Aunque las autoridades en materia educativa aseguran que el Programa de Alimentación Escolar (PAE) llega a dos millones de niños y niñas, la realidad en los planteles de la ciudad y las regiones contradice estas cifras. Personal docente y obrero denuncia que la distribución de insumos es insuficiente para garantizar una nutrición de calidad a la población estudiantil del sistema público.
Caracas. En el reinicio de clases del segundo período 2025-2026, correspondiente al regreso a las aulas tras el receso académico de fin de año, las escuelas de la ciudad y las regiones enfrentan un reto común: lidiar con la parálisis funcional del Programa de Alimentación Escolar (PAE), una política pública creada para garantizar al menos una comida diaria a estudiantes del sistema público.
Este plan, concebido como complemento nutricional para millones de niños y niñas matriculados en el sistema público, opera a media marcha, con insuficiencia de insumos y un marcado déficit de infraestructura en los comedores, muchos de ellos deteriorados o inoperativos desde hace años.
Reportes de gremios educativos y un monitoreo realizado por el equipo de Crónica Uno en distintas regiones confirman que el suministro de proteínas y vegetales resulta insuficiente para garantizar un menú variado en gran parte de los planteles, una condición clave para cubrir los requerimientos nutricionales en edades de crecimiento.

Sin insumos suficientes, las instituciones deben ingeniárselas para rendir los alimentos o despachar a los alumnos antes del mediodía, acortando la jornada escolar, lo que entorpece el proceso de aprendizaje y, además, traslada la carga alimentaria a hogares que ya atraviesan una asfixia económica, marcada por salarios deprimidos y el alto costo de los alimentos.
El discurso oficial versus la dieta escolar
Frente a las críticas, el Ministerio de Educación (MPPE) expone un panorama de crecimiento. El 12 de enero pasado, el ministro Héctor Rodríguez aseguró que dos millones de niños y niñas son atendidos diariamente a través del PAE.
Según el discurso oficial, esta cifra representa un aumento de 36 % en la distribución mensual de alimentos en comparación con el ciclo escolar 2024-2025, un período también señalado por denuncias de fallas operativas.
Mientras el Ejecutivo sostiene que el plan alimentario alcanza a dos millones de beneficiarios, el boletín más reciente de Cáritas Venezuela, organización humanitaria vinculada a la Iglesia católica, publicado en agosto de 2025, revela un escenario distinto: 29,5 % de los niños y niñas evaluados se encuentra en desnutrición aguda o en riesgo de padecerla, según estándares internacionales de medición nutricional.
La organización advierte que 59 % de los hogares en ocho estados del país sufre privaciones en la calidad y cantidad de su dieta, una señal de inseguridad alimentaria sostenida.

Los centros educativos, en su cotidianidad, tampoco escapan a esta realidad que contradice la versión oficial. Pese a que la Presidencia asegura el suministro de desayuno, merienda y almuerzo, los tres tiempos de comida que contempla formalmente el PAE, el personal docente y obrero denuncia la insuficiencia de estas raciones para garantizar un menú completo.
A la precariedad nutricional se suma la crisis de infraestructura. La mayoría de los planteles carece de comedores adecuados o de espacios higiénicos para el consumo de alimentos, lo que limita incluso la manipulación segura de los insumos disponibles.
Sin infraestructura ni proteínas
Raquel Figueroa, dirigente sindical del Colegio de Profesores de Venezuela, una de las principales organizaciones gremiales del magisterio, indicó que apenas 20 % de las escuelas primarias del país cuenta con una estructura formal de comedor, con cocinas industriales y salas destinadas a que niños y niñas puedan comer.
Esta cifra deja al descubierto otra realidad, lejos de los estándares mínimos recomendados para centros educativos.
En el resto de los planteles, las instituciones acondicionan de forma improvisada pequeñas salas como áreas de cocción. Esto obliga a los estudiantes a ingerir los alimentos en los mismos pupitres donde reciben clases, mezclando el espacio pedagógico con el de alimentación.

