Anastasia ingresó al hospital Periférico de Catia por problemas respiratorios y, tras seis días sin oxígeno, salió con posibles daños neurológicos. Desde su traslado a otro centro médico, lucha por superar un pronóstico reservado. Para su familia, este caso evidencia las graves fallas de la red hospitalaria y los riesgos de la desatención sistemática.
Caracas. Anastasia* llegó a la emergencia del Hospital Médico Quirúrgico Dr. Ricardo Baquero Gonzales con los signos vitales al mínimo. Respiraba con dificultad y dependía de una cánula nasal para mantenerse estable, en un centro de salud donde el oxígeno, indispensable para pacientes con afecciones respiratorias, no siempre está garantizado.
El médico residente de guardia fue claro tras estabilizarla del paro respiratorio, una condición en la que la respiración se detiene o es insuficiente: necesitaba oxígeno y una Unidad de Cuidados Intensivos (UCI).
Sin embargo, evolucionó favorablemente en las horas siguientes y el diagnóstico cambió. Podía permanecer en el hospital, mejor conocido como Periférico de Catia, en el área de observación, un espacio de vigilancia temporal antes de definir hospitalización o alta.
Alrededor de tres días después, los médicos la trasladaron a la sala de hospitalización de Medicina Interna, el servicio que atiende enfermedades no quirúrgicas en adultos, con tratamiento indicado, y el oxígeno continuaba conectado a su nariz, mediante una cánula nasal, para combatir una infección respiratoria.
“Nosotros compramos todo lo que nos pidieron. De hecho, una de las insulinas que le iban a poner estaba vencida y tuvimos que buscarla por fuera. Desde el principio habían errores en el informe, el primero tenía diagnósticos de próstata”, dijo su hija a Crónica Uno.

Reclamo y abandono institucional
La estabilidad de Anastasia duró poco. Al día siguiente de su traslado a Medicina Interna, el servicio se contaminó por un bote de aguas residuales. Ante el desbordamiento de las cloacas, los médicos decidieron firmar el alta médica y autorizar su salida del hospital.
Su hijo se negó. Anastasia no estaba en condiciones de irse a casa: tenía la tensión en 280, siendo el rango normal inferior a 120/80 mmHg, y el azúcar en 280, cuando el rango normal en ayunas es de 70 a 100 mg/dL.
En medio de la urgencia, el personal comenzó a administrarle insulina inyectada, medicamento que reduce los niveles de glucosa, y ampollas para bajar la presión arterial.
“Ese día dieron de alta a todo el mundo. Una señora que ingresó con lo mismo un día después la sacaron y el día sábado llegó nuevamente infartada. Recuerdo que le dije cuidado le da algo peor por esta poniendo tratamiento a lo loco”,
detalló su hija.
Ante la insistencia de los médicos por sacarla del hospital, los familiares acudieron a la oficina de la dirección. No obtuvieron respuesta oficial.
—El director no está, ¿en qué puedo ayudarla? —dijo una de las secretarias.
La familia explicó que Anastasia no podía salir en esas condiciones. La secretaria anotó el caso y prometió informar al director en cuanto llegara. No hubo respuesta ese día ni indicación que cambiara la decisión médica, por lo que la familia quedó en un limbo entre urgencia clínica y falta de autoridad institucional, sin una instancia que resolviera el conflicto.
Una advertencia en el pasillo
La gestión en la dirección no cayó bien en el servicio. La médico de turno, al enterarse de que los familiares acudieron a las autoridades del hospital, los encaró. El reclamo ocurrió en el pasillo, frente a otros pacientes y acompañantes, en un tono que cortó cualquier posibilidad de diálogo. Sus palabras sonaron como una amenaza para los parientes.
—Ya su familiar está en la sala. Vamos a ver si soporta estar sin oxígeno—expresó la doctora al terminar la discusión.
Después de ese reclamo, a Anastasia le retiraron el soporte respiratorio, un dispositivo que le garantizaba el suministro de oxígeno para ayudarle a mantener niveles adecuados en sangre. Pasó seis días sin oxígeno.
El sábado, 28 de marzo, los médicos lograron bajar la glucosa a 150 mg/dL, una medida estándar de concentración de azúcar en la sangre. No obstante, el cambio de guardia del lunes, de 30 marzo, marcó un retroceso en su atención.
Ese día, las horas transcurrían sin que recibiera el tratamiento con la frecuencia necesaria. La espera se hizo larga y repetitiva: familiares atentos, personal intermitente y la sensación de que el tiempo corría más rápido que la atención médica, en un entorno donde cada minuto puede ser determinante.
Anastasia empezó a presentar somnolencia excesiva, dificultad para hablar y pérdida de fuerza en las piernas. Pero nadie logró determinar su diagnóstico real en esas horas.

