Carlis Ramos y su familia inician la producción de sus hallacas en octubre. El negocio es conocido popularmente en el estado Carabobo por el nombre de la madre de Carlis, Vallita de Ramos.
Carabobo. Es 5 de junio. Carlis Ramos empieza a enviar los mensajes para la venta de sus hallacas. Es una faena que dura hasta casi finales de diciembre y con listas de vieja data porque en Valencia saben que esas hallacas son las mejores del estado Carabobo.
Ella no lo niega ni titubea. Coincide en que sus hallacas son las mejores de Valencia. “Hace unos días fui a un restaurante y comí hallacas y no se parecen a las mías, las mías definitivamente son las mejores, no solo lo digo yo, preguntale a cualquiera y te lo dirán”.
Tiene clientes desde hace más de 10 años, entre ellos familias de la política del estado Carabobo como los Romer, los Amadío, los Padrón, los Domínguez y Fernández.

Hallacas de la alta sociedad
Una cliente fija es Martina Thorogood, Miss Venezuela 1999 y primera finalista del Miss Universo ese mismo año. El 21 de diciembre de 2024 Martina encargó más de 100 hallacas. Sus pedidos son grandes porque no son solo para ella, forman parte de una cena navideña que es tradición en el norte de Valencia.
Las hallacas de Carlis son tan famosas precisamente porque forman parte de las cenas de la alta sociedad Valenciana.

Una hallaca como la de Carlis no cuesta lo mismo quotras en el mercado común, en donde la mayoría ronda los $3. Carlis las vende $7 y a $6 si se paga en divisa.
En el 2024 cuando el valor era de $6.“Los ingredientes están cada vez más caros”.
Fogones que no paran
Crónica Uno probó las hallacas y comprobó el abundante relleno en el plato tipico, lo que justifica su precio, además tiene un excelente sabor y consistencia con una masa que no es ni demasiado gruesa ni demasiado delgada.
Aunque para el Día del Padre y Día de la Madre los Ramos elaboran hallacas, es en octubre cuando se reactivan los fogones y los pedidos, que de manera meticulosa Carlis anota en una agenda en la cual lleva el orden de las cantidades, las fechas de entrega y los ciclos de preparación. Nada puede fallar porque eso retrasaría la cadena de producción.

Carlis no trabaja sola, la labor que realiza es el resultado de un tradición hecha de generación en generación. Aunque ella es quien realiza buena parte del proceso popularmente las hallacas llevan el nombre de su madre, Vallita de Ramos.
Vallita aprendió la receta gracias a su suegra y a la permanente observancia del esposo de Carlis, Lisandro, quien siguió atento a cada proceso. Ambos colaboran todavía en cocina.
Es Lisandro quien le explica a Crónica Uno que el secreto más importante para que la hallaca quede bien es la buena limpieza de las hojas.

Limpieza ante todo
El proceso es casi industrial, desde hace 10 años le compran las hojas a la misma señora en el Mercado Periférico de la Candelaria. Normalmente es Carlis quien por ellas.
“Son unas hojas que están en perfecto estado, ahí no hay nada que botar. Aunque sabemos que están limpias nosotros las lavamos con agua y habón, le sacamos el agua tres veces y las escurrimos. Eso lo hacemos hoja por hoja, luego se pulen, para después guardarlas en la nevera. Solo en el lavado nos llevamos cuatro o cinco horas”, detalla Lisandro Ramos quien añade que una hoja con el mínimo ápice de sucio puede traspasar un sabor indeseado a la masa.
La lavada de las hojas es solo la primera etapa del paso a paso. Lisandro puntualiza que además necesitan ingredientes en condiciones perfectas. “No compramos nada que esté pasado, aguado, o con colores opacos. Un producto bueno nos garantiza que la hallaca jamás se va a poner piche”.

El patriarca de la familia Ramos habla con tanta seguridad que dice que en tantos años jamás se les ha dañado una hallaca. A diferencia otras, estas llevan tomate, lo que a muchos les causa extrañeza, ya que es un producto que mal manipulado puede poner ácida la hallaca.

Meticulosos
La familia corta los ingredientes de forma casi diminuta, solo así se logra la perfección que permite que incluso los niños y niñas se coman todo sin quitarle las aceitunas o las pasas. “Estan tan picaditas que no lo siente”.
Otro detalle importante es que jamás tocan los ingredientes con las manos desnudas para evitar alterar la química de los productos, siempre tienen guantes y trabajan con un molino para procesar todo. Son formas que influyen en la permanencia de los sabores a lo largo de la preparación.

La cocina de los Ramos está llena de hojas, la nevera atiborrada de bolsas con pimientos y verduras, mientras un pasillo que da hacia a la alacena tiene calderos humeantes con pollo y cerdo. Nunca trabajan con carne de res.
Lisandro recuerda cómo su bisabuela, de ascendencia libanesa, le pasó el conocimiento a su madre y esta a su esposa. “Yo también sé prepararlas, crecí viendo esas noches hallaqueras”.
60 años de tradición
Esta receta lleva más de 60 años cociéndose a fuego lento. Por fortuna este 2025 no tuvieron problemas con el gas, porque el diciembre pasado fue una odisea para que Carlis coordinara el llenado de las bombonas. En ese momento una de las grandes la mandó a Caracas y a la fecha aún no se la devuelven.
El gas es elemental porque preparan hallacas dos veces a la semana. Solo en 2024 hicieron 1800 y hasta el 17 de diciembre llevaban 1200. “Es para la semana del 24 cuando el movimiento aumenta”, explica Carlis con las manos llenas de masa de hallaca.

Para Carlis preparar hallacas es sinónimo total de Navidad, de unión, de concordia y de recuerdos en familia. No es simplemente un negocio familiar lucrativo ‒el año pasado ganaron $11.000 y este año llevan $8000‒, cocinar esta comida típica decembrina es una manera de expresar la venezolanidad y de trabajar la identidad de los Ramos porque ellos no se entiende sin este plato.
Sin embargo, Carlis baja la voz y lamenta que este año no se sienta ambiente de navidad. “Todo está muy atípico”.

En ese momento su teléfono suena, la pantalla muestra el nombre de Mario Simonovis, familiar del expreso político Iván Simonovis. Este es otro cliente fijo que pide alrededor de 350 hallacas, no para él que está en el extranjero, son para sus amigos.
“Siempre nos dice que si no puede comérselas que lo hagan los seres que quiere”.