Figueroa recordó que incluso los centros emblemáticos padecen este déficit. Un caso representativo es la Unidad Educativa Gran Colombia. El plantel es centro piloto del modelo de Escuelas Bolivarianas desde 2007, programa que proponía jornadas extendidas y alimentación garantizada.
Pese a su estatus de referencia nacional, el plantel solo dispone de un área de cocina y carece de una infraestructura de comedor que dignifique la hora del almuerzo para su población estudiantil.
“Brillan por su ausencia”
Una fuente vinculada al sector educativo explicó que, en los planteles de Caracas, la carne, el pollo y las hortalizas son los grandes ausentes del plato escolar, alimentos esenciales para una dieta balanceada.
En este reinicio de actividades, pocos comedores pudieron prestar servicios. En la mayoría, el menú se limitó a carbohidratos como pasta con sardina o arepa sin relleno.

Esta deficiencia ha generado un fenómeno de rechazo en la población estudiantil: “Muchos niños se quejan y se niegan a comer en la escuela. Prefieren esperar el almuerzo en sus hogares. Saben que sus representantes les garantizan una comida de mejor calidad, con una pieza de pollo, carne o algo más nutritivo”, aseguró el informante, quien solicitó reserva de identidad.
Hambre y deserción en las regiones
La falta de una dieta balanceada también impacta en el rendimiento escolar, de acuerdo con alertas reiteradas de especialistas en educación y nutrición. Katuska Russo, dirigente del Sindicato Venezolano de Maestros, señaló que cuando no hay PAE en los planteles, las familias con mayor necesidad optan por no enviar a los alumnos a la escuela.
Prefieren que sus hijos duerman hasta tarde para hacer solo dos comidas al día, una estrategia de sobrevivencia ante la escasez. “Lamentablemente, la falta de PAE aumenta las inasistencias”.
Por otro lado, la carencia de una alimentación balanceada y nutritiva impacta en estudiantes con falta de atención y concentración dentro de las aulas”, indicó.

Porción mínima
En las regiones la situación es aún más crítica. En Valencia, estado Carabobo, uno de los principales centros urbanos del país, la distribución de proteínas y lácteos como huevos, queso, jamón, leche o chicha quedó en el pasado.
Una fuente vinculada al sector educativo en la entidad contó a Crónica Uno que actualmente la dieta escolar se limita a arroz con granos, pasta o raciones mínimas de pollo picado.
“A veces cuando no dan el almuerzo, los niños van preparados con su desayuno, pero no todos pueden y en esos casos nosotros como maestros llevamos una arepa o un sándwich de más para ayudarlos. Esa es la realidad de nuestros estudiantes”.
aseguró la fuente
El proceso de entrega de insumos permanece bajo un estricto hermetismo, sin información pública accesible. Solo el personal directivo, los coordinadores y las “madres procesadoras”, mujeres encargadas de la preparación de alimentos en las escuelas, manejan los cronogramas de llegada de alimentos.
Esta falta de transparencia impide que la comunidad educativa conozca cuándo y qué tipo de insumos llegarán a las cocinas escolares.

En el estado Aragua, la distribución de alimentos opera con una intermitencia crítica, con entregas que se limitan a una frecuencia mensual. En la parroquia Los Tacarigua, en Maracay, capital del estado, las autoridades asignan una cuota máxima de 12 bolsas al mes por plantel.
Baja calidad proteica
Este volumen resulta insuficiente para la matrícula real, que suele superar ampliamente las previsiones oficiales, lo que obliga a las instituciones a maniobras extremas para garantizar, al menos, una ración mínima de alimento.
A pesar de los esfuerzos de los centros educativos, el menú resulta predecible y poco balanceado. Testimonios de docentes de diversas escuelas públicas confirmaron que las cavas de suministro llegan cargadas de carbohidratos y hortalizas como papa, zanahoria, auyama y plátano, alimentos de bajo costo y alta disponibilidad.

