Foto: MB, cortesía pra Crónica Uno

Maribel vive en la parroquia Coche, muy cerca de Fuerte Tiuna. Relata cómo ella y su familia vivieron la incursión del gobierno de Estados Unidos. Sin luz, sin señal y con el sobrevuelvo de las aeronaves trataron de buscar información sobre qué pasaba.

Caracas. “Busca las cédulas y las prendas de valor. Agarra la laptop de tu hermano. Unas botellas de agua. Si tenemos que salir corriendo de la casa, salimos con eso”, dijo Maribel* apenas escuchó la primera explosión.

En medio de la oscuridad, y con determinación, Maribel le pidió a su hija, de 21 años de edad, que preparara un bolso con esos insumos. La muchacha, quien trataba de controlar todos sus movimientos, hizo lo que su mamá le pidió y se encargó de revisar los teléfonos para saber cuál tenían y saldo. 

“Siempre se mantuvo a mi lado, pero no dejaba de ver el cielo, los destellos, el ruido tormentoso, el humo. Cada segundo era un temor por la vida”, cuenta.

Maribel supo que el gobierno de Estados Unidos bombardeaba Caracas a eso de la 1:50 a. m. del 3 de enero.

Foto: MB, cortesía pra Crónica Uno

“Las puertas, las ventanas y las paredes temblaban. Estaba despierta, como muchas otras noches que no puedo dormir. Acababa de apagar el televisor, me puse a revisar Instagram y me di cuenta que no había internet. En eso un ruido, que pensé eran truenos, me sacó de la cama. Pero en segundos comprendí que no eran truenos ni tampoco un terremoto, era un bombardeo. De inmediato fui a cargar el celular porque sabía que pronto nos íbamos a quedar sin luz”. 

Pero a Maribel no le dio oportunidad de cargar el telefóno porque se fue la luz. De nuevo se sobresaltó. Abrió la puerta y fue a buscar a su hija, pero ella ya estaba frente a su cuarto: “¡mamááá!”, le gritó. 

“La agarré, le dije que nos están bombardeando y ella asintió. Ya había visto el cielo. De golpe desperté a mi esposo. Se paró, se vistió, corrió a buscar las llaves y yo, que suelo actuar con calma, entré en pánico, porque justo mi hijo se había ido esa noche para La Guaira. Quería salir a buscarlo y cuando salgo al porche de la casa, veo sobre mi vereda cerca de cuatro helicópteros inmensos, no llevaban las luces encendidas e iban en fila hacia Fuerte Tiuna”. 

Foto: @cbonneauimages

Otra aeronave pasó por el extremo izquierdo de su casa. Describió que el ruido era como si la tierra se abría y se combinaba con la serie de explosiones. Se escuchaba el silbido de algo que se asoció con misiles, uno tras otro, sin pausa: 10, 15, 20 detonaciones. Perdió la cuenta

“Eran tan cerca que nos propusimos salir a la calle, pero un vecino gritaba que no saliéramos porque había drones. Nos cambiamos la ropa, nos pusimos suéteres oscuros y salimos, mi esposo, mi hija, mi hermano y yo. Necesitábamos tener más información”.

Desde las 2:09 a. m. Maribel ya no pudo comunicarse más por teléfono. A esa hora entró el  último mensaje de su hijo: “Mamá hay explosiones hacia Caraballeda, ¿ustedes están bien?”.

“Mi mente estaba con él, pero mi familia y yo estábamos a tan solo 10 minutos de Fuerte Tiuna, donde está la sede del Ministerio de la Defensa, la EFOFAC, la Comandancia General del Ejército, el polígono de tiro, el Centro de Alimentación del Ejército, el Círculo Militar de Caracas, el Batallón Bolívar. Fuerte Tuina estaba bajo fuego y no hubo respuesta o defensa bélica, eso lo suponemos porque el sonido continuo de las bombas así lo indicaba”. 

El grupo Delta Force y el 160 Regimiento de Aviación de Operaciones Especiales, también conocidos como los “acechadores nocturnos” de Estados Unidos, entraron a Fuerte Tiuna, bajaron de los helicópteros y detuvieron a Nicolás Maduro y a su esposa Cilia Flores.

“Eso lo supimos a las 3:12 a. m, porque mi esposo, inquieto, se movía por la zona buscando señal y le entró un mensaje. Pero aún era incierto todo”.

A eso de las 2:20 a. m las bombas disminuyeron, pero no las ráfagas que salían de los helicópteros.

Foto: MB, cortesía pra Crónica Uno

“Ese último ataque fue incisivo, fue una descarga de metralla que terminó con la operación que duró media hora. Luego de eso, las llamas, el humo y el silencio tras los bombardeos se apoderaron del ambiente. Ni los perros ladraron. En el aire quedó el avión centinela que no se dejó ver desde esta zona, pero su sola presencia era una amenaza constante. Media hora estuvo volando, iba y venía al acecho y eso sobresaltaba los nervios”.

