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la ruta del hambre

Segunda Temporada

La Distribución

Gregoria jura que el caballo presentía lo que iba a pasar

Escuchar el rugido de los camiones

¿Será que la felicidad siempre se acaba?

El amargo destino de Santa Clara

Después de 20 años decidí retirarme

Gregoria jura que el caballo presentía lo que iba a pasar

En San Simón, un campo del estado Bolívar, en el sur de Venezuela, Gregoria Zapata y Jesús Manuel Umbría siembran ají, frijol y maíz. Tenían tres caballos y una yegua que usaban para labrar la tierra y como medio de transporte. Una madrugada, cuando despertaron, ya no estaban. I Por MIGUEL GAMBOA

FOTOGRAFÍAS: MIGUEL GAMBOA

 

—Yo tenía tres días diciéndole a Jesús Manuel que no estaba de acuerdo con que pusiera los caballos para ese lado donde los puso —dice Gregoria Zapata, recordando la tarde del 14 de marzo de 2019, cuando, antes de que los llevaran a la entrada de la finca, uno de sus caballos no quería moverse. Jesús Manuel, su esposo, lo halaba por la cuerda, pero el animal se resistía a avanzar.

Gregoria habla sentada en la entrada de su casa. Con ojos que parecen llenos de una profunda tristeza, observa hacia el potrero que da a la carretera de tierra. Es una extensión de 15 hectáreas, ubicada en San Jacinto, un asentamiento campesino a 50 kilómetros de Puerto Ordaz, al borde de la vía que conduce hacia Ciudad Bolívar, estado Bolívar, en el sur de Venezuela. Gregoria y Jesús Manuel Umbría tienen allí un sembradío de hortalizas y otro de plantas medicinales, un corral al aire libre, un gallinero y un estanque para cultivar peces.

Aquella tarde, Gregoria acarició en la cabeza al caballo renuente y le habló.

—¿Qué tienes, Llanerito? Ya, tranquilo, no te vas a quedar solo. Ahorita te van a pasar con los tuyos.

Chepi, como cariñosamente llaman a Gregoria en el pueblo, creía que lloraba porque pensaba que lo iban a dejar solo. Y lo dice convencida de que los animales, especialmente los caballos, perciben las cosas buenas y malas que están por pasar. Esa tarde en la que Jesús Manuel llevó a Llanerito hacia el potrero de la finca, al igual que a Hierro, Chiquito y a la yegua Shambhala, el caballo volteó y la miró.

—Yo te digo, sinceramente, que estoy casi segura de que él presentía lo que iba a pasar —insiste.

Llanerito, Hierro y Chiquito llegaron a la finca en 2014. Dos años después, cuando apenas era una potranca de meses, llegó Shambhala.

Los caballos eran propiedad de un vecino al que le habían robado un transformador de corriente y una bomba de agua. El hombre se los vendió a Jesús Manuel y abandonó el campo. La yegua, por otro lado, pertenecía a una señora mayor a quien se le había muerto el esposo y cuyos hijos habían migrado. Como estaba sola y no tenía cómo mantenerla, Chepi se la compró. 

Cuando Shambhala tenía 9 meses, corrió desbocada hacia la casa y se tiró al suelo. No se levantó durante horas y Chepi lloró porque creyó que iba a morir. Jesús Manuel encontró la cabuya con que estaba atada en el pasto: alguien había intentado llevársela. Preocupada porque no se levantaba, la mujer llamó a un señor de la zona que sabe mucho de animales.

—Tiene todos los síntomas de cuando le dan quieto —diagnosticó el señor. Quieto es como llaman a un sedante, normalmente un barbitúrico, que los ladrones inyectan al ganado para doparlo y poder robarlo con más facilidad.

Entonces ella tomó muestras de sangre de la yegua y las llevó a un laboratorio, donde le confirmaron que sí, que la habían sedado.

Chepi y Jesús Manuel no se extrañaron del todo. Ya habían oído que en la zona se estaban robando los caballos. Una banda se los llevaba, los mataban y luego comercializaban su carne en los mercados como carne de res. Es decir, estafaban a los comerciantes de carne de ganado vacuno. Y estos, sin saberlo, a los consumidores. Por eso, aquella vez que se dieron cuenta de que habían intentado robarles a Shambhala, se pusieron alertas. Desde ese momento los esposos se dormían más tarde y despertaban apenas ladraban los perros. Y tomaron la precaución de cambiar los caballos de potrero por las noches.