Las proteínas como pollo, carne y huevos rara vez se incluyen entre los suministros y, cuando llegan, no alcanzan para todo el estudiantado.
Por ello, las instituciones recurren a embutidos como salchicha o mortadela para sustituir la carne en el plato, productos ultraprocesados de menor valor nutricional, una práctica que compromete la calidad proteica del menú escolar.
“Hay días que solo hay arroz y lo ligan con chicha para servir arroz con leche. Lo que más tarda en llegar son los granos”, relató una maestra de una escuela en el municipio Girardot, zona urbana de alta densidad poblacional.

La crisis se agudiza al sur del país
Al sur del país, docentes y representantes reclaman las fallas nutricionales en el suministro del PAE. La mayoría de los alimentos recibidos se concentra en carbohidratos como arroz y pasta, con cantidades limitadas de pollo, mortadela y sardina, fuentes proteicas de menor diversidad.

Aida González, secretaria general del Colegio de Profesores en Bolívar, gremio que agrupa a educadores del estado, detalló que, de acuerdo con el último recorrido por escuelas de Ciudad Guayana, las quejas persisten. Madres cocineras recorren a diario los salones recolectando aliños donados por los representantes para preparar la comida, ante la falta de insumos básicos.
“A veces hacen milagros consiguiendo un poquito de azúcar y algo de leche para medio prepararles un arroz con leche, porque los abarrotan de arroz y pasta. El desayuno es un bollo solo, sin mantequilla ni queso. Los niños ya no saben qué es una merienda o una fruta”,
expuso González.
Detalló que, aunque la situación se repite en casi todas las escuelas del estado Bolívar, en Ciudad Guayana se agrava en los centros ubicados en San Félix, zona históricamente golpeada por la pobreza.
“A veces los padres mandan a los hijos a la escuela solamente por la comida, y es una decepción cuando ven lo que reciben”, lamentó.

Desfinanciamiento sistemático
Para Raquel Figueroa, la desinversión sistemática en el sector educativo constituye la causa fundamental del debilitamiento del PAE, un fenómeno sostenido en la última década. Este programa, sostiene, hoy incumple su objetivo social. Además, vulnera los artículos 102 y 103 de la Constitución, que garantizan una educación integral y de calidad.
“El Estado le transfirió su alta responsabilidad a la sociedad para su mantenimiento. El PAE ha dejado de cumplir con la calidad de comida nutricional que necesita el estudiante para el proceso pedagógico”.
Para revertir esta crisis, la sindicalista propone dos ejes de acción: el primero, el restablecimiento de la inversión integral, con una inyección de recursos que devuelva a todos los planteles y niveles educativos un esquema completo de alimentación, con supervisión y continuidad operativa.

Esto implica el retorno del desayuno, el almuerzo y la merienda como derechos garantizados. En segundo lugar, la recuperación del componente socioeducativo, con políticas que rescaten el acto de comer como un proceso de formación.
“El objetivo es transformar la nutrición en una herramienta pedagógica que involucre tanto al estudiante como a su núcleo familiar”,
precisó.
El balance que deja este reinicio de clases evidencia una brecha persistente entre las cifras oficiales y la experiencia diaria en las escuelas. La alimentación escolar, concebida como un soporte del derecho a la educación, se mantiene condicionada por fallas estructurales que afectan la permanencia, el rendimiento y la salud de los estudiantes.
En un país donde la escuela cumple también una función de contención social, la precariedad del PAE vuelve a colocar en el centro una pregunta pendiente: hasta qué punto el sistema educativo puede sostenerse cuando la nutrición básica deja de estar garantizada.
(*) La información de esta nota incluye aportes de fuentes que solicitaron anonimato por motivos de seguridad. Crónica Uno garantiza la protección de su identidad.
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