El presidente de EE. UU., Donald Trump, confirmó un nuevo operativo militar estadounidense en el Caribe, que elevó a 14 los presuntos narcotraficantes muertos en dos semanas. Apenas unas horas antes, Maduro declaró rotas las comunicaciones con Washington, denunció una ofensiva “imperialista” y alertó sobre el riesgo de una guerra.
Caracas. El presidente de Estados Unidos (EE. UU.), Donald Trump, confirmó este lunes, 15 de septiembre, un nuevo operativo militar en el mar Caribe. La acción, descrita una vez más como un «ataque cinético», es la segunda que ocurre en menos de dos semanas.
“Las fuerzas estadounidenses llevaron a cabo un segundo ataque cinético contra cárteles de narcotráfico y narcoterroristas extraordinariamente violentos, positivamente identificados”, publicó en redes sociales acerca del bombardeo ocurrido en una hora no especificada de la mañana, de acuerdo con la versión oficial.
El mandatario detalló que el blanco era una lancha que, supuestamente, transportaba drogas hacia EE. UU. en aguas internacionales. El resultado, según Washington: “tres terroristas varones muertos en acción”, sin bajas en las filas norteamericanas.
Trump acompañó el anuncio con un video de un barco destruido por una explosión y advirtió: “Tenga cuidado: si transporta drogas que pueden matar estadounidenses, ¡los estamos cazando!”.
Añadió que los cárteles “han tenido consecuencias devastadoras en nuestras comunidades durante décadas. Ya no”.
Comunicaciones rotas
En contraste, apenas unas horas antes del anuncio de Trump, Nicolás Maduro aseguró que las relaciones con EE. UU. están “deshechas”.
“Yo califiqué que las relaciones de comunicación con el Gobierno de EE. UU. existían en dos canales y estaban maltrechas en su momento. Hoy puedo anunciar que las comunicaciones están deshechas por ellos, con sus amenazas de bombas, muerte y chantaje”, dijo durante una rueda de prensa en Caracas este 15 de septiembre.
El gobernante matizó que aún mantiene “un hilo básico” de comunicación con funcionarios estadounidenses en Colombia para la repatriación de migrantes, pero insistió en que el vínculo político está roto. EE. UU. y Venezuela rompieron relaciones diplomáticas en 2019 y desde entonces la interlocución se realiza de forma indirecta a través de terceros países.

Maduro también reiteró que el país se prepara para una “lucha armada”.
“Ejercemos el legítimo derecho a la defensa. Hoy Venezuela tiene más poder nacional, está más unida, está más preparada para preservar, en cualquier circunstancia, su independencia y construir la paz”,
afirmó.
Según sus cifras, se han desplegado “2.500.000 efectivos, entre militares y milicianos” en todo el país, aunque organismos internacionales han cuestionado la veracidad de esos números.
Auge de incidentes en el mar
La escalada no se limita a los ataques anunciados por Trump. El fin de semana pasado el chavismo denunció el “asalto” a un buque atunero con nueve pescadores en su Zona Económica Exclusiva, ocupado durante ocho horas por 18 marines estadounidenses armados.
Maduro preguntó: “¿Quién dio la orden en Washington para que un destructor misilístico mandara 18 marines armados a allanar un buque pescador de atún?”.
Tras esta denuncia, el domingo pasado, el ministro de Defensa, Vladimir Padrino López, acusó a EE. UU. de “buscar un incidente” que provoque una agresión militar.
“Si nos llegan a atacar desde su territorio, ustedes también recibirán una respuesta, y eso en legítima defensa”, había advertido antes a Guyana y Trinidad y Tobago en un video publicado en su canal de Telegram y replicado por medios oficiales.
El trasfondo es el despliegue naval más grande en el Caribe desde 1989 —con más de 5000 infantes de marina de EE. UU., destructores con misiles, un submarino de propulsión nuclear y cazas F-35 desplegados en Puerto Rico—, que Washington justifica como parte de la lucha contra el narcotráfico.

