Un administrador, una comunicadora social, un músico y una psicóloga. Cuatro jóvenes que han decidido quedarse en Venezuela construyendo futuro a pesar de la crisis conversaron con Crónica.Uno y compartieron las razones por las que apuestan por Venezuela. Anhelan democracia, libertad, seguridad y oportunidades.

Caracas. Joel Morales, Elizabeth Alfonzo, Armando Díaz y Fabiana Montilla. Cuatro jóvenes venezolanos que han decidido seguir en Venezuela para alcanzar metas y dar su aporte al país a pesar del deterioro generalizado que les ocasiona, muchas veces, desgaste físico y emocional. Para ellos, irse del país no es una alternativa.

En ocasión de los 205 años de la Batalla de la Victoria, y en el contexto del Día de la Juventud, estos cuatro jóvenes conversaron con Crónica.Uno sobre las propias batallas que libran cotidianamente para concretar proyectos personales y sociales que se traduzcan en vida digna para todos.

Joel, Elizabeth, Armando y Fabiana no forman parte de ese gran número de jóvenes que tiene entre ceja y ceja migrar. Según una encuesta publicada por la Cámara Venezolano-Americana de Comercio e Industria (Venamcham) en febrero de 2017, el 77 % de los jóvenes venezolanos con edades comprendidas en los 18 y los 21 años emigraría del país si tuviese la oportunidad de hacerlo. Lo mismo haría el 67 % de las personas con edades comprendidas entre los 22 y los 35 años.

Contrario a las estadísticas, en el mercado inmobiliario, en la acción social, en la música y en la psicología estos cuatro muchachos encuentran razones para seguir apostando por Venezuela. Democracia, libertad, seguridad y oportunidades son palabras que dibujan el país que anhelan estos jóvenes y que están construyendo, desde lo pequeño, con empeño cotidiano.

“La esperanza me amarra al país”

Joel Gerardo Morales Rodríguez tiene 25 años. Nació en el Hospital Dr. José Gregorio Hernández, ubicado en Los Magallanes de Catia. Es Técnico Superior Universitario en Administración Financiera e hizo el curso de Asistente Administrativo en el Instituto Nacional de Capacitación Educativa (INCE). Hace dos años trabajaba en una institución bancaria, pero renunció para asumir en compañía de otros jóvenes un emprendimiento en bienes raíces.

“No está dentro de mis proyectos irme de Venezuela, aunque sí me lo han propuesto. ¿Qué me amarra al país? Me amarra la esperanza, ver que a pesar de la situación hay oportunidades de salir adelante acá en Venezuela. Siento que irme en medio de esta situación es como, por ejemplo, dejar a tu compañero herido en plena guerra. Si tu compañero está herido, ¿tú te vas? No”, sostiene Joel.

Actualmente y en compañía de otros jóvenes, Joel desarrolla la iniciativa de una empresa de bienes raíces que espera se convierta “en una gran empresa inmobiliaria, que tenga sucursales en todo el país, incluso internacionalmente”.

Así como centenares de jóvenes libraron una cruda batalla por la independencia de Venezuela el 12 de febrero de 1814, hoy Joel siente que también libra una dura batalla por salir adelante, sin embargo, no se amilana.

La batalla que está dando la juventud venezolana es por la vivienda, es por los estudios, es una batalla por la alimentación, es de superación personal; incluso estamos batallando por tener una familia, pues dada la situación, chamos de mi edad que quisieran tener una familia no pueden hacerlo”, asegura.

Aunque Joel percibe dificultades en el proceso de autorrealización de los jóvenes, problemas en el funcionamiento de la educación, deterioro de los servicios públicos, afirma que “el problema venezolano está en los costos, en el poder adquisitivo de los ciudadanos, en la economía del país”.

Sin embargo, en medio de esa problemática, sigue trabajando a diario por tener una gran inmobiliaria. “Hace dos años surgió la idea, leímos libros sobre emprendimiento, vimos que necesitábamos un dinero para invertir y nos pusimos a hacer videos para YouTube para generar ese ingreso. Leí en un libro una frase que me movió: empieza sin experiencia, o sea, empieza sin nada. Y nos lanzamos. Fui a una conferencia donde sentí que Dios nos mostró el camino, como que nos dijo: ‘Empiecen ya’, y empezamos”.

“Un día uno de los muchachos del equipo entrevistó a una inmobiliaria, y obtuvo mucha información sobre los pasos que se tenían que dar y a partir de eso empezamos a hacer el trabajo, empezamos a llamar, captamos al primer cliente, luego hicimos la primera venta y ahí vamos”, narra Joel.

