Apenas asumió como presidenta encargada, Delcy Rodríguez activó una reconfiguración del gabinete, pero mantiene vacante la Vicepresidencia Ejecutiva, desde hace casi 15 días. El vacío coincide con un giro pragmático de EE. UU. y evidencia límites de la transición, que parece más orientada a preservar el poder chavista.
Caracas. El relevo forzado en la cúpula del chavismo en el poder abrió una etapa de decisiones rápidas y silencios estratégicos, luego de la captura de Nicolás Maduro el 3 de enero pasado. Desde que asumió la presidencia interina, Delcy Rodríguez ha puesto en marcha una reconfiguración acelerada del Ejecutivo, con cambios quirúrgicos en ministerios clave y un mensaje claro hacia dentro y fuera del país.
Sin embargo, mientras avanza en fusiones, destituciones y nombramientos en áreas sensibles, mantiene vacante la Vicepresidencia Ejecutiva, el cargo que articula el poder civil del chavismo. Ese vacío, en paralelo a un giro pragmático de Estados Unidos (EE. UU.) hacia la cooperación y la estabilidad, revela más sobre las prioridades y límites de la transición que los propios anuncios oficiales.
Respaldada por una orden del Tribunal Supremo de Justicia (TSJ), máximo órgano judicial, controlado institucionalmente por el chavismo desde hace más de una década, Rodríguez se posesionó como presidenta interina dos días después y activó una rápida secuencia de cambios en el Ejecutivo para garantizar la continuidad del Estado —en medio de un vacío de poder y sin un proceso electoral inmediato en la agenda—.

Nuevo tono, mismas caras
En su primer mensaje tras asumir el cargo, durante la presentación de la Memoria y Cuenta ante la Asamblea Nacional, el 15 de enero pasado, Rodríguez marcó el tono de la nueva etapa con un discurso conciliador hacia el exterior, en especial a EE. UU.
“Venezuela aspira a vivir sin amenazas externas, en un entorno de respeto y cooperación internacional”, expresó, en referencia directa al impacto de la operación estadounidense y al clima de tensión bilateral.
Desde entonces, la nueva jefa del Gobierno ha anunciado destituciones, fusiones y reasignaciones ministeriales que transmiten menos improvisación que la activación acelerada de un esquema de poder ya conocido —una estructura diseñada durante años bajo Maduro—.
En medio de ese movimiento destaca una omisión central: a casi dos semanas de su juramentación, Rodríguez no ha nombrado vicepresidente ejecutivo —el puesto encargado de coordinar el gabinete y servir de bisagra entre ministerios—, una función que ella misma ejerció desde 2018.
Prioridades: economía y seguridad
Los primeros anuncios, hechos públicos a partir del 6 de enero, se concentraron en áreas críticas —economía y seguridad, consideradas los pilares de control interno del chavismo—.
Calixto Ortega, expresidente del Banco Central de Venezuela (BCV) —institución responsable de la política monetaria y de las reservas internacionales— fue designado vicepresidente de economía sectorial, con lo que absorbió parte de las funciones económicas que antes convergían en la figura de Rodríguez. Desde Miraflores se insistió en que “no se trata de un giro, sino de mantener la estabilidad”.
10 días después, Juan Escalona, capitán y antiguo integrante del anillo de seguridad de Maduro —su círculo de protección personal, pese a que falló durante la extracción y detención del exlíder chavista— asumió como ministro del Despacho de la Presidencia.
Este cargo es clave por su cercanía directa con la jefatura del Ejecutivo —equivalente a una jefatura de gabinete en sistemas presidenciales—.
Previamente, en el ámbito militar, Gustavo González López fue designado comandante de la Guardia de Honor Presidencial —unidad responsable de la seguridad física del jefe del Estado— y director de la Dirección General de Contrainteligencia Militar (DGCIM) —organismo señalado por organismos internacionales por violaciones de derechos humanos—, en sustitución de Javier Marcano Tábata.
“Auguramos el mayor de los éxitos al general en jefe González López en este nuevo desempeño, confiando en que su experiencia fortalecerá la plena vigencia de la Constitución y la protección de nuestra Patria”,
apuntó Rodríguez en un escueto comunicado oficial.