Los caballos eran importantes para ellos. Dos los usaban para movilizarse y dos para labrar las 15 hectáreas de terreno que tenían en ese momento. Los llamaban, y ellos levantaban la cabeza y trotaban hasta donde estuvieran Chepi y Jesús Manuel. Al llegar bajaban la trompa para que les pusieran el arnés, los aparejos y comenzaban a trabajar. Eran mansos.

Como no querían forzarlos demasiado, los turnaban para hacer los tres pases de arado necesarios para la siembra. Les tomaba tres días: algunas veces Chiquito y Hierro; otras Llanerito y Chiquito; otras Llanerito y Hierro. Como Shambhala tenía solo 2 años, no le ponían trabajo pesado.

En la finca entonces sembraban ají, frijoles, maíz. Sobre todo, estos últimos rubros, porque del primero subsistía la pareja y del segundo los animales. Chepi agarraba granos de maíz, los metía dentro de una botella de plástico o una cacerola de metal y los agitaba. Al escuchar el sonido parecido al de unas maracas, dejaban de pastar y corrían hacia ella. Los Umbría Zapata también cultivan la amistad de sus vecinos de San Jacinto. Gregoria, quien a sus 53 años es ingeniera biomédica egresada de la Universidad Simón Bolívar, en Caracas, practica la medicina natural. En su casa recibe a los pacientes y a veces, como una amazona, monta a caballo y hace visitas casa por casa.     

En una visita que hizo a una ahijada de Jesús Manuel, escuchó que una vecina le gritaba:

—¡Chepi! ¡Bájate, que tengo a la niñita enferma!

Así que desmontó y ató a Llanerito a un montículo desde el cual no solo no se veía la casa de la vecina, sino que tampoco se divisaba el caballo. La niña estaba muy enferma y Chepi tardó en bajarle la fiebre. Dos horas después, salió y en vez de encontrar a Llanerito en el montículo, vio la cuerda de la cual el caballo se había soltado.

Aquella mañana, Chepi salió de la casa y Jesús Manuel no estaba porque se había ido con Hierro a trabajar. En vez de devolverse a la finca, que estaba cerca, Llanerito buscó a la ahijada de Jesús Manuel, a quien llevó hasta el montículo en el cual creía haber perdido a su dueña.

―Era como si le estuviera diciendo: “La perdí, no sé dónde está”. Pero estaba más cerca de mi casa, ¿por qué razón no agarró para allá en vez de buscarme en donde la ahijada? Porque sabía que Jesús Manuel no estaba. Y cualquiera puede decir que estoy loca, pero el que tiene caballos sabe que esto es cierto. Por eso yo digo que el que le roba un caballo a una familia no sabe el daño que está haciendo, de verdad no lo sabe.

Los esposos no solo usaban a los animales para trabajar la tierra y trasladarse de un lugar a otro, sino que les tenían el cariño que cualquiera le tiene a sus mascotas.

―Si nos decían: “Los vamos a buscar para ir a pasar el fin de semana en la playa”, nosotros respondíamos que no, porque los caballos se iban a quedar solos… Imagínate, ¿quién les iba a dar de comer?, ¿quién los iba a atender? ―dice Gregoria.

E insiste en recordar la tarde del 14 de marzo de 2019, cuando Llanerito la miró con unos lagrimones en los ojos, y ella presintió que algo malo sucedería.

Jesús Manuel llevó los caballos a la entrada principal de la finca, cerca de la carretera de tierra. Chepi tenía tres días pidiéndole que no lo hiciera, porque los vecinos le habían advertido que tres muchachos, armados con machetes, cuchillos y escopetas, merodeaban la zona. Pero como por esos días no estaba lloviendo, ese era el único sitio donde había pasto suficiente como para que los caballos comieran. Antes, cuando no llovía, sustituían el pasto por maíz o avena; pero la cosecha no había sido buena, y no tenían otra opción que dejarlos en ese lugar.

Las cuerdas de Llanerito, Chiquito, Hierro y Shambhala estaban atadas a unos troncos. La distancia entre un caballo y otro era de unos 20 o 30 metros. De día, desde la casa, Jesús Manuel y Chepi podían verlos; por la noche no. 

Ese día, se acostaron a las 11:00 de la noche, y a las 12:00 Shambhala, que estaba entrando en el celo, relinchó.