Reconoce que empezar desde cero un proyecto es bastante difícil, y más en el contexto venezolano. “Estamos en la peor situación que haya vivido Venezuela. Se ha hecho bastante complicado porque las ventas en el ámbito inmobiliario han bajado un 90 %. Del 10 % que queda, nosotros estamos trabajando con un 2 %, el otro 8 % lo tienen inmobiliarias más grandes que nosotros, pero ese 2 %, gracias a Dios, nos ha sostenido, nos ha dado rentabilidad. Ya tenemos una oficina alquilada y así vamos avanzando”, dice.

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Para Joel, este 12 de febrero “es un día más de lucha, porque no es una fecha para celebrar. Más bien debería ser una fecha que nos impulse a seguir luchando por nuestro país, para rescatar la democracia y rescatar la libertad. Yo creo que hoy es un día histórico, y es un día que la juventud debería aprovechar para protestar en contra de todo eso que daña nuestro país”.

“Estamos hechos de valor y somos a prueba de fuego”.

Nació en Ciudad Ojeda, estado Zulia, pero la batalla por su sueño la llevó hasta Propatria, al oeste de Caracas. Tiene 26 años. Es licenciada en Comunicación Social egresada de la Universidad del Zulia (LUZ), y cursa una maestría en Comunicación Organizacional en la Universidad Católica Andrés Bello (UCAB). A su corta edad ha asumido la coordinación general de la asociación civil Tejiendo Redes (TR). Su nombre: Elizabeth Alfonzo.

“Tejiendo Redes pertenece a la Sociedad del Divino Salvador, la congregación de los padres salvatorianos en Venezuela. Es un emprendimiento social que desde hace un año empezó a construirse con el propósito de gestionar proyectos sociales y socioproductivos a beneficio de las obras sociales de los salvatorianos: casas hogares, centro de salud, tres colegios parroquiales, una asociación civil que se dedica a la formación en arte y deporte, una casa hogar para abuelos, unos programas de becas. La mayoría de las obras funcionan en Caracas, pero también hay en Bolívar y en Mérida”, detalla Elizabeth.

Visiblemente conmovida reconoce que desde que se estableció en Caracas ha tenido que asumir una ardua batalla. Lo primero que menciona es el choque cultural. “Empecé a tener contacto con la realidad del barrio, a ver cómo se vive acá, cómo se maneja la gente acá. Y ha sido fuerte, porque fui formada en otros espacios, en otra dinámica”.

Pero además del choque cultural, Elizabeth reconoce que el ritmo de la vida en Caracas la desgasta. La falta de transporte la obliga a salir y entrar al barrio caminando, además tiene que invertir mucho tiempo para conseguir las cosas que necesita para su consumo personal: comida, productos de aseo, productos de limpieza para la casa.

También resiente el deterioro de la educación. La experiencia en LUZ y ahora la maestría en la UCAB le permiten ver que en una universidad privada es prácticamente imposible estudiar. “Yo veo a los muchachos de pregrado y me pregunto cómo hacen para pagarse el semestre, si a mí me cuesta y hago mil cosas para conseguir la plata cada semestre; y en una autónoma ni siquiera se sabe cuándo hay clases”, acota.

Sin embargo, a pesar de las batallas que permanentemente libra esta zuliana, afirma no querer irse de Venezuela.

He tenido la oportunidad de irme con todo listo para vivir y trabajar fuera, ejerciendo mi carrera, trabajando en el área. Pero he dicho que no porque quiero estar aquí. Yo no me he ido del país porque siento que Dios me llama a actuar como una venezolana, como un ser humano, como católica dentro de esta la situación país que estamos viviendo”, cuenta Elizabeth.

“Yo necesitaba un espacio donde pudiera vincular tres cosas importantes vocacionalmente para mí: vivir siendo una misionera, respondiendo a mi vocación social y ejerciendo la comunicación social”, sostiene. Y ese espacio lo ha encontrado en TR.

Habla de TR con total seguridad, como quien ha visto nacer un proyecto. Y así ha sido. “El trabajo en TR se enfoca en atender a personas vulnerables en el país. Tuvimos un equipo pero todos se fueron, ahora estamos rearmando el equipo. Hay nuevamente equipo y estamos comenzando. Estar al frente de una organización como esta, a los 26 años, es algo que no me esperaba, es algo que me hace sentir orgullosa porque he trabajado duro para ello, pero sobre todo es algo que me hace comprometerme y esforzarme más”.

Elizabeth asume esta tarea de liderazgo como una misión. “Soy una hormiga de todo este hormiguero, y mientras más hormigas negras haya dispuestas a picar duro y a trabajar por la gente que necesita una oportunidad, mucho mejor”.

Este 12 de febrero, a juicio de Elizabeth, es un día para marchar: “Tenemos todo el derecho del mundo a ser rebeldes y a luchar por que las cosas en este país mejoren”.

