La gestora cultural celebra que el certamen vuelva a Mérida. En 2019 la competencia se mudó a Caracas por los problemas logísticos en la ciudad andina
Caracas. El Festival del Cine Venezolano celebra su 18° edición en Mérida, su ciudad natal. Luego de una edición presencial en Caracas y dos virtuales por la pandemia, el certamen se lleva a cabo en su lugar natural.
Del 17 al 21 de julio es la cita en el Multicine Las Tapias, principalmente, así como en otros puntos de la ciudad andina. “Volver a Mérida es todo un reto. El festival tenía que volver a su ciudad, que es la ciudad del cine. Ya salimos de la pandemia. Es un esfuerzo gigantesco, que involucra a muchas personas e instituciones, así como productoras venezolanas que están en el exterior. Además, la ciudad está bonita. La gobernación ha hecho un muy buen trabajo. Los estudiantes se están moviendo de todas partes del país. Movilizar a los estudiantes para que vengan a la ciudad, que consigan posadas, descuentos. Es todo un reto. La gestión cultural siempre debe estar en cimentada en la participación”.
-En 2019, cuando el Festival del Cine Venezolano se trasladó a Caracas, una de las razones fue el problema de los servicios en Mérida. ¿Cómo está la situación ahora?
-Increíble. Me sorprende. Yo no vivía en Mérida desde hace dos o tres años. Ha sido un placer. Hay agua y luz. Es cierto que se va de vez en cuando, pero no de la misma forma que antes. El suministro de gasolina es más o menos constante. La ciudad se mueve. Ves a más gente en la calle. Es una ciudad pujante.
-¿Y cómo describiría la experiencia del Festival del Cine Venezolano entre los años 2019 y 2021?
-Los festivales de cine se hicieron para estar en las ciudades satélite, no para estar en las principales. La idea es que la gente se mueve hacia el certamen para festivalear. Conocer gente, ver las películas, asistir a las conferencias, intercambiar criterios. Ahora, eso en Caracas es difícil. Por ejemplo, que el Trasnocho Cultural no cobre por alquilar el espacio es imposible. Entonces, hubo inconvenientes porque tenía que comprar tickets para una película en competencia o porque iba a entrar el jurado. Eso es costoso. Las salas se llenaban, pero tuvimos inconvenientes con la prensa. No sé si lo recuerdas. La prensa quería entrar gratis y no había forma. No hay cuerpo ni bolsillo que aguante. El festival se había reducido mucho porque no es el mismo cuento de Mérida, donde la ciudad se llena, la gente tiene sus carnets. Es otra dinámica totalmente diferente.
-Veo las películas en competencia y veo una mayor cantidad de obras con opciones, en comparación a las dos ediciones recientes, dónde se podía ver que los premios recaerían mayormente en dos o tres opciones
-Eso habla muy bien del cine nacional. Hay muy buenas películas, las opciones son maravillosas. Habla de películas de altísima calidad, películas que han estado también en festivales importantes de otras partes del mundo.
-¿Cuántos espectadores prevén que asistan a esta edición?
-Esa es la pregunta del millón de dólares. En los tres días pueden ser por lo menos 5.000 puestos. Bueno, pero eso es una entelequia, porque te repito, esto es como una caja de sorpresa.
-¿Pensaron que tendrían que suspender por la saluda de Cinex de la edición de este año?
-Usted me conoce, Yo soy peor que el hambre. A mí no hay nada absolutamente nada que me haga devolver. Mérida es una ciudad hermosa, con una cantidad de auditorios divinos. Evidentemente los costos se iban a elevar muchísimo por el alquiler de video beam y demás cosas, pero nos la hemos arreglado. Nunca pensamos que el Festival del Cine Venezolano se caería. Sí me dio mucha rabia. Es como una falta de buena voluntad. Cada quien puede hacer con su negocio lo que quiera. Pero tengo que decir que no es exactamente Cinex, sino una persona dueña de esa infraestructura. No es la marca como tal. Es un señor particular.
-¿Cuál es el secreto de mantener como gestión cultural el Festival del Cine Venezolano por tanto tiempo a pesar de las adversidades?
-Bueno, primero constancia. Luego, mucho trabajo. Se hace muy buen cine, y tanto el país como el cine merecen un festival de altura cinematográfica.
-¿Cómo ve que ha evolucionado el cine venezolano en lo que respecta a temática?
-Llevamos muchos años con una amplia temática. Se veía desde que se estrenaron Manuela Sáenz o Amaneció de golpe. Hay películas que son puro entretenimiento y familiares. Fíjate algo, nosotros hacemos este ciclo llamado Cine de luna y estrellas, que es uno de los más lindos del festival porque le llevamos películas a los niños y viejitos de las comunidades. Ponemos en algún lugar, como una plaza pública, alguna película familiar. Entonces, contamos con dos historias animadas, que son Kaporito y Misión H20.