―Una vecina tiene un caballito que estaba buscando yegua. Entonces cuando la veía de lejos pastando, él relinchaba y ella lo escuchaba y le contestaba. Por eso a lo mejor no le hicimos mucho caso. Jesús me dijo que él pensó que Chiquito la estaba molestando precisamente por eso, porque estaba entrando en celo ―dice Gregoria.

A la 1:30 de la madrugada los perros ladraron. Chepi se levantó, cogió una linterna y alumbró hacia el potrero, pero no vio nada.

―En ese tiempo no teníamos linternas potentes como las que tenemos ahorita. Y no pudimos ver nada porque la nuestra no alumbraba lo suficiente.

Jesús Manuel se levantó a las 3:30 de la mañana, y en vez de chequear a los pollos o las gallinas, fue directamente hacia donde estaban los caballos y encontró, cortadas en el pasto, las cabuyas de los tres caballos y la yegua.

Alguien se los había llevado.

Regresó a casa, le mostró a su mujer las cabuyas, agarró la linterna, el casco, el machete, se puso las botas altas, y se fue siguiendo el rastro. Chepi también se calzó sus botas altas y caminó hacia la casa de los vecinos porque, aunque es difícil que cuatro caballos se suelten al mismo tiempo, querían pensar que esa era una posibilidad.

―Ya en mi corazón sentía que se los habían robado —recuerda Gregoria—. Entonces, recordé los lagrimones de Llanerito: cómo se recostó de mi hombro y cómo se resistía cuando Jesús lo halaba para amarrarlo en ese lado. 

Jesús Manuel se puso la linterna encima del casco y rastreó, en el suelo, las huellas. Su experiencia de 30 años en el campo le había enseñado que, por muy sigiloso que fuera un animal o una persona, siempre daba un paso en falso. 

Ese paso lo encontró después de una hora caminando, a 800 metros de su finca, cuando ya estaba amaneciendo.

Era una huella de bota… llena de sangre.

Siguió por el camino y encontró más y más huellas de zapatos, de botas, hasta que se topó con una caseta de 3 por 6 metros, propiedad de un vecino que la había abandonado. Jesús entró allí. Dentro de la caseta había cuatro ventanas y en cada una había cabuyas. Las paredes blancas estaban salpicadas de sangre.

―Ahí fue donde los degollaron. Por todo lo que vi puedo figurarme la violencia de aquella matanza; el frenesí, las patadas de los animales.

En el piso solo había monte y paja. Jesús Manuel salió de la caseta y se encontró, a 2 metros de cada ventana, apiladas como bolsas de basura, las cabezas, los rabos, las vísceras, las costillas y las patas de Hierro, Chiquito, Llanerito y Shambhala. Encima de los restos, los cuatreros habían dejado el cuero.

Eran las 6:00 de la mañana.

―Aquello era el desperdicio del caballo, que no pueden vender, por lo que no es rentable para ellos. ¿Quién se los va a comprar? ―pregunta Jesús Manuel, con un dejo de pesar.

Regresó a casa, le contó a Chepi lo que había sucedido y fue a poner la denuncia en un puesto de la Guardia Nacional Bolivariana.

―Allá me dijeron que no tenían unidades, así de simple: “Ahorita no tenemos personal para eso”.

Durante meses Chepi no salió sino a la puerta de la casa.

Los kilómetros que Jesús Manuel recorría a caballo en minutos, se convirtieron en horas y horas a pie. 

A la finca de los Umbría Zapata sigue llegando gente que pregunta por Hierro, Chiquito, Llanerito y Shambhala, gente que llora al escuchar lo que sucedió. 

 Al tiempo de aquel episodio, Jesús Manuel compró un motocultor para arar la tierra. Chepi ya no hace visitas casa por casa, sino que recibe a los pacientes en la finca. En 2020 sembraron solo 1 hectárea porque el motocultor necesita gasolina y en San Jacinto no se consigue. Y un tractor, que usa gasoil, les cobra 100 dólares para hacer solo un pase de arado; si quieren los tres necesarios para la siembra les cobran 300. Para ellos eso es demasiado dinero.

El 11 de marzo de 2020 ocurrió algo que les avivó la tristeza por los caballos. Algo que revolvió la nostalgia de haberlos perdido. Ese día el secretario de Seguridad Ciudadana en Bolívar, Alex Pantin, informó la detención de tres hombres que robaban equinos en el asentamiento campesino de San Jacinto y vendían la carne en los mercados de la zona como carne de res. En la foto que difundieron, se ve a tres hombres de espalda con shortsfranelas y cholas; y frente a ellos aparecen el cuero, las patas, las vísceras y las cabezas de seis caballos.

