El filme, inspirado en la vida del luchador Mark Kerr, desperdicia su potencial narrativo al ofrecer un relato de hechos sin mayor potencia. A pesar de las sólidas interpretaciones de Johnson y Emily Blunt, y de contar con el tono de introspección propio del cine indie, la película fracasa al no profundizar en los vínculos emocionales del protagonista.
Caracas. El luchador Mark Kerr (Dwayne Johnson) está en la verdadera lucha de su vida. Esa en la que las sombras amenazan con echarlo todo abajo. La otra lucha, la que todos ven, es la que se lleva a cabo en las arenas de la Ultimate Fighting Championship, donde vive un ascenso, pero también una estrepitosa caída.
El foco de la prensa, los titulares y las entrevistas son para él, pero fuera de cámara, en el hogar, todo es distinto. Junto con su pareja Dawn Staples (Emily Blunt), la dinámica se va resquebrajando. Él intenta mantener la buena racha de su carrera, pero las adicciones menoscaban su ímpetu, y la derrota se convierte en una amenaza constante.
La máquina es una película inspirada en la vida real de este luchador. Ambientada en el estertor del siglo XX y comienzos del nuevo milenio, el largometraje es un retrato intimista sobre el viaje al abismo de este peleador.

Dirigida y escrita por Benny Safdie, quien junto con su hermano dio de qué hablar en 2019 con Uncut Gems, es una obra de A24 que se perfila como favorita en la temporada de premios, especialmente en las categorías actorales por las interpretaciones de Dwayne Johnson y Emily Blunt.
Además, cumple con ese clima de película independiente de introspección (incluida la reflexión al lado de un container de basura), colores que evocan melancolía y música triste de domingos por la tarde.
Si bien La máquina en su primer acto despierta esa curiosidad sobre lo que ocurrirá con su protagonista, todo deriva en un relato de hechos sin mayor potencia narrativa. De hecho, los vínculos del personaje con su entorno no suelen tener un desarrollo profundo.
Simplemente hay que asumir que, por ejemplo, la relación con su pareja se resquebraja por las adicciones. Las amistades también deben ser asumidas. Es un largometraje con la información de un cortometraje apresurado.
Narrativa contrastante
Aunque las violentas luchas que protagoniza están filmadas con el tino para generar repulsión y dolor (no solor), no son más que efectistas en un relato efímero de contrastes: la rudeza en el ring y la vulnerabilidad puertas adentro.
Todo en un reiterativo ejercicio de momentos que son propios de la vida rutinaria, en la calle real, pero insuficientes cuando se quiere trasladar lo biográfico a la trascendencia que busca toda obra artística, especialmente en la expresión de los sentimientos.

El cine tiene una tradición de obras sobre peleadores: Rocky, Toro salvaje y, en este siglo, la descarnada El luchador, de Darren Aronofsky, quien supo cómo enfocar mejor los demonios de su protagonista para mantener esa tensión humana durante todo el metraje.
Todo lo contrario a La máquina, que busca abarcar todo de un momento de la vida de este luchador, lo que provoca que, en realidad, se escape como arena en las manos el elixir de una vida en suspenso que pudo dar para más si no tuviera ese afán por detallar cada elemento, sin adentrarse realmente. Es el miedo a los demonios exacerbado en la época de redes y su premura al momento de contar.
La máquina es una película que seguramente resonará durante los meses siguientes y se llevará sus premios, como ocurrió ya en el Festival de Cine de Venecia. Pero quedará poco a poco en el olvido cuando el juicio de los años tome cada vez más su lugar.

