Los papás de Tocuyito se han vuelto la voz de alerta para las familiares que por la distancia, no pueden ir seguido al penal ubicado en el estado Carabobo.
Caracas. “Allá adentro no hay un animalito, quien está allí dentro me duele es a mí”, manifiesta Julián*, quien desde que su hijo Miguel fue llevado al Centro Penitenciario de Tocuyito, ubicado en el estado Carabobo, no se ha movido del penal.
Por esa razón duerme en el piso de un abasto desde donde tiene visión de la cárcel y puede conocer detalles de manera inmediata sobre la salud de los reclusos, o si hay cambios en los días de visita.
“Nunca me duermo muy profundo porque tengo que evitar que me roben o algo así. Por eso no tengo sábanas, ni nada de esas cosas”, expone.
A diferencia de su esposa, ella ha podido ver a Miguel desde la semana de su detención el 29 de julio. Ese día iniciaron las protestas en rechazo a los resultados de las elecciones presidenciales emitidos por el Consejo Nacional Electoral (CNE), que dieron como ganador a Nicolás Maduro. El padre de joven de 18 años no ha podido verlo desde entonces, pues solo las parientes del sexo femenino tienen permitidas las visitas.
“Mi chamo había ido a la farmacia a comprar unas medicinas porque lo operaban al día siguiente. Solo teníamos cuatro días de haber llegado de Colombia. Mi hijo no estaba ni registrado en el CNE”, afirma el padre de 50 años.
En más de una ocasión, ha podido notificar a parientes que no viven cerca de Valencia sobre cambios en los días de visita, así como de algunas cosas que ocurren dentro de la cárcel.
Ser uno de “los papás de Tocuyito” ha hecho que madres, abuelas, hermanas y tías que van a visitar a los suyos, detenidos en circunstancias similares, lo saluden con afecto.
“Más de una vez ese que está ahí nos ha salvado de no perder la visita”, dice una madre del estado Lara mientras le observa con agradecimiento.
Decisión inamovible
Insiste en que hasta que su hijo no lo excarcelen, “nadie” lo moverá de ahí, por lo que hace caso omiso a los funcionarios de la Policía Municipal del estado Carabobo, quienes durante sus patrullajes le dicen que no puede permanecer en las cercanías de Tocuyito.
El mismo cuerpo policial cerró una vez, durante tres días, el local comercial como represalia al dueño del abasto, quien también presta colaboración a las mujeres que visitan a sus detenidos.
Cuando su hijo lo llama por teléfono le hace saber que no lo abandonará e insiste en que se intercambiaría con él de ser necesario.
Julián no está solo. Así como él, otro padre más pernocta frente al centro penitenciario y un tercero, va todos los días por largas horas con el mismo propósito.

Los papás de Tocuyito
Desde un negocio que queda frente a Tocuyito, Víctor, de 46 años, saluda a varias mujeres que desde hace dos meses se han vuelto cercanas a él, por compartir el dolor de tener a sus hijos presos “de forma injusta”.
A diferencia de los otros dos papás, que también están residenciados en Valencia, él solo había viajado desde Colombia con el objetivo de votar en las elecciones y regresar. Sin embargo, retornar al país fronterizo ya está lejos de sus planes.
Ahora permanece con sus ojos al pendiente de una pequeña ventana desde donde su hijo de 18 años le saca un pañuelo de color con el que lo saluda en la distancia.
“Mi hijo puede verme, pero yo a él no”, dice mientras contempla el conjunto de ladrillos calados que funcionan como ventilación en las celdas de los reclusos.
Antes dormía junto a Julián bajo el techo del abasto o en una plaza cercana, pero ahora, además de estar pendiente de que no trasladen a su hijo sin aviso, logró conseguir trabajo en un negocio frente al retén, lo que le ayuda a sostener los gastos de permanencia.
“Yo soy hijo único. La mamá de mi hijo también está en Colombia así que la única que lo puede visitar aquí, es mi mamá, que era la que vivía con él. Aunque yo no puedo verlo, no lo dejaré solo”, sostiene.
Cuando su hijo esté en libertad, tampoco se irá, pues que planea ayudarlo a recuperarse de los daños físicos y psicológicos que Tocuyito le ha dejado.
“Mi muchacho lo único que quería era ser barbero y seguir enseñando beisbol a los niños chiquitos. Eso era lo suyo: la barbería y el deporte. Le ha tocado vivir cosas a las que no estaba acostumbrado y yo lo voy a ayudar con eso”, resalta.

Los daños
A diferencia de los otros padres, Tomás dejó de dormir en los alrededores del penal por petición de su hijo.
Durante una de las llamadas, este le contó que podía verlo desde las ventanas, lo que le generaba mucha angustia.
“Él me decía: Papá yo puedo verte desde aquí. A mí me duele mucho verte dormir en el piso, o puesto ahí en ese sol. No lo hagas más”, rememora.
Lamenta que no ha podido ser tan constante como sus otros dos compañeros, pues en muchas ocasiones no tiene para pagar el pasaje desde su casa, que queda a más de una hora del penal.
Aunque la abuela del joven de 20 años es quien entra a las visitas, él la acompaña y va cada vez que puede con tal de ver el pañuelo ondear desde la ventana.
“Esto ha sido durísimo. Yo cuando estoy en casa me encierro en el cuarto y me echo a llorar en la cama de mi hijo. Esto no se lo deseo a nadie”, expresa el hombre de 40 años.
Doble castigo
Los papás de Tocuyito cuentan que lo que más les duele y preocupa es la condición de salud de sus hijos. La mayorá se ven más delgados en cada visita por la poca comida que les dan y el mal estado de la misma.
También saber que son constantemente golpeados como método de castigo cuando hacen cualquier reclamo relacionado con la comida, falta de agua, o alguna situación injusta.
Con esperanza, esperan que el Gobierno comunique que sus hijos saldrán pronto y que volverán a sus casas para seguir sus vidas y cumplir con las metas que por el encierro, han paralizado.
Hasta la fecha, la ONG Foro Penal ha contabilizado un total de 1963 detenciones desde el 29 de julio.
De la cifra, 1720 son hombres que permanecen recluidos en las cárceles de Tocuyito, Tocorón y Yare.
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