―Lo que molesta es que los masacraron de esa manera tan horrorosa para venderlos por tres puyas. No fue que los mataron porque se morían de hambre, ¡no!, fue para sacar provecho, para sacar dinero. Es como un trago amargo que no termino de pasar ―dice Gregoria, todavía con la voz apagada.

Escuchar el rugido de los camiones

Desde muy niño, Alcides aprendió de su padre el negocio de distribuir cosechas. Cada mañana, salían en un camión a recorrer mercados de Caripe, el pueblo del estado Monagas en el que vivían, y de otras localidades cercanas. Sentían que ese oficio siempre les daría prosperidad. I Por VANESSA LEONETT

FOTOGRAFÍAS: LUIS BOADA

Alcides mira hacia el pequeño huerto que sembró en el patio de su casa. Hay matas de plátano, café, naranja, apio España, perejil y muchas más. Tiene 80 años y dice, con orgullo, que en enero de 2021 cumplirá 81. Se le nota vigoroso. Camina con soltura; apenas cojea de la pierna derecha, a consecuencia de una embestida que le dio un toro hace años. Siempre viste pantalón de pinzas y guayabera muy bien planchada. Acostumbra llevar en el bolsillo un peine de mano pequeño que saca, a cada rato, para echarse el pelo hacia un lado.

—Como se peinan los caballeros —dice.

Del huerto sacará los aliños para darle sazón a la carne de las hallacas que preparará en diciembre junto con su esposa y seis de sus siete hijos. Solo faltarán la hija y un par de nietos que migraron. A ellos no deja de extrañarlos.

Alcides se aferra al campo. Nació en Caripe, un pueblo del norte de Monagas, en el oriente venezolano, que parece un jardín natural de grandes dimensiones. El clima frío de su tierra contrasta con el calor de Maturín, la capital del estado, donde ahora vive.

De su padre aprendió a labrar la tierra y el negocio de vender las cosechas. Alcides era el compañero inseparable de el Indio, como cariñosamente le decían al señor en el pueblo. Cuando tenía 10 años, siempre ocupaba el puesto de copiloto en el camión donde trasladaban las cosechas que ofrecían en los mercados, tanto de Caripe como de otros pueblos y ciudades.

Eran los años cincuenta. Entonces Venezuela comenzaba a ser pujante. Mientras el mundo curaba las cicatrices de la Segunda Guerra Mundial, el país disfrutaba de los ingresos provenientes de la explotación petrolera y tenía el Producto Interno Bruto per cápita más alto del mundo. La familia de Alcides, sin embargo, poca importancia le daba al furor que causaba el petróleo. Siguieron en el campo. Porque por aquellos días, cultivar la tierra daba frutos. Y los daba en abundancia. El comercio de café, frutas, verduras y hortalizas era un negocio próspero. Al menos para ellos.

Muy temprano, padre e hijo salían a recorrer los más de 52 kilómetros de distancia que hay entre Caripe y Maturín.

—¿Para dónde vamos hoy? —le preguntaba Alcides antes de salir.

—Hay que llevar la carga a Maturín, ¿traes cobija? Mira que hace frío; no te vayas a encoger aún más en la vía. Vaya y busque la cobija para que le dé calor —bromeaba el Indio.

En el camino, Alcides escuchaba anécdotas que le relataba el padre, muchas vinculadas a las faenas del campo. Si bien no era una familia adinerada, sí contaban con todo lo que necesitaban para estar cómodos.

Pero una mañana de septiembre de 1955 hubo un cambio de rumbo.

Alcides no quería levantarse. Se sentía cansado, abrazaba las sábanas. Aunque debía ir con su padre a Maturín a entregar una cosecha de café, decidió regalarse unos minutos adicionales de sueño. Entonces un grito de espanto lo sacó de la cama: era la voz aterrorizada de su madre.

Creyendo que algo le pasaba, corrió hacia donde estaba para ayudarla. Al asomarse al corredor vio la silueta de ella sobre el cuerpo de su padre: él estaba tendido en el piso con un cinturón cortándole el cuello.

La madre lloraba, pedía ayuda.

Quería arrebatárselo a la muerte, pero ya era tarde.

Alcides, que era un adolescente de 15 años, fijó los ojos en el rostro del hombre que yacía en el piso. Recordó todos los viajes, las largas conversaciones, todas las anécdotas junto a él. Sintió rabia. Su padre acababa de partir a un nuevo viaje. Y se había ido así, solo, sin avisarle.