“Hoy es un día para que muchos jóvenes venezolanos nos sintamos orgullosos de lo que somos: venezolanos hechos de valor y a prueba de fuego, no creo que ninguna situación que pueda sobrevenir nos robe la esperanza. Si esta situación país no nos ha derrumbado del todo, definitivamente tiene que haber mucho valor dentro de nosotros”, sostiene la joven zuliana.

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“La música es mi vida”

Armando Díaz, o Armando José, como le dice su mamá, tiene 18 años. Es bachiller y desde enero de 2018 estudia Ingeniería de Sonido y Producción Musical en la Academia Audioplace. Aunque reconoce que le falta mucho por aprender, Armando no es un principiante en el mundo de la música. Toca desde los 13 años y desde entonces afirma haber compartido tarima con un sinfín de artistas.

“La música es mi vida y mi proyecto musical requiere de muchas cosas. Al momento de tocar me he dado cuenta de que la única manera de hacerlo en Venezuela es que me enfoque en diferentes áreas de la música para poder financiar ese proyecto personal”, explica.

Y en eso está actualmente Armando. Además de sus estudios, se dedica a la producción musical y a tocar guitarra, lo hace con la banda Séptima Carta y con la productora Guacamaya Music & Media. “Yo quiero tener mi propio estudio de grabación, trabajar en él, vivir de él, y para ello se requieren muchos equipos; producir una canción lleva mucho trabajo y pasa por un proceso de composición, arreglo, grabación, edición, mezcla, masterización y distribución; para todo eso hay que prepararse”.

Cada una de estas tareas las va aprendiendo Armando en el transcurso de su formación como productor musical, carrera que quiere ejercer en Venezuela.

El joven no es de respuestas dicotómicas. Para él las cosas no son blancas o negras. Percibe lo complejo de la realidad y a la hora de abordarla su planteamiento también se hace complejo.

Venezuela –explica Armando– tiene ventajas y desventajas para el ejercicio profesional de la música. “Aquí es más fácil producir porque es más barato. Afuera se cobra mucho más por producciones. Acá han bajado los precios de horas de grabación; producto de la situación del país los músicos tienen tarifas más económicas para poder obtener ingresos. Producir música en Venezuela es más sencillo y estudiar producción musical es mucho más barato en comparación con otros países”.

Dadas esas condiciones favorables, el joven músico ve posible ejercer su carrera en el país. “Yo puedo, desde mi casa, trabajar para personas en otros países. Mi carrera puedo ejercerla desde cualquier parte del mundo, mezclar la canción de un artista, hacerle los arreglos, masterizarla, todo se puede hacer aunque la persona esté lejos”.

Sin embargo, Armando reconoce que hay una situación de desventaja. “En cuanto a tener los equipos, en Venezuela es difícil porque cuestan mucho, pero sobre todo porque es muy peligroso… Es un riesgo sacarlos a la calle; es delicado tener un estudio, que la gente sepa lo que tienes ahí. Sé de muchos robos de equipos que son muy caros. Una guitarra más o menos profesional te puede costar 1500 dólares. Y hay equipos que te pueden costar 2000 o 3000 dólares”.

Ante esta situación difícil, le preguntamos a Armando si los jóvenes venezolanos, así como en 1814, hoy libran alguna batalla. Su respuesta: sí y no.

“Las batallas no permiten tener paz, las batallas son sinónimos de guerra”, y en principio, eso no es lo que ve Armando en su cotidianidad. Pero, a medida que conversa hace algunas concesiones. “A veces uno se siente presionado por la gente, por el Gobierno, por muchas cosas. Cuando uno se encuentra con esas situaciones de presión, pudiera ser que en ese momento uno sí sintiera que está librando una batalla”.

Las dificultades que como músico encuentra cuando se traslada con sus instrumentos musicales sin contar con transporte particular; los niveles de agresividad y de caos que percibe en el Metro de Caracas; ver frente a su academia niños revisando y comiendo de la basura son situaciones que le hacen pensar a Armando que, actualmente, se pudieran estar librando en el país distintas batallas.

“No podemos decir que todos estamos en una batalla. En el Metro veo gente muy necesitada, gente que insulta, también veo gente que le echa bolas a la vida, que quiere hacer las cosas bien, y veo gente que tiene mucho dinero y no tiene muchas preocupaciones, gente a la que no le importa nada. La crisis es algo que depende de la percepción, depende mucho de dónde estés ubicado”, afirma.

Este 12 de febrero, para Armando, es un día como los demás, en el que hay que ir a clases, a estudiar y a trabajar. Sin embargo, aprovecha la entrevista para hacer una reflexión:

Este es un día que me permite ver que la juventud está en peligro porque tiene un peso muy grande encima: levantar el país, construir el país, y lo peor es que no sabemos la magnitud del daño que tenemos que revertir”.

