Entre el desespero y el cálculo quirúrgico, Man-su transita un sendero de humillación para salvar las apariencias. Una crítica que utiliza la casa como símbolo de honor y una muela podrida como metáfora de una ética que se cae a pedazos.
Caracas. Man-su ha trabajado durante 25 años en una empresa que fábrica papel. Está orgulloso del camino transitado. Tiene una esposa, dos hijos y una casa formidable que expresa muy bien el estatus alcanzado durante más de dos décadas de esfuerzo abnegado.
Todo parece marchar bien, pero esa armonía con apariencia de paz se viene abajo cuando lo despiden. Las cuentas empiezan a estar en rojo y en el hogar deben tomar medidas para ajustar el presupuesto. Este es el punto de partida de La única opción, la más reciente película estrenada en el país del cineasta surcoreano Park Chan-wook, conocido por la perturbadora Oldboy (2003).
Man-su inicia entonces un sendero a la deriva, con una clara concesión a la humillación y el temor constante de no poder garantizar ese equilibrio que creía asegurado.
Park Chan-wook sabe muy bien cómo hacer que sus personajes transmitan el agobio de la tormenta que transitan; en el caso del protagonista, evoca el más profundo desconsuelo para, paulatinamente, caer en el desagrado por la extrema victimización.

Si bien en su primer acto La única opción reitera la situación de Man-su y a veces parece estancarse, el cineasta se rescata a sí mismo cuando empieza a llevar al personaje al extremo para hallar una solución.
Man-su, en su obsesión por encontrar trabajo en la industria del papel —pues se niega a intentar en otras áreas—, decide que debe acabar con cualquier competencia que pueda optar a las vacantes que surjan. Es así como lleva a cabo un plan para eliminarlos físicamente.
Entonces, La única opción se convierte en una historia sobre la lucha entre la poca moral que va quedando y la decadencia de un ser dispuesto a mantener su mundo sin concesiones a la incertidumbre del cambio. Sin la profundidad aplicada en Parásito (2020), en esta historia la casa como estructura tiene un valor determinante en la exposición del estatus familiar: el vínculo con lo material como señal de honor y territorialidad.
Sin duda, La única opción es una pieza que, como la obra de Bong Joon-ho, cuestiona al sistema capitalista, la deshumanización de las jornadas ante el avance tecnológico y la vana necesidad de trascendencia más allá de la posesión.

En ese aspecto, la perspectiva crítica la hace una película obvia en buena parte, pero no por eso le resta fuerza a los vuelcos que da alrededor de las decisiones morales, especialmente cuando la familia empieza a verse envuelta en los hechos cuestionables del protagonista.
Y es que Man-su evoluciona hacia un ser que deja atrás los escrúpulos; de la torpeza ante lo vil al cálculo quirúrgico de lo deleznable. Es un hombre en desespero total, donde una muela podrida funciona como señal de su descomposición interna.
Si bien el guion de La única opción resuelve ciertos asuntos de manera forzada —como la poca disposición de los personajes a aventurarse en otros rubros laborales, que bien podría ser un síntoma cultural de la sociedad del autor—, no hay mayor advertencia para desvincularse de la trama.
Es una película sobre el desespero y las decisiones que se toman en medio de la tormenta; una obra que subraya el vínculo con lo material y la respuesta humana ante la pérdida de lo que se considera único.