Durante ese tiempo, Maribel observó a grupos de familias que corrían despavoridas. Eran los residentes de Fuerte Tiuna. Los vio descalzos, en batas, sin camisas, con las almohadas y cobijas, con las linternas de los celulares alumbrando el camino. “Todos iban desconcertados, llorando, pidiendo refugio”. 

No sabían por dónde caminaba. Unos se perdieron y pedían ayuda para subir a la otra montaña, hacia la Panamericana. “Querían seguir subiendo para mantenerse a resguardo. Los niños y niñas iban aterrados y no es para menos. Una mujer lloraba porque tuvo que dejar a sus padres en el apartamento ya que no podían correr, decía: Dios por qué”.

A esa mujer Maribel le dio agua con azúcar y a otros les dijo por dónde seguir. “Fuimos los únicos que salimos a tender una mano y no me arrepiento de haber corrido ese riesgo”.  

Foto: MB, cortesía pra Crónica Uno

Maribel supo que fue la primera bomba que los dejó sin luz, también se registraron otras zonas sin electricidad, como El Valle, Santa Mónica, El Paraíso y Baruta. Al principio, algunos vecinos comentaron que una bomba cayó en la subestación eléctrica ubicada en la entrada de Coche, cerca del puente La Gaviota. Pero a las 5:00 a. m. su esposo fue a verificar y las instalaciones estaban intactas y sin resguardo de los efectivos militares

“Al amanecer vimos humo denso en la parte alta del cerro, de la montaña que protege la carretera Panamericana, lo que se conoce como la calle 18. Amigos que viven por esa zona nos confirmaron que ahí ocurrió el primer ataque y que de inmediato se fue la luz. En el cerro aún hay casas con esquirlas, hay unas que pesan más de un kilo”. 

Lo que vino horas después fue el deja vu. “Siendo chama viví el caracazo, los golpes de Estado del 4F y 27N de 1992, el 11 de abril (ya como reportera) la crisis humanitaria compleja, las protestas del 2014 y 2017, la violencia en la calle de los grupos armados, los apagones de 2020. Son muchas cosas que me han cambiado la perspectiva y me ha llevado los sentidos a otros niveles, pero esto, lo sucedido la madrugada del 3 de enero, marca un antes y un después. Es un hito en mi historia y en la de mi país que tendrá una trascendencia política, económica y social de envergadura. Por ahora, escuchar una moto me trae a la mente el ronroneo inicial de los helicópteros, ese que escuché pero elevado al 1000%. Me imagino que otras afectaciones me saldrán con el paso de los días”.

La experiencia que no quiso revivir fue la de hacer colas para comprar agua y comida. Prefirió quedarse con lo poco que tenía en casa. 

Luego de la incursión militar estadounidense los vecinos salieron a primeras horas a abastecerse en los pocos locales que abrieron, como sucedió en distintos sectores de Caracas.

Aún sin luz los dueños a través de las rejas vendieron casi toda su existencia. Los pagos se hacían en efectivo. Muchos sacaron los dólares que tenían guardados. Hubo precios que subieron absurdamente. Al cambio el dólar lo tenían a 500 o 600 bolívares. 

En esa zona no hubo transporte público ese sábado, 3 de enero, se vió el recorrido de unidades motorizadas de la Guardia Nacional Bolivariana (GNB), de civiles armados y a mucha gente apostada en los pasillos de las estaciones del Metro para cargar sus celulares o tratando de encontrar conexión hacia los lados de la avenida Intercomunal de Coche.

“Los rostros de la gente mostraban mucho cansancio. Quienes durmieron en las aceras y en los alrededores del centro comercial de Coche, entre ellos muchos niños y niñas, eran parte de un escenario donde la incertidumbre y el desconcierto eran el plato fuerte”, reflexiona Maribel.

La luz llegó un poco antes de las 6:00 p. m. del domingo 4 de enero. “Esa noche mis hijos y yo nos quedamos hasta el anochecer sentados en la terraza viendo el cielo, aún recordando con asombro lo vivido, pero con temor a que una de esas estrellas fuera un dron o un misil. Al final, el bolso con las cédulas, las prendas, la laptop y las botellas de agua, se quedó en el  mueble”.     

Para el momento en el que Maribel y su familia lograron conexión en Venezuela, y el mundo, se conocía que Nicolás Maduro y Cilia Flores enfrentarían un juicio en Nueva York, por presuntos delitos de narcotráfico.

(*) La información de esta nota incluye aportes de fuentes que solicitaron anonimato por motivos de seguridad. Crónica Uno garantiza la protección de su identidad.

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