La mano que el hospital no dio
Otro familiar, quien es enfermero, logró entrar a la sala. Encontró a Anastasia en silencio y sin movimiento. Al pedirle al enfermero de guardia que le tomara la saturación de oxígeno, una medición que indica el porcentaje de oxígeno en la sangre, el monitor marcó 79 %. El rango normal oscila entre 95 % y 100 %.
Ante la emergencia, la familia pidió conectarla de nuevo al oxígeno, pero la respuesta fue que no había disponibilidad. Los familiares se movilizaron por su cuenta y lograron conseguir una bombona en Guarenas, estado Miranda, a casi 30 kilómetros de distancia.

Cuando llegaron al Periférico de Catia con el equipo, los médicos ya habían trasladado a Anastasia al área de Trauma Shock, una unidad destinada a la atención de emergencias críticas, donde sí había una toma de oxígeno de pared, salida fija conectada al sistema central del hospital.
Allí le colocaron una cánula nasal, un método insuficiente para su estado, pues por su gravedad requería una mascarilla con reservorio, un dispositivo que permite administrar altas concentraciones de oxígeno.
La desidia que acompaña a los pacientes
Lo que vivió Anastasia refleja un sistema en declive. Según el informe anual de 2025 de la Encuesta Nacional de Hospitales (ENH), la escasez de suministros en las emergencias del país es de 36 %.
Este indicador mide la falta de materiales básicos necesarios para la atención médica, como medicamentos, equipos o insumos descartables. Se manifiesta en cada decisión postergada, en cada insumo que debe ser buscado fuera del hospital y en cada tratamiento que no se administra a tiempo.
En la sala de observación donde estuvo Anastasia, el calor era sofocante por la falta de aire acondicionado. Los pacientes conviven con moscas y zancudos, en condiciones que aumentan el riesgo de infecciones.



El pavimento del hospital está destrozado. El recibimiento no es médico, sino el “¿para dónde va?” de los milicianos de guardia, personal de control en accesos que regula la entrada al centro de salud. Dentro, paredes y pisos conservan cerámicas de un blanco ennegrecido.
En los baños hay agua, lo cual asegura su funcionamiento, y el servicio de Rayos X está operativo. Sin embargo, la infraestructura general está deteriorada. Los gatos deambulan por los pasillos, un indicio de fallas en el control sanitario del recinto.
Espacios críticos sin médicos ni cuidados
Para el miércoles, 1° de abril, la desatención fue mayor. Los médicos no administraban el tratamiento y el oxígeno no se le suministraba de forma constante. Ya habían pasado seis días desde que la hija supo que la vida de su madre dependía de un traslado a Cuidados Intensivos.
El 9 de enero pasado la presidenta encargada, Delcy Rodríguez, reinauguró el Área Quirúrgica y la Terapia Intensiva del hospital Periférico de Catia, como parte del plan de rehabilitación de los centros hospitalarios.
Sin embargo, en este centro de salud las camas de los espacios de la terapia intensiva no tienen pacientes y están cubiertas de polvo. No hay médicos especialistas ni enfermeras intensivistas, profesionales entrenados específicamente en el manejo de pacientes críticos, que puedan operar el área.
El jueves, un médico acudió al hospital para evaluar a Anastasia y ordenó al médico de guardia del Periférico de Catia redactar un informe de traslado, documento necesario para referir a un paciente a otro centro de salud con mayor capacidad.

Días antes, la familia había solicitado ese mismo documento, pero el personal se negó. La única opción que ofrecían era un “alta a compromiso”, una figura en la que los familiares asumen la responsabilidad del traslado del paciente fuera del hospital, donde la familia asumía la responsabilidad de sacarla en esas condiciones. Ese día, bajo presión, el informe apareció.
“Mi mamá empeoró aquí, ella iba muy bien. Las enfermeras del Periférico fueron muy malas, sin humanidad. Veían que ella por la desesperación se quitaba la mascarilla y no hacían nada”,
reclamó su hija.
Antes de la salida, el médico que la reanimó el primer día de su ingreso se acercó a su hijo para ofrecerle disculpas. Le dijo que, supuestamente, ese era su último día de trabajo en el hospital.
Anastasia fue ingresada un hospital de Caracas. Allí permanece en la UCI, hasta esta publicación, pero el diagnóstico es desalentador: presenta posibles daños neurológicos. Son las secuelas de pasar seis días sin el soporte de oxígeno que sus pulmones necesitaban.
(*) La información de esta nota incluye aportes de fuentes que solicitaron anonimato por motivos de seguridad. Crónica Uno garantiza la protección de su identidad.
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