Tras la muerte de el Indio, la familia debió entregar el camión para pagar una deuda pendiente. Y, para subsistir, comenzaron a vender empanadas, que preparaba la madre; otras veces yuca o café. Alcides trabajaba en lo que podía para ayudarla a mantener a sus seis hermanos menores. Se volvió un agricultor experto. Labró la tierra hasta que luego de cumplir 22 años decidió parar.

Seducido por el boom petrolero, decidió irse a Caripito, un pueblo ubicado a dos horas y media de Caripe, para trabajar en la Creole Petroleum Corporation, empresa estadounidense que se había establecido en Monagas para explotar petróleo. Había escuchado que podían ofrecerle un buen sueldo. Allí lo contrataron y le fue bien. Pero al cabo de un par de años, se retiró porque sintió que en la Creole solo estaba destinado a ser obrero.

No volvió a Caripe. Se quedó en Caripito, donde en 1966 se casó con una joven del pueblo con quien tuvo siete hijos. Durante una década se dedicó a trabajar para empresas de la zona que distribuían café y con el dinero que ahorró, levantó una tienda propia en la que vendía frutas, verduras, hortalizas y alimentos no perecederos. Era un negocio próspero. Entrado en sus 30 cumplió un sueño: compró su propio camión y retomó los recorridos que habían quedado en pausa tras la muerte de su padre.  

Compartía sus labores entre la tienda y la distribución de verduras y hortalizas en el camión, tanto en mercados de Caripito como de Maturín. Las ganancias de sus ventas le permitían vivir sin mayores preocupaciones económicas. Alcides, sin embargo, quería irse a la ciudad. No se veía por siempre en Caripito. Así que más adelante, en la década de los 80, vendió la tienda y decidió mudarse a Maturín, capital del estado Monagas, junto a toda su familia. Allí montó tres locales, donde igualmente ofrecía verduras, hortalizas, granos, frutas y alimentos no perecederos.   

Cuando José Ángel y Rafael, dos de sus hijos, se hicieron adultos, se entusiasmaron con la idea de hacer crecer el negocio. Quisieron apoyar a su padre en el oficio de distribuir alimentos, tal como este lo había hecho con ese abuelo al que no conocieron.

Incorporaron dos nuevos camiones que sustituyeron al viejo. Se les ocurrió comercializar gallinas. Irían hasta Maracay, en el centro del país, a comprarlas para luego venderlas en Monagas al mayor y al detal. Estaban convencidos de que sería rentable.    

En 1994, los viajes eran frecuentes y el negocio próspero. Se la pasaban recorriendo los casi 600 kilómetros que separan a Maturín de Maracay. Siete horas aproximadamente por carretera. En esos recorridos encontraban no pocos obstáculos. En los puestos de control eran costumbre las requisas, las solicitudes de documentos y las retenciones de la mercancía. Siempre había algún contratiempo que solían superar cuando le entregaban parte del cargamento a los guardias nacionales.   

Una vez, un día de 2010, un hecho sobrepasó los abusos a los cuales habían estado sometidos durante más de una década.

—¿Para dónde va la carga? —le preguntó un militar.

—Para Maturín, oficial.

–¿Tiene permiso para el traslado?

—Sí, claro. Aquí lo llevo.

—¡Retengan el camión!

—¿Por qué?, ¿qué falta? Todo está en regla.

—No me le den paso a este camión.

Al cabo de unas horas, les devolvieron el vehículo, pero antes los guardias se encargaron de bajar hasta la última gallina que llevaban en la parte trasera para venderlas a la gente del pueblo. Toda la inversión se había perdido.

Para evitar más incidentes como ese, entendieron que les resultaba mejor negociar con los militares. En los siguientes recorridos, parte de la carga de gallinas se iba quedando en manos de los funcionarios para que les permitieran continuar el viaje. Era eso o resignarse a perder toda la mercancía. Y no dejaban de sentirse indignados. Sobre todo, porque antes se habían sentido esperanzados con Hugo Chávez Frías, quien en ese entonces gobernaba el país, y en sus discursos decía que iba a reivindicar la labor de los trabajadores del campo. Alcides y su familia solo encontraban obstáculos para poder continuar con su oficio. Obstáculos que en los años venideros se multiplicarían, pero que siempre encontraban la forma de sortear.