Región dividida
Las reacciones en la región siguen divididas: Guyana y Trinidad apoyan la operación; Colombia y Brasil piden diálogo; Cuba, Nicaragua, Rusia, China e Irán denuncian una ofensiva imperialista.
En este escenario, analistas consultados por Crónica Uno, bajo condición de anonimato, alertan de un “juego de alto riesgo” con posibilidad de choques accidentales que escalen a un conflicto regional.
Antes de segundo ataque estadounidense Maduro ya había advertido que “si en la casa nuestra, el gran Caribe, lo llenan de pólvora y misiles, eso puede derivar en una hecatombe, una gran guerra en el Caribe que nunca ha habido”.
Y fue más allá: “Esta es una operación militar para amedrentar y buscar un cambio de régimen, partir a Venezuela como hicieron con Libia y Siria y apoderarse del petróleo, el gas y el oro. Eso no ha ocurrido ni va a ocurrir”.
“Veremos qué pasa”
En respuesta a las acusaciones del chavismo, que ya habían adelantado de manera informal al inicio del despligue naval de EE. UU., la primera ministra trinitense, Kamla Persad-Bissessar, negó cualquier coordinación militar con Washington. “No hay planes con EE. UU. para invadir Venezuela o enviar tropas de Trinidad y Tobago”, afirmó, calificando las acusaciones de “alarmismo”.
Guyana, en cambio, respalda la presencia militar estadounidense, en un contexto de larga disputa con Caracas por el Esequibo —territorio rico en petróleo y bajo arbitraje internacional—. Ambos gobiernos han ofrecido colaborar en operaciones conjuntas contra el narcotráfico.
El domingo en una improvisada rueda de prensa en Nueva Jersey, antes de despegar de vuelta a la Casa Blanca, el presidente Trump reforzó su mensaje acerca de la posibilidad de atacar a presuntos agentes del narcotráfico en territorio venezolano.
“Veremos qué pasa. Mira, Venezuela nos está enviando pandilleros, narcotraficantes y drogas. Es inaceptable”, declaró a la prensa. Más tarde reiteró: “No nos gusta lo que Venezuela nos está mandando: ni sus drogas ni sus pandilleros”.

Narcotráfico y máxima preparación
El contexto militar va mucho más allá de las patrullas habituales de la Guardia Costera. El despliegue incluye al Grupo Anfibio Iwo Jima —con buques como el USS Iwo Jima, USS San Antonio y USS Fort Lauderdale—, destructores guiados por misiles, un crucero, un submarino nuclear y cazas F-35 estacionados en Puerto Rico. Que para los expertos es una “demostración de fuerza”.
Los incidentes se han multiplicado en septiembre: el 2 de septiembre pasado, EE. UU. hundió una lancha que presuntamente pertenecía al Tren de Aragua, lo que dejó 11 muertos.
Posteriormente, el 4 de septiembre, cazas venezolanos se acercaron a un destructor estadounidense; el 5 de septiembre, imágenes satelitales confirmaron la presencia de ocho buques y más de 1200 misiles frente a las costas venezolanas.
En respuesta, Maduro convocó a reservistas y milicianos a ejercicios militares masivos. “Estamos listos para defender nuestra soberanía”, reiteró Padrino, quien anunció “jornadas de adiestramiento todos los sábados” ante “amenazas imperiales”. La Milicia Bolivariana —una fuerza de civiles armados creada por Hugo Chávez en 2009— ha sido movilizada en costas y fronteras.
La región ha reaccionado dividida: Colombia rechaza que su territorio sea usado para una invasión; Brasil califica la operación como un “factor de tensión”; Guyana y Trinidad apoyan a Washington; Cuba, Nicaragua, Rusia, China e Irán denuncian una ofensiva imperialista.
Un ejercicio real
El Departamento de Seguridad Nacional de EE. UU. asegura que estas acciones buscan frenar el tráfico de drogas, como cocaína y fentanilo, que provocan decenas de miles de muertes cada año en EE. UU.
“Este no es un entrenamiento, sino un ejercicio real para proteger intereses nacionales”, dijo el secretario de Defensa —recién rebautizado como Departamento de Guerra—, Peter Hegseth, en Puerto Rico.
La crisis entre Washington y Caracas refleja más un pulso político y estratégico que una guerra inminente. Trump busca mostrar firmeza frente al narcotráfico y Maduro intenta capitalizar el discurso antiimperialista para cohesionar a su base interna, en un momento de fragilidad política y económica.
Los analistas coinciden en que el despliegue en el Caribe y las movilizaciones en Venezuela mantienen la tensión alta, pero la mayoría de actores regionales insisten en el diálogo. El desenlace dependerá de si ambas partes optan por seguir la escalada o si prevalece la presión diplomática para contener el conflicto.
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