La intervención militar de Estados Unidos en el país dejó secuelas de estrés postraumático, ansiedad e insomnio en la ciudadanía. Especialistas asocian este cuadro clínico con la pérdida del sentido de seguridad en el entorno propio. La exposición a las detonaciones y la posterior difusión de imágenes del ataque generaron un quiebre emocional colectivo.
Caracas. “Las ventanas y las paredes se estremecieron; el suelo temblaba. Pensé que era un terremoto y no sabía qué hacer, creí que me iba a morir. Desde entonces me cuesta dormir, me levanto con cualquier ruido. Ahora vivo con miedo”, así recuerda Concepción * el impacto de los misiles cerca de su vivienda ubicada en la comunidad de El Valle, —una parroquia popular del suroeste de Caracas—.
El ataque ocurrió a poca distancia del complejo Ciudad Tiuna, urbanización construida por el chavismo dentro de la principal instalación militar del país y sede del Ministerio de la Defensa.
La exeducadora de 64 años de edad fue una de las ciudadanas que vivió de cerca el bombardeo cuando un estruendo ensordecedor la sacó de la cama a las 2:00 a. m. del pasado 3 de enero, —una hora asociada al descanso profundo y a la mayor vulnerabilidad física—.
Con el transcurrir de las horas, el pánico de aquella noche se intensificó y derivó en una vigilia permanente, —un estado de alerta prolongado—, que no cede ante el paso de los días. El miedo, dice, no se fue con el amanecer.
Desde entonces, las noches dejaron de ser una pausa, —el momento natural de recuperación del cuerpo—. El insomnio se convirtió en rutina y el silencio en una amenaza.
Concepción ahora mantiene una linterna junto a su cama y siente temor e inquietud cuando se aproxima la noche, un rastro del miedo que la acompaña desde que el cielo de la ciudad se iluminó con las detonaciones, explosiones visibles desde distintos puntos de la ciudad.
No es un objeto casual: es lo primero que toca al despertar sobresaltada, cuando un ruido —real o imaginado— la devuelve a aquella madrugada.

Estrés persistente
El bombardeo de Estados Unidos en Venezuela dejó secuelas de estrés postraumático, ansiedad e insomnio en parte de la ciudadanía, —trastornos psicológicos asociados a experiencias de amenaza extrema—.
A casi 15 días de lo ocurrido, estos síntomas son persistentes. Lo que comenzó como un sobresalto colectivo se transformó en un estado prolongado de alerta, —una respuesta típica ante eventos traumáticos de gran escala—.
Las detonaciones no solo afectaron a quienes vivieron el estallido de cerca. La angustia escaló en todo el país, debido a la magnitud del evento y la incertidumbre sobre el futuro político del país. Ese aspecto intensifica la sensación de desprotección.
La población experimenta un estado de alerta constante que impide el descanso reparador, —es decir, un sueño profundo y continuo—.
Especialistas consultados por Crónica Uno asocian este cuadro clínico con la pérdida del sentido de seguridad en el entorno propio, la percepción del hogar y la ciudad como espacios confiables. La exposición a las detonaciones y la difusión de imágenes en redes sociales del ataque, —videos y fotografías compartidas masivamente—, generaron un quiebre emocional colectivo.

Hoy día, el sonido de un motor de avión o un trueno inesperado pone en alerta a los ciudadanos. Este impacto psicológico no solo merma la capacidad de concentración, sino también el desempeño laboral de los venezolanos, —hasta afectar tareas que requieren atención sostenida—.
Un país en alerta permanente
Para Miguel Díaz, un estudiante de Letras de 24 años, la concentración es su principal herramienta de trabajo; sin embargo, esa capacidad se desvaneció tras las explosiones del 3 de enero pasado.
Como Concepción, Miguel no estuvo en el centro exacto del ataque, —no presenció directamente las detonaciones—, pero el miedo cruzó la ciudad y llegó hasta él. El joven, quien cursa el último año de su carrera y coordina el área de cajas en un comercio, —un empleo que exige precisión constante—, relata el quiebre de su rutina intelectual y laboral tras el ataque.
“Mientras escuchaba las detonaciones quedé en shock. No reaccioné sino hasta después, cuando supe por las noticias lo que ocurrió. En los días siguientes intenté cumplir con mi jornada, pero noté que mi rendimiento no era el mismo, cometí errores con el dinero y no logré mantener la atención en una sola cosa. Ahora me angustia que ocurra otro bombardeo”,
cuenta.
El miedo, en su caso, no se expresa en insomnio, sino en distracción constante y en una ansiedad que se filtra en cada decisión. La sensación incide en toda su vida, desde el trabajo hasta la faceta académica.
El estudio Psicodata realizado por la Universidad Católica Andrés Bello reveló en 2024 que en los venezolanos las fuentes de estrés son específicas: el 47 % de la población identifica la economía como su principal estresor, seguida por la salud (23 %) y los problemas políticos (11 %).
Sin embargo, desde el inicio de 2026, la salud mental de los venezolanos enfrenta otro desafío. Luego de la incursión militar extranjera, el país suma un nuevo evento traumático a un largo historial marcado por crisis económicas y políticas, —una acumulación de experiencias adversas—. Un episodio más que se superpone a otros duelos no resueltos.

