Adulto Mayor-suicidio
Convite denunció que si bien el 70% de los adultos mayores de Venezuela tienen una pensión por vejez, esas asignaciones no tienen ninguna capacidad adquisitiva/ José Ángel Núñez.

Especialistas apuntan que la diáspora venezolana dejó a muchos adultos mayores sin el apoyo familiar para tareas cotidianas como la gestión de citas médicas, compra de alimentos o cuidados de emergencia. Esto se traduce en cuadros de ansiedad, rabia, impotencia y depresión. Sugieren la creación de redes de acompañamiento para promover el cuidado colectivo.

Caracas. Durante cuatro décadas, Josefa*, de 68 años, dedicó su vida a trabajar como secretaria en la administración pública hasta finalmente jubilarse. Hoy, todos esos años de servicio se traducen en una quincena de 84 bolívares, el bono de guerra y una pensión de 130 bolívares que no le alcanzan para vivir.

Aunque el hambre no perdona, Josefa asegura que su mayor preocupación es su salud. En un examen médico reciente le detectaron hígado graso —una acumulación anormal de grasa en el hígado—, colesterol y lípidos elevados.

También presenta deficiencia de calcio, hipertensión —presión arterial alta que puede dañar órganos vitales— y una predisposición a la diabetes que compromete su vida. Los médicos le exigen una dieta que cuesta diez veces lo que gana.

De su ingreso limitado, primero debe cubrir lo innegociable: el condominio, la televisión por cable y la electricidad. Después vienen las medicinas esenciales. Lo poco que queda apenas alcanza para algo básico, nunca para un mercado completo que le permita cumplir con un régimen alimenticio mensual.

Josefa vive sola. Su hija emigró —como parte de la ola migratoria que ha sacado del país a más de 7.000.000 de venezolanos, según estadísticas de la Organización de Naciones Unidas— y una sobrina que la visita con frecuencia es su única red de apoyo, aunque con recursos limitados.

A pesar de su esfuerzo por mantenerse optimista, algunos días se siente desolada y abrumada por la situación económica y su futuro incierto.

“Trato de estirar lo que me pagan, pero cada vez que voy al mercado compro menos cosas. Ya de las proteínas y los vegetales me olvidé porque no puedo permitírmelo. Sobrevivir en el país para un adulto mayor con problemas de salud se convirtió en un lujo”,

afirma.

El impacto de las “casas vacías”

Cifras de la organización Convite arrojaron para septiembre de 2025 que cerca de 400.000 adultos mayores viven solos—una consecuencia directa de la migración, que ha fragmentado miles de hogares—, lo que equivale al 9 % de la población del país, estimada entre 3.800.000 y 4.000.000 de personas.

Los estudios muestran que esta población enfrenta una situación crítica, marcada por una alta vulnerabilidad social, económica y sanitaria —condiciones que dificultan el acceso a medicinas, alimentos y acompañamiento— agravada por la migración masiva de familiares jóvenes.

95% de los adultos mayores recibe pensiones que no cubren sus necesidades básicas, según datos de Convite.

Fuentes consultadas por Crónica Uno coinciden en que la diáspora dejó a muchos adultos mayores sin apoyo familiar directo para tareas esenciales como gestionar citas médicas, comprar alimentos o atender emergencias —actividades que requieren movilidad, dinero y acompañamiento inmediato. Esto tiene graves repercusiones en su salud mental.

Cuadros de ansiedad, rabia, impotencia y profunda tristeza son manifestaciones frecuentes entre las personas de la tercera edad afectadas por la soledad.

La lucha en la economía informal

Antonio*, de 70 años, se levanta cada día a las 5:00 a. m. para trabajar. Su “oficina” son las calles de Catia, cerca de la estación del Metro de Plaza Sucre —una de las zonas más transitadas del oeste de Caracas— donde vende chucherías: caramelos de menta, chupetas rojas y paquetes de galletas saladas.

No dispone de un puesto fijo, deambula entre las calles. A veces aborda las camionetas y otros días vende su mercancía en el Metro. Durante más de 20 años se desempeñó como electricista y plomero, pero en la actualidad sobrevive de sus ingresos diarios como comerciante. Vive con su esposa, quien padece de Alzheimer.

Sus hijos y nietos viven en Colombia y también atraviesan dificultades. Para Antonio, la pensión es una ofensa —una percepción común entre jubilados que sienten que sus ingresos no reflejan sus décadas de trabajo. Por eso sale a trabajar desde temprano.

