La película protagonizada por Brendan Fraser, sigue a Phillip Vanderploeg, un actor estancado que trabaja para una agencia de «familias de alquiler». Lo que comienza como una serie de actuaciones para que los clientes evadan sus realidades, se transforma en un dilema moral para él.
Caracas. Un actor está desencantado. Siente que su carrera está estancada. La gloria está anclada a viejos éxitos que se volvieron populares y que ahora tan solo son anécdotas de la nostalgia. Parece que no hay mayor rumbo.
Ese actor se llama Phillip Vanderploeg, interpretado por Brendan Fraser, ganador en 2023 del premio Oscar por La ballena, esa película en la que la vida ya no tenía sentido y la entrega a los excesos era el llamado al fin.
Ahora, en Familia en renta, su carrera parece pausada, pero no así los bríos para que todo cambie para mejor y obtener ese rol que lo saque de un momento que considera de estancamiento.
Ambientada en la ciudad de Tokio en estos días, el largometraje es dirigido por Hikari, cineasta japonesa que ha estado en las lides de certámenes de clase con obras como 37 segundos, que compitió en la sección Panorama del Festival Internacional de Cine de Berlín.

En esos vaivenes de la vida, como quien intenta con lo que haya a la espera del giro de 180°, Phillip Vanderploeg se gana la vida en una agencia japonesa de “familias de alquiler”. Tiene que interpretar a algún miembro de una familia para una situación determinada.
Por ejemplo, si una mujer quiere dejar atrás el hogar de los padres, les hace creer que se casará con el amor de su vida. Es ahí cuando aparece Phillip para aparentar ser el esposo que la amará por siempre, aunque después de esa noche no se vean más. Toda una transacción en la que, aparentemente, todos quedan satisfechos.
Por un lado, la firma se posiciona en la efectividad de ofrecer intérpretes para las simulaciones que evaden el conflicto que es la vida; por el otro, los clientes creen superar el reto de la verdad.
Familia en renta es una película sencilla en su desarrollo. No hay mayor técnica que destaque, salvo ese guion que reconoce los vacíos de sus personajes para aventurarse a encontrar una solución a lo que parece no tener salida. Pero el protagonista es un hombre con valores.
Es cierto que los trata de solapar en vista de la necesidad que atraviesa, pero muestra pudor cuando se ve en situaciones que considera incorrectas: jugar con la confianza de los demás para evadir la realidad.

Todo cambia en sus planes cuando le toca simular dos casos clave. El primero, aparentar ser el padre de una niña que quieren inscribir en un prestigioso colegio de la capital japonesa. El segundo, hacer de periodista que entrevistará a un viejo actor en el olvido con el objetivo de realzar su legado.
Es así como Familia en renta se convierte en una película sobre el poder de la verdad. Mientras más entuertos hay para sostener la ficción del andamiaje de la agencia de impostores, mayor es la compenetración del protagonista con las personas que, en teoría, serían un trámite.
La cineasta se vale entonces de entretejer toda una trama alrededor de la esperanza de esos “clientes” con el remordimiento de Phillip ante un monstruo que ha contribuido a crear.
El largometraje se vuelve aún más potente cuando el personaje debe tomar decisiones entre lo que siempre ha deseado hacer o lo que tiene y necesita hacer ante el viraje que ha dado su vida sin proponérselo.
Todo ocurre en una ciudad en la que todo pareciera estar hecho para la perfección y la postal urbana de ensueño, pero que en realidad abruma a individuos que parecen tenerlo todo claro, pero que han perdido el equilibrio por la evasión de la fuerza de la vida. Al final, todo empieza a recobrar rumbo enFamilia en renta mientras mayor es el apego a la verdad ante lo desconocido.

