La más reciente obra de Pedro Almodóvar es un bonito largometraje sobre la amistad, pero sin mayor trascendencia en su desenlace ni propuesta.
Caracas. Cada película de Pedro Almodóvar suele ser esperada con mucha expectativa. Es un autor que tiene la venia de la crítica y un público leal que acude al llamado. Sin embargo, algunos medios en España reportaron la sorpresa de que quedara en el cuarto puesto de la cartelera durante su primer fin de semana, por detrás incluso de La infiltrada, de Arantxa Echevarría, una autora con una trayectoria más corta y de resonancia menos internacional.
La habitación de al lado es la primera película hablada en inglés del cineasta español. Cuenta la historia de Ingrid (Julianne Moore) y Martha (Tilda Swinton).
Ingrid es una escritora que se entera que Martha, una corresponsal de guerra, tiene cáncer. Después de muchos años se reúnen nuevamente, y Martha encuentra en la vieja amiga un refugio para confidencias sobre su enfermedad, además de su vida familiar y profesional.
Ese primer acto del descubrimiento después de la ausencia está bien llevado hasta el momento en el que empieza a ser reiterativo, y por momentos está a punto de quedar a la deriva.

El reencuentro tiene un giro contundente cuando Martha le pide a Ingrid que le ayude a morir, pues no quiere cumplir más el tratamiento, y elabora un plan para dejar todo como ella lo desea.
Con un guion escrito por Pedro Almodovar basado en la novela Cuál es tu tormento, de Sigrid Nunez, La habitación de al lado no es una película sobre la eutanasia porque no se centra en la lucha por alcanzarla. Eso sí, es una de las decisiones clave para puntualizar el conflicto.
Es una obra sobre la amistad, esas relaciones que se mantienen a pesar del tiempo y la distancia, y que como en este caso se fortalecen en un momento complejo.
Para reflexiones sobre la eutanasia hay largometrajes más elaborados en todas sus repercusiones como Mar adentro (2004), de Alejandro Amenabar; Las invasiones bárbaras (2003), de Denys ArcandXXX, y Amor (2012), de Michael Haneke.

Ambientada en la ciudad de Nueva York, el cineasta respeta el espíritu del lugar. Trabaja sus luces, sus cadencias. No intenta hacer una película española en otra latitud, pues sería imitarse. Aunque sutilmente muestra su sello en la puesta en escena cuando trata la intimidad de las dos amigas. Los colores del vestuario, de los muebles. De hecho, hay todo un guiño a su península en una de las escenas en las que la cámara apunta al interior de unas gavetas, en las que hasta una lata de galletas como depósito de mil objetos se ve claramente en pantalla.
Otro ejemplo son las tomas en la habitación del hospital, contrastantes con la ciudad. Adentro los colores claves del autor y afuera la metrópolis lejana en sus códigos inalterables.
Todo bien con el envoltorio de La habitación de al lado. Pedro Almodóvar es ya un cineasta consagrado y curtido en sus maneras, que maneja muy bien como sello diferenciador.
Sin embargo, la historia al final resulta fría, con un cierre impávido. La actuación de Julianne Moore es la que sostiene en buena medida la tensión a flote durante el metraje. Son sus miedos con respecto a la situación los que generan una empatía. Pues en el caso de Tilda Swinton, su trabajo es de los más flojos. Una actuación sin mayor notoriedad en sus cambios.

El papel de John Turturro como amigo y ex amante de ambas es innecesario. Salvo un contacto telefónico, su presencia no aporta nada. Solo está ahí para un diálogo de perorata pesimista sobre la situación del mundo actual. No queda claro si Almodóvar quiso ridiculizar las imposturas de cierta élite cultural o simplemente complace a una audiencia ávida de mensajes de conciencia por doquier en las películas, esos que no dejan que la historia se defienda por sí sola y la gente asuma, sino que se hunden en la literalidad para que no queden cabos sueltos.
Hay otro momento que pareciera más a responder a los miedos del cineasta. En una revisión de los recuerdos de la corresponsal de guerra, hay un momento en Irak cuando conoce a un carmelita homosexual. Escenas que tampoco brindan algún elemento de valor a la trama. Es como si Pedro Almodóvar no quisiera que olvidaran que es disruptivo y provocador, aunque en realidad esté lloviendo sobre mojado.
Hay buenos diálogos, a pesar de la plantilla de algunos momentos y las reiteraciones. Por momentos, queda como una rendija abierta a la especulación conspiranoica. No es descabellado si alguien piensa que el personaje de Tilda Swinton tal vez no está tan enfermo como dice. Todo lo que sale en pantalla es su versión. No hay terceras personas que reafirmen lo que ella declara. Si es así, no deja de ser un ejercicio narrativo interesante en la obra.
La habitación de al lado no es un desastre. Es un largometraje intimista sobre dos amigas que buscan la comprensión, pero tampoco es la obra maestra que el León de Oro de Venecia proyecta. Si no tuviera la firma de Almodóvar, ni protagonizada por dos actrices que prometen lo supremo, sería una bonita película de domingo por la noche que pudiera pasar inadvertida en alguna plataforma.

