El documental rinde tributo a uno de los artistas más importantes de Venezuela. A través de la poesía y el paisaje de su natal Canchunchú, la obra invita a reflexionar sobre la música como refugio de nuestra identidad y la responsabilidad de preservar la memoria frente al paso del tiempo.
Caracas. Hay canciones que nacen con un destino, pero que, con el tiempo, su camino parece no terminar. La trascendencia de la creación se vuelve inacabable, casi inimaginable para quien, con su puño y letra, compone temas que terminan convirtiéndose en identidad.
Luis Mariano Rivera es uno de los autores más importantes de la música venezolana. Obras como “Cerecita”, “Canchunchú florido”, “Lucerito” y “La guacara” son solo algunos de los temas que, con seguridad, alguien canta al momento de escribir estas líneas. Son piezas interpretadas por voces tan presentes como las de Gualberto Ibarreto y Lilia Vera, esos intérpretes que hacen de un autor su cantera segura para la trascendencia.
La memoria es un caracol es un documental que cumple con el objetivo de repasar una vida para demostrar cómo, muchas veces, damos por sentado lo que consideramos cotidiano, sin sospechar que existe un legado que no solo nos involucra, sino que nos invita a ser testigos y actores de la reafirmación de nuestra pertenencia, sin dejar de lado la responsabilidad ciudadana de conservar lo material como fundamento de la memoria.

Dirigida por Oscar Murat, la película venezolana explora la música y la poesía de Luis Mariano Rivera en su Sucre querido. Allá, en el valle de Canchunchú, el reencuentro con el conuco permite constatar cómo la observación de la simpleza cotidiana puede convertirse en obra eterna. El documental, a través de testimonios de familiares, colegas y amigos, da cuenta de la relevancia de la vida del autor, fundamental para la cultura venezolana.
Gualberto Ibarreto, Lilia Vera, Jorge Glem, Héctor Molina, Norma Madrid, la agrupación Atapaima, Lucía Piñango, María Gabriela Mayz, David “Zancudo” Peña y Vincenzo Capezzuto son algunos de los que, frente a la cámara, hablan de ese legado. Con guion de Laura Romero, la cinta muestra los lugares donde vivió el artista y se vale de archivos para rescatar momentos emblemáticos, como el encuentro televisivo con Simón Díaz y Gualberto Ibarreto; un «todos estrellas» de apenas minutos en el que conversan sobre música e inspiración.

Con una duración de 70 minutos, la obra también advierte sobre el olvido, especialmente aquel que carcome el espacio físico y que parece proponerse, con intensidad, alcanzar otros espacios intangibles, pero no por ello menos importantes. Es cierto que, por momentos, el documental reitera sus ideas y corre el peligro de estancarse; sin embargo, cuando está a punto de detenerse, la propia historia —apalancada por los testimonios sobre su obra— brinda nuevos bríos a esta trama sobre el recuerdo. El relato se fortalece, además, con encuentros como el de Jorge Glem con Flor García en el campo: dos generaciones que se hallan bajo la fuerza de la inspiración compartida.
Más allá de eso, la película es fundamental para el rescate de la memoria. El caracol y su concha funcionan aquí como forma de supervivencia, pero también como metáfora de los ciclos de la vida, unidos por una obra eterna que insta a la introspección como sociedad.