El país fue cambiando a una velocidad vertiginosa. Avanzó hacia una crisis que trastocó la vida diaria de la gente. En los mercados no había comida, escaseaba el dinero en efectivo, fallaban los servicios públicos. Las personas comenzaron a migrar. En 2017, aunque Alcides se esmeraba en las ventas, una feroz hiperinflación diluía los ingresos. Por eso se les hacía difícil reponer el inventario de la tienda. Y fue así que decidieron quedarse solo con el negocio de compra y venta de gallinas.

Las carreteras se hicieron cada vez más inseguras porque en ellas operaban bandas delictivas que atacaban a los conductores. Transitarlas por la noche era riesgoso. Aun así, la familia no paralizó los camiones. Los viajes continuaron. Y los desafíos también: después de que Venezuela disfrutara durante décadas de la abundancia petrolera y de gasolina gratis, el combustible comenzó a escasear. Eso significaba un problema para la distribución de la mercancía. Tenían que hacer recorridos más cortos. Ya no podían planificar las rutas que transitarían.

Los viajes que comenzaron en los años cincuenta están detenidos. Ahora los camiones están atascados en largas colas de estaciones de servicio. Allí también hay guardias nacionales: están controlando quién ingresa a recibir unos cuantos litros de gasolina. Los hijos de Alcides se turnan en jornadas agotadoras. Se van siempre por la noche y pueden pasar allí entre 12 y 24 horas. Dicen que de nada les ha valido tener salvoconducto de la Alcaldía de Maturín, otorgado a los sectores prioritarios, entre ellos el del transporte de alimentos. La decisión de dejarlos entrar a la gasolinera depende siempre del estado de ánimo de los funcionarios. Si la suerte les acompaña logran unos 20 litros de gasolina, que no alcanza para hacer recorridos entre ciudades. Por eso se mantienen surtiendo solo unos pocos negocios en Maturín.

Alcides se queda en casa esperando a que vuelvan.

—No queremos parar definitivamente los camiones. Si lo hacemos, ¿de qué vivimos entonces? —se pregunta Alcides.

Confiesa no tener la energía de antes, porque los años no pasan en vano. Espera que el negocio que ahora está en manos de sus hijos vuelva a ser productivo. Mientras, atiende su pequeño huerto. Allí sigue, sereno, contemplando ese pedazo de tierra fértil. Que para él representa el recuerdo de aquellos años de bonanza en los que cultivaba la tierra y recorría grandes distancias con su padre. Su aspiración es llegar a los 100 años. No quiere partir a su último viaje sin antes escuchar el rugir de los camiones, ese sonido que le hace recordar aquellos días felices. Cierra los ojos y se recuerda allí sentado al lado de su padre, listo para ofrecer las mejores cosechas.

¿Será que la felicidad siempre se acaba?

Luis, un joven veterinario de 29 años, estaba a cargo de la finca de su padre en Chometa, un pueblo del estado llanero de Barinas. El 20 de agosto de 2020, luego de vender unas reses en Caracas, salió de regreso a casa junto con su amigo Jhon. Pensó que estaba bien acompañado. I MARIAN GONZÁLEZ

ILUSTRACIÓN: CARMEN H. GARCÍA

Tercera Temporada

La Industria

El amargo destino de Santa Clara

Después de 20 años decidí retirarme

El amargo destino de Santa Clara

En el 2010, el gobierno de Hugo Chávez expropió nueve centrales azucareros del estado Yaracuy, en el centro-occidente venezolano. Uno de ellos fue Santa Clara, empresa que producía al menos 840.000 toneladas de caña de azúcar al año, pero que bajo la administración del Estado se desmoronó. Hugo Gilberto Sequera fue su gerente de recursos humanos y cuenta en esta historia lo que vivió puertas adentro.

FOTOGRAFÍAS: JOSÉ JULIAN BRAVO

Después de 20 años decidí retirarme

Pedro Pérez comenzó a trabajar en Protinal Proagro en el año 2000, cuando era una industria próspera que al mes producía toneladas de embutidos y pollos. Tiempo después fue testigo de cómo el hambre se instaló en esa empresa de alimentos. I HEBERLIZETH GONZÁLEZ

ILUSTRACIÓN: IVANNA BALZÁN

Esta historia fue cedida por el sitio web La Vida de Nos para publicar en alianza con Crónica Uno y forma parte de La Ruta del Hambre, proyecto editorial desarrollado por su red de narradores, en el 3er año del programa formativo de La Vida de Nos Itinerante. 

Para leer la primera temporada de este especial haz clic aquí.

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