Sobre el autocuidado
Yorelis Acosta, coordinadora de investigaciones del Centro de Estudios del Desarrollo (Cendes) de la UCV, —un centro académico dedicado al análisis social—, advierte que la afectación tiene un alcance nacional.
El impacto no se limita a quienes presenciaron en “primera línea” los ataques, —zonas directamente expuestas a las detonaciones—, como los residentes de El Valle, Santa Mónica o las adyacencias de Fuerte Tiuna.
La experta puntualiza que existe una afectación indirecta en todo el territorio, a través del consumo digital de redes sociales y la repetición de imágenes del bombardeo, —un fenómeno conocido como exposición secundaria al trauma—. “Aunque no ocurrió nada en estados como Táchira o Lara, el miedo es igual y alcanzó a todos”, dijo.
La difusión de contenido e imágenes sensibles refuerza el trauma e intensifica los síntomas en la población. Acosta apunta que, si bien el nerviosismo inicial se considera una respuesta normal durante días o semanas, el cuadro se torna patológico cuando aparecen ataques de pánico frecuentes, pérdida de control y una anticipación negativa constante, —la expectativa permanente de que el evento se repita—.

Esta angustia se traduce en dolencias físicas como tensión muscular, migrañas, fatiga extrema e insomnio. Aunque la persistencia de los síntomas depende de la historia previa de cada persona. El “sufrimiento psicosocial” acumulado del venezolano, —resultado de años de crisis sucesivas—, sumado a la soledad y a los antecedentes nerviosos, eleva el riesgo de estancamiento en un ciclo de pánico, puntualizó la experta.
Por eso, recomienda, hay que estar atentos. Acosta señala que, si el malestar no disminuye con el tiempo y la persona es incapaz de retomar su rutina de forma autónoma, —sin ayuda externa—, la búsqueda de ayuda especializada es obligatoria.
“Si la persona tiende a la depresión o si estuvo sola durante lo ocurrido o lo vivió en primera línea, esas manifestaciones van a ser mucho más persistentes y se puede quedar atrapado en el ciclo de pánico”,
apuntó.
Recomendaciones para sanar el hogar
Las secuelas del trauma asociado al ataque también repercuten en niños, niñas y adolescentes, una población en desarrollo emocional. Según el Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia (Unicef), más de 716,000 menores de edad viven con algún problema de salud mental en el país—una cifra previa al bombardeo—. La estadística sitúa a Venezuela en el sexto lugar de la región con mayor población infantil afectada.

La psicóloga pide proteger a estas poblaciones vulnerables a través del modelaje de comportamientos tranquilos y el mantenimiento de las rutinas escolares. Estos factores son clave para la sensación de estabilidad.
Uno de los daños más graves dejados por el bombardeo fue la pérdida del concepto de hogar como espacio seguro. Este funge como un pilar básico del bienestar psicológico. Para recuperar esta noción, la especialista propone un trabajo cognitivo profundo y una reorganización de los espacios.
Algunas recomendaciones son:
- Destinar la habitación exclusivamente al descanso.
- Retirar del dormitorio actividades de estudio y trabajo.
- Evitar el consumo de noticias o redes sociales en el dormitorio antes del descanso.
- Acudir a las redes de apoyo ante síntomas de ansiedad, miedo o estrés.
- Mantener el control sobre la agenda diaria, el cuidado físico, la alimentación y el sueño.

Alerta incesante
En caso de experimentar ataques de pánico, insomnio severo o ansiedad persistente a causa de los eventos recientes, puede acudir a las siguientes redes de apoyo gratuito:
- Federación de Psicólogos de Venezuela (FPV): Ofrece atención en crisis a través de su línea de ayuda psicológica (LAPSI): 0212-416.31.16 y 0212-416.31.18. disponible de viernes a miércoles (con atención de 24 horas durante los fines de semana).
- Psicólogos Sin Fronteras / Grupo Social CESAP: Brindan el programa «Acompañando en el dolor» Está disponible a través de los siguientes números:
- Lunes y martes: 0424-627.04.39
- Miércoles y jueves: 0414-961.03.11
- Viernes y sábados: 0424-607.78.65
- Citas por WhatsApp: 0424-292.56.04 (Lunes a viernes, 8:00 a. m. a 4:00 p. m.)
- PsicoLínea UCAB: Especialistas de la Universidad Católica Andrés Bello ofrecen intervenciones breves para estabilizar a personas en estado de shock. Teléfonos: 0414-121.78.82 y 0424-172.39.81.
Para sobreponerse al impacto emocional de la incertidumbre en el panorama social, económico y político, la recomendación es clara: limitar la sobreexposición informativa, conectar con redes de apoyo familiar y acudir a servicios de psicología para drenar las emociones antes de que el trauma se vuelva permanente.
En casas como la de Concepción, ese proceso apenas comienza. La linterna sigue allí, al alcance de la mano, no como un objeto de emergencia, sino como símbolo de una alerta que aún no se apaga.