-Imagino que culmina el Festival del Cine Venezolano y comienzan los preparativos del siguiente
-Primero voy a descansar como mes y medio en mi cuarto con las cortinas cerradas. Ver aquellas películas que no pude ver. Después me siento a hacer la escaleta del año entrante.
-¿Cuál ha sido la mayor satisfacción durante estos años de festival?
-Pensé que después de 18 años iba a ser más fácil o se iba a conseguir de manera más sencilla. Pero eso no ocurre y es decepcionante. Deberíamos tener más patrocinadores, más gente dedicada a llevar a cabo todo esto. Obviamente lo que hacemos es al máximo, pero nunca alcanza la plata para todo lo que se requiere. Pides prestado por acá, por allá. Pero, aun así, hacemos un trabajo genial y de muy alta calidad. Por eso la gente piensa que estamos llenos de plata. No hay nada más lejano a la realidad.
-Veo también una intención de tener un jurado variopinto, especialmente con las edades, distintas generaciones
-Esa es la idea. Fíjate, cuando nosotros empezamos, los cineastas eran pocos y sus equipos eran muy selectos. Cada uno tenía su dream team. Entonces nos hemos propuesto involucrar a los grandes con los chiquitos, que además no se conocían. Esa una forma de que estén cerca y se pueda oír. Y no solo son las edades, sino distintas corrientes y géneros. Como festival debemos tener una mirada amplia de lo que es el cine nacional y que ganen los mejores.
Películas participantes en el Festival del Cine Venezolano
Largometrajes ficción
Caimanes de la galaxia, de Ignacio Márquez
Contactado, de Marité Ugas
Despierta, de Kevin Quintero
El exorcismo de Dios, de Alejandro Hidalgo
Jezabel, de Hernán Jabes
Qué buena broma, Bromelia, de Efterpi Charalambidis
La leyenda del hombre de los tres dedos, de Germán Ramos Briñez
La toma, de Jackson Gutiérrez
Un cupido sin puntería, de José Antonio Valera
Yo y las bestias, de Nico Manzano
Tres son multitud, cuatro son un desastre, de Edgar Rocca
Largometrajes documental
Crudo, de John Robertson
El año de la persistencia, de Sergio Monsalve
El camino del guerrero, de Héctor Palma
Kuyujani envenenado, de Alexandra Henao
La Danubio, de Ignacio Castillo Cottin
Perdidos y hambrientos en el Amazonas, de Rafael Hernández
Rómulo resiste, de Carlos Oteyza
Sabino vive, de Carlos Azpúrua
Disfraces de fe, de Sikandi Dasa
Cortometrajes de ficción
Asymptomatic, de Daniel Carrillo y Francisco Villarroel
Bruttimestieri –Malos oficios, de Tulio Cavalli
Cala, de Jimmy Castro
DeMonica, de Miguel Ferrer
Demonios, de Pierina Espinoza
Desbaste, de Leonardo Gutiérrez
Desde lejos, de Gabriel Sierralta
Dilema Low, de Luis Suárez
El hijo, de Pablo Zapata
El zángano, de Luis Lorenzo Trujillo
Fe de vida, del Centro del Movimiento Creador
Fuera de tiempo, Out of Time, de Jonattan Sierralta
Gluckstag, de Juan Diego Unzueta
Hamleyed, de Pedro Blanco Uribe
Hoek´s Delta, de Vadim Lasca
Huellas, de José Manuel Labrador
Inmaculada, de John Petrizzelli
La boca del estómago, de Inti Torres
La despedida, de Jimmy Castro Zambrano
La llamada, de Israel Pérez Araque
La olla, de Gilberto Polo Pacheco
La última pieza, de Ricardo Muñoz Senior
Leave, de Sioly Amundarain
Limbo, de Juan Diego Unzueta
Mireyita, de Orangel Lugo
Muro de sombras, de Luis y Andrés Rodríguez
País improvisto, de Alfredo Hueck
Pipi, de Daniel Peñaloza
Retro, de Juan Diego Unzueta y Manuel Palenzuela
Sotavento, de Marco Salavarría
Cortometrajes documental
Cartas al amor que nunca leyó esto, de Lucy González
Coronavirus19 Calle, de Lucy González
El silencio de las semillas, de Elizabeth Pirela
Memorias de una cortina en cuarentena, de Cito Sánchez
La de antes, la de ahora, de Mireya Piñuela
Mi amigo el sastre poeta, de Walter Castillo
No te agüites, de Juan Vicente Manrique
Pedro, de Erika Rodríguez
Sukujula Tei-Historias de mi madre, de Hernández Palmar
The Collector, de María T. Alvarado
The Wayward Cube, de María T. Alvarado
Todos me llaman Ori, de Vadim Lasca
Un poeta en la oscuridad, de Juan Urgell
Ventanas, de Jhon Ciavaldini
Participa en la conversación