor es que no hay posibilidad de que nos pongan la vacuna y por segundo año consecutivo no vamos a escuchar en la plaza a las Voces Risueñas de Carayaca”, dijo resignado Manuel Sandoval, residente del sector El Pardillo.


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