Reacomodo político y fusiones ministeriales
El 16 de enero, mismo día que se informó sobre el ascenso de Escalona, Rodríguez anunció una segunda ronda de cambios. El más relevante fue la fusión del Ministerio de Industrias y Producción Nacional con el de Comercio Nacional —dos carteras clave para la importación, producción y distribución de bienes—, definida como un “cambio estratégico”.
La decisión implicó la salida de Alex Saab del gabinete, solo unas horas después de la visita del director de la Agencia Central de Inteligencia (CIA por sus siglas en inglés), John Ratcliffe, a Caracas, en donde sostuvo una reunión de alrededor de dos horas con Rodríguez, de acuerdo con filtraciones del organismo estadounidense a medios con sede en Washington D. C.
Saab es señalado de ser un presunto testaferro de Maduro y ya estuvo detenido en una cárcel de EE. UU. Al anunciar su salida en un evento oficial televisado, Rodríguez agradeció su “labor al servicio de la Patria”.
El movimiento fue leído en clave internacional, en un contexto en el que la propia presidenta interina había señalado días antes que “consideramos prioritario avanzar hacia unas relaciones internacionales equilibradas y respetuosas entre EE. UU. y Venezuela”.
Una transición forzada
Hasta el 3 de enero, Delcy Rodríguez no solo era vicepresidenta ejecutiva, sino la funcionaria con mayor concentración de poder real en el Estado. Ejercía de forma simultánea cinco cargos estratégicos —formales e informales— que abarcaban la coordinación política, la economía, el petróleo, la política monetaria y la seguridad interna.
Esa acumulación —poco común incluso dentro del chavismo— explica por qué la transición actual deja al descubierto vacantes clave.
“La economía, el petróleo y la seguridad pasaban por el mismo despacho”,
resumió a Crónica Uno un exalto funcionario del Ejecutivo bajo condición de anonimato.
La reconfiguración interna coincide con un giro relevante en la relación entre el chavismo y EE. UU. A raíz de la captura de Maduro, la administración de Donald Trump —en su segundo mandato— optó por un enfoque pragmático: cooperar con Rodríguez como vía de estabilidad inmediata, en lugar de impulsar un cambio político acelerado.
A mediados de la semana pasada, el miércoles, 14 de enero, Rodríguez y Trump sostuvieron una llamada telefónica. El intercambio se centró en petróleo, minerales, comercio y seguridad nacional —los ejes históricos de la relación bilateral—. Según fuentes estadounidenses, el objetivo era controlar las exportaciones de crudo venezolano, uno de los mayores reservorios del mundo.

Entre “manchas”
El 15 de enero, en una reunión con el director de la CIA —un gesto poco habitual en la diplomacia estadounidense—, Rodríguez y el enviado de EE. UU. discutieron coordinación de inteligencia, narcotráfico y garantías de que Venezuela no sería refugio de actores adversarios.
Los detalles del encuentro fueron confirmados a medios estadounidenses por fuentes de la administración Trump. Se trata de una nueva filtración, un patrón que se ha repetido desde que comenzó el despliegue naval en el Caribe a finales de agosto.
Ese mismo día, ante el Parlamento, tan solo unas horas antes, Rodríguez promovió reformas petroleras para atraer inversión extranjera —clave para una economía colapsada—. Dos días después anunció la fusión de ministerios y la salida de Saab, movimientos leídos como gestos hacia Washington para facilitar cooperación económica.
En ese marco, Rodríguez reforzó públicamente la disposición a coordinar con Washington. “Extendemos la invitación al gobierno de EE. UU. a trabajar conjuntamente en una agenda de cooperación”, una frase que marcó un quiebre discursivo con la retórica tradicional del chavismo, atada desde los tiempos de Hugo Chávez a un supuesto “antiimperialismo”.
La presidenta interina, no obstante, también trazó límites. Al subrayar que la relación bilateral se vio empañada por lo que denominó una “agresión invasora” de EE. UU. De esta forma, intentó dejar claro que el acercamiento no implica una validación del operativo.
“La agresión invasora (de EE. UU.) constituye una mancha en la relación entre ambas naciones”, expuso.
Durante sus intervenciones del 15 de enero, Rodríguez reivindicó el derecho de Venezuela a mantener vínculos diplomáticos con aliados tradicionales y con cualquier país, “en defensa de una política exterior multipolar”, pese a las exigencias estadounidenses.
“Tenemos derecho a tener relaciones diplomáticas con China, con Rusia, con Irán, con Cuba, con todos los pueblos del mundo”, expuso.

El vacío del vicepresidente como señal política
Pese a la rapidez de los cambios y a la presión externa, la Vicepresidencia Ejecutiva sigue sin titular. El vacío sugiere que Rodríguez ha optado por no delegar el rol que históricamente concentra la coordinación del poder civil —mientras negocia simultáneamente equilibrios internos y exigencias externas—, dijo a Crónica Uno, bajo condición de anonimato, un politólogo y exasesor de Rodríguez.
La ausencia del vicepresidente, junto con las vacantes en Petróleo, el BCV y la jefatura del Servicio de Bolivariano de Inteligencia Nacional (Sebin), refuerza la idea de una transición incompleta.
Más que un nuevo gobierno, lo que emerge es un reordenamiento funcional del chavismo. Esta reingeniería parece diseñada para garantizar una supervivencia al escenario post Maduro sin desmontar su arquitectura de poder.
Hasta esta publicación no se han anunciado nuevas designaciones. Pero el cruce entre reconfiguración interna, presión internacional y pragmatismo diplomático deja claro que el margen de maniobra de Rodríguez dependerá tanto de su control del aparato chavista como de su capacidad para sostener una relación funcional con Washington sin provocar más fracturas internas que las ya evidentes.
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