“No quiero pedir, quiero ganármelo. A mi edad, uno debería estar con los nietos, pero yo estoy aquí, batallando. Hay días buenos y días malos. Cuando los bolívares se mueven, puedo hacer hasta 30 dólares que para algo me alcanzan”,

dice.

Para 2024, un 47% de los adultos mayores encuestados en 19 estados seguían activos laboralmente, desempeñándose dentro de la economía informal, según una encuesta de la ONG Convite.

En el país, la reincorporación de las personas de tercera edad al mercado laboral responde a una estrategia de supervivencia ante una crisis prolongada caracterizada por necesidad económica.

Una fuente vinculada a la defensa de los derechos humanos* señaló que muchos adultos mayores viven desde hace alrededor de cinco años sin compañía familiar, luego de que sus parientes emigraron durante la ola migratoria.

Edadismo

Solo algunos reciben ayuda de familiares dentro o fuera del país, o cuentan con redes de apoyo conformadas por vecinos o allegados. Sin embargo, 53% aún era responsable de los ingresos del hogar en 2024 —un dato que refleja que muchos sostienen económicamente a otros, pese a su precariedad.

Aunque la Ley Orgánica para la Atención y Desarrollo Integral de las Personas Adultas Mayores (2021) busca garantizar el respeto a la dignidad y prohíbe la discriminación por edad en el empleo, las empresas privadas suelen tener restricciones de edad. Esta limitante dificulta el acceso a trabajos formales con mejores condiciones.

A la discriminación por edad en el ámbito laboral se le conoce como edadismo —prejuicios y restricciones basados en la edad, que afectan tanto la contratación como el trato en el entorno laboral—. Este fenómeno, unido al de las “casas vacías”, conforma un tándem fatal para la estabilidad mental.

Marisol Ramírez Vargas, especialista en planificación de políticas de salud del Centro de Estudios para el Desarrollo (Cendes), indicó que la población de adultos mayores en el país enfrenta una crisis de salud mental y social impulsada por el inédito proceso migratorio.

La urgencia de la redes de apoyo

La especialista señaló que, aunque la sociedad asume que el cuidado de los padres recae sobre los hijos —una norma cultural arraigada en muchos países latinoamericanos—, esta expectativa se ha vuelto una ilusión.

En muchos casos, los familiares no pueden asumir tareas cotidianas desde el extranjero, y las comunidades carecen de la cultura necesaria para entender el cuidado como una responsabilidad compartida —concepto conocido como “sociedad de los cuidados”.

En opinión de la experta, las consecuencias de la falta de redes de apoyo en las últimas etapas de la vida son cada vez más palpables.

Si bien el deterioro cognitivo es una consecuencia natural del envejecimiento, se vive con mayor intensidad y una carga emocional fatalista cuando ocurre en soledad. Eso se traduce en una reducción significativa de la expectativa de vida a largo plazo.

Vejez en soledad

De acuerdo con la Organización Panamericana de la Salud (OPS), la esperanza de vida al nacer en Venezuela para 2024 fue de 72,7 años —un indicador que mide el promedio de años que se espera que viva una persona desde su nacimiento—, por debajo del promedio regional.

“Hay una variedad de síntomas conductuales en los adultos mayores que enfrentan la vejez en soledad. Se expresa con mucha frustración. Estas personas a veces se vuelven solitarios y evitan relacionarse, tienen un humor cambiante, llanto fácil, irritabilidad o ira desmedida en circunstancias que no ameritan ese tipo de respuesta”, explicó la especialista.

Ramírez Vargas enfatizó que este panorama devenido con la pandemia y la migración expuso la urgencia de implementar una «sociedad de los cuidados» donde esta responsabilidad sea compartida como un derecho y un deber.

La investigadora recomendó:

  • Redes comunitarias: generar redes de apoyo vecinales y comunitarias para apoyar a los adultos mayores que no tienen a la familia presente.
  • Educación emocional: diseñar un programa de socialización y educación emocional desde la infancia para concienciar sobre la vulnerabilidad como una condición natural.
  • Equidad de género: desvincular la noción de que los cuidados son tarea inherente solo a la mujer.

La mitigación de estos efectos de la soledad requiere que la sociedad en general entienda que el cuidado es una responsabilidad colectiva.

(*) La información de esta nota incluye aportes de fuentes que solicitaron anonimato por motivos de seguridad. Crónica Uno garantiza la protección de su identidad.

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