“Hoy le diría a los jóvenes que no nos equivoquemos, que trabajemos y que juntos salgamos adelante; es un poco cliché esto, pero es así, juntos es como podremos salir adelante, aunque nos toque adelantarnos a la adultez”, concluye.

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“Estudié una carrera que quiero ejercer aquí en Venezuela”

Está a punto de terminar su tesis de pregrado para obtener la licencia como psicóloga en la Universidad Central de Venezuela (UCV). Su nombre es Fabiana Montilla, una joven de 25 años de edad, nacida en Caracas, en la Clínica Santa Ana, y residenciada en una comunidad popular de Catia de donde sale cada día a construir futuro.

Irse del país no está dentro de sus planes y pide a los jóvenes que se han ido no convertirse en jueces de quienes libremente han decidido quedarse. “Creo que mi país me puede ofrecer las oportunidades que necesito para avanzar. Creo que si trabajamos, aunque sea una batalla muy fuerte, lo vamos a conseguir. Y la Batalla de la Victoria, aprovechando esta fecha, nos muestra que los jóvenes sí podemos podemos levantar este país desde lo que cada uno pueda aportar”.

Fabiana quiere conocer el mundo, quiere ir más allá de las fronteras venezolanas, pero siempre con este territorio como hogar. “Estudié una carrera que quiero ejercer aquí y que siento que aquí es necesaria. Pero muchas veces somos señalados por gente que se va, gente que te dice: ‘Allá en Venezuela no vas a hacer nada’. Te juzgan. Y yo lo que digo es, si para una persona funciona irse, para otras funciona quedarnos. Las dos decisiones son respetables”.

Ahora está centrada en su tesis, en la que elaborará perfiles psicológicos de mujeres que no quieren ser madres porque así lo han decidido. Para lograr este objetivo necesita invertir mucho tiempo, razón por la cual no puede buscar un empleo a tiempo completo. De ahí que actualmente desarrolle iniciativas por cuenta propia que le permitan obtener ingresos.

“Estoy pensando en dar clases particulares, eso me ha funcionado; he invertido dinero en un sistema de inversión y estoy a la espera de que ese dinero retorne; también redacto anuncios publicitarios o entradas de blogs, y estoy pensando en invertir en un negocio de repostería con mi mamá, porque a ella se le da muy bien eso”.

Pero también reserva un espacio para servir a personas necesitadas. Acaba de terminar sus pasantías en el Hospital Clínico Universitario y ya está montada en un nuevo proyecto.

“Estoy planificando un voluntariado en ese hospital, en el servicio de Reumatología, para dar charlas psicoeducativas. Queremos que la gente conozca esas enfermedades reumatológicas, para que sepan cómo se siente el paciente que las tiene; a veces el dolor de ellos no se entiende; las otras personas piensan que es un show, y no lo es, es dolor crónico, es dolor generalizado. Estas enfermedades están mediadas por el sistema inmune y tienen mucho de psicosomáticas, de componente emocional, y desde la psicología podemos dar un aporte”, explica.

Su proactividad no se traduce en evasión de la realidad ni de su batalla cotidiana. Como futura psicóloga, sostiene que cada persona vive una batalla propia, subjetiva, que está en conexión con muchos elementos del entorno. “Yo me encuentro librando una batalla que, en gran medida es personal, pero en la que también hay cosas del entorno que hacen que esa batalla personal sea más complicada; que hacen que uno quiera flaquear a veces”.

A Fabiana le cuesta ser testigo del deterioro de la educación venezolana. “Me prometí que iba a educarme porque quería educar a gente también”, y ver cómo hoy el educarse es una tarea muy cuesta arriba para los jóvenes la pone en una situación difícil. “Cómo puedo incentivar a los jóvenes a que estudien si no hay agua para dar clases, si no hay luz, si no hay un video beam para proyectar una presentación que preparaste”.

Pero además del tema educativo, la dificultad para autorrealizarse también la lleva a vivir una batalla permanente. “A los 25 años ya uno debería tener ciertas cosas. Yo me proyectaba ya graduada, con al menos una casa alquilada. Eso hoy es casi una utopía. Por más que trabaje, y por más que vea que hay personas que trabajan demasiado, incansablemente, no lo logran, no lo logramos. Por más que yo batalle, no sé si lo voy a lograr”.

Sin embargo, Fabiana exhorta a sus pares a no rendirse:

“Este 12 de febrero nos hace recordar la importancia que como jóvenes tenemos en nuestro país. Es un día para darnos cuenta de lo fundamentales que somos para Venezuela, del rol de los jóvenes en la construcción de una sociedad libre, justa y productiva, una sociedad que sepa encaminarse hacia sus objetivos y que trabaje en pro de ellos”.


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